Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1 · Unidad 8 de 27
Dedicatoria.--Aspiraciones de un _touriste_.--Los gustos con el tiempo.--Por qué se pelea un padre con un hijo.--Quiénes son los Ranqueles.--Un tratado internacional con los indios.--Teoría de los extremos.--Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los Ríos 4.º y 5.º.--De dónde parte el camino del Cuero. — parte 6
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Uno de los talentos del gaucho argentino, consiste en la prontitud con que halla leña y en la asombrosa facilidad con que hace fuego.
Ellos hallan leña donde ningún otro la ve, y hacen fuego en el agua.
Y á propósito de leña que no se ve, ¿conoces, Santiago, lo que es el algarrobo _alpataco_?
Es un arbustito muy pequeño, cuyo desarrollo se hace subterráneamente, echando raíces gruesísimas que aunque estén verdes, tienen tanta resina, que arden como sebo.
Tú conoces el chañar. Pues así es el _alpataco_.
En los campos, al Sud del Río 4.º, particularmente en los de Sampacho, y en algunos al Sud del Río 5.º, abunda este arbustito, que más bien parece un algarrobo común naciente.
El ojo necesita estar ejercitado para distinguir el uno del otro.
¡Se puso un asado!
Mientras se hacía, habiendo calentado agua en un verbo, se cebaba mate y se daban sendas cabeceadas.
En este fogón no hubo cuentos. Hubo hambre y sueño y algunas órdenes para en cuanto amaneciera.
Comimos, dormimos, y cuando... iba á decir gorjeaban las avecillas del monte...
¡Pero qué, si en la Pampa no hay avecillas!--por casualidad se ven pájaros, tal cual carancho. Las aves, excepto las acuáticas, buscan la inmediación de los poblados.
Y luego, en Monte de la Vieja no es más que un pequeño grupo de árboles, no muy viejos, bajo cuyo destruido ramaje apenas pueden guarecerse unas cuantas personas.
La luz crepuscular venía anunciando el día en el momento en que, cumpliendo mis órdenes, se pusieron en juego todos los asistentes al llamado de Camilo Arias, un hombre de toda mi confianza, Alférez de Guardia nacional del Río 4.º, cuya pintura no faltará ocasión de hacer.
Era completamente de día cuando dejábamos el Monte de la Vieja, dirigiéndonos á otro paraje, donde debía haber leña y agua sobre todo.
El rumbo era Sud arriba, ó Sud con algunos grados de inclinación al Oeste.
La noche había estado templada, así fué que la mañana no presentó ninguno de esos fenómenos meteorológicos que suele ofrecer la Pampa, cuando después de un rocío abundante ó de una fuerte helada sale el sol caliente.
Marchábamos.
El terreno presenta pocos accidentes; cañadas y cañadones que se van encadenando, montecitos de pequeños arbustos quemados aquí, creciendo ó retoñando allí; salitrales que engañan á la distancia, con su superficie plateada como la del agua.
El objetivo á que me dirigía era el Zorro Colgado.
Por qué se llama así este lugar, es echarse á nadar buscando un objeto perdido. Probablemente el primer cristiano que llegó allí halló un zorro colgado por los indios en algún árbol.
Seis leguas representan, no andando con apuro, dos horas y media de camino; contemplando las cabalgaduras como es debido, en las correrías lejanas, un poco más.
Cuando llegamos al Zorro Colgado serían las diez de la mañana.
El campo recorrido es muy solo. No tiene bichos ó _aves_, como le llaman los paisanos á los venados, peludos, mulitas, guanacos, etc.
El Zorro Colgado no estaba, por supuesto.
Aquel punto es un grupito de árboles, chañares viejos más altos que corpulentos. Tiene una aguadita que se seca cuando el año no es lluvioso.
Allí paramos un rato, lo bastante para que las bestias de carga que se habían quedado atrás llegaran, y después de haber bebido bien, seguimos caminando en el mismo rumbo, hasta llegar á _Pollo-helo_, que quiere decir en lengua ranquelina, Laguna del Pollo, y cuya pronunciación debe hacerse nasal ó gangosamente, verbigracia, como si la palabra estuviese escrita así y debieran sonar todas las letras: _Pollonguelo_.
