Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · Unidad 17 de 32

Inicio — parte 17

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.

Poco á poco, insensiblemente, el ánimo de esas pobres mujeres se va empequeñeciendo, y su alma se llena de tinieblas; cuando la juventud ha pasado, y con ella las ilusiones y la belleza; cuando se ven aisladas, solas y tristes, el tedio las consume, y no saben qué hacer de sus eternos dias, de sus solitarias noches.

Es, pues, preciso acostumbrar á las niñas á que amen la sencillez, y vestirlas de una manera esmerada y elegante, pero todo lo modesta posible; si la suerte les ha favorecido con los dones de la fortuna, podrán aumentar sus gastos cuando, en la plenitud de su razon, puedan calcular aquéllos y sus ingresos, con la saludable valla de las costumbres modestas; si esta misma fortuna sufre reveses, no padecerán las crueles privaciones de los goces de la vanidad, tan punzantes, y á la vez tan áridos.

III.

Para que las niñas tengan aficiones más elevadas que la pasion del lujo, debe procurarse que se acostumbren á la lectura y al trabajo; aunque la principal ocupacion de las niñas debe sér la costura y el cuidado de las cosas útiles, como la confeccion de la lencería de la casa, y la de sus propios vestidos, es tambien utilísimo bajo el punto de vista de su dicha y de su tranquilidad, el que tomen aficion y apego á las labores de adorno, como toda clase de bordados, flores artificiales, disecacion de flores y pájaros, y cuidado de macetas delicadas, jardineras, etc., etc.

Estos cuidados que ocupan la imaginacion mucho más que la costura, estas labores de capricho y agradables, absorben la atencion de las niñas y les hacen pasar horas deliciosas, porque disfrutan del goce de crear cosas bonitas, y hallan en estas obras un inocente orgullo, cuando las han terminado, y en tanto las llevan á cabo.

Sabido es lo mucho que entretienen las obras de tapicería, por la combinacion de los colores y primor de los detalles; y estas obras, muy caras, casi imposibles, para las niñas hijas de las familias modestas, son para las de opulenta fortuna un antídoto, un preservativo saludable. ¡Tan cierto es que las cosas varian de carácter, segun á quien se refieren!

Es tambien muy útil el procurar que las niñas cultiven las artes y hagan de ellas un estudio serio; ya porque en nuestra época todo es mudable y pueden servirles un dia de medios de vida, y ya porque las distraen agradable y constantemente, haciéndolas amables á todos.

La música y la pintura ocupan de tal suerte á las jóvenes que han nacido verdaderamente artistas, que en su arte cifran toda su dicha, y á veces el arte les hace las veces de los afectos perdidos, ó no hallados en este valle de tristezas.

IV.

No solamente en las telas es de mal gusto el lujo excesivo para las niñas; lo es tambien en las hechuras: los volantes, los encajes, los flecos caros, las pasamanerías, todo adorno costoso está proscrito para los niños en el extranjero, y, sobre todo, en Inglaterra, donde las señoras visten á sus hijas con la mayor sencillez, pero tambien con la mayor elegancia.

Por grande que sea la fortuna de una jóven, jamas, hasta que se case, debe llevar encajes, joyas, y telas fuertes de seda; esto _envejece_ y afea hasta á las más bonitas, así como las telas ligeras y baratas, el tafetan, el foulard, la gasa, el tul y la muselina, hablan de frescura, de alegría y de juventud.

LA CASA.

I.

¡Dulce palabra, que consuela de todas las penas! ¡Oásis de la vida, retiro santo de la mujer, albergue grato del hombre! ¡Cuánto debemos estimarte todos los que sabemos lo que es amar y sentir!

_¡Mi casa!_ El que tiene siquiera con el pan diario, debe contar como la primera, como la más suave y grata de todas las felicidades, el poder pronunciar estas palabras.

La casa debe ser el santuario de la mujer y el sitio donde debe hallarse mejor que en otro alguno; y sin embargo, vemos mujeres que pasan su vida de fiesta en fiesta y que apénas entran en su hogar más que para comer y dormir.

Yo las compadezco profundamente, y siempre que las veo recuerdo una triste historia que voy á referir á mis lectoras.

