Tradiciones argentinas · Unidad 80 de 252
Unidad 80 · 126 TRADICIONES ARGENTINAS
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126 TRADICIONES ARGENTINAS
tencia, á pesar de su papel ordinario, tipo ídem y redacción lo mismo; apenas pretendió extender sus nacientes alas hacia el campo de la crítica, le mató el peso de sus muchos nombres.
No murió del mal de los siete días; pero á los diez y siete meses, cuando empezaba su despecho, falleció de despecho, asfixiado por falta de aire; que en aquellos tiempos no se respiraba el de la libertad por estos barrios, si después se abusó tanto de la libertad de imprenta, que ella contribuyó á la elevación de un tirano.
En el último artículo se proponía mandar poblar colonias en bahías de San Mateo, San Blas ó Bahía Blanca, á solterones recalcitrantes que no prefirieran cargar con doncella pobre, pues que de cada treinta mujercitas apenas una se casaba, ó malcasaba, mientras que tendidos á la bartola, sesteando á la sombra, engordaban en sempiterna haraganería los que habían venido á poblar estos desiertos. Predestinados estuvieron nuestros campos del Sud á privilegio de gente de mal cariz por fundadores, que si Rozas encarretó á las paseantes de media noche para que siguieran empantanándose en las cenagosidades del Arroyo Azul, otro primer^eSdilu Sen'tino Í^^^ ^^ PO^cía, bien devoto por cierto, recogió hs palomas blancas, para que continuaran anidando en la bahía de su color, á que cincuenta años antes destinaba el Telégrafo, no á mujeres, sino á hombres de vida airada.
Y aunque mucho resintió á suscriptores y lectores de ojito que si el primer ciento de aquellos no llegó á triplicarse, á cuádruple número alcanzaban los de cafés y pulperías (como los suscriptores sin suscripción que el cobrador de dos pesos oro por mes nunca encontraba), creen otros que el articulito ese fué un brulote, subversiva y maliciosamente introducido por uno de los redactores del segundo periódico. D. Joaquín Araujo escribía al deán Funes: «era preciso fomentara el Semanario de agricultura, industria y comercio, para que no suceda lo que al Telégrafo, que ya se halla con todos los sacramentos, esperando por horas su fallecimiento.» No obstante el privilegio exclusivo del primero, había venido con más robusta vida el segundo, y aunque El Censor, Malaespina, no se le atragantara la de su nombre en la garganta, dejado había sin censura el artículo encocoradorcito, el virrey suprimió El Telégrafo, que ya llegaba á ofrecer cincuenta pesos por cada Memoria sobre agricultura, industria, comercio ú otro ramo útil.
A pesar de sus toscos elementos, así materiales como intelectuales, debemos gratitud á esos primeros tímidos ensayos del periodismo, que de tan humildes pañales se ha desarrollado en tal magnitud, á punto de que hoy no se podría vivir, ó mal se comprendería la vida sin periódicos en esta inmensa colmena.
Todas las trabas puestas á la libertad de imprenta (de que es lamentable se haya abusado en parte alguna como entre nosotros), á su discusión, á su propaganda, son otras tantas pantallas opacas que velan la luz diáfana del pensamiento, atenuando su más vivida lumbre.
La prensa es como la nave sagrada en que navega el pensamiento, y este buque en viaje continuo, imperturbable, al través de todos los malos tiempos, conduce dejando de puerto en puerto las nuevas ideas, que agitan y renuevan las sociedades, girando con la celeridad del relámpago.
¿No consideraremos los primeros tripulantes de esa nave dignos del menor recuerdo?
Por falta de este espejo reverberador del pensamiento, ¿cuántos genios ignorados habrán muerto en germen, durante la penumbre del coloniaje? Por efímera que sea su existencia, su inmensa luna va reflejando el diario movimiento, quedando en sus hojas la huella de la época. ¡Cuántos, ¡ay!, han desfallecido por dar vida á ajena idea! Cientos de esos pobres, eternamente expósitos en el banquete de la vida, ¡cuántos virtuosos tipógrafos se extinguen prematuramente aspirando á diario el sutil aire letal, polvo de plomo levantado de las cajas á los pulmones, envejeciendo prematuramente toda una juventud, encorvada de la mañana á la noche sobre los burros del trabajo diario, por dar vida á la hoja que á todos despierta llevando una alegría, menos al fatigado jornalero que la produce, sacrificándole hasta sus horas de reposo.
Casa de «La Prensax