Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · Unidad 4 de 32

Inicio — parte 4

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.

Venía lentamente y parecia agobiada por la fatiga: sus vestidos eran pobres y su rostro estaba cubierto de una extrema palidez: al pasar por el arroyo brilló en sus ojos una ráfaga de alegría: inclinóse y llenó el hueco de su mano de agua fresca, que llevó á sus labios: el descreido la vió, dejó su asiento, y como un mentís dado á su fatal «¿para qué?», se lanzó á su encuentro.

III.

--¿A qué has venido?--preguntó á la mujer tomándola una mano.

--¡A verte!--respondió ella,--muchos dias he estado esperando tu acostumbrada carta: al ver que no llegaba, he temido que te hallases enfermo.

--¿No ha llegado el dinero?

--Sí, ha llegado, pero ¡ah! ¿qué importa el dinero cuando se trata de tu salud?

Al hablar así aquella mujer, fijaba en su hermano de leche una mirada llena de ternura, y cubierta de lágrimas.

--¿Y has dejado á tus hijos?--preguntó él.

--Sí.

--¿Solos?

--Solos: la mayor cuenta ya diez años.

--¿Y los has dejado por mí?

--Sólo por verte.

IV.

Al siguiente dia la pobre viajera se hallaba en cama y atacada de una fuerte calentura; la fatiga de un largo viaje en un caluroso dia de Julio, habia encendido la sangre en sus venas.

La ciencia no pudo salvarla.

Dos dias más tarde las campanas doblaban por ella: murió con tranquilidad y sonriendo.

--¿Está V. arrepentida de lo que ha hecho? ¿ha sentido venir aquí?--la preguntó el sacerdote que asistia sus últimos instantes.

--No, padre mio,--contestó;--hice lo que mi corazon me dictaba; el Señor me ha llamado á sí, ¿qué más da en esta ocasion que en otra? ¡Hágase su santa voluntad!

Mi amigo no ha vuelto ya á pronunciar su terrible «¿para qué?»

Trabaja sin descanso para sus cinco hijos, como él llama á los huérfanos, y cuando la fatiga le abruma, mira al cielo con los ojos del alma, y allí ve la sombra de su hermana.

El sacrificio le ha mostrado el amor.

La muerte le ha mostrado á Dios: hoy su vida tiene un noble objeto: la felicidad de cinco desvalidas criaturas.

LA BELLEZA Y LA GRACIA.

Los años, los dolores, las tempestades de la vida, marchitan la hermosura y hasta destruyen sus últimos rasgos: la gracia, que nace del sentimiento de lo bello y de una inteligencia superior, la gracia sola, es inmortal.

(ANÓNIMO.)

I.

No es la belleza sola la que adorais, vosotros, los que pretendeis ser héroes en el amor: yo os hago la justicia de creer que si pasais por delante del cuadro de _Las tres Gracias_, ó de la estátua de Vénus, les concederéis una mirada de admiracion y nada más.

Acaso podréis apasionaros con el entendimiento de una obra de arte y pasar largas horas extasiados ante una de esas dos bellas creaciones; porque el arte tiene inmensa é indefinible atraccion; pero esa admiracion apasionada os la inspirarán lo mismo _Los Niños coronados de flores_, del Dominiquino; _El Caballero de Malta en oracion_, de Hobemma, y la _Joconda_, anónima, que cada dia encadena á sus piés, durante algunas horas, á muchas grandes inteligencias, en el museo del LOUVRE.

La mujer que subyuga con un sentimiento grande y profundo es, á no dudarlo, algo más que bella: es preciso que tenga el supremo encanto de la gracia inteligente.

No hay duda en que la belleza admira á primera vista, pero la gracia atrae y cautiva con una fuerza irresistible.

Se ven hombres casados que poseen una mujer muy hermosa, y sin embargo, se apasionan verdadera y profundamente de otra tan poco favorecida por la naturaleza, que á primera vista no se comprende cómo pueda preferirla; pero si una persona inteligente trata con intimidad á la esposa y á la amada, pronto comprenderá la causa de que así suceda.

