Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · Unidad 11 de 32

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--No, señor, ántes por el contrario, le aconsejo una resurreccion á la dicha, á la paz consigo misma: que entre todas esas innumerables visitas elija aquellas que le sean más simpáticas ó que sean verdaderamente distinguidas por sus talentos y virtudes: que elija, en una palabra, lo que le agrade, lo que pueda amar, ó á lo ménos estimar; para la amistad, que se dedique más á conquistar afectos que á provocar envidias; más á ser amiga que á ser rival; más á ser útil que á deslumbrar; que desee más ser querida por sus bondades que ser citada por modelo de elegancia, y que prefiera la dulce intimidad de algunas pocas y elegidas personas, al gran círculo en el que sólo se admiran sus trajes y sus prendidos sin pensar en las nobles cualidades de su carácter y de su corazon.

Mi amiga besó tiernamente la mano de su tio, prometiéndole así, de una manera tácita, seguir sus consejos.

CUALIDADES Y DEFECTOS.

I.

Mis amadas lectoras--pues yo no me atrevo á hablar á los hombres acerca de mis opiniones--mis amadas lectoras, ¿no habeis notado alguna vez que hay personas insufribles en el trato íntimo, y á las que, sin embargo, la sociedad aclama como modelo de todas las virtudes?

Para que entendais lo que os pregunto, os voy á citar un ejemplo.

Conozco yo una madre y una hija en contínua y perfecta disidencia en el interior de su casa, á pesar de juzgarlas todo el mundo, como vulgarmente se dice, unidas por el más tierno afecto.

Así debia ser, y por eso se cree así: la madre es una señora jóven áun, de un talento más que regular, de perfecta educacion, de trato dulce y agradable, distinguida y simpática á todos.

La hija es una criatura bella, modesta, afectuosa, de condicion amorosa, blanda y benévola naturalmente; todos sus hermanos han muerto, y ella ha llegado á ser el único amor y la sola compañía de su madre.

Yo oigo decir en torno suyo:

--¡Qué felices deben ser!

--¡Cuánto se aman!

--¡Esa jóven no se casará jamas, por no separarse de su madre!

--¡Si esa madre perdiera á su hija, se moriria!

De todas estas opiniones sólo la última encierra acaso una verdad; es posible que si esta madre perdiese á su hija, sucumbiese al dolor de haberla perdido.

Y sin embargo, es imposible imaginarse una vida más amarga que la que llevan estas dos pobres mujeres, que no pueden sufrirse la una á la otra.

¿No os parece esto horrible, lectoras mias, sobre todo cuando sucede entre madre é hija?

Pues áun es más horrible, cuando la extrema y contínua diversidad de opiniones tiene lugar en el matrimonio.

¡Y la tiene tantas veces, tantas... que causa espanto el saberlo y áun el adivinarlo!

No obstante, repito lo que dije al empezar; casi siempre estas personas insufribles para la vida íntima, pasan por modelos de virtud y de moralidad entre las gentes que las tratan poco.

Demostrada la llaga, veamos si podemos adivinar lo que la ocasiona, y cuál es el remedio que la conviene.

II.

En mi pobre opinion de mujer, creo que para la vida interior ó de familia, es mucho mejor tener un solo vicio que muchos defectos.

En primer lugar, un vicio puede curarse; una fuerte sacudida moral, una desgracia originada por ese mismo vicio, suelen ser el cauterio de la llaga; pero de los defectos nadie se cura jamas, pues casi siempre los creemos cualidades relevantes.

Refiriéndome de nuevo á la madre y á la hija de quienes ya he hablado, puedo asegurar que las dos tienen la culpa del malestar en que viven, y del completo y triste desacuerdo á que han llegado.

La madre quiere que su hija sea perfecta.

La hija quiere, á su vez, que su madre sea una madre modelo.

Cayendo en la manía comun, llama la madre á sus exigencias de perfeccion AMOR, y la hija las llama TIRANÍA.

