Tradiciones argentinas · Unidad 67 de 252
Unidad 67 · DOCTOR P. OBLIGADO IO7 ''
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DOCTOR P. OBLIGADO IO7 ''
ción al general D. Bruno de Zabala, al llegar allí á poner paz entre mamelucos y guaraníes.
En el rincón de las imágenes más ó menos toscamente labradas, se agrupaban las de los Apóstoles, de Corpus y otras misiones; pues si los santos no estaban de baile, no se retiraban por aquellos tiempos sus imágenes de la sala de fiestas.
Admirando ambas compañeras lá santa imagen:
— Si está hablando — dijo riendo la salerosa.
— No habla, porque su regla conventual se lo prohibe — contestó su amiga. — Pero está muy parecido.
— ¿Le conociste?
— No fué de mi tiempo. De la comunidad del silencio (aunque en Granada hay Cartuja), poco prosperarían mudos Trapenses entre andaluces que hablan por los codos. Me contó, sí, una devota del Santo, su media parienta, que nada de su nombre tenía San Bruno en su color; pues si pálido le puso el agua de Colonia en que se bañaba, en magro y transparente le convirtió la vida ascética á que se consagró.
— ¡Cómo, mujer! Pues qué, ¿desde su tiempo vendía Fariña, como sus sucesores, tras de esa catedral el agua, que falsificada me acaba de marear en el tocador?
— Otro es el que te anda mareando, y me parece sospecharlo en aquel oficialito buen mozo que bordejea entre dos aguas, cortejándote, conjuntamente que á la sobrina del virrey, como su digno ayudante. Por lo demás, natural es que este santo, Bruno de nombre y blanco de cara, cuando ñié obispo de esa catedral que nunca se acaba, saliera por la puerta que da al río á bañarse en las aguas del de Colonia.
— Verdad. Pero algo se le olvidó al obispo de aquella perfumada diócesis, como el hacer obligatorio el ingreso en su comunidad ú orden del silencio á todas las suegras, desde que entraran en proyecto de serlo.
— ¡Fatal olvido! Por eso, dice mi marido, buscó novia sin suegra.
Y seguían del brazo, riendo, cortando y criticando, entre tan serias parejas emperindmgadas, esas dos bellas hijas de la hermosa España, cuya chispa de heredado ingenio, cien años después, en los salones del Progreso, reunía alrededor alguna de sus nietas gran número de festejantes.
Atraído sin duda por el recuerdo de la tierra lejana, cerca del San Bruno de naranjo sin espinas hallábase el artista del país de los mismos, indio Miguel, maestro de orquesta sin segundo, discípulo de los jesuítas.