Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · Unidad 16 de 32

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«La más completa confusion deja conocer apénas quiénes son superiores, quiénes inferiores, cuáles los padres, cuáles los hijos, pues una _igualdad_ homicida y vergonzosa los ha confundido enteramente.»

Desde entónces, como digo, pensé en este artículo, pues creo que de esa _igualdad_ que se advierte en algunas familias, no tiene la culpa el _tú_, tan amante y confiado, que los hijos emplean con sus padres: otra base más perjudicial tendrá esa _igualdad_, tan culpable para toda persona sensata, y de ella deberia castigarse á los padres, no por consentir el que sus hijos les llamen de _tú_, sino por no saber guardar su lugar y su decoro.

Yo me honro con la amistad de infinitas familias en las que hablan de tú los hijos á los padres, y, sin embargo, al primer golpe de vista se conoce cuáles son los padres por las distinciones, los cuidados y la ternura de que se les rodea.

¿Qué espectáculo es más dulce?; el que ofrece un niño que se abraza confiadamente á su padre y le dice al oido estas palabras: «papá, ¿quieres que no me vaya todavía á acostar?», ó el que presenta una criatura que á diez pasos de su padre murmura estas palabras: «¿quiere usted que me esté aquí un poco más?»

Fácil será decirlo, si se observan los semblantes de los dos; el del primero revela la dicha y el bienestar; su mirada es leal y franca: el del segundo retrata un temor servil; su mirada oblícua examina á hurtadillas el rostro de su padre, que no se atreve á mirar de frente.

Y, sin embargo, aquel niño que llama de _tú_ á su padre, como á su mejor amigo, es probable que sea con él más tierno, amante y atento que el que le llama de _usted_; los padres han sido colocados por Dios mismo en un pedestal tan elevado, que sólo pueden descender de él por culpa suya. Si un padre comprende el sublime destino que le ha sido conferido; si le comprende y le estima lo bastante para guardar su propio decoro y no cometer nunca ninguna accion reprensible, sus hijos le respetarán siempre, aunque sólo sea por ese instinto que Dios mismo ha colocado en el corazon humano, por esa necesidad que todos tenemos de vivir sujetos á una naturaleza superior: la libertad absoluta es un dón tan fatal, que no se hace amar de nadie.

Y no se crea que yo condeno el _usted_ por la sola razon de la antipatía que me inspira, y que manifesté en una nota que coloqué al frente de mi primera novela; yo reconozco que ese tratamiento es el propio de la época prosaica y materializada en que vivimos; pero ya que en la sociedad se emplea, ya que es lenguaje usual entre personas indiferentes y áun enemigas, permítasenos no usarle con las personas que amamos.

II.

El _usted_ ha sido desterrado del seno de la amistad, porque coarta la confianza, y contiene, ántes de que suban á los labios, las más dulces expansiones del corazon; ¿por qué, pues, se ha de condenar el que se vaya desterrando poco á poco tambien entre padres é hijos? ¿Hay acaso un amigo mejor y más sincero para un jóven, que su propio padre? ¿Hay alguno que más se desvele por su bien? ¿Hay alguno á quien deba amar con más tierno exclusivismo?

Gentes hay cuyo tipo ha descrito con inimitable maestría el ilustre Fernan Caballero, en su bella _Gaviota_. El general Santa María, colocado allí á propósito para formar contraste con una dama romántica y sujeta á todos los caprichos de la moda, es un hombre enemigo acérrimo de esta inconstante deidad, que asienta como principio infalible que nada de lo que de ella proviene es bueno: en nuestros dias existen aún algunas gentes así, sin querer comprender que hay algunas innovaciones útiles y saludables, y yo creo que de esta clase es el tratamiento de _tú_ entre los padres y los hijos.