Ambas carecen de la más amable de las cualidades: de la que es el copito de algodon en rama, dulce, suave y blando, que iguala todas las sinuosidades del carácter y todos los lados salientes de las situaciones: carecen de benevolencia; han llegado á no entenderse, que es la mayor de las desgracias en la intimidad de la familia.

Esos dos pobres seres viven juntos y está cada uno de ellos solo, ¡eternamente solo!

¡Dios mio! ¿Qué sacrificio puede parecer penoso si precave el llegar á tan horrible estado? ¿Y qué es un poco de tolerancia, comparada con las ventajas y la paz que trae consigo?

¡Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza! ¡Adorables virtudes, que el cielo ha señalado como cardinales y primeras! ¡Vosotras sois las cuatro fuertes columnas en las que descansa todo el edificio de la paz doméstica! ¡Vosotras dais la dicha y la paz al hogar, la calma á la conciencia y la tranquilidad al alma!

La prudencia calla y tolera los defectos ajenos, pensando en los propios.

La justicia mide las circunstancias atenuantes de lo que da impulso á las acciones, que á primera vista parecen culpables.

La fortaleza perdona las injurias despues de soportarlas con valor.

La templanza contiene los movimientos descompuestos de la ira, y derrama un bálsamo exquisito en el alma herida.

¡Oh, nobles virtudes! ¡Sed siempre las santas compañeras de mi débil sexo! ¡Sed siempre los ángeles guardadores de la mujer!

III.

No sé qué deplorable flaqueza nos impele siempre á ver en cada uno de nuestros defectos una cualidad.

Las personas muy mezquinas, se creen _económicas_ y _arregladas_.

Las dominantes, se juzgan llenas de abnegacion hácia las otras.

Las oficiosas, _serviciales_.

Las aduladoras, _amables_ y _cariñosas_.

Las despilfarradoras y manirrotas, _generosas_.

Las maldicientes, _listas_, contoneándose muy huecas con esta idea.

«¡El que me la pegue á mí!...»

He visto á un hombre muy cobarde y villanamente insultado, que, preguntado por un hermano suyo que por qué no pedia satisfaccion de aquella ofensa, contestó:

--Yo soy un hombre prudente que me debo á mis hijos: éstos me necesitan.

--¡Más necesitan el honor que tú les quitas con tu cobardía! exclamó irritado su hermano.

Así cegados los ojos de nuestra razon, en vez de combatir nuestros defectos como á enemigos, los acariciamos y cuidamos como á cualidades relevantes que nos ensalzan.

IV.

El motivo, el grande y triste motivo de que algunas personas muy elogiadas por todos y muy dignas de serlo, sean insoportables para la vida íntima, es la poca atencion que ponemos en estudiarnos cada uno, evitando todo lo que puede molestar á los demas: es la falta de cuidado en corregir los defectos del carácter, esos defectos que hacen la vida más amarga que un vicio por arraigado que esté: el ánsia de perfeccion ajena, que es lo que se llama intolerancia; el descuido de la propia; el egoismo; la murmuracion; la costumbre de exagerar y áun de mentir; el hábito de impacientarse por poca cosa, todo esto constituye un conjunto insoportable, y que convierte en víctimas á los que viven en derredor nuestro.

Nada hay comparable á la dicha de la paz y de la alegría doméstica; el que se halla mal en su hogar, en vano será que vaya á buscar fuera la felicidad: no puede hallarla: por eso quiero que todos nuestros esfuerzos, lectoras mias, tiendan á conservarla y que empleemos todas las delicadezas y todas las ternuras que nos son propias, para que reinen en el seno de la familia la dulce concordia, la grata avenencia, la hermosa unidad de las voluntades y de los corazones.

LA COQUETA.

I.

Cuando he tratado de escribir algun artículo de costumbres, y he pensado retratar en él un tipo, he buscado alguno que sea, no sólo conocido, sino _mal conocido_: es decir, ó excesivamente alabado, ó vilipendiado en demasía.

Á la coqueta se la juzga con arreglo á uno de estos dos extremos: el ódio de todas las mujeres y de algunos hombres, y las simpatías de una no pequeña parte del sexo fuerte.