El libertinaje, que es vulgar, como todo lo malo, atribuye aquella sinrazon, muy general en la sociedad, á una bien pobre causa: afirma que la posesion apaga el cariño, y que la mujer propia, en el hecho de serlo, ya no puede ser amada, á lo ménos por largo tiempo.

Paréceme esto un grosero error; tanto valiera que el que ha admirado un soberbio lienzo de Rubens, en tanto que estaba de venta ó que le poseia un vecino suyo, lo arrojase á la calle á los dos dias de haber conseguido comprarlo.

Sólo en un caso podria comprenderse que lo hiciera; si el cuadro, desde el instante de estar en su poder, empezase á perder su brillante colorido, si se borrasen de él las huellas del genio sublime que lo habia producido y se convirtiese en un lienzo vulgar, se comprende que el poseedor se llamase engañado, se irritase y se olvidase de él.

No es, pues, la posesion lo que apaga el amor que inspiran las mujeres hermosas; es que si no tienen más que hermosura, la vista se acostumbra á ella, y no hallándose alimentada el alma, no hay amor que dure y que resista el cansancio.

Ademas, las mujeres son casi todas graciosas ántes de hallar un esposo: pero una vez conseguido, podria creerse que su gracia era un anzuelo, y que conseguida la pesca lo han arrojado como cosa incómoda é inútil.

Desde la hermosa Esther, reina de los judíos, que pasó de la esclavitud al trono, hasta nuestros dias, la mujer que quiere y sabe conseguirlo, es siempre adorable y adorada.

II.

He visto algunas mujeres que equivocan la gracia con el gracejo, y que sólo creen poseerla usando de maneras desahogadas y de palabras libres.

Eso no es la gracia; ó á lo ménos, no es la gracia tal como yo la entiendo y como se admira en la buena y culta sociedad.

La gracia es la reunion encantadora del candor púdico, de la decencia irreprochable, del natural cultivado, que se manifiesta con el lenguaje dulce y cortés: la gracia es un compuesto de benevolencia, de elegancia natural y perfecta, de maneras distinguidas: la gracia, cuando verdaderamente la posee una mujer, traspira en todo lo que hace, y en todo lo que toca, y hasta en todo lo que la rodea.

Una mujer dominante y de carácter duro é irascible, no tendrá jamas gracia; por eso las virtudes rígidas, severas, y perfectas en una palabra, tienen siempre muchos ménos adeptos que las amables debilidades de algunas mujeres: parece como que la mujer debe estar siempre envuelta en una delicada nube, que es la mitad decoro y la mitad coquetería, y que la gracia debe flotar en la atmósfera que respira, como un perfume impalpable.

La mujer es amable cuando llora, cuando rie y hasta cuando padece, si es que quiere serlo: siempre que se descubra en ella la gracia y la suavidad y que sus impresiones demuestren una alma noble y un buen corazon, puede estar segura de su imperio.

III.

No es la gracia patrimonio de la juventud y tambien le lleva ésta gran ventaja á la belleza: dos excelentes escritores franceses han demostrado que la mujer, en su edad madura, y áun en su ancianidad, puede poseer una gracia suprema. Mad. d'Aubray, adorable creacion de Dumas (hijo), es una prueba de este aserto, y Octavio Feuillet ha presentado otra no ménos convincente en su precioso proverbio titulado, _La Partida de damas_.

Las mujeres que más adoradas han sido, no han estado dotadas de gran belleza; ninguna de ellas pertenece á la tribu divina de que nos habla Balzac en _La Coussine Bette_.

Cleopatra, Mad. de Pompadour, Enriqueta de Inglaterra, María Antonieta de Francia, Isabel de Aragon, la Duquesa de Borgoña, la hija del Regente, Gabriela de Estrées y Agripina la Grande, no eran más que mujeres agradables; pero todas estaban dotadas de elevada inteligencia y de la gracia infinita que de ella nace, cuando á aquel dón del cielo va unido un carácter sensible y el sentimiento de lo bello, que revela una alma de artista.

Indudablemente, lo que comunica al trato más gracia y más encanto es una buena educacion: la grosería y la vulgaridad son insoportables: separad de las familias el delicado velo del decoro, y sólo quedarán las sinuosidades del carácter y lo prosaico, es decir, lo odioso de la vida: desnudad el amor de las atenciones, de las delicadezas; desposeedlo de una educacion perfecta y distinguida, y el amor morirá ahogado por el materialismo, como muere una bella rosa que ha nacido en un zarzal, sofocada por las punzantes ramas, que no permiten llegar hasta ella las brisas y el sol.

