Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · Unidad 3 de 32
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El Marqués y su hija entraron en la fonda de enfrente, y pidieron leche de las Navas y fresa, sentándose en la única mesa que habia desocupada.
Al empezar Juana á partir la tortilla, que era el segundo plato de su almuerzo, llegó un criado de la fonda conduciendo una bandeja con pasteles, un plato de fresa, un mazo de cigarros habanos y el café prometido.
Media hora despues el círculo se habia ensanchado con algunas amigas y conocidos que tocaban guitarras, bandurrias y panderos y cantaban alegremente, en tanto que Juana y sus amigas bailaban con sus novios.
* * * * *
El Marqués y su hija se hallaban de vuelta á las doce y almorzaban en su elegante comedor de Madrid.
Juana, su madre y su novio volvian al anochecer, acompañados de varios amigos de ambos sexos, y engrosando el cordon humano que llega desde la cuesta de la Vega hasta la ermita del Santo y que no se habia interrumpido en todo el dia.
¡LIBERTAD!
I.
Una de las palabras más bellas que contiene el diccionario de la lengua es la que sirve de epígrafe á estas líneas, cuando no se la da una aplicacion viciosa, como suele acontecer; y, sin embargo, si hubiera un diccionario aparte para nuestro sexo, era la primera que en él debiera suprimirse.
La dependencia, si es un yugo para la mujer, es tambien para ella el amparo, la proteccion, y debe desear solamente que no se lo impongan de hierro, y que aunque ciña su cuello, deje á su corazon y á su pensamiento la facultad de obrar los prodigios de bondad que nuestro sexo sabe llevar á cabo.
Por eso la emancipacion de la mujer es un sueño peligroso, y llegaria á ser una gran desgracia si se realizase.
La mujer para ser dichosa necesita de amparo y proteccion, moral y materialmente hablando, y el dia que lo olvide, puede decir que ha arrojado al abismo todas sus probabilidades de dicha, y debe resignarse á una vida solitaria y triste, que debe considerarse como una muerte moral.
II.
Acaso esta necesidad de apoyo en la mujer consiste en su educacion atrasada, y en que ningun estudio serio ha venido á endurecer su carácter y á dar un temple firme á su corazon; más la verdad, esto, á mi juicio, le hace muy poca falta, y con tal que sepa lo necesario para dar á sus hijos la educacion moral y religiosa que necesitan, con tal que enseñe á sus hijas á ser buenas esposas y buenas madres, ha llenado por completo su modesta, pero importante mision.
Creo, ademas, que á ningun español le agradaria para esposa una mujer sábia y científica, que por ir á explicar una cátedra, dejase sus hijos y su casa á merced de los criados.
No es esto que yo abogue por la ignorancia de la mujer: pienso, al contrario, que debe cultivarse con cuidado su espíritu; pues como dice con mucha gracia una poetisa amiga mia,
_No porque haya faroles en la villa, Ha de estar el hogar sin lamparilla._
Pero esta lamparilla debe encenderse para que su suave luz ilumine á la familia y comunique un dulce y grato resplandor á la casa.
Nunca como hoy es necesaria la mujer en su casa: en otro tiempo, el hombre era el administrador natural de la fortuna de la familia; el que calculaba y el que cuidaba del porvenir de su esposa é hijos; hoy, sobre todo en Madrid, las discusiones políticas, las juntas patrióticas, los clubs, las manifestaciones en que de contínuo pasea las calles, absorben todo su tiempo, y apénas está en su casa las horas precisas para comer y dormir.
Si á la mujer se la hace sábia y se la da ademas la libertad de emplear y lucir su sabiduría, ¿quién velará por la fortuna y por la educacion de sus hijos? ¿quién por el buen órden de la casa, por la armonía interior, por el bienestar doméstico, único positivo de la vida?
El hombre, fatigado por las luchas de la política, por el malestar y las decepciones que traen consigo los negocios, necesita el fresco oásis donde descansar del abrasado arenal, que cada dia tiene que cruzar en el desierto de la existencia.
