Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · Unidad 12 de 32
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El mundo seca la savia del alma y devora á las pobres víctimas que se entregan ciegamente á él.
III.
La vida de la Marquesa no tenía otro método que la de tantas otras señoras de su clase: se levantaba á la una, la recogian sus doncellas el cabello y la ponian una bata elegante, para almorzar, sin gana, á las dos; hacía algunas visitas ó recorria algunos almacenes de modas, hasta las cuatro en invierno, hora en que iba á dar algunas vueltas á la Castellana; se vestia para comer, á las siete; iba á su platea del teatro Real á las nueve; volvia á su casa á las doce; se vestia de nuevo y se iba á uno ú otro salon, hasta las tres de la mañana: á esa hora la desnudaban sus doncellas y se dormia, ya bien entrado el dia.
Jamas leia, porque aunque en la mesa del centro de su salon habia algunos libros nuevos, ella no les hacía el honor de consagrarles una mirada: dejó olvidar la música, que sabía bien; el dibujo, en el que sobresalia cuando niña, y perdió el raciocinio que, aunque no en gran dósis, algun dia habia poseido.
No miraba jamas los cuadros ni los bronces que decoraban su suntuoso palacio, y llegó, en fin, á no saber hablar más que de modas, de trajes, de brillantes y de chismes de salon.
Así aquella pagana se convirtió en fanática adoradora de la tontería, de la venalidad, de lo que hay de más frívolo en el mundo, y el culto del lujo y de la ostentacion fué el solo que sobrevivió á todos los cultos, á todas las adoraciones de las almas nobles y escogidas.
¡Pobre Blanca! ¡Tan bonita, dotada de tan dulce carácter, tan simpática á todos por sus gracias, y haber caido en tal frivolidad, que bien merece el nombre de idiotismo!
¡Rebajar su espíritu en vez de elevarlo! ¡Ocuparse sólo de lo material sin pensar en lo moral, en lo intelectual, en lo bello, en lo grande! ¡Mirar siempre á la tierra y jamas al cielo! ¡Qué inmensa, qué terrible desgracia!
IV.
Hoy la Marquesa tiene cuarenta años: las arrugas van surcando sus blancas sienes y su graciosa frente: arrugas prematuras, que han llegado conducidas por las veladas de muchos años, por la vida agitada del gran mundo, tan distinta de la apacible vida de la madre de familia, de la buena esposa que se dedica á cuidar y á embellecer su hogar.
Su esposo ha dejado de amarla; al año de casado se convenció, y su hermano mayor le ayudó á convencerse, de que aquella linda pagana era sólo un mueble más; el más bello de todos los de su morada, pero sin más alma ni más entendimiento que aquéllos.
Los amigos, y tambien las amigas, empiezan á olvidar el camino de su casa; porque para colmo de males, su fortuna, aunque muy pingüe, no ha podido resistir á los contínuos y exorbitantes gastos de los esposos.
El Marqués, cansado de estar siempre solo, porque siendo de más edad que su mujer no podia llevar la agitada vida de Blanca, convencido de que ésta no le amaba, ni le habia amado jamas, buscó su distraccion en otra parte, y se ha creado una doble familia, olvidando para siempre á la que eligió para compañera y le ha dejado sola en el camino de la vida: en su segunda familia tiene hijos, y en ellos ocupa todo su tiempo y todo el afecto de su corazon.
¡Pobre Blanca!
Sin esposo, sin hijos, sin juventud, sin fortuna, sin afecciones de ninguna especie, sin fe viva en el alma, ¿qué le queda? Sólo el vacío del sepulcro, que siente ya en torno suyo.
Su carácter, que se ha agriado, se ofende y se disgusta de todo lo que es bello y bueno: la juventud y la hermosura de las demas mujeres le son hoy odiosas; se ha vuelto murmuradora, y casi pudiera decirse maldiciente, porque su espíritu ha ido empequeñeciéndose, y ya no hay en él lugar para nada que sea noble, delicado y grande.
Tal es el fin de las pobres paganas que dedican toda su adoracion al lujo y á las distracciones del mundo, y que no ocupan su corazon en el amor de la familia, y su fortaleza en el cumplimiento del deber.