II.

Una jóven muy bonita y muy _á la moda_, casó hará unos tres años con un hombre á quien amaba; era él inteligente, pero ambicioso, y conocia perfectamente la gran frivolidad de su mujer.

Á los tres meses de haberse casado, la miraba como á uno de los hermosos cuadros que componen su soberbia galería de pinturas.

La esposa no disponia de los intereses de la casa, ni en la parte más pequeña; no salia casi nunca con su marido; cuando éste tenía _spleen_, ó algun disgusto, se encerraba en su cuarto; cuando estaba alegre se iba á comer con sus amigos; fuerza es decir que en cambio la dejaba salir siempre que queria, le daba la más ámplia libertad, y no bien manifestaba deseo de poseer un traje nuevo, un aderezo, un rico encaje, lo tenía en su guardaropa ó en su joyero.

--¡Qué mujer tan feliz, decian sus amigas; en tanto que fué soltera se divirtió cuanto quiso; hizo un soberbio casamiento, y ahora vive como una reina!

Así juzga el mundo casi siempre.

La jóven frívola y ligera, que sólo pensaba poco ántes en teatros, bailes y paseos; la gentil amazona, que recorria las alamedas de la fuente Castellana seguida de una nube de adoradores, habia empezado á reflexionar en el aislamiento y soledad de su casa.

Su cabeza estaba vacía; pero su corazon, bueno y amante, comprendió que no ocupaba el sitio que era suyo, ni en su hogar, ni en el cariño y consideracion de su marido.

No era su amiga ni su compañera; era _una cosa_ bonita, á la que se cuidaba como á las porcelanas de sus consolas; era una figura mecánica, como el autómata jugador de ajedrez, que á gran precio habia comprado su marido en Alemania.

III.

Un dia, la pobre jóven fué á buscar á su marido, y al ir á hablarle prorumpió en lágrimas.

--¿Qué tienes? le preguntó aquél. ¿Deseas un traje nuevo? Tendrás dos. ¿Un nuevo carruaje? Lo estrenarás mañana.

--¡No, no deseo nada de eso! exclamó la pobre esposa; ¡lo que deseo es tu cariño!

--¿Qué motivos de queja tienes de mí?

--¡No soy tu amiga! ¡Voy sola á todas partes! ¡No me confias tus penas! ¡No tengo en tu casa, en fin, el sitio que corresponde á tu esposa!

--¡Bah! respondió el marido; guarda el sitio que tienes, pues no sabrias estar en otro.

--¡Pues qué! exclamó ella exasperada; ¿me niegas toda sensibilidad, toda inteligencia?

--Desde que te conocí te he visto bajo el aspecto más frívolo; no me casé contigo para que dividieses las penas y las fatigas de la vida, sino porque eras bonita y queria verte siempre.

--¡Ah! exclamó la jóven levantando su rostro pálido de dolor y de cólera; ¡yo soy una cosa bonita que compraste, pero tu amor y todo tu tiempo lo das á otra mujer! ¡sé tus indignos devaneos, y no he de callar más tiempo!

El silencio sucedió á estas palabras.

--No quiero negarte lo que ya sabes, repuso el marido despues de algunos instantes; pero consuélate, esa mujer es tan fea como bella eres tú, y ademas te lleva algunos años.

--¿Qué te cautiva entónces en ella?

--Su elevada inteligencia, su conversacion encantadora, su profunda sensibilidad; cosas son éstas que jamas he pensado hallar en tí; la intimidad del alma, la simpatía de las ideas con otro sér, constituyen una necesidad irresistible para el hombre, y el que halla vacío y frio su hogar, va á sentarse en otro, donde encuentra lo que en el suyo le falta.

Desde aquel dia la jóven esposa quiso probar á su marido que podia partir con él el peso de la existencia. Dedicóse á embellecer su casa, y retirada en ella, cambió del todo su método de vida; leia, se perfeccionaba en la música, se acostumbraba á pensar, y fué, en fin, _un alma_ que halló el camino de la de su marido, del cual prevenia todos los deseos.

La maternidad vino á estrechar sus lazos, porque Dios, todo bondad y misericordia, deja siempre un rayo de consuelo áun en medio del mayor dolor.