Cuanto más se haga dificultoso el camino, más la compañera que ha elegido necesita hacerle grato y sosegado el lugar del reposo. Al entrar en su casa debe hallar el dulce silencio de la paz y las melodías de la risa, que son la expresion de la alegría y de la felicidad: el órden, que es el bienestar, la armonía, que es la gracia, le harán grata la estancia en su casa, y tal vez, como el ilustre y desgraciado escritor Cárlos Bernard, tendrá el buen gusto de preferir el blando sosiego de su salon á las luchas de afuera, y á los salones donde impera la ambicion.
III.
El dilema es claro y cualquiera espíritu sano lo puede resolver sin dificultad.
Puesto que el hombre no está jamas en su casa, nunca como ahora ha sido la casa el lugar que debe ocupar la mujer.
Puesto que la mujer hace falta en la casa y no fuera, lo lógico es que se la eduque para la casa y que se la enseñe, no sólo lo necesario para dirigirla bien, sino lo preciso para que la embellezca: la música, el dibujo, los idiomas, para que pueda conocer la literatura extranjera con perfeccion, para que pueda elevar su entendimiento, cultivar su espíritu, empaparse en los buenos ejemplos é imitar los modelos de las virtudes.
Y puesto que la mujer tiene dentro de las paredes de su casa tan florido y tan bello campo donde moverse; puesto que tiene á su cargo la noble tarea de hacer la dicha de los suyos; puesto que le es dado pensar y sentir, ¿para qué necesita la libertad y para qué ha de dársele?
¿Qué puede hacer de su libertad la huérfana que ha perdido á los autores de sus dias?
¿Adónde irá sola? ¿Podrá viajar? ¿Podrá presentarse en los salones sin una compañía respetada y respetable? ¿Podrá recibir á sus amigos? ¿Qué hará, pues, de su libertad? ¿Qué objeto tiene?
La libertad completa se llama y debe llamarse aislamiento, tratándose de la mujer, que se mueve en una esfera muy limitada, esfera de sentimiento y no de pasiones é intereses materiales.
La que pierde á un marido á quien amaba, ni estima su libertad ni hace tampoco uso de ella. ¿Qué hay comparable al lazo de flores de una union feliz? ¿Qué hay en el mundo más bello que las dulces alegrías de una union legítima, bendecida de Dios, aprobada por los hombres, sancionada por todas las leyes morales, indisoluble por las armonías del alma y por las afinidades del espíritu? Y cuando todo esto se ha perdido, ¿hay acaso fuerza en el alma para tratar de buscarlo de nuevo? ¿Hay probabilidades de hallarlo, aunque se busque? ¿Qué es la libertad, cuando se ha perdido aquel bien inapreciable, que es tan raro en la vida, y por lo mismo tan precioso? Las vulgares coqueterías y los afectos vulgares, ¿podrán llenar aquel vacío?
IV.
Áun la mujer que ha quedado libre por la muerte de un marido que valia poco, queda más oprimida con su libertad que ántes se hallaba con su esclavitud, porque en el mismo sufrimiento, llevado con resignacion, hay siempre consuelo, como compensacion otorgada por el cielo al deber cumplido; la vida sin deberes es una vida estéril, triste, más triste que la que tiene rudas obligaciones que llenar.
Es preferible vivir en el dolor á vegetar sin emociones y sin afectos; es preferible sufrir á no sentir nada.
Las palabras deber y sacrificio son incomprensibles para las almas débiles y los espíritus viciados; mas para las organizaciones escogidas y nobles están llenas de encanto, y en el cumplimiento del deber, en la abnegacion del sacrificio, hallan sublimes compensaciones.
¡Ay de aquella que no tiene deberes que cumplir! ¡Más ganaria en tenerlos muy rudos!
Sólo cuando la mujer ha llegado al invierno de la vida es cuando puede considerarse un tanto libre á costa, sin embargo, de estar más aislada. Con los cabellos blancos puede salir, recibir é ir á todas partes sola; pero, ¡á cuán subido precio habrá comprado esa independencia!
--La vida acaba donde termina el amor--dice San Bernardo, y nunca como en la vejez se ansía inspirar y sentir afecciones verdaderas y legítimas.
