Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · Unidad 8 de 32
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»La amabilidad de la señora de la casa empezaba á tranquilizarme, cuando el mal genio que me perseguia me dió otra prueba de su encarnizamiento contra mí; habia yo colocado el plato de sopa demasiado cerca del borde de la mesa; al volverme para contestar á una pregunta de mi vecina, la señorita de la casa, que admiraba mi cuello de encaje, dejé caer el plato con todo su contenido sobre mi falda; á pesar de haber empapado mi servilleta y otras várias que me fueron ofrecidas, mi traje verde luz se inundó de aquel líquido craso y todavía hirviente; recordé entónces el valor con el cual el dueño de la casa habia disimulado el dolor que mi pisada le habia ocasionado, y puse de mi parte todo lo posible para imitar su tranquilidad.
III.
»Una de las señoritas me suplicó que le acercase un asado colocado cerca de mí; en mi afan de complacerla puse en la boca un pedazo de budin que tenía en el tenedor sin pensar en que estaba abrasando; entónces me fué imposible disimular mi tormento; la garganta se quemaba conforme iba pasando por ella el budin; los ojos se me querian salir de las órbitas; cada uno de los presentes me propinó un remedio distinto: el uno me aconsejaba vino, otro aceite; yo pedí agua, y un criado trajo un vaso lleno; pero sea que se equivocase, sea que el traidor quisiera burlarse de mí, me trajo aguardiente en vez de agua fresca; lancé un grito, y el líquido salió por las narices y por mi boca en un acceso de tos; la señora riñó á su criado; ciega con el dolor de la quemadura y del aguardiente, llevé á la cara el pañuelo con el que habia secado la tinta; una risa general estalló entónces, porque la más exquisita cortesía no bastaba ya ante tanta ridiculez, y huí á mi casa sin despedirme de nadie y loca de dolor.
«¡Oh invencible timidez! Yo te maldigo como á mi más cruel enemigo.»
IV.
La carta que precede dice más que cuanto yo pudiera encarecer, acerca de la necesidad de adquirir aplomo y serenidad de ánimo en el trato social.
La soberbia es muy culpable; pero tambien es digna de censura la absoluta falta de confianza en el propio mérito, que conduce á una timidez invencible.
Es necesario apreciarse de una manera equitativa, saber conservar su dignidad y no desestimarse por completo, dando á los demas un exceso de consideracion y de condescendencia, porque las más bellas disposiciones desaparecen cuando una excesiva timidez se apodera de nuestro espíritu y nos arrebata la serenidad y la facultad de discernir.
Hay algunas personas tan excesivamente tímidas, que no saben jamas qué hablar ni qué postura adoptar en visita; para estos pobres seres, el trato, lazo de seda que une á la gran familia humana, es un tormento insoportable: como nadie ama lo que le mortifica, huyen de hacer y de recibir visitas, convirtiéndose su cortedad de genio en una grosería que les enajena todas las voluntades, y en una feroz misantropía.
En la mujer es casi preferible que se estime demasiado alto á que se estime demasiado poco: de la gran estimacion de sí misma nace la dignidad, la aversion á las familiaridades y á las habladurías, y hasta una gran virtud; pero la timidez, cuando es en grado exagerado, la lleva, no sólo á las ridiculeces que á mi pobre amiga, sino á otros extremos más graves.
Poco tiempo hace que estando yo de visita en un salon donde se hallaban reunidas várias personas, oí criticar amargamente á una bella señora que no se hallaba allí, pero que yo conocia de vista.
Todos los presentes dieron un arañazo más ó ménos grande en aquella reputacion indefensa: la frialdad de mi semblante y mi silencio protestaron contra la cobardía de la agresion.
Cuando me levanté, una amiga que allí se hallaba salió conmigo.
--¿Por qué has callado--le pregunté indignada--al oir censurar así á una persona que tratas? Más bien; ¿por qué has hecho coro con todos esos necios de mala intencion, con todas esas envidiosas?
--¿Y qué querias que hiciera? respondió: yo no tengo el valor de ir contra la corriente de todos: no me atrevo á tanto.
--¡Qué indigna cobardía! exclamé llena de enojo.
