Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · Unidad 10 de 32
Inicio — parte 10
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.
No es de buen gusto la familiaridad que algunas jóvenes ostentan con sus padres; la que esto escribe no acepta la desatenta llaneza ni áun en la amistad más íntima; la cortesía, los modales atentos son el mejor sosten de los afectos, áun de los más santos y legítimos, y muchas veces le ha lastimado profundamente el ver confundir con el cariño la desatencion, que está muy cerca de la insolencia. He visto hijas que se presentaban ante sus padres mal vestidas y con un desaliño que se hubieran avergonzado de mostrar ante la persona más indiferente; las he visto tomar posturas contrarias á la buena educacion, cantar, responder con aspereza y negligencia, murmurar del mandato paternal ó materno, y estar en la mesa como si se hallasen con sus iguales ó inferiores, sirviéndose, comiendo y levantándose con la más extraña libertad.
¿Por qué no se han de guardar con nuestra familia todas las atenciones que la educacion ordena y el decoro manda con los extraños? ¿Por qué una jóven no ha de ser para con sus padres y hermanos lo que es para todos los demas?
III.
Hablar de sí mismo es un escollo en el que casi todos tropezamos.
Nada hay tan enemigo como el yo de la verdadera y dulce cortesía que nos gana todos los corazones.
En sociedad es preciso olvidarse de sí mismo para atender á las penas, á las molestias y hasta á las excentricidades de los demas; es preciso manifestar interes por los negocios y los placeres ajenos; es preciso enterarse con discrecion y dulzura de todo lo que en primer lugar les preocupa; es preciso, en fin, hacer abstraccion de sí mismo, y ser amables si queremos ser amados.
Pocos afectos nacen espontáneos, á no ser el amor; el cariño, la amistad, la verdadera estimacion, se conquistan y se conservan; la dulzura y la benevolencia del carácter, las atenciones para con los demas, se miran, y con razon, como una prueba de la bondad del carácter. Una de las primeras reglas de la cortesía es no decir jamas ninguna cosa que desagrade ú ofenda á quien nos escucha; si las personas habladoras son tan insoportables, consiste en que hablando sin reflexionar, dicen mil inoportunidades.
--Yo soy muy franco, se oye afirmar algunas veces á personas que dicen cuanto les ocurre, hiriendo profundamente el amor propio, y hasta el corazon de alguno de sus oyentes.
Estas personas no son francas ni sinceras: son desatentas, mal educadas, y están dotadas de una crueldad de corazon, que las hace odiosas y repulsivas á todos.
Hay detalles en la cortesía ó buena educacion que varian con la moda: en tiempo de nuestros abuelos, por ejemplo, las señoras permanecian sentadas cuando un caballero entraba de visita y se despedia; hoy, la moda exige que las damas se pongan en pié para saludar, y si el visitante es anciano, que se le acompañe hasta la primera puerta.
Estos detalles, en las variantes de la moda, son muy dignos de atencion, porque no hay cosa más desagradable que el parecer como figurin atrasado en el buen tono, en la elegancia de modales, en la exquisita y delicada cortesía, que hacen tan amable, tan amada y tan distinguida á la mujer.
En la mesa la cortesía, ó mejor dicho, la expresion de la misma ha cambiado tambien: hoy el papel de los dueños de la casa es mucho más sencillo y más fácil de desempeñar que hace veinte años: el cuidado de trinchar es de los criados que sirven alrededor de la mesa, presentando los platos por la izquierda de los convidados: hoy las instancias para que éstos repitan de los manjares están completamente suprimidas, y á ménos de no caer en delito de lesa elegancia, no se pueden hacer finezas á ninguna de las personas que nos acompañan á comer; pero la señora de la casa tiene otros mil medios de complacer á sus convidados: la colocacion de los asientos, aproximando á los que más puedan simpatizar, las gracias de la conversacion, la atencion constante de los detalles del servicio, le abren ancho campo para ser amable.