Á mi juicio, hay diversidad en la especie de las coquetas, y sin amor propio puedo decir que el juicio de una mujer en este asunto, es de mucha mayor validez que el de un hombre.

Si no me engaño, es nuestro esclarecido poeta D. Tomás de Iriarte el que ha definido á la coqueta en estos cuatro versos:

«Es la coqueta, mujer Que pasa alegre su vida, Anhelando ser querida Y no pensando en querer.»

Mas desde que se escribió esta definicion, la especie ha adquirido variedades notables.

La coqueta de que habla Iriarte tiene en su carácter algo de noble y de bello: el anhelo del cariño dice mucho en favor de quien le abriga, y no será extraño que esa coqueta, áun sin pensar en querer, quiera cuando ménos lo espere, y quiera con pasion y con lealtad.

La coqueta que piensa y siente no es muy temible: pero hay otra que si piensa no siente, y esa es el verdugo de todo el que siente por ella.

La clase de mujeres á que me refiero anhela inspirar pasiones, pero con la decidida intencion de burlarse de esas pasiones: ansian siempre lo imposible, y el hombre que más estimasen, el que les fuese más agradable, le desdeñarian si le viesen realmente apasionado de ellas.

Estas mujeres temibles quieren dominar en general al sexo que llamamos fuerte; su anhelo no es de amor, sino de dominio; su afan no es de afecciones ni de ternura, sino de homenajes; el cariño las fatiga y las aburre, y no se libra de sus tiros ni el honrado y ejemplar padre de familia; si hay en ellas alguna capacidad para el sentimiento, tal vez alcanza á interesarlas el que más resiste á sus manejos y á sus _avances_, como dicen nuestros vecinos los franceses.

II.

La coquetería y el coquetismo se confunden generalmente, y no obstante, son muy diferentes: la primera la sienten todas las mujeres desde que despunta la luz de su razon, y algunas veces no las abandona hasta el sepulcro: el segundo no se siente, se ejerce; porque léjos de ser un sentimiento, es un sistema calculado y sujeto á reglas.

El coquetismo, y no la coquetería, es lo que hace las coquetas; porque el coquetismo lo ejercen únicamente las mujeres de corazon frio y de poco elevados sentimientos.

La coquetería es conveniente: constituye el principal encanto de la mujer, y necesita conservarla para su felicidad, porque la coquetería es una especie de conocimiento de su propio mérito, que la induce á realzarlo en cuanto puede con mil graciosos é inocentes recursos; puede decirse que la coquetería es un deseo constante de agradar.

Hay algunas mujeres dotadas de encantadora coquetería en su juventud; todo participa de ella; sus acciones, su traje, sus palabras, y hasta sus menores movimientos; su más vivo deseo es complacer; y yo encuentro en esa constante ocupacion del placer de los demas algo de generoso y tierno.

Su coquetería las hace siempre amables y dulces: su coquetería las inclina á cultivar todo género de habilidades, y á presentarse, áun en familia, bien y elegantemente prendidas: su casa está siempre cuidada con esmero, y en la colocacion de los muebles, en los pliegues de las cortinas, en la fisonomía general que presenta su domicilio, se ve ese anhelo de complacer que cautiva todas las voluntades.

No, no es la coquetería lo que hace las coquetas; porque la coquetería, la amable y graciosa coquetería se emplea tambien con éxito para alcanzar las simpatías de nuestro sexo; coqueterías son los mil pequeños servicios que una mujer puede prestar á otra para captarse sus simpatías.

¡Cuántas cosas que parecian imposibles ha conseguido una dulce mirada, una palabra amable, una frase dicha á tiempo, y dicha con deseo de agradar!

III.

El coquetismo no tiene la abnegacion y la generosidad de la coquetería; no imprime en la que lo ejerce el sello del talento, sino el de la astucia y falsedad; el coquetismo es fastuoso y deslumbrador, pero carece de ese atractivo inherente á todo aquello en que toma parte el corazon; anhela que se le rinda tributo, no amor; es vano, pero no sensible; arrogante, pero no digno: como ya he dicho, el coquetismo y no la coquetería es lo que da á la mujer el odioso nombre de coqueta.

