Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1 · Unidad 11 de 27

Dedicatoria.--Aspiraciones de un _touriste_.--Los gustos con el tiempo.--Por qué se pelea un padre con un hijo.--Quiénes son los Ranqueles.--Un tratado internacional con los indios.--Teoría de los extremos.--Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los Ríos 4.º y 5.º.--De dónde parte el camino del Cuero. — parte 9

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Yo no podía salir sino por donde había entrado; esconderme bajo la cama, era peligroso.

El padre de Petrona gritaba con todas sus fuerzas: ¡ladrones! ¡ladrones!

La tía se levantó. Yo intenté escaparme. Pero no pude, delante de mí salía Antonio, me obstruyó el paso, y el padre de Petrona me agarró.

Luché con él un rato inútilmente.

La hermana le ayudaba.

Petrona estaba medio muerta. El padre furioso, porque ella también no venía en su ayuda, encendiendo luz pronto. Le amenazó con matarla si no lo hacía. Tuvo que hacerlo.

Para esto Antonio se había ido con la plata.

Entre el padre de Petrona y la hermana, me amarraron bien.

Á los gritos vinieron dos de la partida de policía, que estaba cerca de allí y me llevaron preso. Me pusieron en el cepo para que dijese dónde estaba la plata, y contesté siempre que no sabía, que yo no la había robado.

Me preguntaron que si tenía cómplices, teniéndome siempre en el cepo, y contesté que no.

--¿Y por qué no decías que Antonio era el ladrón?

--¡Y cómo lo había de descubrir á mi amigo! ¡Y cómo la había de perder á Petrona cuando la quería tantísimo! Yo prefería pasar por ladrón á ser delator de mi amigo; yo prefería pasar por ladrón y no que dijeran que Petrona era mi querida. Yo prefería ser soldado á todo eso.

Además, como todas las mujeres son iguales, falsas como la plata boliviana, supe esos días no más, antes que me echaran á las tropas de línea, que Petrona decía para salvarse del castigo de su padre, que algo andaba maliciando que yo era un pícaro que la había solicitado á ella de mala fe, con sólo la intención de hacer el robo que me había hecho.

Quién sabe si no hubiera sido eso, si no declaro al fin atormentado por el cepo, que Antonio era el ladrón; éste ya se había ido para la sierra de Córdoba, y cuándo lo pescaban siendo, como era, ¡un muchacho tan diantre! Era mozo muy gaucho y alentado.

--¿Y, te acuerdas todavía de Petrona, Macario?

--¡Ay! mi Coronel, si las mujeres cuánto más malas son, más tardamos en olvidarlas.

--¿Y nunca hubo nada con ella?

--Mi Coronel, usted sabe lo que son esas cosas de amor, cuando uno menos piensa...

--La ocasión hace al ladrón--dijo Juan Díaz, uno de mis baqueanos muy ocurrente.

En esos momentos el bosque se abría formando un hermoso descampado; la nítida y blanca luna se levantaba, y las estrellas centelleaban trémulamente en la azulada esfera.

Detuve mi caballo, que no obedecía como un rato antes á la espuela, y dirigiéndome á los franciscanos que no se separaban de mí, les consulté:

--Si tenían ganas de descansar un rato.

--Con mucho gusto--contestaron.--Los buenos misioneros iban molidos; nada fatiga tanto como una marcha de trasnochada.

El pasto estaba lindísimo, la noche templada, pararnos no les haría sino bien á los animales.

Pasé la voz de que descansaríamos una hora.

Se manearon las madrinas de las ropillas, cesó el ruido de los cencerros, único que interrumpía el silencio sepulcral de aquellas soledades, y nos echamos sobre la blanda hierba.

Yo coloqué mi cabeza en una pequeña eminencia, poniendo encima un poncho doblado á guisa de almohada, y me dormí profundamente.

Tuve un sueño y una visión envuelta en estas estrofas de Manzoni, á manera de guirnalda ó de aureola luminosa:

«Tutto ei provó; la gloria Maggior dopo il periglio. La fuga, e la vittoria La reggia, e el triste esiglio. Due volte nella polvere, Due volte sugli altar.»

Me creía un conquistador, un Napoleón chiquito.