Su marido ha llegado á entender que tiene en su casa algo más que un mueble como los otros; él tambien se ha aficionado á las tranquilas dulzuras del hogar, desde que, en vez de hallarlo solitario, lo encuentra guardado por su bella esposa; y él, que con tan ruda franqueza le habló, encuentra ahora un placer infinito en alumbrar con los rayos de su propio talento esa inteligencia, ofuscada por las nieblas de la materialista y frívola sociedad.

Ya es la amiga, la compañera y el único amor del hombre á quien unió su destino, que es la mayor y quizá la única felicidad positiva de la mujer que ha nacido con un corazon bueno y sensible.

IV.

¡La casa! ¡El hogar!

¿Dónde se descansa mejor, dónde se halla mayor satisfaccion y un bienestar más dulce?

Id á las fiestas más espléndidas del mundo, y será raro el que no volvais á vuestra casa con el cuerpo y el espíritu igualmente fatigados; pero en la dulce tranquilidad de vuestra casa, jamas estaréis solos: los muebles, los libros, el piano, el periódico que os trae las más lindas novedades de la moda, el pajarito que canta en su jaula, el ramo que os da su perfume, todos estos objetos os parecen, y con razon, otros tantos amigos que os sonrien y os aman: allí no hay decepciones, allí no hay envidia ni maledicencia; allí todo es paz, calma, armonía y reposo; allí, desde la sagrada imágen que escucha vuestros ruegos, hasta las macetas de vuestro balcon, todo os es querido, como queremos cuanto vive de nuestros cuidados.

La mujer que no se halla bien _en su casa_, será en vano que busque la dicha en el ruido y las fiestas; porque en el mundo y entre su más espléndido bullicio, el alma huérfana está tan aislada como en las más vastas soledades, como en los más espantosos desiertos.

LA TOLERANCIA.

I.

Debo hablar de una cosa que he omitido hasta aquí, para dedicarle un capítulo aparte, pues es de gran importancia en la vida de la mujer.

Esta es la tolerancia, que algunos confunden con la indulgencia, y que es, en efecto, muy semejante á esta plácida y encantadora virtud.

No es tan bella, sin embargo; pero es en cierto modo más útil y más necesaria.

La tolerancia tiene límites más estrechos que la indulgencia, y rara vez degenera, como ésta, en una perjudicial debilidad.

La falta de tolerancia absoluta puede traer graves disgustos, y áun grandes desastres; una mujer que se queja á su marido de la falta de respeto de otro hombre, le expone á un lance desagradable siempre; terrible muchas veces.

¡Cuántos sinsabores evita en situaciones semejantes un poco de tolerancia!

II.

En sociedad se puede dar á conocer de mil maneras corteses cuando alguna cosa nos desagrada, y esto sin que sea necesario para lograrlo el estar dotada una mujer de un talento sobresaliente, bastando tener buena educacion. Una palabra dicha sin acritud, pero con entereza, un silencio digno, y á veces una sonrisa fria, bastan para cortar las franquezas imprudentes, las palabras atrevidas, las críticas descorteses.

Sin embargo, áun en el caso de que el resentimiento sea justo, la mujer debe evitar todo lo posible el descomponerse con la cólera.

En todas las ocasiones de la vida--ha dicho Jules Janin en uno de sus más bellos artículos--la calma y la sangre fria es el medio mejor de dominar las dificultades, y esto debe entenderse lo mismo colectiva que individualmente, lo mismo tratándose de una que de muchas personas.

Hay muchas veces que es una prueba de talento y de dignidad el hacer como que no se ven los insultos que la mala voluntad y la envidia quieren hacernos, porque se da á conocer que nos hallamos demasiado altos para reparar en semejantes miserias, ó para darnos por enojados de ellas.

Si la malevolencia desea molestarnos ó hacernos sufrir, ¿qué mayor triunfo podemos concederle que el logro de sus deseos? ¿Ni qué mayor mortificacion que el ver que no nos llegan sus tiros envenenados, sus injustos ataques, y á veces hasta las calumnias de la envidia, que siempre es el orígen de todo insulto?

Á propósito de esto, y para que el ejemplo siga á los preceptos, referiré un caso que presencié no hace mucho tiempo.

