Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · Unidad 7 de 32

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Hay personas muy pacientes y hasta muy apacibles; pero es porque no sienten. Todo lo miran con indiferencia, y aunque el mundo se desplome, si salvan su individualidad no pasan pena alguna. Su semblante no se contrae jamas, la sonrisa no desaparece de sus labios y se hallan siempre en una perfecta tranquilidad moral y material.

La impaciencia les es perfectamente desconocida, y es que, como nada les interesa, por nada se apresuran, pues, lo repito, miran ante todo por su individuo.

Estas personas pasan generalmente por muy buenas, muy bondadosas, muy angelicales, cuando no son más que... muy impasibles.

Si la paciencia fuese nuestra fiel é inseparable compañera, seríamos, á no dudar, muy dichosos, porque cuando no reside en el alma, ésta se halla amargada, sufre, se queja, y ve todas las sinrazones con cristal de aumento.

Por el contrario, la paciencia es un estado de perfecta quietud: el que sabe esperar y sufrir, lo sabe todo; y en cuanto á las mujeres, la paciencia es la más adorable de las virtudes que pueden poseer.

III.

Oponiendo la paciencia á la injuria y á la sinrazon se han conseguido grandes resultados: una mujer desdeñada de su marido, sólo con la paciencia puede volver á conquistarle, porque la paciencia es la suave valla que impide romper los diques al decoro y que conserva la dignidad en el interior de la familia.

En tanto que media el respeto y la consideracion entre los esposos, no hay que temer que se derrumbe el edificio conyugal; pero la impaciencia de la mujer es lo que le hace muchas veces venirse al suelo; la impaciencia hace acudir á los labios las palabras descompuestas y duras, las injurias y los denuestos; la impaciencia acrece los defectos, y ve, como ya dije, con cristal de aumento las faltas más leves y más ligeras.

En muchas ocasiones, la paciencia equivale á un rasgo de talento, porque vale mucho más aparentar que se ignoran las faltas que impacientarse por ellas.

Mas donde la impaciencia causa un daño horrible es en la educacion de los hijos: la dignidad paternal y maternal dependen, sobre todo, de la gran calma y serenidad del ánimo: el padre, y áun más la madre, que se descompone delante de sus hijos, baja de su alto puesto, y dejándole, no puede exigir que los demas se lo conserven.

IV.

Si las mujeres no hallásemos en nuestra razon y en nuestro corazon bastantes motivos para obligarnos á tomar el partido de la dulzura y de la complacencia, deberíamos pedirlas á la habilidad: ésta nos enseñaria, en efecto, que la violencia puede imponer ciertos sacrificios, pero que el que los lleva á cabo se sustrae más pronto ó más tarde á esta dura dominacion: la habilidad en defecto de la bondad nos impone la paciencia y el disimulo de las contrariedades, y en las personas que saben discurrir, la habilidad inspira concesiones equivalentes á las que impone la abnegacion.

¡Qué grandes cosas ha producido la santa, la modesta paciencia! ¡Cuántas gloriosas empresas ha deshecho la falta de aquélla! Aun en las cosas más triviales de la vida vemos muchas veces que la impaciencia es un daño muy grave.

--Este vestido no ha quedado bien, porque no he tenido paciencia para terminarle, dice una jóven avergonzada del mal efecto de su traje entre otros bien concluidos.

--Tenía tal impaciencia al ver que no venía mi modista, que no he querido salir, y he pasado una tarde aburridísima, añade otra.

--Es tanto lo que me impacientan mis criados, que estoy siempre mala, y ademas, los cambio todos los dias, oí decir hace poco tiempo á una señora.

Está, pues, probado, que la impaciencia, más bien que hacer daño á la persona que la inspira lo hace á la que la siente, y que debe dominarse como un azote de nuestra existencia.

La impaciencia aumenta todos los defectos de las personas que nos rodean, y léjos de hacernos amar, nos hace odiosos y temibles, porque no hay persona constantemente descompuesta é impaciente que inspire cariño, confianza y estimacion, ni á sus amigos ni áun á su propia familia.