De improviso sentí, como si la cabeza se me escapara, hice fuerzas con la cabeza endureciendo el pescuezo, la tierra se movía; yo no estaba del todo despierto, ni del todo dormido. La cabecera seguía escapándoseme, creí que soñaba, fuí á darme vuelta y un objeto con cuatro patas, negro y peludo corrió... Había hecho cabecera de una mulita.

Los héroes como yo tienen sus visiones así, sobre reptiles, y las páginas de nuestra historia no pueden terminar sino poniendo al fin de cada capítulo el terrible _lasciate ogni speranza_.

Dejemos dormir á mi gente un rato mientras yo compongo mi cabecera.

XIV

Sueño fantástico.--En marcha.--Calixto Oyarzábal y sus cuentos.--Cómo se busca de noche un camino en la Pampa.--Campamento.--Los primeros toldos.--Se avistan chinas.--Algarrobo.--Indios.

Después que arreglé mi buena cabecera, me volví á quedar dormido, hasta que Camilo, el exacto y valiente Camilo se acercó á mí y diciéndome al oído: Mi Coronel, me despertó.

Tenía en ese momento un sueño que era como la perspectiva confusa del pintado calidoscopio.

Estaba en dos puntos distantes al mismo tiempo, en el suelo y en el aire. Yo era _yo_, y á la vez el soldado, el paisano ese, lleno de amor y abnegación, cuya triste aventura acababa de ser relatada por sus propios labios, con el acento inimitable de la verdad. Yo me decía, discurriendo como él:--¡Qué ingrata y qué mala fué Petrona!--y discurriendo como yo mismo,--Byron, tan calumniado, tiene razón: en todo el clima el corazón de la mujer es tierra fértil en efectos generosos; ellas, en cualquier circunstancia de la vida saben, como la Samaritana, prodigar el óleo y el vino. De repente yo era Antonio, el ladrón del padre de Petrona, ora el Juez celoso, ya el cabo Gómez, resucitado en Tierra Adentro. En el instante mismo en que me desperté, el desorden, la perturbación, la incompatibilidad de las imágenes del delirio llegaban al colmo. Había vuelto á tomar el hilo del sueño anterior--no sé si al lector le suele suceder esto,--y montado, no ya en la mulita que se me escapara de la cabecera, sino en un enorme gliptodón, que era yo mismo, y persistiendo mi espíritu en alcanzar la visión de la gloria cabalgando reptiles, discurría por esos campos de Dios murmurando:

«Dall'Alpi alle Piramide Dall'Mansanare al Reno, ...................................... Dall'uno all'altro mare.»

Pronto estuvimos otra vez en camino con cabalgaduras frescas.

La noche tenía una majestad sombría; soplaba un vientecito del Sur y hacía un poco de frío. Medio entumido como me había levantado de mi gramíneo lecho, temí dormirme sobre el caballo, y era indispensable tener muchísimo cuidado, pues, en cuanto salimos del descampado y entramos de nuevo en el bosque, comenzaron á azotarnos sin piedad las ramas de los árboles. La penumbra de la luna eclipsada á cada momento por nubes cenicientas que corrían veloces por el vacío de los cielos, hacía muy difícil apreciar la distancia de los objetos; así fué que más de una vez apartamos ramas imaginarias y más de una vez recibimos latigazos formidables en el instante mismo en que más lejos del peligro nos creíamos.

¿No sucede en el sendero de la vida--de la política, de la milicia, del comercio, del amor,--lo mismo que cuando en nublada noche atravesamos las sendas de un monte tupido?

Cuando creemos llegar á la cumbre de la montaña con la piedra nos derrumbamos á medio camino. Nos creemos al borde de la playa apetecida y nos envuelve la vorágine irritada. Esperamos ansiosos la tierna y amorosa confidencia y nos llega en perfumado y pérfido billete un _¡olvidadme!_ Ofrecemos una puñalada, y somos capaces de humillarnos á la primera mirada compasiva.

¡Cuán cierto es que el hombre no alcanza á ver más allá de sus narices!

Llamé, para no dormirme, á Francisco, mi lenguaraz, y de pregunta en pregunta, llegué á asegurarme de que no tardaríamos muchas horas en hallarnos entre las primeras tolderías.

Díjome que poco antes de llegar adonde íbamos á parar, se apartaban varios caminos: que debíamos ir con mucho cuidado para no tomar uno por otro; que él era baqueano, pero que podía perderse haciendo mucho tiempo que no había andado por allí.