Jóvenes de ambos sexos he visto, de esos cuyos padres hacen alarde de ser _chapeados á la antigua_, que escudados con el _usted_ contestan á los autores de sus dias una desvergüenza de más volúmen que las que algunos de los que les hablan de _tú_, se atreverian á decir á sus criados: y esto no es extraño, esos padres no educan á sus hijos ni para el cariño ni para el respeto; los educan para el miedo, y el dia que su carácter pierde algo de la fuerza que les prestaba la edad, sus hijos sacuden el yugo que les era tan pesado y abrumador.

Todo respeto, toda consideracion en el mundo están basados en el valor del que los inspira: amamos á Dios porque tenemos su imágen enclavada en una cruz y espirando entre tormentos sin ejemplo para redimirnos: le amamos porque sabemos que á su bondad debemos la vida, el alimento y todos cuantos goces y placeres disfrutamos; le respetamos porque nada reconocemos más grande, más poderoso que él; sean, pues, los padres, que son su imágen en la tierra, una imágen viva de su proteccion y de su amor: sean grandes, nobles, apasionados para sus hijos, mostrándoles en cuantas ocasiones les sea posible, su nobleza y su amor, y estos hijos les pagarán su cariño con usura, porque la juventud es tierna; se confiarán á ellos porque los reconocerán superiores; buscarán su consejo y les contarán sus dolores, seguros de que los han de comprender, consolar y guiar por la senda del bien.

Estos padres justos no son nunca débiles; sus castigos aplicados con oportunidad y energía, son más temibles que por su rigor, porque privan de la amistad del que los impone por algun tiempo; un padre bueno, recto y cariñoso hace igualmente buenos á sus hijos, y éstos besan sumisos la mano fuerte y protectora que sujeta las riendas de su vida y les evita el hundirse en la sima sin fondo del mal.

III.

«--Jamas olvidaré, me decia no hace mucho un hombre muy digno, jamas olvidaré lo que sintió mi corazon una noche que contando apénas catorce años, fuí al cuarto de mi padre para confiarle una falta, cuyo peso me abrumaba.

»--¿Qué tienes, me dijo, que estás pálido, hijo mio?

»--Padre, respondí yo bajando la cabeza, vengo á decirte que he levantado la mano á mi hermana.

»Mi padre se irguió, y sus grandes y poderosos ojos centellearon; pero bien pronto se apagó aquella luz fugitiva, desprendiéndose de ellos algunas lágrimas.

»--Si yo te diese ahora un golpe con toda mi fuerza, sería un cobarde, ¿no es verdad, Fernando? me preguntó.

»--No, padre mio; tienes el derecho de hacerlo.

»--El fuerte no tiene ningun derecho para maltratar al débil; un golpe mio te aplastaria, porque eres débil como una doncella; luégo yo sería un cobarde, y ademas padre bárbaro y cruel.

»Yo guardé silencio.

»--Fernando, continuó mi padre, tu eres un cobarde; has pegado á tu hermana, que cuenta dos años ménos que tú, y que es mujer.

»El orgullo herido vistió mi frente de una ardiente púrpura; pero devoré mi ultraje y callé.

»--Vas á pedir perdon á tu hermana, continuó mi padre; y luégo, hijo mio, para rehabilitarte á tus propios ojos, pasarás cuatro dias en tu cuarto, sin salir ni áun para comer.

»Yo, por mi parte, continuó abrazándome, te he perdonado ya, desde el momento en que depositaste en mí tu confianza; nunca llama en vano un buen hijo al corazon de su padre.

»El mio, prosiguió mi amigo, se anegó en ternura al sentirme acariciado por el que me podia castigar severamente; las lágrimas que veia correr por las mejillas de mi padre hicieron brotar dos raudales de mis ojos: aquel hombre, cuyo valor era proverbial, cuya probidad acataban todos, y á quien yo veia cercado siempre de tanto respeto, se convirtió desde aquel instante para mí en mi único amigo y supo captarse mi confianza hasta el extremo de ir yo á revelarle todos mis proyectos de diversiones y amores, pudiendo confesar hoy con orgullo, que á la amistad de mi padre debo el haber evitado todos los precipicios de que la juventud está rodeada.»