El coquetismo es intolerante, mordaz y despiadado hasta con las mismas que le dan abrigo, pues no bien los años empiezan á escribirse en su frente con amargos y helados caractéres, las abandona, sin dejarlas otra cosa que vacío y soledad; porque el coquetismo espanta al matrimonio, en vez de atraerlo como la coquetería. La pobre mujer de quien hace presa adquiere por él patente de malos sentimientos y de no buena moral.

Por eso muy pocos quieren á la coqueta para depositaria de su honor y para madre de sus hijos.

El coquetismo es dispendioso, y le gustan las galas vistosas; compañeras del coquetismo son la vanidad y la ambicion; y es de tal modo cruel, que se complace en conquistar corazones para desgarrarlos despues con crueles desengaños.

Si la coqueta puede elegir esposo, se ve generalmente que escoge á una persona rica, aunque le doble la edad ó sea deforme y ridícula; porque para la coqueta no hay otra dicha que los goces de la vanidad y del lujo; su corazon es mudo y helado; una vez casada, es cosa muy comun verla abandonarse á una existencia de comodidades, y enteramente egoista, para indemnizarse de los cuidados que le costó alcanzar la posicion social que ambicionaba.

IV.

Hay otra clase de coquetas muy inocente, y á ella pertenecen las niñas que entran en el camino de la vida por la puerta de flores de la adolescencia; ésta es la que se prolonga hasta una edad muy avanzada si no se cuida mucho de elevar y de despertar un corazon que se presenta tan superficial, y con una ausencia tan completa de sentimiento; estas mujeres son las que ejercen de una manera despiadada el coquetismo, cuando llegan al estío de la vida, ya por la ausencia de ternura en el alma, ya porque acaso ignoran el daño que causan, ya tambien por la absoluta carencia de una educacion íntima y tierna, que sólo una madre inteligente é ilustrada puede dar.

La coquetería es una dulce amiga que embellece nuestra vida y la de todos los seres que nos rodean, y á la que, léjos de rechazar ó desconocer, debemos amar, haciéndola nuestra compañera inseparable; ella da encanto á nuestra casa, elegancia á nuestro traje y hasta belleza á nuestra fisonomía; ella es una hada bienhechora que nos enseña á complacer á las personas que amamos, y nos sonrie siempre.

El coquetismo es un monstruo detestable que se traga nuestros buenos instintos, y que nos hace aborrecibles á todos, porque endurece el corazon al invadirlo.

La coquetería es amiga de la virtud; el coquetismo es su enemigo más implacable; en una palabra, la coquetería es la base de la dicha y el sosten de todas las bellas cualidades de la mujer; el coquetismo es el prólogo de su perdicion, y tiene por epílogo el desprecio y el abandono de todos.

No se deben ahogar en una jóven el amor á lo bello, el constante deseo de agradar, la gracia nativa que la inclina á complacer, las expansiones del alma, que demuestran su temple apasionado y amante. Lo que debe corregirse, lo que debe extirparse, como las malas hierbas de un jardin, en una alma jóven, es el afan de homenajes, el empeño de llamar la atencion, el desden soberbio, la vanidad y el orgullo del carácter; porque todos estos defectos fatales van creciendo con la edad, y constituyen el sér odioso y aborrecible que se llama _coqueta_, y que, si llega al deplorable perfeccionamiento de la especie, es uno de los borrones de la sociedad actual, es uno de los baldones de nuestro sexo.

LAS PAGANAS.

I.

Ningun sér que ama á otro sér apasionadamente es completamente digno de compasion, porque no es completamente desgraciado.

Un afecto profundo ocupa la mayor parte de la vida, y á veces la llena toda.

Es verdad que muchas veces este amor es pagado con ingratitud, y que estas pasiones suelen tener su calvario y su cruz; pero hay en el amor una exaltacion que hace preferir el martirio por la persona querida, á la más completa felicidad sin ella.

