Tradiciones argentinas · Unidad 49 de 252
Unidad 49 · DOCTOR P. OBLIGADO 8í
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DOCTOR P. OBLIGADO 8í
disimulando la contrariedad con que tropezaba en este su primer paso en falso en el camino de la fortuna que salía á buscar. No se le cayó el gozo al pozo, ni las ilusiones en la primer noche fuera de su casa, levantando sus castillos en España sobre los primeros mil duros que soñaba le habían de llover de alguna parte.
Retiróse cariacontecido en su abandono, acordándose por primera vez de la triste despedida en que dejara á su madre sola y llorando, al conceder con pena una separación quién sabe hasta cuándo; y fuese á despedir del único ser que en Sevilla conocía, dando el último beso en la frente á su paciente compañera de viaje, mansa mulita de paso, que en la cuadra rumiaba, y salió rumbeando planes, que entre muías y muleteros consultaría sobre el mejor partido que había de tomar en su situación, repitiéndose sin desanimarse el refrancito de los muchachos de su pueblo: «Ayúdate, que Dios te ayudará.»
Y como al pasar por el zaguán, sobre el umbral de la puerta del escri'- torio, encontró al patrón discutiendo en alta voz con el arriero sobre cuenta y gastos de puentes y portazgos, cargas, arrías, descargas y alcabalas, por el mozo del ganado, y que el uno había pagado y que el otro no quería abonar, fuera justicia ó despecho, comentando la disputa que hasta la calle se oía, dijo Antonio al salir:
— Pues, claro está; el capataz tiene razón. Desde que ha traído doble carga de la que cada muía carga, doble comisión le corresponde.
— ¿Y á ti, quién te mete, Juan Copete? — gritó el patrón airado al ver que la razón que á él le faltaba se la encontraban en la parte contraria.
— Mire usted, señor patrón, en estas cosas yo solo me meto, pues á dar la razón á quién la tiene me han enseñado en la escuela desde chiquito.
Y el principal, aunque fulo y coloradote por muchas cosas que él se sabía y callaba delante de los acarreadores de la frontera, más cuerdo encontró comprimirse ante la firmeza del rudo mayoral, que con frecuencia era todo su desempeño en mercancías de contrabando, ya algo amostazado por el desaire á su protegido, y que le alzaba el gallo, apoyado su reclamo por un chico tan leído, más cuando no perdía de vista el relumbrante naranjero de ancha boca, cargado hasta la misma, terciado sobre su calañés: por estas y otras razones, reflexionando un momento y cambiando de tono, agregó:
— ¿Sabe que puede tener razón el muchacho? A ver, entra en el escritorio, toma la de ganso y saca la suma exacta.