IV.

Puede asegurarse que la gracia en la mujer es producto de un bello y dulce carácter, ó á lo ménos de un deseo constante de agradar. El arte de decir á cada uno aquello que puede serle más grato; de complacer en la mesa individualmente; de hacer con talento los honores de un salon; de mantener la conversacion viva y agradable; de vestirse bien y segun conviene para cada hora del dia; de hablar con dulzura; de sonreirse á tiempo, y sobre todo de dar á cada uno en la sociedad el lugar que le corresponde, es lo que constituye todo lo que de explicable hay en la gracia; pero hay otros mil detalles que no se pueden definir, y que son los que constituyen ese encanto de algunas mujeres tan poderoso como irresistible.

Yo deseo á mi sexo, más que belleza, gracia; pues en ésta y no en aquélla estriba su imperio: aquélla puede compararse á una dalia, que sólo cautiva los ojos: ésta, á una rosa que satura de un precioso aroma el sitio donde reside.

LA VERDADERA CRISTIANA.

I.

Yo no sé á qué atribuir el que, por más que lo procuro, no puedo admirar á esas mujeres que se pasan la vida en las iglesias rezando partes de rosario y ensartando oraciones.

Cuando las veo, pienso, sin poderlo remediar, en que su casa estará muy mal arreglada, y sus hijos, si los tienen, muy mal cuidados, y en que sus maridos serán muy poco dichosos.

Me honro con la amistad de un virtuosísimo sacerdote, eminente en saber, y que derrama á torrentes la luz en la cátedra del Espíritu Santo, al cual he oido decir, hablando con una señora amiga mia y que se hallaba en mal estado de salud:

--No vaya V. á la iglesia, pues eso la puede hacer daño.

--Sólo voy á misa, respondió la doliente con alguna tristeza.

--No vaya V. á misa tampoco.

--Únicamente asisto los domingos.

--No vaya V. ni siquiera ese dia: el ambiente frio del templo la empeorará.

--¡Dios mio! exclamó mi amiga: ¡parecerá entónces que no soy cristiana!

--Dios está en todas partes, y de todas partes oye, señora mia: lea V. la misa en su casa, en su gabinete abrigado, sentada en un sillon, y por eso Dios no escuchará ménos sus preces que nacen del alma.

Mi amiga meció tristemente la cabeza, y despues de un rato de silencio, repuso:

--No se puede V. figurar, señor, lo angustiada que tengo la conciencia, ¡me gustaba tanto ir á la iglesia! ¡Aquel ambiente saturado de incienso, aquellas luces, la vista de las flores frescas en los altares, de las cuales yo enviaba algunas, la imágen del Redentor del mundo y de su Madre hacian bien á mi alma afligida, y hallaba la tranquilidad en mi conciencia, porque sabía que al ir á la iglesia cumplia con un deber!

--¡Hija mia, respondió con dulzura el buen sacerdote, el ir á la casa de Dios, donde tan dulce paz se respira, hacía bien, no á su conciencia, sino á su corazon: ha perdido V. al esposo, al compañero de su vida que la amaba, al objeto de su único amor, y sólo ante el que es el supremo consolador de todos los dolores halla paz su pecho dolorido!... Y bien; no confundamos el deber con el egoismo, como tantas veces hacemos: léjos de tener su conciencia intranquila por no poder ir á la iglesia, resígnese á esta privacion, y llévela con paciencia por el amor de ese mismo Dios.

--¡Ántes me confesaba cada ocho dias! ¡Y ahora, como me pongo mala cada vez que voy temprano á la iglesia, sólo puedo ir de mes á mes!

--Y áun es demasiado.

--¡Demasiado!