--Pues entonces no conversemos; no vayas á distraerte con la conversación y nos extraviemos--le contesté.

Y esto diciendo, sujeté de golpe el caballo, esperé á que toda la comitiva estuviese junta, y previne que de un momento á otro íbamos á llegar adonde se apartaban varios caminos, no tardando en encontrarnos entre las primeras tolderías; que tuvieran cuidado, que quien primero notara otros caminos ó toldos, avisara.

Marchamos un rato en silencio, oíase de cuando en cuando el relincho de los caballos, y constantemente el cencerreo de las madrinas.

De repente oyóse una carcajada.

Era Calixto, mi jocoso asistente, el revolucionario de marras, que, según su costumbre, iba contando cuentos y que acababa de echarles á los compañeros una mentira de á folio.

--¿Qué hay?--pregunté.

--Nada, mi Coronel--contestó Juan Díaz,--es Calixto que nos quiere hacer comulgar con ruedas de carreta.

El muy mentiroso acababa de jurar, por todos los santos del cielo, que una mujer de la Sierra había parido un fenómeno macho--así dijo él,--con dos cabezas.

Hasta aquí el hecho no tenía nada de inverosímil. Lo gordo era que Calixto agregaba. Que el muchacho--por no decir los muchachos,--tenía los más extraños caprichos; que con una boca bebía leche de vaca y con la otra de cabra; que con una decía sí y con otra no; que con una lloraba y con la otra cantaba, armando mediante ese dualismo unas disputas y camorras infernales, que eran muy entretenidas.

--Eres un gran embustero--le dije.

--Mi Coronel--contestó,--embustera será la gaceta en que yo lo he leído.

--¿Y en qué gaceta has leído eso?

--En un pedazo de gaceta en que me envolvieron días pasados una libra de azúcar que me vendió don Pedro en el Fuerte Sarmiento. Allí lo leímos en la cuadra del 7 de caballería; el amigo Carmen se ha de acordar.

Y Carmen, otro de mis asistentes, dió testimonio del hecho, corrigiendo solamente algunos detalles.

Á lo cual Calixto observó:

--Bueno, yo me habré olvidado de algo; pero _lo más es verdad_, es verdad.

--¿Cómo, que eso ha sucedido en la Sierra, que es donde se consuman todas las maravillas para un cordobés?

--De eso no me acuerdo bien.

--Padre Marcos, cuando lleguemos á Leubucó, confiéseme ese mentiroso.

--Con mucho gusto--contestó el buen franciscano, siempre dulce, atento y amable en su trato.

Y cuando aquí llegábamos, una voz gritó:

--¡Acá va el camino!

Me detuve y conmigo todos los que me seguían de cerca; los demás fueron llegando uno tras otro.

--Debemos estar por llegar--dijo Mora,--voy á ver, mi Coronel.

Esperé un rato.

Volvió diciendo que estaba muy obscuro, que no podía reconocer la rastrillada más traqueada, que era la que debíamos tomar.

En efecto, un nubarrón parduzco eclipsaba totalmente la luna menguante y las estrellas apenas despedían su vacilante luz, por entre la tenue bruma que se levantaba en toda la redondez del horizonte.

Habíamos llegado á otro gran descampado, cuyos límites no se columbraban por la obscuridad.

Ordené que cortaran paja.

Rápidos y ágiles se desmontaron los asistentes y obedecieron.

En un verbo tuvimos hermosas antorchas, y buscando al resplandor de ellas el camino que debíamos seguir, no tardamos en hallarlo.

Iba por él el rastro de Angelito y del cabo Guzmán.

--Han pasado no hace mucho rato--afirmaron los rastreadores,--y van con los caballos aplastados y sólo con el montado.

--Angelito va en el picazo--dijo uno.

--Ché, y el cabo Guzmán--agregó otro,--en el moro clinudo.

Tomamos el camino.

Debíamos estar á una legua. Los primeros toldos no se veían por la lobreguez de la noche.

Llegamos... Era un charco de agua entre dos medanitos. Acampamos... Mandé asegurar bien las tropillas y me acosté no exclamando como el poeta:

«Without a hope in life.»

Al contrario, esperanzado en el favor de Dios que hasta allí me había llevado con felicidad.

Era singular que los indios no nos hubieran sentido todavía; ellos, que son tan andariegos, que se acuestan tan temprano y se levantan con estrellas.

