Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1 · Unidad 9 de 27

Dedicatoria.--Aspiraciones de un _touriste_.--Los gustos con el tiempo.--Por qué se pelea un padre con un hijo.--Quiénes son los Ranqueles.--Un tratado internacional con los indios.--Teoría de los extremos.--Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los Ríos 4.º y 5.º.--De dónde parte el camino del Cuero. — parte 7

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Este episodio tiene su interés social, y les hará conocer á muchos que no salen de los barrios cultos de Buenos Aires, lo que es nuestra Patria amada, en la que hay de todo y para todo; un negro que mate una familia entera por venganza y por amor, y un blanco que mate un gobernador también por amor á la libertad, después de haber sostenido con su brazo viril la tiranía.

Mientras tanto, te diré que los campos entre el Río 5.º y el Cuero son diferentes. Ricos pastos abundantes y variados; gramilla, porotillo, trébol, cuanto se quiera. Agua inagotable, leña, montes inmensos.

Un estanciero entendido y laborioso allí haría fortuna en pocos años.

Pero del Cuero á Río 5.º hay treinta leguas.

Que le pongan cascabel al gato. De allí á los primeros toldos permanentes, hay otras treinta leguas, y los indios andan siempre boleando por el Cuero.

Estoy esperando las mulas que se han quedado atrás, y reflexionando en la costa de la laguna si el gran ferrocarril proyectado entre Buenos Aires y la Cordillera no sería mejor traerlo por aquí.

No vayas á creer que los indios ignoran este pensamiento.

También ellos reciben y leen _La Tribuna_.

¿Te ríes, Santiago?

Tiempo al tiempo.

XI

Quién había andado por Ralico.--Los rastreadores.--Talento de uno del 12 de línea.--Se descubre quién había andado por Ralico.--Cuántos caminos salen del Cuero.--El General Emilio Mitre no pudo llegar allí.--Su error estratégico.

Debo á la fidelidad del relato consignar un detalle antes de proseguir.

En Ralico hallamos un rastro casi fresco. ¿Quién podía haber andado por allí á esas horas, con seis caballos, arreando cuatro, montando dos?

Solamente el cabo Guzmán y el indio Angelito,--los chasques que yo adelanté acto continuo de llegar á Coli-Mula.

Los soldados no tardaron en tener la seguridad de ello. Fijando en las pisadas un instante su ojo experto, cuya penetración raya á veces en lo maravilloso, empezaron á decir con la mayor naturalidad, como nosotros cuando yendo con otros reconocemos en la distancia ciertos amigos: ché ahí va el gateado, ahí va el zarco, ahí va el obscuro chapino.

Los rastreadores más eximios son los sanjuaninos y los riojanos.

En el batallón 12 de línea hay uno de estos últimos, que fué _rastreador_ del General Arredondo durante la guerra del Chacho, tan hábil, que no sólo reconoce por la pisada si el animal que lo ha dejado es gordo ó flaco, sino si es tuerto ó no.

Era indudable que la tormenta había impedido que los chasques continuaran su camino, que habían dormido en Ralico; y que sólo me llevaban un par de horas de ventaja.

Si no se apuraban, ó si por apurarse demasiado fatigaban los caballos, íbamos á llegar á las tolderías del Rincón, que así se llaman las primeras, casi al mismo tiempo.

Á cada criatura le ha dado Dios su instinto, su pensamiento, su acento, su alma, su carácter, por fin. Confieso que este incidente me contrarió sobremanera.

Ó les daba tiempo á los chasques para que su comisión surtiera efecto, deteniéndome un día en el camino, ó seguía mi viaje sin curarme de ellos corriendo el riesgo de llegar primero.

Es de advertir que del Cuero salen dos caminos.

Uno va por Lonco-uaca--_lonco_ quiere decir cabeza y _uaca_ vaca,--y otro por Bayo-manco que al ocuparme de la laguna ranquelina se verá lo que quiere decir.

Estos dos caminos se reunen en Utatriquin, y de allí la rastrillada sigue sin bifurcarse hasta la Laguna Verde.

El camino de Lonco-uaca da una pequeña vuelta. Pero tiene sobre el Bayo-manco la ventaja de que en él no falta jamás agua, mientras que en el otro no se halla sino cuando el año no está de sequía.

Por cual de los dos caminos habían tomado los chasques, ésa era la cuestión.

Los bañados del Cuero no permitirían saberlo; los hallaríamos anegados.

Disimulando mi contrariedad, y pensando en lo que haría, si mis conjeturas se realizaban, es decir, si no podíamos tomarles el rastro á los heraldos, llegué al Cuero.

Allí nos quedamos ayer esperando las mulas, Santiago amigo.

Te cumpliré, pues, cuanto antes mi oferta para poder seguir viaje, y al llegar hoy siquiera á Laquinhan, que es donde me propongo dormir.