DOLENCIAS DEL ÁNIMO.
I.
Uno de los mayores males de la humanidad, y que hace ver todos los objetos y todos los intereses de la vida bajo el prisma más triste y más sombrío, es el descontento.
Los caractéres descontentadizos son víctimas de sí mismos; todo cuanto tienen les parece lleno de defectos; y es lo más extraño que tampoco les agrada lo que poseen los demas, mirando el mundo como un desierto, y su suerte como la más desventurada.
Las personas que han tenido la desgracia de nacer con un carácter dado al descontento, acusan hasta á la Providencia, y hallan defectos hasta en las leyes más sábias de la naturaleza, hasta en la perfecta y admirable armonía que rige al universo; y si éste se convirtiera en cielo, le hallarian defectos tambien, porque el defecto está, no en lo que miran, sino en su modo de ver.
De todas las enfermedades del espíritu que se pueden padecer, un carácter descontentadizo es la más cruel, y quizá la más incurable de todas.
Esta terrible dolencia tiene sus variantes, y hay quien cree más felices á los otros que á sí mismos, siendo el período de que acabo de hablar el más cruel y el más grave de esta peligrosa enfermedad.
Generalmente hablando, es achaque de todo mortal, pero más particularmente de la mujer, el poner la dicha, no en lo que tenemos, sino en lo que dejamos de poseer.
La que no puede negar que es rica, bien nacida y amada de su familia, lamenta el carecer de hermosura, aunque no se la pueda llamar fea.
La que ha nacido bella, suspira por aquellas dotes, ó dice que daria toda su hermosura por un poco de talento.
Yo conozco una mujer extraordinariamente fea, pero dotada de un talento sobresaliente; una hermosa tarde de primavera se hallaba paseando conmigo en los frondosos jardines de Aranjuez; cansadas ya de andar, nos sentamos en un banco rústico, á la sombra de algunos grandes árboles, y empezamos á hablar de mil cosas diferentes.
Mi amiga desplegó tal sutileza de ingenio, tal gracia y tanta lucidez de raciocinio, que yo me entusiasmé; é idólatra del talento, como he sido siempre, no pude ménos de exclamar:
--¡Bendito sea Dios, que te ha dotado de tan elevada inteligencia!
Jamas olvidaré el gesto de tristeza con que mi amiga sacudió la cabeza al contestarme.
--¡Toda mi inteligencia, dijo, la daria yo por una cara regular!
--¡Oh, no! exclamé yo: ¡son mucho más nobles, más durables y más atractivos los dones de la inteligencia y del corazon!
--Así se dice generalmente, repuso tristemente mi amiga, y áun se cree así; pero si la primera vista de una persona es repulsiva y antipática, ¿cómo podrá luégo hacerse amable y cautivar á nadie por otras dotes, que sólo el tiempo y el trato puede ir descubriendo?
--¡Pero cuando se llegan á conocer inspiran un afecto eterno!
--Podrá ser; pero créeme, amiga mia, á la mujer debe serle mucho más halagador, y con efecto así es, el agradar á primera vista; sé distinguir, porque, como tú dices, tengo alguna inteligencia; sé distinguir la simpatía de la estimacion; el amor nace á primera vista; las prendas del alma son las que le fijan; pero yo no seré querida jamas, aunque siempre sea muy estimada, y necesito una fuerza de carácter que no tengo para consolarme de tan triste suerte.
Así habló mi amiga, y yo no tuve valor para culpar su desaliento, porque me pareció fundado en muy triste pero muy verdadera causa.
Lo mismo que nos sucede respecto de nuestras cualidades, nos sucede respecto de las de los demas, y sobre todo, en el matrimonio, la mujer es por demas intolerante.
¿Por qué causa es más indulgente y más benévola respecto de sus padres y de sus hermanos, que respecto de su marido?
¡Ay! porque al casarse cree haber conquistado la libertad de ser injusta y de juzgarlo todo con rigor, cuando debia ser todo lo contrario.
Muchas esposas hay que, favorecidas por la suerte con hombres honrados y que las aman de todo corazon, les echan en cara que son poco atentos, que no las miman, ú otra _gran culpa_ por este estilo.