Despues del café, el salon habla tambien de una manera muy elocuente en pro ó en contra de la cortesía de la señora de la casa: el salon debe ser el agradable asilo de la amistad, y el sitio donde todas las personas que asisten á él se hallen, no sólo bien, sino perfectamente.
Un salon abrigado, donde haya un piano que hagan sonar de cuando en cuando manos artísticas, donde haya libros y grabados, donde haya sobre todo una conversacion amena, cordial y sostenida al dulce calor de una inteligencia femenina, jamas estará solo.
Cuando me hablan de las tertulias íntimas de nuestros padres y busco la causa de que hoy no las haya, la encuentro al punto.
En nuestros dias la mujer se ha entregado por completo á la frivolidad, y el hombre, cansado de frivolidades, á la ambicion: la vanidad y el afan del lujo invaden los cerebros femeninos, y el hombre busca el medio de que la mujer alcance sus deseos, anhelando cada dia más fortuna.
Á la mujer, pues, toca dar luz y calor al hogar: si ella le embellece con su talento, con su bondad, con la cortesía, que es la expresion de aquéllas, la sociedad le deberá un voto de gracias.
PENSAR Y SENTIR.
CARTA Á UNA JÓVEN.
I.
Puesto que deseas saber mi opinion, querida Valeria, acerca de si es preferible para la felicidad de la vida el que la mujer sepa pensar ó sepa sentir, voy á decírtela, no dándotela en absoluto, sino sencillamente, como una opinion que me es propia, y nada más.
Creo, mi amada Valeria, que el sentimiento puede llegar á ser un mal no estando guiado por la razon; es decir, que el sentir solo no es bastante para la felicidad de la vida si no se piensa tambien, para regular nuestras acciones del modo más acorde, no sólo con el buen parecer, sino tambien con la tranquilidad á que debemos aspirar.
Personas hay en las que el sentimiento por lo extremado puede llamarse enfermizo, y la que te escribe estas líneas es una prueba de ello: todo lo que sienten es con tan inmensa fuerza, que la razon no se muestra sino generalmente traida por algun amargo desengaño; es decir, que no dan cabida jamas á esa augusta huéspeda cuando tienen el alma llena de flores y de armonía, sino cuando el dolor la ha convertido en un árido desierto, cuando sólo ven tinieblas y soledad dentro y fuera de sí.
Si á la par que el alma se eleva á las regiones del sentimiento, el pensamiento caminase tranquilo por el sendero de la razon; si meditásemos en vez de dejarnos llevar por los sueños vanos y peligrosos de la fantasía, entónces podriamos ser dichosos y labrar á la vez la dicha de cuantos nos rodean.
Pero ¡ay! cuanto más se siente ménos se piensa, y si observas, Valeria, lo que pasa al derredor tuyo, te convencerás de esta triste verdad, lo mismo que si te observas á tí misma; tú amas, y el anhelo de estar constantemente al lado del objeto de tu amor, el exceso mismo del sentimiento que te inspira, no te deja pensar en que puede cansarse de estar siempre en tu compañía; en que en vez de desear que llegue el dia de ser tu esposo, puede temerlo como un mal irremediable. El amor, Valeria mia, necesita de una atmósfera pura y serena, y no puede existir en un ambiente sofocante. El amor ha de vivir libre y no prisionero; el amor ha de ser espontáneo y no impuesto; y si no piensas en esto, si te limitas sola y únicamente á sentirlo, á acrecentarlo cada dia y á exigirle más sacrificios, el amor morirá y huirá de tí, dejándote destrozado el corazon, donde con tanta intensidad, donde con tan ardiente exclusivismo le albergaste.
El amor verdadero, el amor noble, profundo y generoso, tiene su carácter propio, tiene sus manifestaciones, tiene sus distintivos, por decirlo así; una vez convencida de que existe, no te empeñes en sostenerle con artificios, cuando puede vivir por sí solo; déjale completa libertad, deja que luzca la llama sin darle la presion de un fanal, porque toda luz así velada, es más opaca y ménos pura.
Ni te empeñes tampoco, llevada por el exceso mismo del sentimiento, en creer toda la dicha de la tierra encerrada en tu amor.