El primero de los amores, el más grande, el más puro, el que da al corazon una felicidad más perfecta, es el divino: el amor á Dios, supremo consolador de todos los males, padre tierno y previsor, que jamas nos abandona; ese amor llena, no sólo la vida, sino tambien el alma, de la dicha más completa y más dulce.

Despues del amor divino hay algun amor mundano, que á fuerza de ser grande llega hasta el heroismo, y que aunque contravenga algunas veces á las leyes del deber, se hace perdonar, ó disculpar al ménos, por ser inmenso.

Hay tambien quien ama á sus padres con la mayor ternura: y del amor á los hijos creo inútil hablar, porque hay muy pocas mujeres que no sean capaces de sacrificar á su amor maternal hasta su propia vida.

En la amistad se han visto tambien ejemplos admirables de grandeza y abnegacion, y dos damas holandesas, las fundadoras de la novela en su país, vivieron unidas desde su juventud más tierna por los lazos de una amistad tan sólida, que han pasado á ser citadas como ejemplo hasta nuestros dias.

Todo esto es posible, y lo vemos cada dia; todas estas variantes del amor se admiran, se comprenden y las alabamos con razon; pero hay otra clase de amor que no es noble, ni grande, ni disculpable siquiera, y de este amor voy á tratar en el párrafo siguiente.

II.

--Dime, querido Cárlos, preguntaba un dia el Marqués de... á su hermano mayor, ¿qué te parece mi mujer?

--Una pagana, respondió ásperamente el Duque, que era el hermano á quien esta pregunta se dirigia.

El que habia interpelado quedó un instante suspenso, á pesar de serle bien conocido el carácter brusco, excéntrico y demasiadamente sincero de su hermano primogénito.

--Yo creo muy cristiana á la Marquesa, repuso sonriendo al cabo de algunos instantes; pero tu opinion es para mí de tal importancia, que te ruego me dés la explicacion de lo que has dicho.

--Digo que tu mujer es una pagana, y así la califiqué desde el dia de tu casamiento, tres meses hace.

--¿Y por qué la juzgas así?

--Se llaman paganos los que adoran ídolos, ¿no es cierto?

--Sin duda.

--Tu mujer adora dos ídolos.

--¿Cuáles son?

--El lujo y el placer.

--¿Y qué tiene eso de extraño? ¡Es tan bonita!

--¡Lindísima!

--¡Y tan jóven!

--Diez y nueve años; lo sé.

--Ya variará.

--Cuando yo me vuelva jóven y buen mozo, repuso el Duque de...., que ya contaba cincuenta años, y era pequeño y jorobado.

Este hombre regañon y arisco tiene razon: la jóven Marquesa es una pagana que se adora á sí misma y á todo lo que puede aumentar su belleza y sus gracias.

Hija de una madre severa y rígida, pasó en una pension los diez y seis primeros años de su vida, y vivió luégo, hasta su casamiento, en el más completo retiro, y bajo la direccion de una aya inglesa, que ninguna expansion dejaba á su carácter y á sus inclinaciones; el casamiento fué para ella como una carta de libertad, y á pesar de que su esposo le llevaba veinte y un años, le aceptó y le miró como á un bienhechor que le abria las puertas de su cárcel doméstica.

No tuvo que temer el esposo ninguna infidelidad de parte de aquella esposa que podia ser su hija. Blanca, que así se llama--pues áun vive--ha pasado algunos años dedicada sólo á frecuentar los salones del gran mundo; á llamar la atencion en la Castellana, en el Retiro, en el Botánico, por la elegancia y ostentacion de sus carruajes y libreas, y á provocar la envidia de las damas más hermosas, por sus gracias encantadoras, y por la riqueza de sus joyas y el buen gusto de sus trajes.

Tres hijos, que han muerto al poco tiempo de nacer, han dejado á la Marquesa en la libertad más completa; y aunque los médicos le han dicho várias veces que el no nacer sus hijos en condiciones viables era debido á la vida agitada que ella hacía, á la presion del corsé, á los insomnios y á la falta de apetito, que debilitaban su naturaleza, le ha sido imposible renunciar á una existencia que era la más conforme á su gusto y la única que comprendia ya.