Una señora de mucho mérito, por su juventud, su belleza y su elevada posicion social, frecuentaba una casa que no debiera haber frecuentado, por la razon de que no se la estimaba en ella segun se merecia.

Por una extraña obececacion de la persona que la ocupaba como dueña absoluta, ó tal vez por una envidia tan grande que no alcanzaba á ocultarse bajo el tupido velo de las conveniencias sociales, esta señora, léjos de profesar amistad á la que llamaba su amiga, la detestaba profundamente, y no era, por cierto, de extrañar, si se examinan los motivos que para ello tenía.

La señora de Z. era más jóven, más bonita y más rica que su envidiosa amiga.

--¿Por qué iba, pues, á casa de ésta? se me preguntará.

El motivo era bien sencillo: amigas desde la infancia, aquella jóven, hermosa y llena de mil bellas cualidades, amaba á la señora de T...., que tenía muy malos instintos: pero como para que haya malos ha de haber buenos, ésta era, sin duda, la causa de que no se rompiesen los lazos de aquella amistad tan tierna y sincera por una parte, tan falsa y mentida por la otra.

--¿Cómo haré yo para echar de casa á esta insoportable mujer? preguntaba un dia la señora de T. á uno de sus más asiduos visitantes.

--¡Insoportable! repuso éste muy admirado; ¿llama usted insoportable á esa mujer angelical?

--Justamente; la llamo insoportable, porque para mí lo es.

--Pero ¿por qué causa? ¿En qué ha podido ofender á usted? ¡Ella es tan buena, tan dulce, tan amable!...

--¡Por favor, caballero, basta de elogios! exclamó la dama muy apurada: ya sé todo lo que es; pero áun sé mejor que no la quiero en mi casa, y para que no vuelva, estoy discurriendo un medio que no me es dado encontrar.

--Pues hay uno muy fácil, respondió él.

--¿Uno muy fácil? ¿Cuál es?

--Dentro de tres dias es su santo de usted.

--Es cierto.

--¿Y no suele V. tener algunos amigos de ambos sexos á comer?

--Sí; pero ¿qué conexion tiene?...

--¿No convida V. por esquelas?

--Sí.

--¡Pues bien! no envie V. esquela de convite á la señora de Z.

--¡Oh! ¡pero eso es una grosería espantosa! exclamó con repugnancia la señora de T....; hace más de veinte años que ese dia come en mi casa.

--Pero ¿no dice V. que desea librarse de su amistad?

--¡Sí!

--Entónces, ¿á qué tener consideraciones con una persona á la cual se aborrece? Para romper para siempre unas relaciones es lo mejor ese golpe; ¡no hay cuidado de que se puedan volver á reanudar!

--Lo pensaré, dijo la señora de T....; pero confieso que me cuesta trabajo.

Su consejero no se tomó la pena de responderle, y salió de allí maldiciendo á la envidia y á los envidiosos.

III.

Sin vacilar un instante, encaminó sus pasos á casa de la mujer á quien habia tratado, con sus consejos, de excluir del convite; porque hay personas en la sociedad que se nutren de chismes y miserias, como otras se nutren de obras buenas y elevadas.

Halló á la bella señora de Z. sola en su gabinete y leyendo; sentóse, y despues de algunas lisonjas vulgares, entró de lleno en la cuestion.

--He tenido un mal rato, dijo con aire triste.

--¿Un mal rato? preguntó la jóven; ¿por qué, amigo mio?

--Porque he oido hablar de V. con mucha injusticia.

--¿De mí?

--De V., sí, señora.

El buen amigo se calló, esperando esta pregunta tan natural:

--¿Y quién habla mal de mí?

Pero se engañó: su interlocutora se encogió de hombros y cambió de conversacion.

--¡Cómo! exclamó él; ¿no le importa á V. que la critiquen, que la murmuren?

--No por cierto, amigo mio, porque lo hacen sin razon.

--¿Y eso qué importa, si lo hacen?

--Dejarlos; las calumnias caen siempre por su base.

--¡Pero V. tiene enemigos!

--No lo creo: no puedo creerlo.

--¿Ni porque se lo diga yo?

