Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1 · Unidad 10 de 27
Dedicatoria.--Aspiraciones de un _touriste_.--Los gustos con el tiempo.--Por qué se pelea un padre con un hijo.--Quiénes son los Ranqueles.--Un tratado internacional con los indios.--Teoría de los extremos.--Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los Ríos 4.º y 5.º.--De dónde parte el camino del Cuero. — parte 8
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Y como siempre que bajo ciertas impresiones levantamos nuestro espíritu, la visión de la Patria se presenta, pensé un instante en el porvenir de la República Argentina el día en que la civilización, que vendrá con la libertad, con la paz, con la riqueza, invada aquellas comarcas desiertas, destituidas de belleza, sin interés artístico, pero adecuadas á la cría de ganados y á la agricultura.
Allí hay pastos abundantes, leña para toda la vida, y agua la que se quiera sin gran trabajo, como que inagotables corrientes artesianas surcan las Pampas convidando á la labor.
Cada médano es una gran esponja absorbente; cavando un poco en sus valles, el agua mana con facilidad.
La mente de los hombres de Estado se precipita demasiado, á mi juicio, cuando en su anhelo de ligar los mares, el Atlántico con el Pacífico, quieren llevar el ferrocarril por el Río 5.º.
La línea del Cuero es la que se debe seguir. Sus bosques ofrecen durmientes para los rieles, cuantos se quieran, combustibles para las voraces hornallas de la impetuosa locomotora.
Son iguales á los de Yuca, cuya explotación ha hecho y sigue haciendo la empresa del Gran Central Argentino.
Estos campos son mejores que aquéllos.
Y si un ferrocarril, á más de las ventajas del terreno, de la línea recta, de las necesidades del presente y del porvenir, debe consultar la estrategia nacional, ¿qué trayecto mejor calculado para conquistar el desierto que el que indico?
La impaciencia patriótica puede hacernos incurrir en grandes errores; el estudio paciente hará que no caigamos en la equivocación.
No puedo hablar como un sabio: hablo como un hombre observador. Tengo la carta de la República en la imaginación y me falta el teodolito y el compás.
Los peligros para el trabajo son más imaginarios que reales. Oportunamente podría ocuparme de este tópico. Por el momento me atreveré á avanzar, que yo con cien hombres armados y organizados de cierta manera, respondería de la vida y del éxito de los trabajadores.
Incito á meditar sobre este gran problema del comercio y de la civilización.
No he visto jamás en mis correrías por la India, por África, por Europa, por América, nada más solitario que estos montes del Cuero.
Leguas y leguas de árboles secos, abrasados por la quemazón; de cenizas que envueltas en la arena, se alzan al menor soplo de viento; cielo y tierra: he ahí el espectáculo.
Aquello entenebrecía el alma. Las cabalgaduras iban ya sedientas, Chamalcó estaba cerca.
Llegamos.
El peligro estrecha, vincula, confunde; la unión es un instinto del hombre en las horas solemnes de la vida.
Nadie se había quedado atrás. Según los cálculos del baqueano, Chamalcó tenía agua.
Esperamos un buen rato antes de dejar beber los animales.
Se reposaron y bebieron.
Nosotros hallamos un manantial al pie de un árbol magnífico, de robustez y frondosidad.
Cambiamos caballos y seguimos, saliendo á un gran descampado.
Respiré con expansión.
El europeo ama la montaña, el argentino la llanura.
Esto caracteriza dos tendencias.
Desde las alturas físicas, se contemplan mejor las alturas morales.
Los pueblos más libres y felices del mundo son los que viven en los picos de la tierra.
Ved la Suiza.
Á poco andar volvimos á entrar en el monte. Aquí era más ralo. Podíamos galopar y era menester hacerlo para llegar con luz á Utatriquin--otra aguada,--porque la noche sería sin luna, salía á la madrugada.
Me apuré, cuanto la arboleda lo permitía, y llegamos á la etapa apetecida.
«Era la tarde, y la hora En que el Sol la cresta dora De los Andes...»
Esta aguada es un inmenso charco de agua revuelta y sucia, apenas potable para las bestias.
En previsión de que no estuviera buena, habíamos llenado los chifles en Chamalcó.
Habíamos marchado muy bien, ganando más terreno del que esperaba,--no tenía por qué apurarme ya.