La luz crepuscular anunciaba la proximidad de un nuevo día.

Durmamos...

Es fácil conciliar el sueño cuando la civilización no nos incomoda, no nos irrita con sus inacabables inconvenientes, cuando no tiene uno más que echarse, cuando no hay ni el temor de desvelarse, quitándose la ropa, ó pensando en lo que la justicia y la generosidad humanas acaban de hacernos ó se proponen hacernos.

Lo confieso, en nombre de las cosas más santas. Yo no he dormido jamás mejor, ni más tranquilamente que en las arenas de la Pampa, sobre mi recado.

Mi lecho, el lecho blando y mullido del hombre civilizado, me parece ahora comparado con aquél, un lecho de Procusto.

Viviendo entre salvajes he comprendido por qué ha sido siempre más fácil pasar de la civilización á la barbarie que de la barbarie á la civilización.

Somos muy orgullosos. Y sin embargo, es más fácil hacer de _Orión_ ó de Carlos Keen un cacique, que de Calfucurá ó de Mariano Rosas un _Orión_ ó un Carlos Keen.

¿Hay quién lo ponga en duda?

Me desperté al ruido de los soldados que señalaban toldos acá y acullá.

La curiosidad me puso de pie en un abrir y cerrar de ojos.

Los franciscanos y los oficiales hicieron lo mismo.

Ya no se pensó en dormir, sino en las novedades que, sin duda, ocurrirían.

El toldo más próximo estaría distante de nosotros unos mil metros.

Divisábamos algo colorado.

Los soldados con ese ojo de águila que tienen, tan bueno como el mejor anteojo, decían si eran indios ó chinas, los contaban y se reían á carcajadas.

Estaban en sus coloquios cuando uno de ellos dijo:

--De aquel toldo salen tres chinas enancadas... y vienen para acá.

Con efecto, no tardamos en verlas llegar, como deteniéndose á cien metros de nuestro volante campamento.

Mandé que el lenguaraz les hablara; díjoles que era yo, el coronel Mansilla, que iba de paces, que se acercaran.

Las chinas castigaron el flaco mancarrón que montaban enhorquetadas como hombres, medio acurrucadas, y vinieron hacia mí.

Me acerqué á ellas.

Las tres eran jóvenes, dos bien parecidas, una así así.

Vestían su traje habitual, que después tendré ocasión de describir, y cada una de ellas traía una sandía. Era un regalo, por si teníamos sed. El agua de la lagunita era impotable, ellas lo sabían.

Acepté el obsequio y les di doce reales bolivianos, azúcar, hierba, tabaco, papel, todo cuanto pudimos: llevábamos bien poca cosa, habiendo quedado los cargueros atrás.

Les pregunté por sus maridos; y contestaron que hacía días andaban boleando.

Que cómo no habían tenido recelo de acercarse, y contestaron que hacía poco acababan de saber por Angelito que iban llegando á su tierra un cristiano muy bueno; que qué miedo habían de tener, siendo además mujeres.

¡Estas mujeres, señor, en todas partes se creen seguras! y mientras tanto, ¡en dónde no corren riesgo!

No he visto nada más confiado que las tales mujeres (para ciertas cosas, por supuesto.)

Era indudable que ya nos habían sentido los indios.

Mandé ensillar para llegar á la Verde y esperar un rato allí, donde hallaríamos buen pasto y excelente agua.

Mi lenguaraz se fué con las chinas al toldo, se cercioró de que no había indios en él y volvió con una ponchada de algarrobo.

Es un entretenimiento muy agradable ir á caballo masticando ó chupando esa fruta.

Así fué que en tanto caminábamos funcionaban las mandíbulas.

Ya no íbamos por entre montes, quedaban éstos al Naciente, al Poniente y al frente en lejanía.

Habíamos llegado á un campo que quebrándose en médanos bastante escarpados, semejaba el paisaje á las soledades del desierto de Arabia.

La vegetación era escasa y pobre. El guadal profundo. Los caballos caminaban con dificultad.

La mañana estaba lindísima.

Veíamos toldos en todas direcciones, lejos; pero indios, jinetes, ninguno.

Y era lo que más deseaban todos.

Ver indios, indios, eso es lo que quisiera, decían los franciscanos; y yo les replicaba: tengan paciencia, padres, que quién sabe si no es para un susto.