LA CARIDAD.

I.

Hay un consuelo para todas las penas de la vida: un bálsamo para todos los dolores: un rayo de sol que disipa todas las tinieblas que incesantemente oscurecen el horizonte de nuestra existencia: la caridad.

Se han visto personas cuyo corazon se hallaba yerto y marchito á fuerza de sentir amargos sinsabores, que en el ejercicio de esta virtud han hallado un consuelo supremo é inagotable, y que en pos de la caridad ha venido á visitarles la esperanza, esa hermosa mensajera del Dios de las misericordias.

La caridad es un beneficio para el que la ejerce, porque nada es tan consolador como el espectáculo del bien que se ha hecho, de la felicidad que es obra nuestra y que ha reemplazado al llanto de la desesperacion.

La caridad lleva en su manto el consuelo y la alegría. El que la ejerce ama á Jesucristo en el mendigo andrajoso y macilento, en la enferma anciana y desvalida, en el niño lloroso y abandonado.

¡Oh caridad! la pureza inmaculada de tu ropaje y la blancura de tus alas toman nueva brillantez al rozarse con la miseria que procuras y consigues aliviar. ¡Tú extiendes tanto tus beneficios que es imposible señalarles un término! ¡No te contentas con dar pan al hambriento, con vestir al desnudo y con prestar consuelo á todos los dolores! ¡Perdonas ademas todas las penas, y no hay injuria que no haga olvidar tu plácida dulzura!

II.

La caridad es un deber para todos, pero este deber se convierte en una satisfaccion muy dulce para la mujer, porque es innegable que la mujer ha nacido con un caudal más rico de sentimiento que el que ha sido otorgado al hombre.

El destino, la principal ocupacion de la mujer, es el amor. ¿Y qué otra cosa es la caridad que un amor grande, generoso y purificado?

El cálculo y el trabajo constituyen la vida del hombre: la de la mujer está consagrada, como ya dije, al amor.

La caridad debe ser, pues, una ocupacion en la mujer, por avenirse mejor con su organismo y con el destino que el cielo la ha deparado sobre la tierra.

Á la mujer que reciba en su pecho á esa bella hija de la religion, Dios la colmará de dicha y de prosperidades: con la caridad vendrán la esperanza y la fe, y su vida será feliz y estará exenta de pesares, pues no hay dolor que no endulcen esas hijas del cielo.

¡Feliz aquélla que las abriga bajo su techo!

¡Feliz la que consiga que se reclinen en las cunas de sus hijos!

¡Feliz la que les rinde el amoroso culto que merecen!

Las malas pasiones no desgarrarán jamas su seno; la felicidad no se apartará de su hogar, porque la felicidad reside en nosotros mismos, y sólo una conciencia pura puede darla.

III.

Si por vuestro daño habeis nacido con una imaginacion ardiente, no la atormenteis con sueños vanos, lectoras mias.

El poder y la gloria no se han hecho para la mujer; su poder está en el ascendiente que pueden darle su dulzura y el exacto cumplimiento de sus deberes; su gloria en la práctica de las virtudes, y su felicidad depende en gran parte de las dulces emociones de la caridad.

Siembre la mujer beneficios en derredor suyo, y los desgraciados á quienes consuele implorarán para ella las bendiciones del cielo; cuide del huérfano, y el Señor de todo lo creado conservará la hermosura y la salud de sus hijos.

Practicad segun vuestro estado la santa caridad, y las lágrimas que enjugueis serán recogidas en una copa de oro por el ángel de vuestra guarda, y se convertirán en perlas que servirán para tejeros una corona en el cielo.

La caridad extenderá su manto sobre vuestras cabezas para protegeros contra la desgracia, y despues que hayais pasado á una vida mejor, cubrirá con él vuestros sepulcros y hará brotar en ellos flores hermosas, imágen de vuestras virtudes.

EL VERDADERO TALENTO.

I.

Entre las infinitas cosas que se confunden en el mundo, hay dos que lo están casi siempre, y que difieren tanto entre sí, como una malva loca de un hermoso rosal, esmaltado de sus incomparables flores.