--¿Qué quieres? soy tímida, y así son casi todas las gentes: piensa en que al Redentor le crucificaron: ¿qué harian conmigo?
No he vuelto á saludar á aquella mujer: hay una clase de timidez inofensiva que me compadece: hay otra culpable y que es sólo ruin pusilanimidad, que me indigna y que desprecio.
LAS PEQUEÑAS VIRTUDES.
Los negocios domésticos, los deberes sociales, los estudios, las facultades del espíritu y del corazon, ofrezcamos todo esto á Dios: mi querida señora, sed amable para él, humilde y paciente por él, y tendréis un tesoro de horas afortunadas; no de horas sin pesares, pero sí dichosas, porque estarán en armonía con vuestra conciencia y con el divino modelo; allí está el mérito; allí está la paz; allí está la caridad; allí está la fuerza.
SILVIO PELLICO.
(_Carta á una dama._)
I.
Virtudes pequeñas, ¡qué dulce es vuestro poder y que necesidad tenemos de vuestro auxilio las mujeres!
Quédense para el sexo fuerte las grandes, las que producen acciones heroicas que se esculpen en bronces y en mármoles. El brioso alazan necesita la inmensidad para lanzarse en la brava carrera: el cisne necesita sólo el dulce y límpido lago, y el pajarillo la embalsamada y escondida floresta: así nosotras, tanto ó más que las relevantes cualidades, mucho más que la ciencia y la grave y sólida instruccion del espíritu, necesitamos rodearnos de las pequeñas flores del Evangelio, abiertas bajo los pasos de aquél que fué dulce y humilde de corazon.
Paciencia, dulzura, indulgencia, afabilidad, cortesía, olvido, ignorancia de la falta de los otros, caritativa condescendencia para las debilidades de los demas, yo os llamo desde lo íntimo de mi corazon para que hagais mi vida apacible y feliz.
Fuerza es que yo lo confiese; las grandes virtudes, tales como en general se entienden, me han asustado mucho siempre, y áun más el aspecto de los que las practican, porque las personas de gran virtud se me han presentado constantemente ceñudas, mal vestidas, mal peinadas, regañonas é intolerantes.
¡Cuántas dulces y pequeñas virtudes he visto ocultas, por el contrario, bajo la graciosa apariencia de la belleza y la elegancia!
--Esa es una persona de gran virtud, he oido asegurar algunas veces; yo me he vuelto llena de aquel amor y veneracion que profeso á todo lo bueno, y me he hallado con una mujer fea, flaca, vestida de mala manera, huraña, regañona, con el traje roto y descuidado.
--Está sólo dedicada á servir á Dios, me han dicho, y su desprendimiento de las cosas terrenas es profundo y absoluto.
--¡Y qué! exclamé yo un dia con la ingenuidad de doce años que contaba entónces, ¿porque se sirva y se ame á Dios se ha de vestir así? ¿Impone su servicio por librea la miseria y la fealdad? Yo he leido en mis libros de estudio, que los antiguos coronaban de flores los blancos becerros y los hermosos corderillos que sacrificaban á sus dioses: ¿merece ménos nuestro Dios que aquéllos ídolos? ¿Merecen ménos tambien sus servidores que aquellos animales?
Debo confesarlo: nadie halló que responderme; pero la servidora del Dios de bondad y de misericordia me echó una mirada de cólera y de encono, y oí salir de entre sus labios, pálidos y secos por el ayuno, el dictado de chiquilla insolente con que me regalaba.
II.
--¡Parece, continué yo riéndome de la horrible cara que me puso, parece que sólo se ofrece á Dios lo que el mundo ya no quiere, lo peor y lo más feo! ¡Todas las mujeres excesivamente devotas son solteronas viejas ó que se han vuelto muy feas, y á mí me parecen criadas del diablo! Jesus es muy hermoso: su madre es hermosísima, y se deben disgustar de los santurrones de ambos sexos. Y luégo, yo sé, porque lo dice la Historia Sagrada, que Abel elegia para el altar del Señor sus más bellos y sazonados frutos, sus más frescas y perfumadas flores: estos dones los consumia la llama divina, y los de Caín quedaban intactos, porque llevaba al altar lo peor que tenía. ¡Luégo esta señora se parece á Caín, pues no se dedicó al Señor cuando era jóven y bonita, sino ahora que ya no es lo uno ni lo otro!