Es decir, que fundamos siempre nuestra desgracia en lo que _nos falta_, sin pensar en la dicha de lo que poseemos, y como dice muy bien Carolina Coronado:
«Es lo mismo que todos los pesares Del mundo tenga, ó que los sueñe todos, Si se sufre igualmente de ambos modos.»
Lo imaginado es muchas veces peor que lo que verdaderamente padecemos, porque la imaginacion va en la pena mucho más allá de la realidad. Una imaginacion demasiado viva ó desordenada es tambien un gran daño que puebla de fantasmas el cerebro, que ve el mal y el dolor donde no existe, y que devora á los desventurados que le dan cabida.
No se puede pedir á la humanidad más de lo que puede dar, ni exigir un amor heroico y apasionado del esposo, de los padres ó de los hijos; cada persona quiere segun el temple de su alma, y no son siempre los esposos que parecen más apasionados los que aman mejor, con más constancia y fidelidad.
III.
Hay una cosa, sin embargo, que preserva del dolor de carecer de los bienes que envidiamos en otros, y que evita el desaliento.
La vanidad.
Las personas muy vanas creen lo que poseen perfecto, seductor, inmejorable.
He visto hombres muy graves, hombres de mundo, hombres serios, atacados de esa feliz dolencia hasta un punto increible, y digo feliz, porque el modo de ver las cosas los que tal defecto tenian, era para ellos un elemento de constante y completa dicha.
¿Se habla delante de esas gentes de la distribucion de la casa que cada uno habita?
Ninguno la tiene mejor que la suya.
¿Se habla de caballos?
Los suyos son de la más pura raza.
¿De un buen sastre?
El suyo tiene un nombre glorioso en los anales de la aguja.
¿De perros?
Ellos los poseen de castas desconocidas.
¿De la belleza de alguna mujer?
Su esposa ó su prometida llaman la atencion general cuando se presentan en público.
¿De buena mesa?
Su cocinero tiene que ir á casa de sus amigos, cuando tienen convidados, para hacer alguno de esos platos de que él solo posee el secreto.
¡Oh dicha de la vanidad! ¡quién pudiera disfrutarte!
Estas personas son muy felices, pero son, en cambio, sumamente molestas.
Prefiero tratar con un pobre sér agobiado por un descontento incurable; prefiero tener á mi lado á un misántropo, á tener que soportar la necia vanidad de un tonto, cansada para el dichoso, ultrajante para el triste, antipática á todos.
Las personas vanidosas son las que ménos simpatías tienen: porque no se contentan sólo con la competencia; quieren sobresalir en todo y por todo, quieren siempre ocupar el primer lugar, y no comprenden que están ofendiendo siempre á cuantos hablan con ellos.
Personas he visto que estando fatigadas, no sólo por penas morales, sino por privaciones materiales, han tenido el empeño de hacer creer á todos en su felicidad y en su riqueza, y no por dignidad, que esto hubiera merecido alabanza, sino por vanidad, por necio deseo de inspirar envidia á otros que padecian las mismas ó más crueles penas que ellos.
¡Triste aberracion, que sólo les traia antipatías y enemistades de las personas á quienes herian y humillaban!
IV.
Hay otra tercera clase de personas á las que se les figura que les falta todo, á causa de una modestia que ya llega á ser como una dolencia del ánimo.
Esta clase es tambien desgraciada, y quizá más que ninguna, porque cuando falta la completa estimacion de sí mismo no hay valor para nada, y el alma está en una angustia contínua.
No hay nada que me cause más lástima que el ver á una persona dominada por una timidez excesiva; porque hay muy pocos sufrimientos morales que se puedan comparar á éste.
La vanidad es á la vez osada y feliz; el descontento de la vida es altivo y algunas veces amargo; pero la excesiva modestia, el pobre concepto de sí mismo, es un mal gravísimo y de difícil curacion.
_¡Yo no valgo nada!_
Este pensamiento es terrible, amargo, desconsolador, y poco á poco va empequeñeciendo el ánimo y amenguando insensiblemente el valor moral é intelectual de quien le abriga.
