Tradiciones argentinas · Unidad 86 de 252

Unidad 86 · LAS CENAS DEL OBISPO SAN ALBERTO

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

LAS CENAS DEL OBISPO SAN ALBERTO

Era arzobispo de La Plata, en la ciudad de los cuatro nombres y en las postrimerías del siglo pasado, fray Joset Antonio de San Alberto, carmelita descalzo, uno de los sacerdotes más virtuosos de su época y también de la que le siguió.

Foco fué de rayos luminosos que irradiaron á largas proyecciones, donde llegaron sus pastorales, notables por la unción de su enseñanza evangélica.

Si en su tiempo descollaron sacerdotes tan ilustrados como Maciel, Iturri, Suárez, García, Rodríguez, Vera, Funes, Chorruarín, Rivarola, Molina, Planchón, Agüero; con posterioridad, descendientes de su sabia propaganda, lucieron al par los San Martín, Gómez, Agüero, Zavaleta, Castañeda, Oro, Ortega, Seguróla, Achega, Anchoris, Navarro, Sáenz, Medrano, Gorriti y otros que en los primeros años de nuestra independencia hicieron época, recordándose con júbilo en la de ellos la edad de oro del clero argentino.

Cuando bajaba de su muía de sobrepaso, regresando de adoctrinar los pueblos de la Sierra, por aquellas quebradas tan resbaladizas como la pendiente del pecado, hasta muy tarde de la noche pasaba largas y frías horas preparando pláticas y homilías.

Con frecuencia, dos y tres veces entraba el fámulo á anunciarle que la cena estaba servida, sin que interrumpiera su escritura; y entonces familiares y acólitos, impacientes en su apetito, acababan por dar cuenta de

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ella. Cuando á las cansadas, Su Ilustrísima llegaba al comedor preguntando por la cena, el más preferido de aquellos traviesos monaguillos contestaba sorprendido:

— ;Qiié cena? ¡Pero si Su Ilustrísima ya ha cenado!

— ¡Ah! ¡No me acordaba!.... — solía repetir, dándose vuelta á continuar su trabajo, uniendo al ayuno del día siguiente el de la víspera.

El distraído obispo no lo era tanto como sus coadjutores le suponían, por lo que más de una vez decía á su ampulosa ama de llaves:

— Estos pillastres creen engañarme, pero resultan ellos los chasqueados, pues las cenas de mi mayor gusto son pastorales, edictos, sermones y cartas circulares, que así se alargan y copian luego en sinnúmero; — volviéndose á escribir hasta que la luz del día venía á paHdecer la de su lámpara de trabajo.

El año de 1790, San Alberto fué el primero que visitó la diócesis, acompañado por personajes como D. Francisco V. Biedma, el Dr. Serrano, Colombres y otros argentinos notables.

Vio...., pero ¡qué cosas vio en las visitas pastorales!....

Por el índice de anotaciones en uno de sus cuadernos sobre nuestra mesa, que abreviamos, puede deducirse algo al respecto:

«Predicar sobre la mujer libre, alegre sierpe con color de fuego, que desde lejos puede precaverse, y la beata devota, color de tierra, inadvertidamente pisada al pasar, que más fácilmente envenena á incautos, recordando cuántas veces el trato, la conversación en espíritu, vino á acabar en sensualidad, y que, mientras fué la Iglesia abundancia de ejemplos, apenas hubo necesidad de sermones.»

«Mandar' cuatro mil pesos para el expediente de canonización al obispo Palafox, doscientos mil para las Cajas Reales y sesenta mil para el Colegio de Huérfanas que fundé en Córdoba.»

«Contestar al coya que me escribió el otro día: «Pongan tanto cuidado los padres en hacer á los indios buenos cristianos, como ponían los ministros de los ídolos en enseñar sus ceremonias y ritos, que con la mitad de aquel cuidado seremos los indios buenos cristianos, pues la ley de Cristo es mucho mejor y por falta de quien la enseñe con paciencia, no la saben los indios.»

«Amonestación á los curas de la Sierra para que no hagan de las cosas del culto mercados, ni se atnuchen en las barracas traseras de los conventos europeos é indias, criollos y mestizas, zambos y cuarteronas, negros, blancos y mulatos que en mezcolanza hacen allí mala vida, hasta curas v sacristanes.»