Podía descansar un buen rato, lo que les haría mucho bien á los caballos y á mis queridos franciscanos.
Mandé desensillar.
El padre Marcos me miró como diciendo: ¡Loado sea Dios! que si en estos berenjenales me mete también me ayuda.
Había un corral abandonado; cerca de él acampamos.
Ordené que se redoblara la vigilancia de los caballerizos, entusiasmé á los asistentes con algunas palabras de cariño y un rato después ardió flamígero el atrayente fogón.
Comenzó la charla de unos con otros, sin distinción de personas.
Ya lo he dicho: el fogón es la tribuna democrática de nuestro ejército.
El fogón argentino no es como el fogón de otras naciones. Es un fogón especial.
Estábamos tomando mate de café de postre; la noche había extendido hacía rato su negro sudario.
Una voz murmuró, como para que yo oyera.
--Si contara algún cuento el Coronel.
Era mi asistente Calixto Oyarzábal, de quien ya hablé en una de mis anteriores; buen muchacho, ocurrente y de ésos que no hay más que darles el pie para que se tomen la mano.
--¡Sí, sí--dijeron los franciscanos, al oirle, los oficiales y demás adláteres,--que cuente un cuento el Coronel!
Me hice rogar y cedí.
Es costumbre que los hombres tomamos de las mujeres.
¿Y sabes, Santiago, qué cuento conté?
Uno de los tuyos.
El del arriero.
Vamos, ¿á que te has olvidado?
Voy á contártelo á tres mil leguas.
El respetable público que asiste á este coloquio, me dispensará.
--Fíjense bien--dije antes de empezar,--que este cuento es bueno tenerlo presente cuando se viaja por entre montes tupidos.
Todos estrecharon la rueda del fogón, uno atizó el fuego, los ojos brillaron de curiosidad y me miraron, como diciendo: ya somos puras orejas, empiece usted, pues.
Tomé la palabra y hablé así:
--Era éste un arriero, hombre que había corrido muchas tierras; que se había metido con la montonera en tiempos de Quiroga y á quien perseguía la justicia.
Yendo un día por los Llanos de la Rioja, le salió una partida de cuatro. Quisieron prenderlo, se resistió, quisieron tomarlo á viva fuerza, y se defendió. Mató á uno, hirió á otro, é hizo disparar á tres.
En esos momentos se avistó otra partida; prevenida ésta por los derrotados, apuraron el paso. El arriero huyó y se internó en un monte.
Montaba una mula zaina, media bellaca. Corría por entre el monte, cuando se le fué la cincha á las verijas.
Írsele y agacharse la bestia á corcovear, fué todo uno.
El arriero era gaucho y jinete.
Descomponiéndose y componiéndose sobre el recado, anduvo mucho rato, hasta que en una de esas, como tenía las mechas del pelo muy largas y _porrudas_, se enganchó en el gajo de un algarrobo.
La mula siguió bellaqueando, se le salió de entre las piernas y él quedóse colgado.
Permaneció así como un Judas, largo rato, esperando que alguien le ayudase á salir del aprieto; pero en vano.
Llegó la noche.
Los que le seguían, aciertan á pasar por allí.
El arriero con la rapidez del pensamiento, concibió una estratagema.
Dejó que la partida se aproximara, poniendo la cara lánguida, y cuando al resplandor de la luna vinieron á verle, dijo con voz cavernosa.
--¡Viva Quiroga!
La partida al oir hablar un muerto, huyó poseída de terror pánico, sujetando los pingos quién sabe dónde.
El arriero se salvó así.
Pero aquella actitud, no podía prolongarse demasiado.
Era incómoda.
Procuró salir de ella. Buscó su cuchillo; con los corcovos de la mula lo había perdido.
Era una verdadera fatalidad. No tenía con qué cortarse los cabellos y como eran muy largos, no alcanzaba con la mano á desasirlos del gajo en que estaban enredados.
Un hombre como él acostumbrado á todas las fatigas podía resistir el peso de su propio cuerpo, si no había otro remedio, no digo un día, muchos días, teniendo qué comer. Es claro. La necesidad tiene cara de hereje.
Pero no tenía nada. Todo se lo había llevado la mula en las alforjas. Felizmente tenía un pedazo de queso en los bolsillos, yesquero, tabaco y papel.