Amemos los lazos que nos unen al deber, y no ambicionemos una libertad de que no sabemos qué uso hacer cuando el alma conserva su santo pudor.
EL CHISTE.
I.
La reputacion de bufo está hoy á la moda, y, sin embargo, me parece la ménos envidiable de las reputaciones.
Me gusta la seriedad en los hombres, y más áun en las mujeres.
No obstante, á mi juicio, el carácter de la seriedad en ambos sexos debe ser muy diferente. La seriedad varonil debe ser grave; la femenil, dulce.
La seriedad en la mujer, significa y debe llamarse _dignidad_; en el hombre es simplemente _seriedad_.
Repito que no me gustan los hombres chistosos: por lucir una gracia, por hacer alarde de ingenio, sacrificarán á su hermano, á su mejor amigo.
El chiste es siempre resbaladizo y peligroso; muchas veces es cruel: nada respeta, á todo se atreve, y por lo mismo prueba poca altura de sentimientos.
Pascal lo ha dicho: _palabras chistosas, mala alma_; y ésta es una de las verdades terribles del gran pensador.
Pero si el chiste es desagradable y antipático cuando lo usa un hombre, no sabria expresar lo odioso que me parece en una mujer.
La prefiero sentimental, romántica; prefiero uno de esos figurines atrasados, del tiempo de los poetas melenudos y llorones; una de esas mujeres que se rodeaban el rostro de tirabuzones (propiamente dicho) y bebian vinagre para palidecer.
Á lo ménos aquéllas lo amaban todo, todo lo lloraban, todo lo compadecian; y ésa es la mision de la mujer, ya sienta con mesura, ya exagere la expresion de sus sentimientos.
El chiste lo materializa todo, y el tomar la vida por su lado material es odioso tratándose de nuestro sexo. La mujer debe vivir sólo por el sentimiento y para el sentimiento: una mujer chistosa es una triste anomalía en su especie: más simpática es á mis ojos, como he dicho ántes, la romántica, y más lo es tambien la marisabidilla, porque ésta ama, como la otra, alguna cosa: ama el estudio y tiene la noble ambicion de poseer talento; pero las mujeres chistosas se inmolan á lo más prosaico, á lo más miserable de la tierra, sin mirar jamas al cielo, patria del alma.
II.
Yo amo á la mujer sonriente; pero me disgusta mucho riendo á carcajadas, porque la risa destemplada, brutal, por decirlo así, está siempre inspirada por el ridículo, es decir, por la muerte moral de alguno ó quizá de muchos seres.
Y ademas, ¿qué ternura puede existir en el corazon de una mujer que se burla de todo?
¿Qué hay para ella de sagrado, de noble é interesante?
La reputacion de chistosa es mortal para una jóven, porque se halla en completa oposicion con todas las leyes del pudor, de la dulzura y de la reserva.
El amor y la amistad huyen de ella asustados, porque el amor busca las almas que le ofrecen un nido de bellas y perfumadas flores, y la amistad no tiene la abnegacion que impide ver los defectos y que los perdona aunque los vea.
Reconveníase en cierta ocasion á una madre porque en vez de moderar la excesiva sensibilidad de su hijo, la excitaba, llevándole á socorrer á los pobres y á los enfermos y contándole historias tristes, y le decian que lo haria desgraciado afinando así las fibras más delicadas de su alma.
--Prefiero,--respondió aquella tierna madre,--el que mi hijo sea bueno á que sea feliz.
Admirable respuesta, y que prueba el temple de alma de aquella mujer superior.
III.
Se oye algunas veces decir:
«¡Qué alegre y animada es la señora A. ó la señorita X!...»
Es decir, ¡qué burlona, qué franca en sus modales, qué propensa á la hilaridad, qué chistosa, en fin!
¡Libre Dios á las amigas de mi alma de semejante elogio!
¡Líbreos Dios de él, mis amadas lectoras! El pudor, la decencia, la cortesía, la amable y santa benevolencia, tienen reglas fijas, é infringirlas es muy perjudicial y muy triste.
Ningun hombre valiente, generoso, dotado, en fin, de cualidades sérias, es chistoso.
Ninguna mujer suave, dulce, modesta, digna y bien educada lo es tampoco.
