Tradiciones argentinas · Unidad 50 de 252
Unidad 50 · 82 TRADICIONES ARGENTINAS
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82 TRADICIONES ARGENTINAS
— La tomaré, pero no necesito de más contador que éste que Dios da á los pobres.
Y recorriendo los dedos, añadió:
— Cuatro muías de carga, á dos cargas por muía, suman ocho, y multiplicadas á ocho reales vellón cada una, hacen sesenta y cuatro duros, que suman cuatro onzas como ojos de buey, que corresponden á los ojos del capataz que tan bien ha conducido el ganado y sus pertrechos, sin destajo ni merma. Más ocho puentes, desde la frontera hasta el de Triana, y una entrada de puertas al pasar sobre el Guadalquivir, que cobra almojarifazgos, suman cuarenta doblones, sin peseta más ni menos.
Y escribió el resultado de su multiplicación.
— ¡A ver! ¡A ver! — dijo el patrón asomando sus gafas sobre el papel. — Pero, muchacho, ¿esta letra es tuya?
— Y de usted también, si servirse de ella gusta.
— ¡Pero si no tengo escribiente ni contador de tan buena letra en todos mis dependientes!
— Lo que quiere decir que no sólo en Sevilla escritores hay que no saben escribir, como el cartulario de mi pueblo, que él mismo no entiende lo que escribe.
Y recapacitando el provecho de tan hábil contador: • — Pues me quedo contigo, chico — agregó.
— O con mi letra, que todo es trabajar. A ello he salido, y de arriero ó escribiente, todo oficio es honrado.
— ¡Cómo te achicas que no sabes nada, si tan hermosa letra no la gasta aquí ningún escriba!
— Sé sólo ser honrado, señor patrón, que mi madre me parió honrado, y en la escuela me han enseñado á dar la razón á quien la tenga, cueste lo que cueste.
— Pues con tales principios, bien pronto te abrirás camino. Está bien; quedarás agregado al escritorio. Ya veremos qué partido podremos sacar de ti.
— ¡Y yo que pensaba sacar mejor partido! — murmuraba por lo bajo el joven, más entonado.
Poco tiempo calentó silla Antonio en aquel comercio. En cuentas y balances llevaba tan bien los asientos, el mayor y caja por partida doble, el diario y los auxiliares, todo al día^ que cada vez su patrón más prendado quedaba por semejante adquisición; cuando pasados dos ó tres años, con-
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duído el balance de caja, satisfecho de los servicios de aquel joven á quien ya le había tomado cariño, le llamó á cuentas, interrogándole en tono de protección:
— Y bien, D. Antonio, ¿qué se propone usted?
— ¡Hacerme rico, señor!
— Todo el que trabaja, á eso debe aspirar. Yo estoy contento con un dependierite tan puntual; pero aquí en esta casa, donde el giro es limitado, ¡hay tantos dependientes! Mañana es día de Año Nuevo y estoy satisfecho de su buen desempeño: ¿qué puedo hacer por usted?
— Darme la mano, señor.
— Las dos le daré de mil amores.
— No es eso, señor: con una manito de ayuda que usted me dé, ni necesito las dos, que yo con las mías me basto.
— ¡Ah! Si eso es así, ¿en qué forma quiere que le proteja?
— Facilitándome viaje para el otro mundo.
— ¿Pero, hombre, cómo? ¡Qué!, ¿tan desesperado se halla? ¿Tan joven pretende suicidarse? ¿O me pide usted que le pegue un tiro y, como rumboso andaluz, le compre caja y mortaja para tan largo viaje?
— Ni capa para el camino necesito, pero sí el pasaje que usted puede proporcionarme en el San Ramón, navio de esta matrícula, que apareja para las Américas y sale dentro de poco de Sanlúcar de Barrameda.
— ¿Y ha pensado usted bastante lo que me propone?
— Y muy mucho, señor; que por lo mismo que á este llaman viejo mundo, creo que ya está un poquito gastado, y poco mundo es para tantos como los que pretenden hacer fortuna en él.
El primer día del año 1765, un hombre joven, bajo, grueso, de ojos azules, sanguíneo, robusto, jocoso, derramando salud y sal andaluza en todos sus dichos, abría los cimientos de su primera casa en esta ciudad, en la primera cuadra de la plaza, contiguo á la tienda del Sr. González del Solar, propiedad después de D. Celedonio Garay, el amigo de su última hora, como que todavía en 1822 fué testigo del poder que para testar dejó á su hijo.
El que naciera pobre en Calañas en 1737, rico en Buenos Aires, saHó de aquí curnplidas sus ochenta y cuatro navidades, para reposar en la vecina iglesia de San Roque, como uno de sus benefactores.
Pero la puerta del hogar que allí levantó, donde la puso se está, y al llamador subsistente con que llamaba el fundador de una de las famiHas