Todos valemos algo; todos somos útiles en la tierra; todos llevamos en el alma el grano de oro, la centella divina que, en un momento dado, puede enriquecer y alumbrar, y todos debemos estimarnos para que nos estimen, porque la primera condicion de la dignidad es el conocimiento de la propia valía.
Apelemos, pues, á la razon para hallar el justo medio, que está tan léjos de la excesiva vanidad como del extremo descontento, y tengamos equidad para los demas, á la vez que la tenemos para nosotros mismos.
LOS RECUERDOS.
Siempre, aunque sea en una cárcel, Hay un rincon ignorado Do alguna vez se ha gozado Un instante de placer; Y al dejarle para siempre, Conociendo que le amamos, Un _¡adios!_ triste le damos, Sin podernos contener.
(ZORRILLA.)
I.
Hay imágenes que se graban en el alma y van formando una historia secreta é ignorada de todos, aparte de la triste historia de la vida.
Hablo de los recuerdos; de los recuerdos que nos acompañan y nos consuelan en las rudas pruebas por que atravesamos y nos hacen llevaderos los dolores presentes, trasladándonos con el pensamiento á otras épocas más dichosas.
El presente es muchas veces doloroso. El porvenir, oscuro.
Sólo en el pasado es donde se puede encontrar un pedazo de cielo azul para dejar errar la fantasía, como ave triste y enferma que ha quemado sus alas al atravesarlos desiertos de la vida.
¿Por qué esto?
¡Ay! porque la doliente humanidad cree siempre más dichoso el dia que pasó que el que espera; porque, como dice Chateaubriand, _¡en la sociedad, cada hora abre una tumba, y hace verter una lágrima!_
La esperanza, esa deidad consoladora que, envuelta en diáfanos velos, sonrie á los niños en la cuna y acaricia al hombre, se deja ver pocas veces en torno de la mujer; flota á lo léjos como la sombra de un sueño, y como sombra se desvanece cuando va á asirla su débil mano.
Para la mujer es más grato, más dulce, más consolador el recuerdo.
El recuerdo queda en su corazon.
La esperanza no hace más que vagar ante sus ojos.
II.
Cada vez que contemplo yo el sol, recuerdo uno de sus rayos que calentaba mis piés cuando era niña, y á cuyo reflejo luminoso se abria un pequeño mundo que yo abarcaba con dominio infantil.
Caia aquella ráfaga de dorada luz en un pobre y húmedo cuartito, cuyo pavimento era de yeso, resquebrajado en muchas partes.
Algunas hormigas salian de un agujero redondo y venian á dar vueltas al sol.
Dos ó tres moscas, entumecidas por el frio, se despegaban de la pared y volaban zumbando gozosas en aquel foco luminoso que les fingia un alegre dia de estío.
Sentábase allí el gato negro y anciano, cerrando voluptuosamente sus grandes ojos, verdes como dos esmeraldas.
Una perdiz se acercaba con menudo paso al conciliábulo y picoteaba al gato, de quien era muy buena amiga.
Tenía yo un grillo que habia encerrado en una jaula muy pequeña, que tambien colocaba al sol, y encima de la cual dejaba descansar á un gran caracol que salia de su cáscara, estirándose poquito á poco, como para observar.
En una de las grietas del suelo habian brotado dos ó tres hierbecillas; un dia, al levantarme, vi á la más alta coronada con una flor morada del tamaño de una lenteja; aquel mensaje de la primavera me colmó de gozo y me estremeció al mismo tiempo.
Me pareció la flor una sonrisa de gratitud de aquella pobre hierbecilla, porque yo la echaba alguna vez dos ó tres gotas de agua, y aquel dia fué uno de los más dichosos de mi inocente vida.
Yo era la reina de aquel pequeño mundo tan alegre, tan feliz. Sentábame allí, desmigaba un poco de pan, que se comia la perdiz, y las partículas más pequeñas se las llevaban las hormigas con un afan que hacía venir lágrimas á mis ojos.
Las moscas zumbaban; cantaba el grillo; dormitaba el gato; el caracol se estiraba; las hormigas trabajaban, y todos éramos dichosos con un rayo de sol y un poco de pan.