Estamos á orillas del Cuero, del famoso Cuero, adonde no pudo llegar el general Emilio Mitre, cuando su expedición, por ignorancia del terreno, costándole esto el desastre sufrido. Y, sin embargo, llegó á Chamalcó, y de allí contramarchó dejando el Cuero seis leguas al Norte.

Es verdad que el General buscaba también la Amarga en su marcha de retroceso, creyendo en las anotaciones de las malas cartas geográficas que circulan con la Amarga pintada como una gran laguna, siendo así que no es sino un inmenso cañadón.

Son los desagües del Río 5.º, ya sabes, y lo más parecido que puedo indicarte son los desagües del Río 4.º, ó sean los cañadores de Lobay.

Como tú eres uno de los amigos de la República Argentina que más se interesa en ella, que más se ha preocupado de sus grandes problemas, estudiando la cuestión fronteras é indios con una constancia envidiable, te diré en lo que consistió el error estratégico principal del General Mitre.

El General llegó á Witalobo, lugar muy conocido donde he estado yo.

Son dos médanos que forman un portezuelo. Hay en ellos alfalfa, y de ahí vino la denominación, que entonces le dieron, el de médano de la alfalfa, creyendo haber hecho un descubrimiento.

No puedo decirte con exactitud en qué latitud y longitud queda este punto.

Sin embargo, para que formes juicio más cabalmente, te diré que queda en la derecera Sur de la Carlota.

El Cuero queda de Witalobo al Poniente con una inclinación al Sur, de pocos grados.

En Witalobo hay una encrucijada de caminos--uno de travesía que va al Cuero, raramente frecuentado por los indios,--y otro conocido por camino de las Tres Lagunas que va á las tolderías de Trenel.

En lugar de tomar este último camino que rumbea al Sur, el General tomó otro, y abandonado á un mal baqueano y sin nociones gráficas, ni ideales del terreno, no pudo corregir sus equivocaciones.

En Chamalcó se notan aún los rastros y vestigios dejados por la columna expedicionaria.

La laguna del Cuero está situada en un gran bajo. Á pocas cuadras de allí el terreno se dobla exabrupto, y sobre médanos elevados comienzan los grandes bosques del desierto, ó lo que propiamente hablando se llama Tierra Adentro.

Los que han hecho la pintura de la Pampa, suponiéndola en toda su inmensidad una vasta llanura; ¡en qué errores descriptivos han incurrido!

Poetas y hombres de ciencia, todos se han equivocado. El paisaje ideal de la Pampa, que yo llamaría, para ser más exacto, pampas, en plural, y el paisaje real, son dos perspectivas completamente distintas.

Vivimos en la ignorancia hasta de la fisonomía de nuestra Patria.

Poetas distinguidos, historiadores, han cantado al ombú y al cardo de la Pampa.

¿Qué ombúes hay en la Pampa, qué cardales hay en la Pampa?

¿Son acaso oriundos de América, de estas zonas?

¿Quién que haya vivido algún tiempo en el campo, hablando mejor, quién que haya recorrido los campos con espíritu observador, no ha notado que el ombú indica siempre una casa habitada, ó una población que fué; que el cardo no se halla sino en ciertos lugares, como que fué sembrado por los jesuitas, habiéndose propagado después?

Estos montes del Cuero se extienden por muchísimas leguas de Norte á Sur y de Naciente á Poniente; llegan al Río Chalileo, lo cruzan, y con estas interrupciones van á dar hasta el pie de la Cordillera de los Andes.

Á la orilla de ellos vivía el indio Blanco, que no es ni cacique, ni capitanejo, sino lo que los indios llaman _indio gaucho_. Es decir, un indio sin ley, ni sujeción á nadie, á ningún cacique mayor, ni menos, á ningún capitanejo; que campea por sus respetos; que es aliado unas veces de los otros, otras enemigo; que unas veces anda á monte, que otras se _arrima_ á la toldería de un cacique, que unas anda por los campos _maloqueando_, invadiendo meses enteros seguidos; otras por Chile comerciando, como ha sucedido últimamente.

Toda la fuerza de este indio, temido como ninguno en las fronteras de Córdoba y de San Luis, y tan baqueano de ellas como de las demás, se componía en la época á que voy á referirme, de unos ocho ó diez compañeros de averías.

Con ellos invadía generalmente agregándose algunas veces á los grandes malones.

Como en aquel entonces los campos al Sur del Río 5.º y del Río 4.º eran una misma cosa--dominio de los indios,--las invasiones se sucedían semanalmente, día de por medio, y hasta diariamente.

El héroe de estas hazañas era, por lo común, el indio Blanco.

El camino del Río 4.º á Achiras, fué cien veces campo de sus robos y crueldades.