Una carcajada acogió esta salida, más sincera que cortés, y más lógica que agradable para la señora de gran virtud.
III.
No hace falta tampoco para las dificultades de la vida de familia y para las pruebas de cada dia una virtud romana: no es necesario ser Cornelia ó Arria: hay otras virtudes pequeñas, ocultas, del dominio de la mujer cristiana, que, parecidas á modestas violetas, embalsaman aquí bajo el hogar doméstico, y que tal vez un dia formarán una diadema á la que las haya amado y cultivado constantemente.
¡Pequeñas virtudes, objeto de mis meditaciones de cada dia! ¡Vosotras pasais desapercibidas, y no obstante, sin vosotras no es la vida soportable! ¿Quiénes sois? La indulgencia, que perdona los defectos, bien que no pueda prometerse el perdon para sí misma; el piadoso disimulo, que parece no apercibirse de las faltas ajenas; la docilidad del espíritu, que adopta sin resistencia lo que hay de bueno en las ideas de los demas, aunque pensemos de distinto modo; la solicitud amable, que previene las necesidades y hasta los deseos de los que viven con nosotros; la generosidad del corazon, que hace todo el bien posible; la represion del mal humor para con nuestros iguales, y de la impaciencia para nuestros inferiores: sois el callarse cuando se desea decir una palabra dura; el vencer un movimiento de antipatía; el olvidar una pequeña injusticia ó procurarlo á lo ménos; el escuchar con cortesía paciente lo que nos fastidia; el prestarse con gusto á un juego, á una diversion, frecuentemente más penosa que el más árido trabajo.
¡Oh, no! no son brillantes estas pequeñas y dulces virtudes, y no atraen ni los ojos ni los elogios. ¡El que está presente no sabe por qué se dice una palabra y por qué se calla otra: no penetra en el santuario del pensamiento para leer allí que la manera de ver es diferente: no penetra hasta el corazon para sentir que los afectos están contrariados y que un rudo combate tiene lugar entre el carácter y la virtud! ¡Ni una mirada, ni un gesto, ni una palabra y el sacrificio queda cumplido!
IV.
¡Pequeñas, bellas y delicadas virtudes! ¡Perlitas puras de la cadena de la vida, hecha de tanto hierro! ¡Yo os amo, os venero y os llamo en auxilio mio á todas horas! ¡Os necesito, porque adoro vuestra belleza! ¡Abridme vosotras los corazones y conquistadme afectos! ¡Sed mis protectoras, y que vuestro dulce y santo perfume anuncie mi presencia!
Amables y lindas jóvenes que leeis estas líneas, mejor sentidas por mi corazon que trazadas por mi mano: la virtud que resulta de todas estas pequeñas virtudes reunidas, es tambien una gran virtud, como es bello y admirable un mosaico compuesto de partículas diminutas y delicadas; pero esta gran virtud que poseeréis practicando las pequeñas, no es fea, sino bella, adorable, llena de poesía y de gracia: esta gran virtud os exige el ser agradables, bonitas, elegantes, afables y dulces: os ordena cultivar vuestro talento y vuestras gracias, y es la sola verdaderamente grande y digna de ser ofrecida al Dios, todo amor, todo grandeza, bondad y misericordia.
LA DESGRACIA.
I.
Empezaré copiando un bello y elocuente párrafo del ilustre escritor frances Mr. Jules Janin, que servirá como de tema y sumario á las desaliñadas líneas de este pobre artículo.
Vosotras,--dice á las damas parisienses,--pagais muy caro el ir á ver tragedias llenas de exageraciones, ejecutadas en verso, por buenos ó malos actores: el dinero que gastais sin placer, por lo que llamais vuestros placeres, deberiais llevarlo allá arriba, cerca del cielo, bajo los techos donde el estío es abrasador, y donde en el invierno se tiembla de frio; en esas alturas dolorosas, ¡Dios sólo sabe cuántos dramas crueles podriais encontrar! ¡Dios sabe si enjugariais lágrimas verdaderas! En esos sitios, visitados por vosotras, os sentiriais bendecidas, amadas y alabadas; desde el fondo de los corazones conmovidos, las lágrimas que vertierais serian muy dulces.