--Sí, por cierto: ¿qué delitos, qué graves culpas puede haber en su vida ordenada, modesta y apacible que necesiten exponerse tan repetidamente ante el tribunal de la penitencia? ¿Á qué desprestigiar con la costumbre lo que la práctica tiene de grande y bueno? No se puede mirar al sacerdote como al confidente ordinario de todas las pequeñeces de la vida: en ese caso deja de ser el médico del alma: no se le puede mezclar en las debilidades ni en los secretos de la familia: el sacerdote no es el amigo íntimo, ni debe escuchar escrúpulos pueriles y mezquinos: la mision del sacerdote es altísima, y no se puede abusar de ella sin quitarle algo de su augusto prestigio, de su delicadeza y de su santidad.

Cuando el buen sacerdote dejó de hablar, la pobre enferma del alma dejó ver una bella sonrisa, que decia claro habia comprendido á aquel varon ilustre, y que quedaba consolada con su dulce y elocuente palabra.

Resignada y tranquila ha visto agravarse su enfermedad, y desde su gabinete habla con Dios, y le ofrece sus dolores, y la privacion de no poderle visitar en la iglesia, de no poder orar al pié de los altares.

¿Serán agradables esas oraciones al Dios todo amor y misericordia? No debemos dudarlo.

II.

Me parece que son tan agradables al padre de las misericordias un acto de perdon, la dádiva de una limosna, una lágrima dedicada al infortunio ajeno, como dos horas de rezo.

Me parece tambien que ninguna mujer se ha de condenar porque deje de oir misa algun dia, si su madre, su esposo ó sus hijos se hallan enfermos, y necesitan de sus cuidados.

Me parece asimismo, que tan bueno, por lo ménos, como irse á confesar todas las semanas, es no murmurar, hacer todos los favores que se puedan y llevar con resignacion las pruebas de la vida, que nunca le faltan ni áun al sér más dichoso y más opulento.

Yo no digo por esto que no sea muy necesario el aproximarse con frecuencia á la mesa celestial, donde el alma halla tan delicioso y nutritivo alimento; pero hay muchas mujeres que se creen buenas cristianas porque oyen misa diariamente, porque rezan cierto número fijo de oraciones y porque se confiesan con mucha frecuencia, y pasan el resto de su vida en murmurar, en penetrar las vidas ajenas y en buscar las faltas de todos.

Sólo pensarlo sería un sacrilegio.

La virtud para serlo y para hacerse amar necesita ser dulce, tolerante, benévola, y hay algunas mujeres cuyas debilidades son la más bella apología de su corazon y áun de su carácter.

He conocido, entre otras, una que fué la más coqueta, la más seductora, la más agraciada, la más simpática de las jóvenes de su edad, segun afirman personas del gran mundo que la han conocido; despertó innumerables pasiones, y más de una tuvo un desenlace fatal.

Pero el matrimonio no se hallaba bien con su carácter independiente y con su deseo de libertad: pasaron los años; sus gracias perdieron con la juventud todo su prestigio; los adoradores se retiraron, y cuando ya no era tiempo, aspiró á tener un esposo, un protector, un amigo.

No pudo alcanzar esta suprema dicha, y su carácter se volvió acre y amargo: la juventud, la hermosura llegaron á serla odiosa, porque ella no las poseia ya: censuró á los hombres y más á las mujeres: todo lo bueno, todo lo bello se le hizo profundamente antipático, y mordia y destrozaba moralmente con una saña implacable.

Así dispuesta, fea de cuerpo y más fea de alma, se hizo beata ó santurrona.

¡Beata!

¡Horrible palabra, que encierra un mundo de amargura, de ódio y de hiel!

Vistióse con un traje de jerga negra, púsose una mantilla de lana, unos zapatos gruesos; dejó las manos sin guantes; recogió el escaso cabello, dejando todo lo horrible posible su cara flaca y amarillenta, y así dispuesta, es decir, arrojando los últimos restos de belleza, de gracia y áun de decencia, detras de ella, empezó á ir á la iglesia, donde se pasaba los dias, y á confesar todas las semanas, criticando á las que no lo hacian.

¿Creerán esas mujeres que Jesus, el dulce, amante y hermoso Jesus, admite todo lo que hay en ellas de malo, que es lo que van á ofrecerle, despues de haber dado al mundo lo poco bueno que tenian?

III.

Imitemos á Jesus, ¡oh mujeres cristianas! á Jesus, que no llevaba el azote en la mano, sino la miel en los labios.