Este hombre, que, como se puede suponer, sigue con sus hijos el ejemplo de su padre, no ha enseñado á éstos á llamarle de _usted_, porque está convencido de que este tratamiento que él rechaza con sus amigos, no debe colocarse como una barrera entre la amistad que él y sus hijos se profesan.

IV.

Nada hay más grande, más sublime, más poderoso que Dios: y sin embargo, él nos ha mandado llamarle de _tú_ en las oraciones que ha hecho con sus ángeles y que por boca de éstos y de sus apóstoles nos ha trasmitido para implorarle y darle gracias: _Padre nuestro que estás en los cielos_, dice el cristiano cada dia: _llena eres de gracia_, pronuncia al saludar á María con el ángel; entre Dios y sus hijos no se conoce el _usted_, y sería una burla sacrílega é impía emplearle con el Criador y su divina y amantísima Madre.

¡Padres, que sois la imágen del Criador en la tierra! ¡Madres, que habeis recibido de la Madre comun de nuestro sexo el ejemplo de la más santa y heroica ternura! Si sois buenos é irrepensibles, no necesitais de nada más para inspirarles respeto, porque la tierna niñez, la pura adolescencia, aman la virtud y respetan la dignidad: mas si por desgracia se encuentra entre ellos alguno cuya índole indómita necesita de rigor, usadlo á su tiempo, seguros de que, si es oportuno, os considerarán siempre como sus mejores amigos, y revestidos ademas por Dios de un poder semejante al suyo, que os permite castigarles y premiarles en este mundo; que vuestro amor vaya acompañado de dignidad, y que hallen siempre vuestro seno preparado á recibir su cabeza culpable, y vuestra mano armada del castigo que ha de rehabilitarles; de este modo oiréis siempre en torno vuestro estas dulces y consoladoras palabras, que tanto bien hacen al corazon, que son la única ventura positiva de la tierra:

--¡Padre mio! ¡Madre mia! ¡Qué buenos sois! ¡Yo os amo más que á todas las cosas del mundo!

LA AMISTAD.

I.

Con tanto asombro como pena he oido á algunas mujeres quejarse de que no existe la amistad, y de que han sufrido ya muchas decepciones, lo que dicho por bocas jóvenes y sonrosadas me ha parecido increible, ó por lo ménos muy dudoso; creo más bien que estas mujeres comprenden mal la amistad, y la exigen más de lo que puede dar, queriendo que se eleve á la categoría del más sublime heroismo.

Y es por cierto un error bien lamentable que, así en amistad como en amor, queramos siempre recibir y no dar; deseemos abnegacion constante y no demos en cambio tolerancia y prudencia.

Si para conceder nuestra amistad esperamos encontrar una persona perfecta, jamas tendrémos amigos. Ningun mortal está exento de defectos; sólo se debe, pues, procurar que los seres á quienes amemos tengan los ménos posibles, y que sean de tal naturaleza que podamos soportarlos sin menoscabo de nuestra dignidad.

Una señora me dió no hace muchos dias, al oirme hablar así, la siguiente lógica contestacion:

--No hay necesidad de soportar las faltas ajenas por amistad solamente: amigos que hagan padecer no son convenientes, y mejor se está uno solo en su casa, que sufriendo las impertinencias de los más.

--Mas ¿qué nos queda, repuse, si despreciamos las simpatías del alma, si desairamos las bellas prendas que posee una persona, sólo porque se le reconoce algun defecto?

--Nos queda el estar tranquilos, y el pasar la vida con las menores penas posibles.

--¡Ah, señora! exclamé; nos queda sólo el egoismo, y el egoismo no ha hecho jamas la dicha de nadie; ¡no se queje V. de que no hay amistad en la tierra, puesto que nada quiere hacer por ella!

II.