Á mi llegada al Río 4.º era imposible dejar de hablar del indio Blanco; porque, ¿adónde se iba que no oyera uno mentar los estragos de sus depredaciones?

¿Quién no lamentaba sus ganados robados, lloraba algún deudo muerto ó cautivo?

El tal indio tenía un prestigio terrible.

Yo era, de consiguiente, su rival.

Me propuse, antes de avanzar la frontera, desalojarlo del Cuero, incomodarlo, alarmarlo, robarlo, cualquier cosa por el estilo.

Pero no quería hacer esta campaña con soldados. La disciplina suele tener los inconvenientes de sus ventajas.

Busqué un contrafuego, acordándome de la máxima de los grandes capitanes: al enemigo batirlo con sus mismas armas.

Le escribí á mi amigo don Pastor Hernández, comandante militar del Departamento del Río 4.º, hombre tan penetrante como laborioso y constante--que necesitaba conchabar media docena de pícaros, siendo de advertir que prefería la destreza á la audacia, en una palabra, ladrones.

Hernández no se hizo esperar. Á los pocos días presentáronse seis conciudadanos de la falda de la Sierra, con una carta, y encabezándolos uno, denominado el _Cautivo_.

Los fariseos que crucificaron á Cristo no podían tener unas fachas de forajidos más completa.

Sus vestidos eran andrajosos, sus caras torvas, todos encogidos y con la pata en el suelo, necesitábase estar animado del sentimiento del bien público para resolverse á tratar con ellos.

Entraron donde yo estaba.

Queriendo hacer un estudio social les ofrecí asiento. Me costó conseguir que lo aceptaran; pero instando conseguí que se sentaran.

Lo hicieron poniendo cada cual su sombrero en el suelo al lado de la silla.

Agacharon todos la cabeza.

Inicié la conferencia con ciertas preguntas como:--¿Cómo te llamas, de dónde eres, en qué trabajas, has sido soldado, cuántas muertes has hecho?

Y luego que la confianza se estableció, proseguí:

--Conque ¿quieren ustedes conchabarse?

--Como usía quiera--contestó el _Cautivo_, con esa tonada cordobesa, que consiste en un pequeño secreto, (como lo puede ver el curioso lector ó lectora) en cargar la pronunciación sobre las letras acentuadas y prolongar lo más posible la vocal ó primera sílaba.

En haciendo esto ya es uno cordobés. No hay más que ensayarlo.

--Ustedes son hombres gauchos, por supuesto.

--¿Cómo no, señor?

--¿Entienden de todo trabajo?

--De cuanto quiera.

--¿Y cuánto ganan?

--Á según usía.

--¿Ganan más de ocho pesos mensuales?

--No, señor.

--Pues yo les voy á pagar diez; les voy á dar comida, ropa y caballos.

--Como usía guste.

--Sí; pero es que yo los conchabo para robar.

--¿Y cómo ha de ser, pues?

--Iremos ánde nos mande--dijeron varios á una.

--¡Hum! ¿Y se animarán?

--Y cómo no, señor usía.

--Bueno; es para robarles á los indios.

¡Nadie contestó!

Y ahí está el país, la causa de la montonera y otras yerbas.

El Coronel los conchababa para robar; para robarle al lucero del alba que fuera. No había inconveniente. Estaban prontos y resueltos á todo, á derramar su sangre, á jugar la vida. Lo mismo había sido ofrecerles diez pesos y todo lo demás, que lo que ganaban honradamente.

Obedecían á una predisposición, á una educación, á las seducciones del caudillaje bárbaro y turbulento. Quizá se decían interiormente: ¡Éste sí que es un Coronel, y lindo!

Mas se trató de los indios, de los mismos que no hacía muchos meses asolaban su propio hogar, y las disposiciones cambiaron con la rapidez del relámpago.

¿Era miedo? ¿Qué era?

No, no era miedo.

Nuestra raza es valiente y resuelta; no es el temor de la muerte lo que contiene al gaucho á veces.

Yo he visto á uno de ellos discurrir como un filósofo en el momento de llevarlos á fusilar.

Era un sargento: el sacerdote le instaba á confesarse, no quería hacerlo.

--¿Que no temes á la muerte?

--Padre--contestó con marcada expresión,--la muerte es un salto que uno da á obscuras sin saber dónde va á caer.

Fué esto en Chascomús.

¿Y, qué detenía entonces á los _Voluntarios de la Pampa_, que así se llamaron al fin; qué los arredraba?

¡Ah! es triste decirlo. Pero es verdad, y hay que decirlo, para enseñanza de las jóvenes generaciones en cuyas manos está el porvenir, las que nos salvarán á nosotros, aspirantes de la intolerancia y del odio, enanos del patriotismo que recompensa bien, ¡héroes del siglo de oro!

Era la ausencia completa del sentimiento del deber,--el horror de toda disciplina.