Estas dos cosas son la osadía y el talento.

El talento es bello y luminoso: hijo del alma, ni grita, ni hace ruido, ni rivaliza, ni lo necesita.

La osadía no va jamas solitaria por el mundo: le acompañan el charlatanismo, la vanidad, el afan de figurar, el lujo y lo que se llama en lenguaje gráfico, aunque no sea muy castellano, la cursilería, que es el empeño de aparecer, en primer término.

Nada hay más cándido, más noble, más leal, que el verdadero talento: la osadía le engaña con su malicia siempre que quiere, porque el talento se mece en regiones ideales y no entiende nada de las miserias y pequeñeces de la vida; vuela y no rastrea; da y no calcula; sufre y no se queja. No conoce la envidia, porque, grande por sí mismo, se basta para abrirse ancho y hermoso camino, que al cabo le ceden las medianías que han querido cerrarle el paso.

Como se da el nombre de _amor_, profanándolo, á muchos sentimientos que nada de semejante tienen con aquél, se da tambien el nombre de _talento_ á muchas cosas que, como la osadía, son graves defectos de carácter y de educacion.

De una mujer habladora, sin saber lo que decia, he oido asegurar _que tenía mucho talento_; he oido aclamar _el talento_ de otra mujer cáustica, burlona y maldiciente, y bautizar tambien con el nombre de _talento_ la manía de intriga, la tenacidad para conseguir sus fines y la falta de dignidad de muchas otras.

--Concha tiene _mareado_ al señor de Castro,--decia hace pocos dias una amiga mia á otra señora,--se casará, y hará de él lo que quiera. ¡_Qué talento tiene esa_ muchacha!

--Los hombres que se dejan _marear_ ó _engañar_, que es la misma cosa,--repuso su interlocutora,--son tontos, y no es gran hazaña el aturdirlos, ni cuesta gran trabajo.

En efecto, no hay en el mundo un marido peor que un hombre engañado, de cuyos ojos ha caido la venda.

II.

Hay dos clases de talento, aunque ambas forman un todo que, cuando alguna mujer lo llega á poseer, constituye el bello ideal de nuestro sexo: mas aunque sólo posea una de estas dos clases, puede ya ser amada y estimada en alto grado.

Aparte del _talento artístico_, que es el primero y más brillante, aparte del talento que crea y embellece, del talento literario, en fin, está el talento de la vida, el talento de saber llevar una existencia decorosa y honrada, de cuidar su casa y sus intereses.

Este talento hace tomar el lado bueno en todas las cosas de la vida y huir el malo; enseña el modo de unir la exquisita distincion á la prudente economía; la dignidad á la bondad; el órden, que es la gracia, con la amable libertad del espíritu, que no conocen los caractéres sistemáticos y meticulosos.

Este talento es el que más conviene á la mujer; el artístico no se elige. Dios lo da ó lo niega, segun sus altos designios; pero el talento de la vida puede adquirirse, y es indudable que se adquiere con la reflexion y hasta con la práctica del mundo.

Ya la educacion de la mujer se ha hecho más extensa, y su ilustracion va tomando cada dia más rápido vuelo: ya la mujer lee, y, como consecuencia natural, comprende muchas cuestiones sociales, puede reflexionar acerca de ellas, y puede ser la compañera y la amiga del hombre y el primer Mentor de sus hijos.

La vida tiene una doble fase: el lado serio (y éste es el más importante) y el lado frívolo, ligero y agradable. El verdadero talento de la mujer consiste en llenar los deberes que los dos imponen; consiste en cuidar del gobierno interior de su casa, de la dicha de su marido, de la educacion y bienestar de sus hijos: mision que no puede llenarse sin una razon clara y sin una tranquila fortaleza de espíritu.

En el terreno práctico de la vida, la cólera y los arrebatos que ésta produce no sirven para nada; son precisas la prudencia, la calma, la reflexion, gran suma de dulzura y de paciencia, y no menor de fortaleza y dignidad de carácter: con la diplomacia se consigue mucho: con la fuerza no se alcanza nada.