«¿Por qué vais, pues, á vuestras fiestas, á vuestros espectáculos, á vuestras exposiciones, á vuestras matanzas? Allí verteis lágrimas estériles, sobre buhardillas de tela pintada y compadeciendo el corazon desgarrado de una mujer, que despues cenará perfecta y alegremente: allí la orquesta es la que agita vuestros nervios, y las ficciones las que exaltan vuestra imaginacion. Id á buscar las desgracias verdaderas; y por la noche, en lugar de soñar con tiranos de melodramas, armados de puñales y de copas llenas de veneno, soñaréis con las desgracias que habeis socorrido; veréis á la madre de familia cuyo hijo habeis salvado, y oiréis las bendiciones del anciano. ¡Hé aquí los dramas que traen paz al alma, y á la noche sueños dulces, y consoladores!»
Este predicador mundano y elegante ha encontrado, observando lo que pasa en derredor suyo, los acentos puros y nobles de la verdad, y nada mejor podemos hacer las mujeres que seguir su consejo.
No es la desgracia que se ostenta la más digna de compasion y de lástima: es la que se oculta; la que se avergüenza de sí misma: es la que vive bajo las apariencias de la decencia, la que está valerosamente combatida por la dignidad.
¡Cuántas y cuán diversas fases tiene la desgracia! Desde la escasez, donde empieza la pobreza, hasta la miseria que es su último grado, la desgracia se presenta á nuestros ojos mil veces al dia, pasa al lado nuestro, nos implora, y nos tiende la mano á cada instante, sin que nos apercibamos ó queramos apercibirnos de su presencia.
II.
Habia, segun me ha contado una anciana amiga mia, una mujer, tan dichosa, al parecer, que todos la envidiaban; tenía una fortuna más que regular, un esposo que la adoraba, hijos hermosos y llenos de promesas, amigos fieles y cariñosos; y sin embargo de todo esto, se tenía algunas veces por desgraciada; el alma, como el cuerpo, tiene sus desfallecimientos, y á veces se fatiga acaso por el mismo exceso de su tranquilidad.
Aquella mujer, jóven, hermosa, rica, querida y estimada de todos, era infeliz, y entrando en el fondo de su deseo, nada hallaba que desear.
En la misma ciudad habia otra mujer de edad madura, que iba vestida con excesiva modestia, de aspecto dulce, respetable y reservado: esta persona era maestra de escribir, y pasaba su vida, ya en dar lecciones á los niños, ya en copiar documentos para los comerciantes y oficinas: la tranquilidad y la dicha resplandecian en su frente, y no obstante jamas se habia casado y vivia sola en el mundo.
La señora M. que así se llamaba la dama que se tenía por tan desgraciada, la llamó para que diese leccion á sus hijos, niños de corta edad; y preguntándole un dia, supo por fin el secreto de la felicidad de aquella humilde criatura.
--He vivido siempre para los otros y jamas para mí,--le dijo,--el yo es el enemigo más formidable de toda dicha. Muy jóven aún, quedé sin padre y sin otro talento que una bonita letra; procuré utilizarla y busqué algunas lecciones que dar; mi madre, anciana y enferma, necesitaba de mí, y esto me daba valor, enviándome Dios como supremo consuelo, la esperanza: daba lecciones durante el dia; por la noche copiaba manuscritos: tenía ademas nociones de dibujo; procuré perfeccionarlas, y traté de copiar algunas flores y grabados que se vendian bastante bien.
