Tradiciones argentinas · Unidad 59 de 252
Unidad 59 · LA CATEDRAL DE BUENOS AIRES
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
LA CATEDRAL DE BUENOS AIRES
(su tradición)
¿Tuvo ó no torres la Catedral? Tantas opiniones en pro como en contra teníamos oídas en diferentes ocasiones, que al fin tentados fuimos por la rebusca del viejo papelito apolillado, origen de todas estas verídicas tradiciones.
Acaso no esté de más recordar cuántas catedrales hubo, quién construyó la primera, lo que cuesta una catedral, por qué se derrumbó, cuántos mitrados hubo y otros que, sin ser cuentos de sacristía, interesar pueden aun á los menos devotos.
Antes de recordar la calle Rivadavia con su nombre actual el de nuestro primer estadista, la llamaron de la Federación, de La Plata, de la Reconquista y calle de las Torres. Como el camino de Barracas, salida al Sur, ésta, desde sus primitividades, fué extendiéndose hacia el Oeste, ascendiendo y ensanchando de senda á huella, carretera, calle, camino real, hasta la ermita de Nuestra Señora del Buen Viaje, en Merlo, como que por él se emprendía, si no siempre el del otro mundo, el del Alto Perú, no mucho más lejos por entonces.
Por más largo tiempo que de las Torres, fué esta calle de «el Martirio,» que largo y por muchos años sufrieron en ella nuestros buenos paisanos.
En cuanto asomaban en tropilla tres ó cuatro gauchos llenos de polvo y barro, quienes al dejar su tropa en los corrales entraban en la ciudad
96 TRADICIONES ARGENTINAS
medio boleaos á cumplir el encargo de su china, rodeábanlos mozos de tienda en una y otra esquina, apeñuscándose como moscas.
Acariciándoles unos el caballo, ofreciéndoles otros chapeados baratos, hasta limpialámparas de lomilleros y roperías había, que entre bromas y veras y abrazos y palmadas, entrábanlos en la tienda poco menos que á empellones.
Una vez en el mostrador^ mareados con tal gangolina, explotados por la pillería de avispados tenderos, gauchos ignorantes, pacatos y cortados, pidiendo sólo un pañuelo para la patrona, salían cargados con puñal de cabo de plata, grandes na:(arenas, calzoncillos crivaos, chiripá de paño onceno, bota fuerte y atado de inservibilidades y chafaloneria, que no cabía en el poncho, pues patrones, dependientes y curiosos no raleaban la salida sino cuando habían arrancado la última yunta de columnarios de su ancho tirador de cuero.
Así, antes de ser metropolitana, fué esta Catedral matriz, iglesia mayor, capilla, oratorio, y desde primer altar alzado en el desierto, creciendo y elevando, se alargó con los años hasta grandiosa fábrica de sólida catedral.
Razón hubo para hacerle profundos cimientos, pues una, dos y hasta tres veces cayeron las edificaciones construidas sobre ellos.
¿Y se creerá que por pamperadas ó temblores?
No llegaba por antaño ni un mísero temblorcillo vergonzante de esos que ansia más de una ciudad en ciernes como pretexto al auxilio oficial de dos ó tres milloncejos
No llegaban los temblores, pero amenazaban llegar los abogados, temible plaga de golillas buscapleitos.
Desde que se trazara la primera planta de esta ciudad, se destinó un cuarto de manzana para la iglesia principal, donde aún existe.
Poco distante de ella se dijo la primera misa. El capellán de la expedición de Mendoza, fray Francisco de Triana, bajo el añoso ombú que sobre la barranca contigua á la de Lezama se alzaba hasta el principio del siglo, fué quien en una hermosa mañana de 1536 elevara la Forma Consagrada en el momento que, saHendo el sol tras el majestuoso Plata, vino á dorar la blanca Hostia, al postrarse sobre suelo argentino sus primeros adoradores.
Cuarenta y cinco años más tarde, en la capilla que se improvisó dentro del fortín, rodeado de palizada de una lanza de alto, D. Juan de Garay oyó misa en el Real, celebrada por fray Juan Rivadeneira, el 18 de junio de 1580, horas antes de embarcarse en la carabela San Cristóbal llevando á la Metrópoli la noticia de la repoblación de Buenos Aires.
En el año de Judas (13 del siglo xvii), considerando el ilustrado cabildo lo funesto que sería el arribo de tres letrados por los enredos que acarrean en los pueblos, acordó detenerles en el camino, prohibiendo su entrada. Si la iglesia ésta no cayó, sin duda fué porque la amenaza de letrados no pasó de amenaza, pero grietada y resentida quedó del susto.
Tres años después anunciaba ruina la primitiva iglesia matriz, por lo que en un cabildo reunido en la de San Francisco (febrero de 1 61 8) resolvióse trasladar allí la custodia y adelantar quinientos ochenta y nueve pesos al carpintero Pascual Ramírez, ' de los mil cien pesos de á ocho en que se había contratado la obra de la nueva iglesia.
-^^
El limo. J. Pedro Carranza, primer obispo y fundador de la catedral.
— Hablemos claro — agregaba maese Pascual, introducido ante el cabildo. — No quiero que la tal iglesita me salga un clavo. Se me han de dar todos los que necesite, y las maderas y herramientas. No he de poner más que mis dos manos, que no tengo más, y los oficiales é indios carpinteros pagados por mi cuenta. Labraré y enmaderaré la dicha santa iglesia hasta que esté para ponérsele encima la caña y teja, cuando el gobernador Hernandarias ordene. No se me fije tiempo — seguía despachándose el andalucito, — que prometo no alzar mano de la obra, con dos oficiales españoles y nueve indios, hasta encañar y cubrir. Yo les pagaré el jornal, la ciudad les dará de comer, que indios muy tragones salen cuando por cuenta ajena aunque con boca propia comen.
Y como á pesar de todas sus dádivas (pedigüeño como pampa era el alarife), poco adelantaba la fábrica, en un otro cabildo, el alcalde D. Sebastián Ordinas propuso al año siguiente, como ya iban cuatro que se había caído la iglesia, que se entregaran todos los sobrantes de la anterior para activar los trabajos.
Y en ella, aún no concluida, se inauguraba el obispado, y fué por ende á catedral elevada, aun antes de haberse alzado sus techos, por el pontífice Pablo V, quien en 1620 concediera la erección del obispado del Río de la Plata.
Hasta entonces dependía esta iglesia de la diócesis del Paraguay.