_Él_ no culpaba: aconsejaba y redimia de la culpa.

Era piadoso y benigno para todos: era el supremo consolador de cuantos se le acercaban.

Ya que los hombres no sepan imitar al divino modelo, imitémosle las mujeres.

La verdadera cristiana ha de ser siempre tolerante y piadosa: ha de tener alumbrado su hogar con la dulce luz del buen ejemplo, y adornado con las flores de la paciencia y la resignacion.

La verdadera cristiana es como la mujer fuerte de la Escritura: atiende á todo, de todo cuida, y su benéfica influencia se deja sentir por todas partes.

La verdadera cristiana tiene siempre muchas y variadas ocupaciones, porque á la vez que se dedica á hacer la dicha y á iluminar el entendimiento de los suyos, se ocupa tambien de todas las labores de su casa y del bienestar material de los que ama.

Cuidando de la dicha de los suyos es una mujer buena cristiana.

He visto algunas que, bajo el pretexto de que tenian que confesarse al siguiente dia, se han negado á ir al teatro con su marido, y este marido, desairado y contrariado, ha renegado de la religion de su mujer que le privaba de su compañía.

Esa mujer faltaba á sus deberes, al primero de sus deberes, negándose á acompañar á su marido.

Una buena cristiana puede tener su casa muy bien dispuesta, sus hijos muy elegantes, su mesa muy bien servida, y puede ser, á pesar de todo esto, muy agradable á Dios, y áun serle agradable por lo mismo que hace todo esto, pues es gravísima falta el rodear á nuestra santa y benigna religion de fealdad, de acritud y de intolerancia.

IV.

La resignacion es otro de los adorables beneficios de nuestra religion sacrosanta.

He visto á una madre que adoraba á su hijo único, mirarle muerto en la cuna, pálida, temblorosa, como una flor tronchada por el huracan, y decir, alzando los ojos al cielo:

--¡Señor, era tuyo y te lo has llevado; hágase tu santa voluntad!

Si aquella mujer se hubiera sublevado contra la mano que la heria, si hubiese acusado á la Providencia, aunque despues la hubiera yo visto rezar, bostezando, veinte partes de rosario, no me hubiera parecido tan verdaderamente cristiana.

Un solo grito del alma, un latido del corazon, bastan para probar á Dios nuestro amor, nuestra obediencia y nuestra gratitud.

No son necesarias las exterioridades ni las prácticas rutinarias de la devocion exagerada é ignorante: Dios ve el fondo del alma, y el elevar los ojos á la bóveda celeste es ya un consuelo inefable.

No puedo expresar el disgusto que me causa cuando en la iglesia oigo rezar casi en voz alta, darse violentos golpes de pecho y lanzar suspiros dolorosos.

Semejantes extremos sólo sirven para distraer la atencion de los que verdaderamente hablan con Dios por medio de su pensamiento recogido y absorto en la grandeza de la divinidad.

¿Cuántas (y áun cuántos) hay que mezclan á los suspiros y á las palabras de la oracion ruidosos bostezos, productos del bárbaro ayuno á que se condenan?

¿Cuántas que enferman de dolores reumáticos por pasarse en las frias mañanas del invierno, cuatro, cinco y seis horas sobre el helado pavimento de la iglesia?

¿Cuántas que no comen de los postres, con risa interior de los criados y admiracion dolorosa de su familia, porque lo han ofrecido como prueba de mortificacion?

¿Y cuántas inspiran á sus hijos, con esas prácticas, terror hácia una religion que impone semejantes sacrificios?

¡Oh, no, tiernas jovencitas, amigas mias! ¡No creais que esa es la religion de Jesus! ¡Elevad el alma y huid de esas preocupaciones de los espíritus estrechos! Disfrutad honesta y legítimamente de los bienes que Dios mismo os ha concedido; no os martiriceis ni os hagais feas, que eso no agrada al que es fuente de toda belleza y orígen de todo amor.

«¡Amaos los unos á los otros!»

Esto es lo único que ordena: es decir, sed tolerantes, benévolas, agradables; no calumnieis, no mintais y haced el bien posible.

«Dejadme á mí el cuidado de la venganza.»