Hay, sí, en algunas almas una cierta alegría serena y pura que jamas ve negro en los horizontes de la vida, que mira cada cosa por su lado mejor, y que no se deja abatir por las penas pequeñas y mezquinas; pero estas bellas almas están dotadas de una esperanza, de una resignacion, de una tranquilidad, de una dulce alegría que no excluye el sentimiento, y que está muy léjos de la grosera y vulgar alegría que produce el chiste. Yo he dicho en una _Plegaria á la Vírgen_, que acaso conoceréis algunas de vosotras...
La vida es buena: si en el bien se emplea, Resbala alegre en la modesta casa; Risueña corre en la pajiza aldea, Vuela feliz si en la opulencia pasa.
* * * * *
Sí; la vida es buena para el que trabaja, para el que piensa, para el que ama, sobre todo; y el que se burla de cuanto conoce, ni ama, ni espera, ni es feliz, porque la burla deja en el alma un sabor amargo.
IV.
Triste tarea es buscar en todo el ridículo, que es como si dijéramos, el padre del chiste: verdad es que hay gustos tan puros y tan nobles, que al instante le advierten; mas tambien la amable benevolencia de carácter trae la indulgencia consigo y suaviza todo lo que es desagradable á los otros. El chiste, no solamente nota el ridículo, sino que lo busca donde no existe, y ridiculiza todo lo que hay de más noble y más santo en la tierra, sin que los espíritus celestes escapen siempre de su tijera envenenada.
Yo veo siempre al chiste envuelto en un vapor de sangre, porque sé que un chiste ha costado la vida á muchas personas y la felicidad á muchas familias.
Así, pues, mis amables lectoras, reprimid todo lo posible la propension que sintais á reiros de algunas cosas y á ridiculizar otras; respetadlo todo, excusadlo todo, admirad lo bello, que esto hace bien al alma, y cuando veais al mal, llorad en vez de reiros.
Sólo una cosa ahoga el ridículo, la sangre; la persona de figura más risible, si al entrar en un salon dispara un tiro al primero que vea se burla de él, adquiere en el instante la terrible majestad del crímen y de la venganza.
Un chiste puede traer un ridículo incurable, y por lo mismo puede causar la muerte de alguno.
Que vuestros puros labios no se manchen jamas con la risa burlona y con las chanzas atrevidas: todos los seres de la creacion merecen nuestro respeto, y el más abyecto merece nuestra consideracion, nuestra simpatía, nuestra compasion siquiera.
El ridículo no está en lo que miran los burlones: existe, á mi ver, en su perversion interna; hay aberraciones en el espíritu, como en el cuerpo hay dolencias; pero si provocan una sonrisa no deben hacer que nos cebemos con malignidad en los que las padecen.
Sobre todo, jóvenes lectoras, á las que amo tanto y cuya felicidad tanto me interesa, huid de la reputacion de chistosas; y si vuestro carácter es alegre, que sea el rayo de sol que todo lo embellezca y fecundice, y no el relámpago de cárdena luz, que dé á los objetos tintas lívidas y sombrías.
DESALIENTO.
Lo primero, lo indispensable es amar: no importa á quién, no importa qué: amad, y estais salvados...
(DUMAS _hijo_.)
I.
--¿Para qué?
Ved aquí la terrible palabra que, como el soplo helado del cierzo, pasa sobre las flores tronchando sus verdes tallos, destruye la savia de las ilusiones y seca todas las flores del corazon.
¿Para qué? es decir, ¿á qué conduce eso? ¿Qué beneficio ó qué placer me reporta? ¿Qué me importa la opinion ajena? ¿Qué el bien parecer? ¿Qué la dicha de los otros?
La primera vez que oí aquella terrible pregunta, un temblor doloroso se apoderó de mí, porque adiviné que salia de un corazon yerto y sin calor.
El que las pronunciaba era un hombre; un hombre que ya entraba en el otoño de la vida, y cuyas sienes estaban prematuramente coronadas de cabellos blancos.
Hablábale yo de su talento, que hacía tiempo no producia obra alguna, á pesar de ser universalmente reconocido; me quejaba de lo que llamaba su pereza, y le instaba para que trabajase como en otro tiempo.