Aquí variamos de rumbo un poco, buscando el Sud recto, y así seguimos, como legua y media, por un campo muy guadaloso y pesado, en el que caímos y levantamos varias veces, lo mismo que las mulas de carga, hasta llegar á _Us-helo_, donde hay otro grupo de árboles, una aguada semejante á la anterior y una lagunita de agua salobre, pero potable no habiendo sequía.
Las cabalgaduras se habían _aplastado_ algo con la legua y media de guadal.
_Aplastarse_, es un término del país, que vale más que fatigarse y menos que cansarse, cuando se quiere expresar el estado de un caballo.
Hicimos alto, se hizo fuego, se hizo cama para una siesta, se descansó, se tomó mate, se durmió y á las cansadas llegaron las mulas de carga, que habiendo caído en una cañada mojaron las petacas de los padres franciscanos.
Serían las tres cuando nos movimos de aquí en dirección á _Coli-mula_, que de la etapa anterior queda en rumbo Sud.
Este trayecto es más variado que los demás; el terreno se quiebra acá y allá en grandes bajíos salitrosos y en grupos considerables de arbustos crecidos.
En un inmenso pajonal, sembrado de grandes árboles diseminados, pillamos un caballo que hacía pocos días andaba por allí, pues no estaba alzado aún.
Cuando llegamos á Coli-Mula, que quiere decir mula colorada, habíamos andado tres leguas.
No sé por qué se llama así ese paraje. No hay árboles. Es una linda lagunita circular, de agua excelente y abundante que dura mucho.
Resolví descansar allí hasta las nueve de la noche, y adelantar dos hombres.
El cielo comenzaba á fruncir el ceño, una barra negra se dibujaba en el horizonte hacia el lado del Poniente, el sol brillaba poco.
Íbamos á tener viento ó agua.
Llamé al cabo Guzmán, magnífico tipo criollo, y al indio Angelito, escribí algunas cartas, les di mis instrucciones y los despaché después de asegurarme de que habían entendido bien.
Llevaban encargo especial de llegar á las tolderías del cacique Ramón, que son las primeras y de decirle que pasaría de largo por ellas, no sabiendo si al cacique Mariano le parecería bien que visitase primero á uno de sus subalternos y que al regreso lo haría.
Partieron los chasquis.
Mientras yo tomaba las antedichas disposiciones, otros se ocupaban en hacer un buen fogón, preparándonos para la trasnochada.
Los chasquis no se habían perdido de vista aún, cuando frescas y recias ráfagas de viento comenzaron á augurar la inevitable proximidad de la tormenta.
El cielo se puso negro.
La experiencia nos dijo que debíamos renunciar al fogón y al asado y prepararnos para una noche toledana por no decir pampeana.
El viento arreció, gruesas gotas de agua comenzaron á caer, la noche avanzaba, ó mejor dicho, se anticipaba con rapidez.
Pronto estuvimos envueltos en una completa obscuridad.
Llovía á cántaros, silbaba el viento, eléctricos fulgores resplandecían en el cielo á distancias inconmensurables, haciendo llegar hasta nuestros oídos el ruido sordo del rayo.
Las tropillas se habían agrupado, daban las ancas al viento y permanecían inmóviles.
Cada cual se había acurrucado lo mejor posible, y con maña procuraba mojarse lo menos posible. No teníamos siquiera dónde hacer espalda, ni era posible conversar, porque el ruido de la lluvia, que caía á torrentes, ahogaba las palabras que salían de debajo de los ponchos ó capotes con que estábamos cubiertos hasta la cabeza.
Durante dos horas llovió sin cesar, cayendo el agua á plomo.
Cuando las intermitencias del aguacero lo permitían, yo cambiaba algunas palabras con Camilo Arias, que estaba casi pegado á mi lado.
En una de esas pláticas diluvianas, le dije así:
--Puede ser que los indios me maten, es difícil; pero no lo es que quieran retenerme, con la ilusión de un gran rescate. En este caso, es preciso que el General Arredondo lo sepa sin demora. Prevén á los muchachos--eran éstos cinco hombres especiales,--mis baqueanos de confianza.
Será señal de que _ando mal_, que no tenga en el cuello este pañuelo.