Agua era lo de menos para un arriero.
Se comió el pedazo de queso.
Sacó después su chuspa y armó un cigarro; luego sacó fuego y fumó.
Nadie pasaba por allí, á pesar de la voz que debieron esparcir los de la partida despertando la curiosidad popular.
El arriero fumaba y fumaba y en lugar de otras cosas, cuando tenía necesidad echaba humo y humo.
Y así pasó muchos días, hasta que de hambre se comió la camisa y se murió de una indigestión.
Y entré por un caminito y salí por otro.
No sé si al público le gustará este cuento; en el fogón fué aplaudido.
Yo soy porteño, del barrio de San Juan y nadie es profeta en su tierra.
Por eso Sarmiento siendo de San Juan es Presidente, habiéndose cumplido con él una de mis profecías del Paraguay.
Cuando llegaba al fin de mi cuento, serían las ocho.
Di mis órdenes, encerraron en el corral los caballos, se tomó y ensilló en un abrir y cerrar de ojos, montamos, nos pusimos en camino y esa noche sucedieron cosas raras...
Basta de cuentos.
XIII
Martes es mal día.--Trece es mal número.--Los _quatorzième_.--Marcha nocturna.--Pensamientos.--Sueño ecuestre.--Un latigazo.--Historia de un soldado y de Antonio.--Alto.--Una visión y una mulita.
Ayer fué martes; mal día para embarcarse, casarse, presentar solicitudes, pedir dinero á réditos y suicidarse.
Á más de ser martes, esta carta debía llevar, como lleva, el número _trece_, número de mal agüero, misterioso, enigmático, simbólico, profético, fatídico, en una palabra, cabalístico.
Las cosas que son _trece_ salen siempre malas. Entre trece suceden siempre desgracias. Cuando trece comen juntos, á la corta ó á la larga alguno de ellos es ahorcado, muere de repente, desaparece sin saberse cómo, es robado, naufraga, se arruina, es herido en duelo. Finalmente, lo más común, es que entre trece haya siempre un traidor.
Es un hecho que viene sucediéndose sin jamás fallar desde la famosa cena aquélla en que Judas le dió el pérfido beso á Jesús.
Es por esa razón que en Francia, nación cultísima, hay una industria, que no tardará en introducirse en Buenos Aires donde todas las plagas de la civilización nos invaden día á día con aterrante rapidez. El cólera, la fiebre amarilla y la epizootia, le quitan ya á la antigua y noble ciudad el derecho de llamarse como siempre. Pestes de todo género y auras purísimas; es una incongruencia.
Debiera quitarse nombre y apellido como hacen los brasileños, en cuyos diarios suelen leerse avisos así:
De hoy en adelante Juan Antonio Alves, Pintos, Bracamonte y Costa, se llamará Miguel da Silva, da Fonseca é Toro. Tome buena nota el respetable público.
Es una excelente costumbre que prueba los adelantos del Imperio. Porque mediante ella los pillos hacen sus evoluciones sociales con más celeridad. En un país semejante Luengo no tendría más que poner un aviso para ser Moreira, persona muy decente.
La industria de que hablaba toma su nombre de los que la ejercen llamados _le quatorzième_ (décimo cuarto).
_Le quatorzième_, no puede ser cualquiera. Se requiere ser joven, no pasar de treinta y cinco años, tener un porte simpático, maneras finas, vestir bien, hablar varios idiomas y estar al cabo de todas las novedades de la época y del día.
Cuando alguien ha convidado á varios amigos á comer en su casa, en el _restaurant_, ó en el hotel, y resulta que por la falta de uno ó más no hay reunidos sino _trece_ y que se ha pasado el cuarto de hora de gracia concedido á los inexactos, se recurre al _quatorzième_.
¡Cómo han de comer trece, exponiéndose á que bajo la influencia de malos presentimientos la digestión se haga con dificultad!
Se envía, pues, un lacayo en el acto por el _quatorzième_. En todos los barrios hay uno, así es que no tarda en llegar; es como el médico.
