Tradiciones argentinas · Unidad 68 de 252
Unidad 68 · I08 TRADICIONES ARGENTINAS
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I08 TRADICIONES ARGENTINAS
Tanto vibró su violín, que hasta en la inauguración de San Fernando (1805) todavía guiaba en el Canal la banda de jóvenes guaraníes que alegraban la fiesta con su agreste música.
En un ángulo del salón principal, al pie del estrado, dirigía éste la orquesta que, á uno y otro lado del clavicordio, formaban arpas, violas, flautas y guitarras.
En el descanso había ido á tomar su matecito paraguayo, al tiempo que el joven Rivera se lo alcanzaba al teniente Vedia, y en momentos que éste, futuro abuelo del malogrado poeta Adolfo Mitre y Vedia, explicaba al padre del poeta Rivera Indarte como venía de voltear la última bandera portuguesa que flameó sobre los muros de la Colonia del Sacramento. Tan aprovechada lección dio por resultado que, años después, á pocos pasos de la sala del primer baile, desde el bastión sud de este mismo fuerte, con certero cañonazo volteara el padre del Tirteo argentino (poeta Rivera Indarte) la bandera inglesa, tan breves horas enarbolada en la torre de las balas.
Cada ramillete parecía un monumento, y cada mesa un altar,, en la cargazón de adornos, de luces y de flores, que no en balde mandaran las monjas sus mulatas de mejor gusto en lo de componer altares.
El benjuí, las pastillas de las catalinas, los zahumadores y flores de seda y gusanillo, orlando los marcos de espejos venecianos, y aun el murmullo y cuchicheo de chinas y mulatillas (cabezas más ó menos desgreñadas agrupándose entre las gruesas rejas de las ventanas), envolvían todo aquello en cierto ambiente de sacristía.
Siguiendo el largo zaguán, apenas alumbrado por farolillo vergonzante colgado de la bóveda, lagrimeando sebo de amarillenta vela de baño, llegábase al cuarto de los recortes; pues sayas y honras cortábanse á destajo entre el capellán castrense y 'la mulata chismosa que preparaba el chocolate.
Servía como de sacristía á la capilla del Fuerte, tras del pabellón de dos pisos próximo al bastión norte, aquella habitación en que algunos viejos vecinos, contertulianos de todas las noches, tomaban mate jugando al tresillo.
Una gran copa de bronce en el centro, llena de fuego, supliendo la estufa, no introducida en el país, calentaba la chocolatera de plata con que servíase el aromado somomusco, en grandes pocilios alcanzados por el negrillo de librea dominguera.
De vez en cuando la murmuración quemaba, subiendo de punto. Como el chocolate apagaba las brasas al subir y derramarse, apagaba la efervescencia el físico Sr. de O'Gorman, cirujano de la real armada y pri-