Era un pañuelo de seda de la India, colorado, que siempre uso en el campo debajo del sombrero por el sol y la tierra.
Puede, sin embargo suceder, que tenga que regalar el pañuelo. En este caso la señal será que me vean con la _pera trenzada_.
No comuniques esto más que á los _muchachos_. Y cuando lleguemos á las tolderías no te acerques á hablar conmigo jamás. Sírvete de un intermediario.
Camilo es como un árabe, habla poco; sabe que la palabra es plata y el silencio oro, contestó sólo:
--Está bien, señor.
Y yo me quedé seguro de que me había entendido y rumiando: algún mosquetero llegará á Londres y hablará con Buckingham.
Ya verás después qué caso extraordinario sucedió con mi pera. (Te prevengo que estoy hablando de la barba).
Y como sigue lloviendo y estoy mojado hasta la camisa, me despido hasta mañana.
X
No es posible seguir la marcha.--Civilización y barbarie.--En qué consiste la primera.--Reflexiones sobre este tópico.--En marcha.--Manera de cambiar de perspectiva sin salir de un mismo lugar.--Asombroso adelanto de estas tierras.--Ralico.--Tremencó.--Médano del Cuero.--El Cuero.--Sus campos.
El hombre propone y Dios dispone.
Fué imposible seguir la marcha á las nueve.
La lluvia cesó á las cuatro horas; pero el cielo quedó encapotado, amenazando volver á desplomarse, el aquilón continuó rugiendo y los relámpagos serpenteando en el cielo por los espacios sin fin.
Pensé en que la gente masticara. ¡Arriba! grité, ¡vamos, pronto, hagan un buen fuego, pongan un asado y una pava de agua!
Los asistentes salieron de sus guaridas y un momento después chisporroteaba el verde y resinoso chañar.
El asado se hacía, el agua hervía, unos cuantos rodeaban el fuego, calentándose, secándose sus trapitos, mirando al cielo y haciendo cálculos sobre si volvería á llover ó no.
El fogón estaba hecho y en regla, porque de su centro se elevaban grandes y relumbrosas llamaradas.
Era imposible resistirle. Más fácil habría sido que una mujer pasara por delante de un espejo sin darse la inefable satisfacción platónica de mirarse.
Abandoné la postura en que me había colocado y permanecido tanto rato, y me acerqué á él.
Me dieron un mate.
Los buenos franciscanos intentaban dormir rendidos por la fatiga del día y de la noche anterior,--que quien no está hecho á bragas, las costuras le hacen llagas.
Haciendo uso de la familiaridad y confianza que con ellos tenía, les obligué á levantarse y á que ocuparan un puesto en la rueda del fogón.
Apuramos el asado, desparramamos brasas, lo extendimos y no tardó en estar.
Mientras estuvo nos secamos.
Comimos bien, hicimos camas con alguna dificultad; porque todo estaba anegado y las _pilchas_ muy mojadas y nos acostamos á dormir.
Dormimos perfectamente. ¡Qué bien se duerme en cualquier parte cuando el cuerpo está fatigado!
Si los que esa noche se revolvían en el elástico y mullido lecho agitados por el insomnio, nos hubieran oído roncar en los albardones de Coli-Mula, ¡qué envidia no les hubiéramos dado!
Es indudable que la civilización tiene sus ventajas sobre la barbarie; pero no tantas como aseguran los que se dicen civilizados.
La civilización consiste, si yo me hago una idea exacta de ella, en varias cosas.
En usar cuellos de papel, que son los más económicos, botas de charol y guantes de cabritilla. En que haya muchos médicos y muchos enfermos, muchos abogados y muchos pleitos, muchos soldados y muchas guerras, muchos ricos y muchos pobres. En que se impriman muchos periódicos y circulen muchas mentiras. En que se edifiquen muchas casas, con muchas piezas y muy pocas comodidades. En que funcione un gobierno compuesto de muchas personas como Presidente, Ministros, Congresales, y en que se gobierne lo menos posible. En que haya muchísimos hoteles y todos muy malos y todos muy caros.
Verbigracia, como uno en que yo paré la última noche que dormí en el Rosario--que intenté dormir, para ser más verídico.