--Creo más bien que V. se engaña.

--¡Pero si estoy seguro de ello! exclamó el oficioso exasperado; ¡usted verá cómo le hacen un desaire que no se espera!

--¡Un desaire! ¡A mí!

--¿Quiere V. que le diga cuál?

--No, amigo mio, respondió la señora de Z.; jamas me ha gustado sentir males anticipados; ellos vienen sin que se puedan evitar: así, pues, esperaré esa ofensa, que su extremado celo me anuncia, con calma, sin impaciencia ninguna porque llegue.

Y aquí la jóven cambió de conversacion con una perfecta suavidad en la apariencia, pero en realidad con una voluntad tan firme que su visitante no pudo, por más esfuerzos que hizo, volverla á traer al terreno que deseaba.

La ofensa, sin embargo, no se hizo esperar.

Ajena la señora de Z. á lo que pasaba en el corazon de su amiga y á los pérfidos consejos que le daban los envidiosos, preparó un traje conveniente para el dia del santo de aquélla y esperó, no sólo la invitacion general, sino tambien la visita particular y amistosa de la señora de T....; pero fué en vano; no recibió ni invitacion ni visita.

Este golpe la hirió profundamente, tanto por lo que tocaba á su corazon, cuanto por lo que tocaba á su amor propio; lloró mucho aquel dia: pero á las nueve de la noche se vistió con su buen gusto acostumbrado, y se dirigió á casa de su amiga, á cuya tertulia iba todas las noches.

IV.

Todos los que la vieron entrar tranquila, serena, risueña, se quedaron admirados, porque todos sabian la ofensa que habia recibido, y casi todos se alegraban de ella.

Pero la que enrojeció de confusion, fué su amiga: habia pensado que el resentimiento alejaria para siempre de su lado á la que habia ofendido, y que no tendria que soportar el tormento y la vergüenza de verla despues de su ofensa: porque habeis de saber, lectoras mias, que para una persona que áun conserva sentimientos de delicadeza y dignidad, no hay tormento comparable al de tener que soportar la presencia de una persona á quien voluntariamente ha ofendido.

La señora de Z. se fué derecha al sillon que ocupaba su amiga, le tomó cariñosamente la mano y le preguntó _qué tal habia pasado el dia_: aquélla balbuceó algunas palabras desacordes, y luégo empezó á excusarse con mucha confusion de no haberla convidado á comer.

--Y eso ¿qué tiene de particular, querida mia? respondió jovialmente y bastante alto para ser oida la jóven; cada uno es dueño de tener á su mesa las personas que sean más de su gusto; yo tampoco hubiera podido venir, porque tenía hoy muchas ocupaciones.

Á la primera ocasion que se presentó, no faltó quien se fuera á sentar al lado de la señora de Z. y se lamentase traidoramente de la ingratitud de su amiga para con ella; pero aunque sufria cruelmente, tuvo bastante fortaleza en el alma para disculpar cariñosamente á su amiga y conservar la sonrisa en los labios.

Sin embargo no era aquella mujer capaz de imponer su amistad á la fuerza, porque tenía el convencimiento de lo que valia: dos dias despues pretextó, para no asistir á la tertulia, una ligera indisposicion; luégo fué otra noche al teatro, despues dijo que dedicaba una noche á la semana á arreglar ciertos papeles, sola en su casa, y que otra la destinaba para ir á la ópera: por fin, dejó de ir del todo y rompió el último hilo de aquel lazo que ella habia ayudado á anudar con tanto amor, y que habia querido ahogarla, en recompensa de sus sacrificios.

Todos conocieron y apreciaron la dignidad y el valor de aquella mujer, y la envidia comprendió que no se la podia herir impunemente; su ingrata amiga lamentó eternamente la pérdida de su amistad, como una desgracia irremediable, conociendo que la herida que habia abierto no tenía cura.

Si hubiera ido á casa de su amiga, á llenarla de dicterios; si le hubiera escrito una carta insolente, ó bien si hubiera desaparecido de aquella casa sin volver más, hubiera dejado al insulto y á la envidia triunfantes.

Su venganza fué digna y generosa, y elevó mucho más el pedestal de la consideracion que se la profesaba.

V.