Entra y saluda, haciendo una genuflexión, que es contestada desdeñosamente; y acto continuo se abre la puerta que cae al comedor, ó no se abre, porque los convidados pueden estar en él ó por cualquier otra razón, y se oye: _¡Monsieur est servi!_
Siéntanse los convidados. ¡Qué felicidad! ¡La sopa humea de caliente, no se ha enfriado! La alegría reina en todos los semblantes. Han comenzado á sonar los platos, á chocarse las copas. De repente óyese un grito del anfitrión:
--¡Ahí está al fin! Siéntese usted donde quiera, que los demás no vendrán ya.
Y Monsieur de la Tomassière (en un tipo de este apellido, Paul de Kock ha personificado el tipo de esos amigos fastidiosos que siempre llegan tarde), se presenta y se sienta, pidiendo disculpas á todos y protestando que es la primera vez que tal cosa le sucede.
Mientras tanto, _le quatorzième_ ha visto una seña del dueño de la casa, que en todas partes del mundo quiere decir: _retírese usted_, y sin decir oste ni moste se ha eclipsado. Iba quizá á probar la sopa cuando Mr. de la Tomassière se presentó.
Al llegar á la puerta de la calle de donde vive, se halla con un necesitado que le espera. En otro banquete le aguardan con impaciencia. Han buscado varios _quatorzième_, no hay ninguno. Esa noche dan muchas comidas, hay muchos inexactos ó un exceso de previsión y la demanda de _quatorzième_ es grande desde temprano.
El _quatorzième_ marcha; llega, igual escena á la anterior. Tiene que desalojar su puesto antes de haber probado un plato siquiera de cosa alguna.
Al volver á llegar á la puerta de calle de su pobre mansión, otro necesitado. Le sigue con éxito semejante al de los pasados convites.
Hay noches en que las idas y venidas del pobre _quatorzième_ exceden toda ponderación.
Ha ganado bien su dinero, porque cada viaje se paga, pero ha pasado por el suplicio de Tántalo.
La civilización de Buenos Aires debe pensar seriamente en esto. No soy un alarmista. Pero sostengo que así como estamos amenazados de muchas pestes por falta de policía municipal, hace muchos años que la educación se descuida inculcar en los niños esta idea: uno de los mayores defectos sociales es hacer esperar.
Tan es así, que me acuerdo yo de un andaluz que vivió once años de huésped en casa de una tía mía. Un día anunció que se iba á su tierra. ¡Ya era tiempo! Su despedida consistió en esto:
--Señora, usted no puede tener queja de mí, siempre he estado presente á la hora fija de almorzar y comer.
Con lo cual se marchó, habiendo dicho no poco, que el que no ha esperado jamás gente á comer, porque nunca ha dado comidas, habiéndose limitado á comerlas, no sabe lo que es esperar un huésped ó un convidado.
Indudablemente debe haber una enfermedad que los médicos no conocen, proveniente de la impaciencia de esperar gente á comer.
La ciencia no tardará en descubrirla y en agregarla á la nomenclatura patológica.
Creo haberte explicado suficientemente, Santiago amigo, que si esta décimatercia carta no se publicó ayer, ha sido porque fué martes y porque su número es fatal.
Cuando me moví de Utatriquin:
«_The bright sun was extinguish'd, and the stars Did wander darkling in the eternal space»._
La noche estaba bastante obscura. El monte era muy espeso y en las sendas de la rastrillada había muchos troncos de árbol y pequeños arbustos. Era sumamente incómodo para el caballo y para el jinete. Teníamos que andar muy despacio. Nos dormíamos... De vez en cuando una rama de algarrobo ó de chañar, azotaba la faz del caminante y le sacaba de su sopor.
La lentitud del aire de la marcha hacía que mi comitiva no fuera en tanta dispersión como otras ocasiones.
Yo iba mustio y callado, como la misma noche.
Pensaba en el instante inesperado que marca más tarde ó más temprano en el cuadrante de la vida, el pasaje de lo conocido á lo desconocido, de la triste realidad á un quién sabe más triste aún; á un estado inconsciente, al vacío, á la nada; pensaba en lo que serían mis días hasta ese instante solemne en que extinguiéndose mi vista, mi voz, con el último soplo de vida, me quede todavía aliento para reunir todas las fuerzas de mi espíritu y decirme á mí mismo: _¡Me muero!_
Y pensando en esto, me engolfé en otras reflexiones y cuando la duda horrible y desgarradora me asaltó, recordé á Hamlet:
_... To die,--to sleep... To sleep! perchance to dream._
Me quedé como soñando... Veía todos los objetos envueltos en una bruma finísima de transparencia opaca; los árboles me parecían de inconmensurable altura, vi desfilar confusas muchedumbres, ciudades tenebrosas, el cielo y la tierra eran una misma cosa, no había espacio...