Son precisamente las camas de ese hotel, las que me han sugerido estas reflexiones tan vulgares.
¡Ah! en aquellas camas había de cuanto Dios crió el quinto día, que si mal no recuerdo, fueron: «los animales domésticos, según su especie y los reptiles de la tierra, según su especie».
Todo lo cual, según afirma el Génesis, el Supremo Hacedor vió que era bueno, aunque es cosa que no me entra á mí en la cabeza, que los animales domésticos del referido hotel del Rosario hayan jamás sido cosa buena; y menos la noche en que yo estuve en él, en que juraría, á fe de cristiano, que me parecieron algo más que cosa mala, cosa malísima, tan insoportable que me creo en la obligación de preguntar:
¿No tiene la civilización el deber de hacer que se supriman esas cosas, que pudieron ser buenas al principio del mundo, pero que pueden ser puestas en duda en un siglo en que tenemos cosas tan buenas como las del Orión?
¿Qué hacen los gobiernos entonces?
¿No nos dice la civilización todos los días en grandes letras que el gobierno es para el pueblo?
¿Que en lugar de invertir los dineros públicos en torpes guerras debe aplicarlos á mejorar la condición del pueblo?
¿No hay inspectores de puentes y caminos, inspectores de aduanas, inspectores de fronteras, inspectores de escuelas, inspectores de todo, y así va ello?
¿Pues, y por qué no ha de haber inspectores de hoteles?
¿Acaso no se relacionan estos establecimientos muy íntimamente con la salud pública?
¿No se albergan en ellos, el cólera, la fiebre amarilla y tantas otras cosas que Dios crió el quinto día, y que en su atraso inocente y primitivo, creyó que eran buenas y que así las legó en herencia á la desagradecida humanidad?
¿Se cree que faltarían inspectores de hoteles?
Provéase el cargo por oposición, previo examen de conocimientos, aptitudes, moralidad, estado fisiológico de los candidatos y se verá, sin tardanza, que sobra patriotismo en el país.
No digo pagando bien el empleo, que es el modo más eficaz de salvar la moral administrativa, y el medio más seguro, sobre todo, de que abunden impetrantes.
Cualquiera remuneración que se ofreciese bastaría.
Hay en el país, felizmente, el convencimiento de que todos deben tributarle á la patria abnegación, tiempo, sangre, alma y vida.
Esta gran conquista, es debida á la educación oficial dada por los buenos gobiernos que hemos tenido, á la Guardia nacional.
Ella ha hecho todo--guerras interiores, guerras de frontera, guerras exteriores.
Decididamente la civilización es, de todas las invenciones modernas, una de las más útiles al bienestar y á los progresos del hombre.
Empero mientras los gobiernos no pongan remedio á ciertos males, yo continuaré creyendo en nombre de mi escasa experiencia, que mejor se duerme en la calle ó en la Pampa que en algunos hoteles.
Sonaban los cencerros de las tropillas; cada cual se preparaba para subir á caballo, habiendo olvidado sus penas alrededor del fogón:
«Y en el Oriente nubloso La luz apenas rayando, Iba el campo tapizando De claro oscuro verdor.»
Galopábamos, aprovechando la fresca de la mañana, y á la derecha en lontananza se veían ya los primeros montes de Tierra Adentro.
Me proponía llegar al Cuero temprano.
Apenas salimos de Coli-Mula comprendí que no lo conseguiría.
El campo estaba cubierto de agua, y quebrándose en altos médanos, en cañadas profundas y guadalosas nos obligaba á marchar despacio.
Los caballos hubieran soportado bien una marcha acelerada; las mulas no.
Y, sin embargo, por muy despacio que anduve se quedaron atrás, porque á cada rato se caían con las cargas y había que perder tiempo en enderezarlas.
Más allá de un lugar en el que hay agua y leña, y cuyo nombre es Ralico, el terreno se dobla sensiblemente formando varios médanos elevados, y es de allí de donde se divisan ya los montes del Cuero.
Los campos comienzan á cambiar de fisonomía y la vista no se cansa tanto espaciándose por la sabana inmensa del desierto solitario, triste, imponente, pero monótona como el mar en calma.