III.

La parte más frívola de la vida es quizá la que hace más agradable á la mujer, y áun añadiré, sin temor de equivocarme, que es lo que la hace más amada.

Porque, fuerza es confesarlo en detrimento de la fortaleza humana, la virtud desnuda de atractivos seduce poco, generalmente hablando, y una mujer agradable obtiene tantas simpatías, por lo ménos, como una mujer buena.

La elegancia es uno de los mayores atractivos de la mujer, y es desde luégo un atractivo mucho más poderoso y durable que el de la hermosura.

Para ser elegante una mujer no debe nunca _competir_, sino _distinguirse_; la competencia es un escollo odioso; la distincion es una gracia y una gran prueba de talento. La competencia provoca enemistades; la distincion atrae el afecto y hasta la admiracion.

Así, pues, mis queridas señoras, no imiteis nada; inventad, y si teneis un poco de buen tacto y de buen gusto, seréis vosotras las imitadas.

Si teneis pocos medios de fortuna, el sistema de no imitar os librará de muchos sinsabores; y desde luégo os impedirá el sentir los dolores intolerables de la envidia, madre infernal de la competencia; en vez de caer en el género _cursi_, que es el querer aparentar lo que no se tiene, arreglad vuestra casa de un modo que esté en relacion con vuestros medios, y vestid con arreglo á los mismos; el aseo y la elegancia se hallan al alcance de todos.

Cuando una mujer debe asistir á una reunion de personas donde se sabe de antemano que el lujo ha de ser espléndido, dará una gran prueba de talento vistiendo con una sencillez tal, que haga contraste con todas las maravillas adonde no puede ni debe llegar; la sencillez en ese caso será una gran distincion.

Lo que no puede suprimirse jamas es el decoro, la gracia y la modestia, que es el adorno más bello de la mujer y la hija encantadora del verdadero talento.

IV.

El verdadero talento tiene una magia que no posee el talento sólo de apariencia: todo lo ilumina, todo lo embellece, todo lo suaviza, y puede decirse que lo alcanza todo.

No es sólo una gran penetracion y un entendimiento extraordinario lo que lleva á cabo grandes obras morales, empresas difíciles ó negocios arriesgados; es preciso utilizar todos estos recursos en tiempo y ocasion oportunos; es preciso no malgastar las fuerzas, cuando hay que reservarlas para ocasiones más importantes ó más decisivas.

Esto es lo que adivina el talento, porque su intuicion es maravillosa; sabe hacer tres cosas que parecen insignificantes y que tienen, sin embargo, importancia suma en la vida y en el logro de todas las empresas.

Estas tres cosas son: _callar_, _escuchar_ y _esperar_.

¡Callar! ¿qué elocuencia hay en algunas ocasiones, comparable á la dignidad, al dolor ó al desden del silencio?

¡Escuchar! ¿dónde hay complacencia más amable que la de oir pacientemente los proyectos de un sabio, las esperanzas de un poeta, ó las quejas de un desgraciado?

¡Esperar! ¡cuántas dulzuras encierra esta palabra! ¡qué consuelo para las penas! ¡qué grato y poderoso antídoto para la impaciencia!

Estos tres grandes recursos los posee el verdadero talento; se doblega sin humillacion, acaricia para conseguir, y le sirven, no sólo para las cosas grandes, sino tambien para lo que se llama _pequeñeces_, y que en la vida de la mujer ocupan tan gran lugar.

El verdadero talento se aviene á todo, se doblega á todas las situaciones, y pone constantemente en práctica esta gran verdad de un gran escritor.

«Se debe aceptar de buen grado todo aquello que es irremediable.»

La familia, la amistad, el hogar doméstico, la fortuna, todo gana, todo está bien conducido, todo está floreciente, todo está bien y bellamente ordenado, cuando la mujer posee, no el talento que brilla, que deslumbra y que se agita, sino el bello, el grato, el tranquilo y modesto, en fin, el verdadero talento.

LA TIMIDEZ.

I.