¡Oh, sí, todos éramos felices! Yo lo era tambien, porque tenía seis años.
Desde entónces, siempre que en una bella mañana de invierno penetra un rayo de sol en mi aposento, á traves de mi ventana, recuerdo el mundo en miniatura donde yo imperaba cuando era niña; mi pensamiento vuela hácia aquel pobre cuartito, recinto de mis juegos y de mis meditaciones infantiles, donde veia tanta dicha, y que se ponia tan alegre cuando le visitaba el sol.
III.
Los recuerdos de la infancia son siempre gratos y queridos, porque están rodeados de inocencia; pero los más consoladores, los que constituyen un dón inestimable, son los del bien que hemos hecho.
Mucho se declama contra la injusticia del mundo, y es una triste verdad que hay en él muchos ingratos; pero los beneficios llevan en sí mismos su recompensa por la dulce memoria que dejan en el alma.
Conocí á una mujer tan completamente halagada por los dones de la naturaleza y de la fortuna, que llegó á ser completamente infeliz.
Imaginaos una mujer bella, jóven y casada con un hombre, jóven tambien, opulento y que la adoraba.
No habia goce en la vida de que aquella mujer no disfrutase.
Su cuarto de dormir, situado en lo más retirado de la casa, estaba no sólo forrado de ensambladuras de madera, sino forrado tambien de seda algodonada para que no se percibiese el más leve rumor que perturbase sus sueños.
Al abrir los ojos tenía al alcance de su mano un timbre, el cual, sólo con tocarle, llamaba á dos camareras serviciales, discretas é inteligentes.
Metíase en un baño de agua tibia perfumado con lirio y jazmin, y luégo se desayunaba con su marido ó sola, segun era su voluntad, que nadie coartaba en lo más mínimo.
Peinábala un peluquero tan hábil que no la causaba daño alguno; tenía carruajes de todas las formas y para todas las estaciones; palcos en todos los teatros; convites para todos los salones; espléndida casa y soberbios palacios de verano; sus diamantes eran magníficos; todos la envidiaban, y, sin embargo, cayó en un hastío mortal, por lo mismo que nada tenía que desear.
Un dia fué á visitarla una amiga suya, bastante escasa de bienes de fortuna: llegaba llorosa y conmovida, y la opulenta dama le preguntó la causa de su pena.
--Vengo, dijo, de ver á una familia que se está muriendo de hambre.
--¡De hambre! repitió la hermosa jóven: ¡debe ser muy raro eso de ver morirse de hambre! Me alegraria ver á esa familia.
--Puedes conseguirlo al instante.
--¡Yo!
--Vénte ahora mismo conmigo á ver á esos desdichados.
--¿No les has socorrido tú?
--Sí, pero llevaba muy poco dinero para tan grande infortunio; figúrate un padre ciego, una madre baldada en una cama, y ¡cinco niños que piden pan á gritos!
Las personas ricas no pueden comprender de súbito los horrores de la miseria; así fué que mi amiga oyó este relato con bastante indiferencia; tomó su bolsillo y salió con su compañera.
Cuando se halló en la mísera y helada buhardilla de aquellas pobres gentes, sintió en el alma una impresion dolorosa, penetrante, desconocida; pero sintió algo, despues de mucho tiempo en que no sentia nada.
Entregó su bolsillo á la pobre madre enferma sin que pensase contraer en ello mérito alguno; pero aquella mujer besó sus manos, bañándolas en llanto, y todos los niños, conducidos por el padre ciego, se arrojaron á sus piés colmándola de bendiciones.
Desde aquel dia la vida de aquella hermosa jóven tiene un objeto noble y grande. ¡La caridad!
Crueles dolores la han afligido despues; grandes decepciones ha sufrido; pero los dulces recuerdos del bien que hace la consuelan de todos sus disgustos y sinsabores.
IV.
No son sólo los ricos los que pueden practicar el bien.
El que consuela al afligido con palabras dulces y afectuosas hace igualmente un inestimable beneficio, y su recuerdo, á pesar de la ingratitud con que pueda ser recibido, basta para hacer dichoso á quien lo ha practicado.
Hay tambien recuerdos que matan.