La historia guarda en sus páginas la memoria de dos mujeres, que toda su vida estuvieron unidas por la amistad más tierna y más pura: Isabel Wolf y Agata Deken, fundadoras de la novela en Holanda, cultivaron juntas las letras, juntas escribieron, y vivieron juntas desde que la viudez de la primera la dejó sola en el mundo: esta union fué tanto más admirable, cuanto que á las rivalidades femeniles podrian unirse las literarias, y la emulacion que éstas llevan siempre consigo; pero léjos de ser así, vivieron siempre unidas con la más cariñosa amistad, y la vida arreglada, piadosa, ejemplar que llevaban, les conquistaron el afecto universal, á la vez que una admiracion verdadera por las obras de su ingenio.

El dia 5 de Noviembre de 1804 murió Isabel, y Agata no pudo sobrevivirla más que nueve dias: anciana y aislada en la tierra, pues habia perdido á su esposo y á sus hijos, Agata miró la muerte como el último de los beneficios que Dios podia enviarle, y dió, muriendo, á su amiga la postrera y tierna prueba del dulce y profundo afecto que las habia unido, tan raro entre dos mujeres, y quizá único entre dos mujeres escritoras.

Algun tiempo despues la sociedad de Ciencias y Artes de Amsterdam, queriendo tributar un homenaje público á sus virtudes y talentos, honró la memoria de las dos amigas, celebrando unos magníficos funerales, á los cuales asistieron cuantas personas distinguidas en todo género residian en aquella gran ciudad.

Es de suponer que entre estas dos señoras habria algunas desigualdades de carácter, algunas disidencias de gustos é inclinaciones; pero es de suponer tambien que una á otra se dispensarian, tolerándose mútuamente sus defectos, en gracia de sus buenas cualidades.

III.

Nunca se deben confiar á otra persona ni pensamientos, ni sentimientos, hasta estar bien segura de que los puede comprender, ni jamas debe dar el dulce título de amiga una mujer más que á la que ha dado muestras de merecerlo: hay penas y alegrías que no deben dividirse con ningun sér indiferente, con ninguna persona de cuyo afecto no estemos completamente seguros. Mas si debe procederse con mesura ántes de dar nuestra amistad, una vez concedida, no se debe huir ante ninguno de los sacrificios que esta amistad impone.

Se deben disimular á una amiga todos aquellos defectos que, no naciendo del corazon, no pueden lastimar el nuestro; porque la indulgencia y la moderacion son las principales cualidades de toda mujer distinguida, y que se estima á sí misma.

He visto personas tan extremadamente indulgentes, que más bien que estar dotadas de un bello y dulce carácter, parecian poseer un orgullo lleno de nobleza. Hubiérase dicho que estas personas estaban colocadas en un pedestal tan alto, que nada podia ofenderlas; que todo lo miraban desde inmensa distancia, y que despreciaban las mezquindades de los demas; y sin embargo, no tenian enemigos, y eran, por el contrario, universalmente estimadas.

IV.

Una ilustre escritora de nuestros dias ha dicho, «que la amistad es una necesidad del corazon y que el amor es un lujo del mismo.»

Me parece esto muy cierto, y áun creo que deberia añadirse á tan bella frase, «que la amistad es un beneficio para el alma.»

Un hombre nunca confesará á la mujer á quien ama que está pobre ó exhausto de recursos; pero se lo dirá á su amigo.

La amistad es un comunismo de penas y de placeres, de dicha y de llanto, al que nada se puede comparar, cuando está basado en profunda y verdadera estimacion; pero esto lo encuentran pocos hombres, áun ménos mujeres, y no se puede tampoco conseguir sin poner mucho de tolerancia y generosidad, pues no hemos de exigirlo todo sin dar nada.

Se ha notado mil veces que la amistad más acendrada ha nacido de los más extraños contrastes; y todos los dias estamos viendo amigos unidos por el más tierno afecto, que son muy diferentes en caractéres y costumbres.

Pero en nuestro sexo, entre las mujeres, la amistad es muy difícil, y casi pudiera decirse que es imposible; porque la emulacion quebranta el afecto apénas éste ha nacido, ó la irreflexion hace ofrecer un cariño que en breve se conoce que es imposible dar, ya por incompatibilidad de caractéres, ya por convencernos de que las bellas prendas que suponiamos no existian más que en nuestra imaginacion entusiasta.