Voy á hablar de un defecto que perjudica de una manera extrema y lastimosa á los pobres seres que le padecen, y señaladamente á las mujeres, en cuyas blandas y suaves naturalezas se arraiga de una manera terrible.

Nada más léjos de mi deseo que el ver el atrevimiento en una jóven residiendo en todo su sér como en morada propia; la mujer debe ser modesta, reservada, tímida en muchas ocasiones; pero la timidez extrema le causa tambien un grave perjuicio y oscurece muchas veces, no sólo sus gracias, sino hasta sus buenas cualidades.

Voy á trascribir aquí la carta que una jóven, amiga mia, me escribe acerca del ridículo que ha caido sobre ella, por no saber vencer su timidez extremada.

«Fuí invitada á comer, me dice, á casa de los señores T...., que tienen tres hijas de mi edad, y no puedes figurarte cuánto dí que reir, y la serie de torpezas que cometí á causa de mi invencible cortedad de genio.

»En vano fué que mi madre me amonestase ántes de salir y que emplease toda clase de advertencias, á fin de precaverme contra mi enemigo; yo me creia fuerte en casa porque habia ensayado dos ó tres cortesías; tenía pensado todo cuanto debia hablar; pero ¡ay, amiga mia! ¡qué gran diferencia hay de la teoría á la práctica, y cómo he visto que el aplomo debe tenerse sobre el terreno y que no basta todo el que tenemos en nuestro gabinete, porque éste desaparece cuando más falta nos hace!

»Cuando entré, toda la familia se hallaba reunida en la biblioteca. Esta familia consta de la madre, dama elegante y acostumbrada al trato de la sociedad más distinguida; del padre, caballero lleno de cortesía y de benevolencia, y de tres jóvenes, amables, dulces y bien educadas.

»Cuando entré, el portero hizo sonar una campana anunciando visita; pero yo, que me forjo terrores á cada instante, creí que era la del comedor y que por mí se esperaba para sentarse á la mesa, y ya subí la escalera con el corazon oprimido.

»Al entrar en la biblioteca lo hice con tanta prisa que pisé al pobre Sr. T.... de una manera tal, que le hice dar un grito: este accidente aumentó mi turbacion de un modo indecible; me incliné para saludar á la señora de la casa y tropecé con un velador, el que se tambaleó, y hubiera caido al suelo á no haberlo sostenido la mayor de las jóvenes.

»La cortés y benévola acogida de toda la familia me tranquilizó algun tanto; cada uno se esforzó para hacerme olvidar mi torpeza, y yo admiré profundamente el poder de la buena educacion, que dió fuerzas al Sr. T.... para ocultar el dolor físico que mi pisada debió causarle, y que se tradujo por el grito que en el primer instante no pudo retener, y que todos oimos.

II.

»Hablamos de las obras nuevamente puestas á la venta, y el señor T.... me enseñó una de la cristiana y dulce escritora belga Mad. Bourdon, tan poco conocida como digna de serlo; señalóme en un estante un volúmen elegantemente encuadernado, diciéndome que aquélla era su última produccion; yo quise tomarla; el buen señor fué á adelantarse á mi deseo; pero yo, para no molestarle, alargué vivamente el brazo; el libro pesaba ménos de lo que era de esperar, atendido su tamaño; salió con violencia, cayó en el mismo velador que ya estuve yo para tirar al suelo, y derribó un tintero que sobre él habia; todos echaron á broma el suceso y me dijeron que no tuviese pena ninguna; pero yo vi la tinta caer sobre la alfombra, y sin saber lo que hacía, trémula, confusa, yerta de terror, me incliné y... ¡oh colmo de ridiculez! me puse á recogerla con mi pañuelo; tal era mi turbacion y mi dolor por mi torpeza.

»En el mismo instante un criado vino á anunciar que la comida se hallaba servida, y yo le vi contener la risa al advertir lo que estaba haciendo; encarnada como una grana seguí al comedor á la familia; la señora T.... me daba el brazo y me colocó entre ella y su hija mayor, graciosa y dulce jóven, cuya modestia nada tenía parecido á mi torpeza y timidez excesivas.