De repente mi hermana mayor, viuda y madre de cuatro hijos, murió, y los cuatro huerfanitos quedaron sin amparo: ¿qué hacer? Los traje conmigo, y la pluma corrió más de prisa sobre el papel. Dios, que es el padre de todos, reprodujo el milagro del pan y los peces con nosotros: mi pluma dió para todo durante quince años: mi anciana madre murió sin que la faltase nada, y yo ya no tuve la dicha de trabajar para ella; pero pocos instantes ántes de cerrar los ojos, me dijo:
--Hija mia, en el mundo he sido una carga bien penosa para tí; pero ahora en el cielo te pagaré mi deuda, y rogaré á Dios que recompense tus virtudes: hija mia, yo te lo aseguro; nada te faltará.
--Mi madre murió; yo eduqué á mis huerfanitos con todo el amor y cuidado posibles: los niños aprendieron una bonita letra y los coloqué bastante bien en el comercio: la niña aprendió el lindo y aseado oficio de modista.
Cuando ya no tuve que trabajar más que para mí, me puse muy triste... Esto era una desgracia, pues toda mi vida la habia dedicado al bien de los otros: mas sabido es que nunca faltan pobres: doy lecciones á los niños de mi barrio, hijos de honrados artesanos, y ademas, con lo que gano dando otras lecciones y haciendo copias, les regalo de vez en cuando, ya un vestido, ya una camisa, ya ropa blanca que yo misma coso en mis ratos de ocio; todos me quieren, yo quiero á todos y soy dichosa.
La señora de M.... oyó casi avergonzada la historia de aquella noble criatura, diciéndose que la desventura puede salir del seno de la felicidad, y que la dicha más pura puede salir del seno de la desgracia.
III.
Las más brillantes posiciones ocultan á veces desgracias terribles.
El desaliento del corazon, lacerado por mil amargos desengaños; el sufrimiento del alma, producido por decepciones en los afectos: la saciedad, que lleva consigo la riqueza y el abuso de todos los goces frívolos, estas cosas reunidas y áun cada una de por sí, producen un malestar, una angustia moral, una falta de fe, que constituyen la más horrible de las desgracias.
No amar á nadie, no esperar nada, es tan triste que valiera más morir.
Así, pues, aquellas de vosotras, mis amadas lectoras, que halle en su camino una persona atea á fuerza de sufrir, que se dedique á consolarla, á endulzar su amargura, á reanimar su fe y su esperanza, y hará una obra tan meritoria como dando pan á un infeliz pordiosero, porque la miseria del alma no es ménos dolorosa que la del cuerpo.
Sólo aliviando la desgracia podemos hallar la felicidad: busquémosla por todas partes, y cuando la hallemos en nuestro camino, socorrámosla con todas las fuerzas de nuestra voluntad y de nuestro ingenio, privándonos de algo supérfluo, para dar á los desdichados lo necesario.
LA HERMOSURA Y LA ELEGANCIA.
No hace muchas noches que nos hallábamos reunidas algunas personas, enlazadas por los vínculos de la amistad más verdadera, en el lindo gabinete de una simpática jóven, casada hace poco más de un año con un hombre respetable por su talento y las nobles prendas de su carácter.
No éramos muchos los concurrentes y ninguno contaba muchos años: el esposo de nuestra amiga era la persona más grave, y no ha llegado todavía á la edad madura.
En tanto que la parte masculina de la reunion hablaba de política y de obras dramáticas, la parte débil se ocupaba en bordar y charlar de modas y de las novedades del dia.
--¿Qué os parece de Luisa R....?--dijo de repente la señora de la casa, dirigiéndose á nosotras,--deseo saber vuestra opinion, porque me admiro de oir contínuamente sus alabanzas, cuando yo la encuentro con mérito muy escaso.
Al oir nombrar á Luisa R. todos los caballeros dejaron sus conversaciones y escucharon, al parecer, con religiosa atencion.
--¿Lo veis?--exclamó mi amiga entre risueña y enojada,--en nombrando á Luisa todos se vuelven oidos y mi marido el primero. ¿Qué tendrá esa mujer?
--Yo no lo sé,--respondió una de las jóvenes,--á mí me parece muy grande su boca y demasiado corta su nariz.
--Pues á mí,--dijo otra,--me parecen muy hermosos sus ojos azules, tan dulces y expresivos.
--Yo no la encuentro bonito nada más que el talle.
--Á mí me gusta la expresion de su rostro.