Es, pues, mil veces preferible á sufrir un desengaño el reflexionar ántes de ofrecer nuestra amistad y estar seguras de que la persona que á primera vista nos parece simpática, es--á lo ménos por las cualidades del corazon--digna de ella; porque no hay nada más ridículo que esos lazos, tan pronto formados como llegados á su más íntima estrechez y que se rompen en breve, con un estrépito que hace formar mala idea del carácter y del corazon de la mujer.

EL LUJO.

I.

Cuando veo á las niñas vestidas desde los ocho años con trajes que son una reproduccion en miniatura de los de sus madres; cuando las veo con vestidos completamente bordados que cuestan seiscientos y mil reales, con cintas en el talle de á dos duros la vara, con sombreros de paja de arroz guarnecidos de plumas y flores costosísimas, con botas de raso, con guantes largos y con encajes en el cuello y las mangas; cuando veo así vestidas á las niñas, siento como una impresion de tristeza en el alma.

¿Cómo se exigirá de estas criaturas el amor á la sencillez, la modestia, tan encantadora en la mujer, cuando tengan más edad?

¿Cómo se les reprenderán las pretensiones exageradas y el amor al lujo, cuando la coquetería, natural en la adolescencia, ocupe el sitio de la inocencia de la infancia?

¿Cómo serán buenas esposas? Y sobre todo, ¿cómo serán buenas madres?

Acostumbrándolas al lujo, exponen las madres á sus hijas á ser muy desgraciadas; el primer mal que las proporcionan es el hastío, que nace de la saciedad de todos los deseos; el carácter de estas niñas, á las que el vulgo llama felices, se agria, se hace vanidoso, despreciativo, duro para los demas, antipático, en una palabra. Sus caprichos, sus exigencias no tienen fin ni medida, y sus padres son las primeras víctimas.

Cuando estas niñas llegan á la edad de amar y de ser amadas, el lujo es tambien el orígen de su desgracia; toda fortuna del que desea casarse con ellas les parece poca; saben sumar y restar, como la Cecilia de _Le Duc Job_, que escribió en frances Leon Laya y arregló un académico español con el título de _Lo Positivo_, y saben calcular perfectamente lo que necesitan para alimentar la voracidad de ese dragon que se llama lujo.

Suelen casarse, pues, no con el que aman, sino con el que es más rico, porque el _descender_ les sería insoportable.

Pero si la suerte inconstante convierte, por uno de esos incidentes tan comunes en nuestra época, la opulencia en medianía, ¡cuánto tienen que sufrir esas pobres criaturas! ¡Cuánto más que la que ha sido educada con modestia y sencillez!

No entra por poco tambien el miedo al lujo en la aversion que muchos hombres tienen al matrimonio; muy pocos hay que quieran ver sufrir á la mujer que aman, y ántes prefieren renunciar á ella, que someterla á privaciones de todos los instantes.

El lujo, el detestable lujo, ha hecho imposible el hogar y la familia: el carruaje, el abono en los teatros, la modista cara, la peinadora, las telas de valor, los encajes y las joyas, parecen en el dia--y sobre todo en nuestra pobre España--necesidades imprescindibles, necesidades que ni nuestras abuelas, ni áun nuestras madres conocian.

II.

Es una cosa innegable que el lujo enfria el alma y la deja como murada para todo sentimiento elevado y generoso.

Semejante á la pasion del juego, la pasion del lujo absorbe por completo la existencia; como la hidra de la fábula, que siempre tenía siete cabezas, porque renacian cuantas se le cortaban, el lujo tiene siempre hambrientas sus siete fauces, y próximas á devorar, no sólo el dinero, sino el sosiego: una mujer dedicada por completo á los cuidados que el lujo proporciona, no piensa en nada serio, útil y elevado; el cuidado de sobresalir y de hacerse envidiar ocupa todas las horas de su vida; y si es verdad que le causa algunas satisfacciones, es tambien cierto que le proporciona muchos dolores.