He visto desdichadas mujeres vestir con las galas de su imaginacion, rica y entusiasta, un ídolo de barro; prodigábanle las perlas y las flores, y le veian, no cual era, que entónces se hubieran asustado, sino como ellas lo querian ver.
¡Ay! ¡Cuanto más elevaban el ídolo, cuanto más levantaban el pedestal, más lo alejaban de ellas! Llegaba el dia en que, cansadas de sostenerlo, en que rendidas de aquel trabajo sin recompensa y sin gloria, de aquel trabajo vil, que la ingratitud no reconocia y que el mundo acusaba, dejaban caer los brazos, y entónces el ídolo venía al suelo, se hacía pedazos y dejaba ver el polvo vil que constituia su sér.
Esta es, Valeria mia, la amarga historia del corazon de muchas mujeres: historia triste, que va envuelta en un dolor mortal, y que no lleva consigo ni áun la gloria del martirio.
Piensa, pues, y rechaza los ídolos de barro; no des tu corazon más que á un hombre digno de tí, pero no pidas tampoco á este hombre más que lo que un hombre puede conceder, ni llegues á las exageraciones del sentimiento.
El sentimiento exagerado no halla su recompensa, ni es pagado jamas.
II.
En el matrimonio te recomiendo más todavía el pensar: las sublimidades, querida mia, no lo son en la vida real sino cuando van acompañadas de la augusta luz de la razon: si no haces más que sentir, eres mujer perdida: el raciocinio es de todo punto indispensable para guiarnos en las sinuosidades del camino: el sentimiento nos extravía muchas veces, ó más bien nos extravía siempre.
Hay que sentir, por decirlo así, con medida, y hay que pensar mucho: hay que pensar en la dicha de toda una familia, y hay que poner al sentimiento límites muy estrechos las más veces, por más que el sentimiento parezca ilimitado como todo lo infinito.
Ya en la edad madura, presumo que el pensar se sobrepondrá en tí al sentir, como sucede á todas las mujeres. La ancianidad: hé aquí el puerto de paz de las mujeres que sienten con exceso: la ancianidad con su velo blanco apaga el fuego de la pasion, y trae á la razon por la mano, como fiel y cariñosa compañera.
En las nobles y elevadas regiones del arte, el pensar y el sentir son tambien dos cosas que deben ir juntas si el artista ha de producir obras de esas que no mueren jamas; pero en el artista el sentimiento ha de preceder al pensamiento, y ha de ser más grande; se necesita sentir en sí mismo la belleza ideal, y luégo pensar con firmeza en la ejecucion; pensar incesantemente en la necesidad de llevarla á cabo; el trabajo constante es la ley del arte, como es la ley de la vida. «Paganini, dice Balzac, que hacía vibrar su alma en las cuerdas de su violin, hubiera llegado á ser un violinista ordinario si hubiera pasado tres dias sin estudiar.»
Y en otra página de sus libros inmortales añade el mismo gran escritor frances:
«El arte es la creacion idealizada: así los grandes artistas, los poetas completos no esperan ni los encargos ni los compradores: crean hoy, mañana, siempre; y de esto resulta esa costumbre del trabajo y ese perpétuo vencimiento de las dificultades, que les mantiene en eterno y amoroso lazo con su musa protectora y con sus fuerzas intelectuales. Canova vivia en su taller, como Voltaire en su gabinete: Homero y Fídias han debido vivir tambien así.»
Si el artista se deja llevar sola y exclusivamente del sentimiento, degenerará en soñador, y entónces no hay gloria posible para él; porque la pereza es el estado normal de todos los artistas, pudiendo ocuparla con sus sueños sin fin, y es muy fácil convertirse de pensador en soñador y sumergirse en esa peligrosa reverie, enfermedad del alma, y abismo donde quedan sofocadas las nobles aspiraciones del arte y del trabajo.
III.