Un latigazo aplicado á mi rostro por el gajo de un espinillo, en cuyas espinas quedó enganchado mi sombrero obligándome á detenerme, me sacó del fantástico _fantaseo_ en que me sumía la somnolencia producida por la monotonía de la marcha.
Varios soldados me seguían de cerca conversando. Parece que hacía rato se contaban por turno sus aventuras. El que hablaba cuando mi atención se fijó en el grupo, decía así:
--Pues, amigo, á mí me echaron á las tropas de línea sin razón.
--¡Cuándo no!--le dije,--ya saliste con una de las tuyas. Nunca hay razón para castigarlos á ustedes.
--Sí, mi Coronel--repuso,--créame.
--¿Cómo fué eso?
--Yo tenía un amigo muy diablo á quien quería mucho, y á quien le contaba todo lo que me pasaba.
Se llamaba Antonio.
Al mismo tiempo tenía amores con una muchacha de Renca, que me quería bastante, cuyo padre era rico y se oponía á que la visitara.
Mi intención era buena.
Yo me habría casado con la Petrona, ése era su nombre.
Pero no basta que el hombre tenga buena intención si no tiene suerte, si es pobre.
Tanto y tanto nos apuraba el amor, que, al fin resolvimos irnos para Mendoza, casarnos allí, y volver después cuando Dios quisiera.
En eso andábamos, viéndonos de paso con mucha dificultad; porque siempre nos espiaban los padres y el juez, que era viudo y medio viejo, que quería casarse con la Petrona, y cuya hija menor tenía tratos con Antonio, de quien era muy enemigo; siempre lo amenazaba con que lo había de hacer veterano.
Un día arreglamos al fin, después de mucho trabajo, cómo habíamos de fugar.
Yo debía sacar á la Petrona de su casa en la noche.
Antonio me acompañaría, para cuidar la ventana, que era por donde había de entrar. No podíamos descuidarnos con el juez.
La ventana caía al cuarto del padre de Petrona que era jugador, muy jugador, lo mismo que Antonio. En ese tiempo había hecho una gran ganancia. Á Antonio le había ganado todas sus prendas y éste le andaba con ganas.
Petrona dejó apretada la ventana. Una tía le acompañaba y dormía junto con ella, en el mismo cuarto. Doña Romualda, la madre, andaba por el puesto.
Esa noche era muy linda ocasión, porque el padre de Petrona estaba de tertulia.
Tempranito estuvo Antonio en ella y vino á avisarme que el hombre ganaba ya mucho, diciéndome que si no nos apurábamos erraríamos el golpe.
Aunque la hora convenida con Petrona era cuando la diesen las cabritas, me resolví á ir un poco más temprano.
Todo estaba pronto, caballos y con qué comprar algo por el camino. Yo tenía algunos reales.
Salimos de casa de Antonio, llegamos á la ventana de Petrona, la empujamos despacito y salté yo sin hacer ruido dejándola abierta. Cuando estuve en el cuarto oí roncar. Era el padre de Petrona, que según los cálculos de Antonio, se había retirado de su tertulia antes de la hora acostumbrada.
Antonio sintió los ronquidos y me dijo en voz baja: vámonos, ché, hoy no se puede.
No quise obedecerle, y por toda contestación le dije, ¡chit!
El cuarto estaba obscuro, tenía que caminar en puntas de pie, con mucho cuidado para no hacer ruido, hasta acercarme á la cama de Petrona.
Ella me había sentido. Lo mismo que yo, contenía la respiración. Si se despertaba el padre, teníamos mal pleito. Ella no se escapaba de una soba, yo de una puñalada, porque era malísimo.
Me acercaba á la cama de Petrona sin sentir que detrás de mí había entrado Antonio.
Le había ya tomado la mano y ella iba ya á levantarse, cuando oímos ruido de plata y un grito: ¡Ah, pícaro!
Era la voz del padre de Petrona.
Antonio tuvo la tentación de robarle, él lo sintió y le agarró del poncho.