Sin contrastes, hay existencia, no hay vida.
Vivir es sufrir y gozar, aborrecer y amar, creer y dudar, cambiar de perspectiva física y moral.
Esta necesidad es tan grande, que cuando yo estaba en el Paraguay, Santiago amigo, voy á decirte lo que solía hacer,--cansado de contemplar desde mi reducto de Tuyutí todos los días la misma cosa; las mismas trincheras paraguayas, los mismos bosques, los mismos esteros, los mismos centinelas; ¿sabes lo que hacía?
Me subía al merlón de la batería, daba la espalda al enemigo, me abría de piernas, formaba una curva con el cuerpo y mirando al frente por entre aquéllas, me quedaba un instante contemplando los objetos al revés.
Es un efecto curioso para la visual, y un recurso al que te aconsejo recurras cuando te fastidies ó te canses de la igualdad de la vida, en esa vieja Europa que se cree joven, que se cree adelantada y vive en la ignorancia, siendo prueba incontestable de ello, como diría Teófilo Gauthier, que todavía no ha podido inventar un nuevo gas para reemplazar el Sol.
La América, ó mejor dicho, los _americanos_ (del Norte) la van á dejar atrás si se descuida.
Por lo pronto, nosotros vamos resolviendo los problemas sociales más difíciles--degollándonos,--y las teorías y las cifras de Malthus sobre el crecimiento de la población no nos alarman un minuto.
Tenemos grandes empíricos de la política, que todos los días nos prueban, que el dolor puede ser no sólo un anestésico, sino un remedio; que las tiranías y la guerra civil son necesarias, porque su consecuencia inevitable, fatal, es la libertad.
Esto te lo demuestran en cuatro palabras y con espantosa claridad, al extremo que nuestra juventud tiene ya sus axiomas políticos de los que no apea, creyendo en ellos á pie juntillas, y demostrándolos prematuramente á su vez por A. B.
Te asombrarías, si volvieses á estas tierras lejanas y vieras lo que hemos adelantado.
Buscarías inútilmente el molino de viento; el pino de la quinta de Guido se ha escapado por milagro. La civilización y la libertad han arrasado todo.
El Paraguay no existe. La última estadística después de la guerra arroja la cifra de ciento cuarenta mil mujeres y catorce mil hombres.
Esta grande obra la hemos realizado con el Brasil. Entre los dos lo hemos mandado á López á la _difuntería_.
¿No te parece, que no es tan poco hacer en tan poco tiempo?
Ahora la hemos emprendido con Entre Ríos, donde López Jordán se encargó de despacharlo á Urquiza.
Todos, todos han sentido su muerte muchísimo.
De esta guerrita, en la que nos ha metido la fatalidad histórica, nos consolamos, pensando en que se acabará pronto, y en que como el Entre Ríos estaba muy rico, le hacía falta conocer la pobreza.
La letra con sangre entra.
Es el principio del dolor fecundo.
Te hablo y te cuento estas cosas, porque vienen á pelo. Y no tan á humo de paja, pues, más adelante verás que ellas se relacionan bastante, más de lo que parece, con los indios.
¿No hay quien sostiene que es mejor exterminarlos en vez de cristianizarlos, civilizarlos y utilizar sus brazos para la industria, el trabajo y la defensa común, ya que tanto se grita de que estamos amenazados por el exceso de inmigración espontánea?
Sigamos caminando...
Pasando los médanos de Ralico, se llega á la aguada de Tremencó. Son dos lagunas, una de agua dulce, la otra de agua salada. Ambas suelen secarse.
De Tremencó se pasa al Médano del Cuero.
De allí al Cuero mismo hay dos leguas.
Esta laguna tendrá unos cien metros de diámetro. Su agua es excelente, y durante las mayores sequías allí pueden abrevar su sed muchísimos animales, sin más trabajo que cavar las vertientes del lado del Sur.
En la Laguna del Cuero ha vivido mucho tiempo el famoso indio Blanco, azote de las fronteras de Córdoba y San Luis; terror de los caminantes, de los arrieros y troperos.
Ya te contaré cómo lo eché yo del Cuero con unos cuantos gauchos, sin cuya circunstancia me habría encontrado con él en sus antiguos dominios.