Mas hablemos de nosotras, ó más bien de tí, amada Valeria, de tí que pones ahora el pié en el florido sendero de tu vida; de tí, que tienes el alma llena de fe y henchida de esperanza, y que me preguntas con el santo candor de la inocencia:
¿Qué haré? ¿Conviene más á la mujer pensar ó sentir? ¿Deberé crear en los mundos de la pasion, ó fabricarme una vivienda en los de la razon?
Ni lo uno ni lo otro, Valeria: vive en ambos, y no renuncies del todo á ninguno de los dos: líbreme Dios del dolor de verte _racionalista_ como del dolor de verte soñadora: aquello es el desierto de hielo; esto la perpétua y dolorosa decepcion: vive sobre todo para el amor, pero deja á la razon que modere la impetuosidad de tus impresiones y que las regule, como un hábil mecánico regula el movimiento de una magnífica péndola, para que marque el trascurso del tiempo; el decorado de esta péndola puede ser tan bello como el sueño de un poeta: mas esto no impide que la máquina sea de una exactitud y regularidad perfectas, sino que, por el contrario, estas condiciones hacen de ella una obra maestra, y completan la admirable armonía del conjunto.
LAS VISITAS.
I.
--Estoy siempre debiendo visitas,--decia no há muchos dias, en presencia mia, una señora jóven y bella,--cada dia tengo más: es una fatiga: ¡pasan de cuatrocientas! Así es que siempre estoy en falta con las gentes: mi última enfermedad me ha atrasado de tal modo, que no sé qué hacer.
--Hay un medio fácil de salir del paso,--opinó otra amiga de ambas que la oia,--se toma un carruaje durante ocho dias seguidos, y se hacen cada dia veinte ó treinta, dejando tarjetas en las porterías ó subiéndolas el lacayo.
--¡Magnífica idea!--exclamó la dama,--lo salva todo: cumplo con las gentes, como quien dice, sin tiempo.
Formaba parte de la reunion un anciano, respetable por su elevada inteligencia, no ménos que por su edad avanzada: era tio de la que acababa de hablar, y la queria con un afecto completamente paternal.
--¿Por qué haces tú visitas?--le preguntó, despues de haberla mirado en silencio durante algunos instantes, con la penetrante y dulce expresion que le era habitual.
--Hago visitas, querido tio, para cumplir con las gentes.
--¿Sólo por eso?
--¿Y por qué otro motivo se hacen?
--Por afecto á las personas á quienes se va á visitar.
--¡Dios mio!--exclamó la jóven señora,--si fuéramos á amar á todas las personas á quienes visitamos, ¿dónde habria corazon para tanto? Ademas, amistades verdaderas ¡hay tan pocas!
--Por cierto, hija mia, que dices ahora lo que sientes, y veo en tu rostro que este conocimiento te causa no pequeña tristeza: tienes razon: la amistad verdadera es difícil hallarla, y las personas que llevan el género de vida que tú llevas no la encontrarán nunca, porque todo lo que dais á la frivolidad, se lo quitais al corazon.
--No lo entiendo á V., mi querido tio.
--Yo me explicaré: ¿por qué visitas á tanta gente?
--Porque toda esa gente me visita á mí.
--Y entre todas esas personas ¿hay muchas que te aman?
--Acaso ni una sola,--contestó con un suspiro mi amiga,--¡acaso ni una sola se interesa por mí!
--Y eso ¿en qué consiste? Siendo dulce, bondadosa, amable en tu trato, ¿cómo es posible que seas generalmente antipática?
--¡Tio! ¡No creo que nadie me profese antipatía!--exclamó la jóven resentida.
--Entónces, ¿eres indiferente á todos?
--¡Eso será más bien! pero ¿antipática? ¡oh, no! ¡A nadie he hecho daño en toda mi vida!
--Lo sé, y por eso te pregunto si sabes la causa de esa carencia de afectos, de esa frialdad que te rodea, pobre hija mia.
--No la conozco, ni habia pensado nunca mucho en ella, porque me entristecen esos pensamientos.
--Ahora hablemos de tí. ¿Tienes tú afecto, no á todas, pues ya veo que eso es imposible, sino á alguna de las personas que te visitan?