De médano en médano, de ilusión en ilusión, de esperanza en esperanza, llegamos á La Verde.

Serían las diez de la mañana.

Es una laguna como de trescientos metros de diámetro, profunda, adornada de árboles y escondida en la olla de un médano que tendrá setenta pies de elevación.

Mandé desensillar y mudar caballos.

Yo, aunque sea esto un detalle que no le interesa mucho al lector, me desnudé y, echéme al agua.

Quería inspirar confianza á los que me seguían, y más que á éstos, á los indios si me descubrían en aquel lugar.

Ya debían estar prevenidos. Y aquí me detengo hoy. Mañana te contaré los percances del resto del día, en que los franciscanos queridos no ganaron para sustos.

XV

La Laguna Verde.--Sorpresa.--Inspiraciones del gaucho.--Encuentros.--Grupos de indios.--Sus caballos y trajes.--Bustos.--Amenazas.--Resolución.

Después que me bañé, que comieron, descansaron y se refrescaron las cabalgaduras en las profundas aguas de _La Verde_, mandé ensillar, y continuó la marcha.

Estábamos tan cerca ya de Leubucó, que era en verdad sorprendente no se hiciera ver ningún indio.

Angelito y el cabo Guzmán, debían estar á esas horas descansando en el toldo del cacique Mariano Rosas, y éste prevenido de que yo llegaría de un momento á otro.

Íbamos con mi lenguaraz haciendo conjeturas y atravesando siempre un terreno guadaloso, sumamente pesado, tanto que los caballos no resistían al trote, cuando al coronar los últimos pliegues de la sucesión de médanos que forman el gran médano de _La Verde_, divisamos, viniendo al galope, un indio armado de lanza.

Mi lenguaraz se alarmó... lo conocí en cierta expresión de sorpresa que vagó por su cara.

--¿Qué hay, le dije, que te llama así la atención?

--Señor--repuso,--los indios no tienen costumbre de andar armados en Tierra Adentro.

--¿Y qué será?

Se encogió de hombros, vaciló un instante y por fin contestó:

--Deben estar asustados.

--¿Pero asustados de qué, cuando le he escrito á Mariano, y tú mismo le has traducido y explicado bien á Angelito mi mensaje para Ramón, para él y Baigorrita?

--¡Ah! señor, los indios son muy desconfiados.

El indio avanzaba hacia nosotros, haciendo molinetes con su larga lanza, adornada de un gran penacho encarnado de plumas de flamenco.

Tuve la intención de detenerme. Pero en la disyuntiva de que el indio creyera que lo hacía por recelo de él, y aumentar sus sospechas, si venía á reconocerme, preferí lo último, aun exponiéndome á que por no dejarlo acercarse bastante, no me reconociera bien.

Entre asustarse y asustar, la elección no es nunca dudosa. Un gran capitán ha dicho, que una batalla son dos ejércitos que se encuentran y quieren meterse miedo. En efecto, las batallas se ganan, no por el número de los que mueren gloriosamente, luchando como bravos, sino por el número de los que huyen ó pierden toda iniciativa, aterrorizados por el estruendo del cañón, por el silbido de las balas, por el choque de las relucientes armas y el espectáculo imponente de la sangre, de los heridos y de los cadáveres.

El indio sujetó su caballo, y con la destreza de un acróbata se puso de pie sobre él, sirviéndole de apoyo la lanza.

Venía del Sur. Ése era mi rumbo. Seguí avanzando, aunque acortando algo el paso.

El indio continuó inmóvil.

Estaríamos como á tiro de fusil de él, cuando cayendo á plomo sobre el lomo de su caballo, partió á toda rienda en mi dirección, pero visiblemente con el intento de que no nos encontráramos.

Hay aptitudes que no pueden explicarse; sólo la práctica da el conocimiento de ellas: es una especie de adivinación.

Nuestros paisanos tienen á este respecto inspiraciones que pasman.

Á mí me ha sucedido ir por los campos, y decirme Camilo Arias: allí debe haber animales alzados y han de ser baguales, por el modo como corre ese venado, y en efecto, no tardar muchos minutos en descubrir los ariscos animales, flotando al viento sus largas crines y corriendo impetuosos. ¡Qué hermoso es un potro visto así en los campos!

Destaqué mi lenguaraz sobre el indio, sin detenerme, con la orden de que lo hiciera venir á mí.