--¿Para qué? me preguntó, encogiéndose de hombros con tristeza.
--¡Para qué! repetí; ¡para complacer al público y á sus amigos de usted!
Volvió á repetir el mismo triste y desolado movimiento.
--¡Para tener gloria ó aumentar la que ya ha alcanzado!
--¡La gloria es humo!
--¡Para ganar dinero!
--Me sobra con lo que tengo.
--Cásese usted.
--La mujer á quien amaba me ha engañado, y no puedo ya ponerme á la persecucion de un nuevo amor.
--¡Dios mio! si no cree V. en el amor ni en la gloria, ¿en qué cree?
--Casi en nada.
--¿Ni en la amistad?
--Ni en la amistad.
--Comprendo ahora el suicidio por la primera vez, pensé con tristeza.
--Así, continuó mi amigo, no hago esfuerzo alguno para salir del marasmo en que me encuentro: si voy á trabajar, no hallo motivo para ello; nadie me interesa ni á nadie intereso yo.
--¿No ama V. á nadie?
--Ya he dicho á V. que amé; amé con fe, con entusiasmo, con pasion, y fuí engañado... una mujer es la que ha llevado á cabo mi destruccion moral.
--Pero todas las demas no han de ser como esa mujer.
--La creia la mejor... piense V. cómo juzgaré á las otras; algunas veces he deseado volver á querer, y siempre me he hecho esta pregunta:
--¿Para qué?
--¡Fatal pregunta!
--Á la que contestan siempre la lógica y la razon.
--¿Qué responden?
--Que la dicha es un sueño; que todo es mentira en la tierra, y que sólo imperan en ella el cálculo y el egoismo.
Incliné la cabeza con amargo desaliento; no asintiendo á las ideas de aquel pobre sér desengañado, sino lamentando el no poder hacer brotar una flor en el erial de su corazon, disecado por el dolor.
II.
Era una hermosa tarde.
Moria el sol tras un alto monte, cuya falda se hallaba cubierta de verdor: grandes pinos y álamos gigantes crecian allí hacía muchos años, con la libertad que sólo es una verdad en la naturaleza: un arroyo murmuraba entre los árboles, y extendia su ancha cinta de plata entre una doble guirnalda de flores.
Todo amaba en aquella dulce y armoniosa soledad: las aves, que sólo piden el diario sustento, amor y espacio, cantaban el himno de despedida á la tarde: áun el sol iluminaba el valle con sus rojos resplandores, y ya la luna, como soberana de la noche, aparecia clara y serena en el cielo, pronta á derramar en la campiña sus argentados rayos.
Sentados el escéptico y yo al lado de una ventana, guardábamos silencio: yo contemplando el paisaje; él con la mirada fija en el vacío: áun resonaba en mi oido el eco triste de la conversacion anterior, y queriendo verter una gota de bálsamo en aquella alma ulcerada, buscaba sin hallar la idea de que debia servirme, y que no queria llegar hasta mi mente.
Al fin me aventuré con timidez á tomar la palabra; y digo con timidez, porque no hay nada que intimide tanto al débil y tierno espíritu femenil como la proximidad de un alma helada.--Ya que no ama V. nada,--le dije,--¿tampoco quiere V. nada ni á nadie?
--Creo que no.
--¿No tiene V. padres?
--Hace ya largo tiempo que los perdí.
--¿Ni hermanos?
--Tengo una hermana de leche, madre de cinco niños: me escribe cada mes.
--¡Luégo le quiere á V.!--exclamé alegre al ver este rayo de luz entre tantas tinieblas.
--No,--repuso él,--me escribe para que no se me olvide el enviarle la cantidad mensual que le tengo asignada: este mes la he remitido el dinero sin carta, y le importa tan poco de mí, que ni un renglon me ha dirigido para informarse de la causa de mi silencio; recibió el dinero y le basta.
--Escríbale usted.
--¿Para qué?
--Para saber de ella: acaso esté enferma.
Mi amigo meció negativamente la cabeza.
En aquel instante una mujer apareció en la calle de árboles que venía á espirar al pié de la montaña.