--No les tengo afecto, pero tengo inclinacion á algunas, y si no fuera porque una invencible timidez me lo impide y porque me falta tiempo para ello, desearia cultivar su amistad.
--¡Ya está explicado el enigma!--exclamó el anciano,--¡la falta de tiempo! ¡La falta de tiempo que se pierde en un trato frívolo é inútil, y que se echa de ménos para los afectos verdaderos!
II.
Mi amiga miró asombrada á su tio, que prosiguió:
--No se pueden tener muchas amistades si se han de tener algunos amigos, hija mia; la vida está llena con dos afectos, y bastan si se sienten profundamente: el amor y la amistad son dos dulces necesidades del corazon, y para satisfacerlas todo el tiempo es corto.
¿A qué ese cúmulo de frívolas visitas? ¿Puede creer en tu simpatía é interes la dama que sólo conoce de tí el nombre inscrito en las tarjetas que le sube el lacayo? ¿Puedes tú creer en los suyos, cuando ella hace lo mismo?
--¡Pero si esa es la costumbre!
--Costumbre absurda y no tan generalizada tampoco como tú crees; llévate siempre esta regla en tu trato: ni buscar amistades, ni perderlas.
Las visitas son necesarias para conservar las relaciones sociales; son la expresion de la deferencia hácia los que nos son superiores; de la simpatía á nuestros iguales, de la piedad hácia los que sufren; son, en fin, el lazo que une á la gran familia llamada sociedad, y bajo este punto de vista son, no sólo necesarias, sino agradables; pero lo que es inútil y absurdo es ese afan de visitar que se ha desarrollado en nuestros dias y que á nada conduce más que á perder el tiempo y la paciencia: si se dedican todas las horas de que se puede disponer á las visitas de cumplido, ¿qué tiempo dedicarémos á las de afecto? ¿Y cómo expresarémos éste sino yendo á ver de cuando en cuando á las personas que nos lo inspiren?
--Lo que me ha herido profundamente,--dijo la jóven,--es que durante los dias de mi enfermedad apénas ha venido nadie á verme; nadie se ha ofrecido á velarme; nadie me ha acompañado una hora.
--En cambio, desde que saben que te levantas, tienes al criado de la antesala constantemente anunciando visitas y recibiendo tarjetas: ademas, la lista que se ponia á la puerta de la habitacion estaba llena todos los dias.
--¡Sí! de nombres que venian á escribir criados ó conocidos de mis amigos.
III.
--La sociedad exige mucho y da muy poco,--dijo nuestro anciano amigo,--despues de una noche de baile que has pasado sin dormir y empaquetada en un traje incómodo: despues de un dia de visitas, fatigoso y eterno, ¿vuelves á tu casa con el espíritu alegre y el corazon tranquilo?
--¡Nunca, tio mio! ¡Mi cuerpo llega cansado! ¡Mi espíritu, vacío y triste!
--Así sucede á casi todas las personas, y desde luégo á todas las que piensan y sienten.
--¿En qué consiste, pues, que algunas jóvenes que yo trato están sólo contentas así?
--¡Porque ni sienten ni piensan; porque esa frivolidad basta para llenar su tiempo y divertirlas; porque no tienen recursos en sí mismas; en una palabra, hija mia, porque miran siempre á la tierra y jamas al cielo! Pero eso no da la felicidad, ni la alegría, ni áun la tranquilidad: adquiere la costumbre de preguntarte cada noche al recogerte: ¿Qué he hecho hoy?--y verás qué dolor sientes al tener que contestarte:--Nada que valga algo.--¡Luégo he arrojado un dia al abismo! _Diem perdidi_, como decia el Emperador Tito.
--Pero señor,--observó un jóven elegante y perfumado que se hallaba presente tambien,--¿se ha de retirar la señora de todo trato? ¿Bella, rica, libre, pues es viuda, y en lo más florido de la juventud, va á dedicarse sólo á pensar y á sentir? ¿Y el buen tono? ¿Y su proverbial elegancia? ¿Se ha de eclipsar? ¿Se ha de morir moralmente?