Ellos tenían bastante sagacidad para comprender que yendo á robarle á cualquiera, por mi orden, yo me hacía su cómplice.

Yendo á robarles á los indios, el juego cambiaba de aspecto; tenían que ir como soldados. Llegaron tal vez á imaginarse que era una jugada mía para reclutarlos.

Lo comprendí así.

Estuve dispuesto á despacharlos. Pero ya estaban allí.

Les hice entender que eran hombres libres; que podían conchabarse ó no; que nadie les obligaba; que podían retirarse si querían.

Se convencieron de que no había en el conchabo más riesgos que el de la vida, y se arregló todo.

Les di buenos caballos, los vestí, les di carabinas de las que hicieron _recortados_ y una lata de caballería para llevar entre las caronas.

Y partieron...

Mis órdenes eran robarle al indio Blanco.

El _Cautivo_ era baqueano del Cuero.

Lo que trabajasen sería para ellos.

Volvieron con _algo_. No se trabaja y se expone el cuero sin provecho, discurren los menos calculadores.

Se repitió la excursión, tres veces más, hasta que el indio Blanco se alejó. Él no podía calcular detrás de los voluntarios de la Pampa cuántos más iban.

Confieso que al mandar aquellos diablos á una correría tan azarosa me hice esta reflexión: si los pescan ó los matan poco se pierde.

Fué una de las causas que me hizo no recurrir á los pobres soldados.

Los _Voluntarios de la Pampa_ acabaron por hacerme á mí un robo.

Los tomé y por todo castigo les dije, devolviéndoselos á Hernández:

--¿Qué les he de hacer? Ya sabía que eran ustedes ladrones.

No se juega mucho tiempo con fuego sin quemarse.

Han llegado las mulas.

Es cosa resuelta que hoy no duermo donde quería.

Llegaremos mañana.

XII

Por dónde habían ido los chasques.--Entrada á los montes.--Derechos de piso y agua.--Recomendaciones.--Despacho de algunas tropillas para el Río 5.º--Los montes.--Impresiones filosóficas.--Utatriquin.--El cuento del arriero.

Antes de ponerme en marcha resolví dejar las mulas atrás. Caminaban sumamente despacio por lo mucho que había llovido y era un martirio para los franciscanos seguirlas al tranco; el padre Moisés no es tan maturrango, pero el padre Marcos no hallaba postura cómoda.

Contra mis cálculos tomamos el rastro de los chasques.

Habían seguido el camino de Lonco-uaca.

Mi lenguaraz, mestizo chileno, hijo de cristiano y de india araucana, hombre muy baqueano, de cuyas confidencias soy depositario, no por él sino por otros, lo que me permitirá contar sus aventuras amorosas de Tierra Adentro, creyó oportuno hacerme algunas indicaciones.

Eran muy juiciosas y sensatas; y como entre ellas entrase la posibilidad de que los chasques se extraviaran en razón de que ni Guzmán ni Angelito conocían prácticamente el camino que habían tomado, me pareció prudente hacer yo á mi turno mis recomendaciones.

Íbamos á entrar ya en los montes; á tener que marchar en dispersión, sin vernos unos á los otros; por sendas tortuosas, que se borraban de improviso unas veces, que otras se bifurcaban en cuatro, seis ó más caminos, conduciendo todas á la espesura.

Era lo más fácil perder la verdadera rastrillada, y también muy probable que no tardáramos en ser descubiertos por los indios.

Un tal Peñaloza suele ser el primero que se presenta á los indios ó cristianos que pasan por esas tierras alegando ser suyas y tener derecho á exigir se le pague el piso y el agua.

No hay más remedio que pagar, porque el señor Peñaloza se guarda muy bien de salir á sacar contribución alguna cuando los caminantes son más numerosos que los de su toldo ó van mejor armados.

Más adelante hay otros señores dueños de la tierra, del agua, de los árboles, de los bichos del campo, de todo, en fin, lo que puede ser un pretexto para vivir á costillas del prójimo.

Estos derechos interterritoriales se cobran en la forma más política y cumplida, suplicando casi y demostrándoles á los contribuyentes ecuestres la pobreza en que se vive por allí, lo escaso que anda el trabajo.

Si los expedientes pacíficos surten efecto no hay novedad; si los transeúntes no se enternecen se recurre á las amenazas, y si éstas son inútiles, á la violencia.

Es ser bastante parlamentario, para vivir tan lejos de los centros de la civilización moderna.

Recomendé á mi gente cómo habían de marchar; prohibí terminantemente que bajo pretexto de componer la montura se quedara alguien atrás, advirtiendo que cada cuarto de hora haría una parada de dos minutos para que pudiéramos ir lo más juntos posible; describí la aguada de Chamalcó donde me demoraría un rato, lo bastante para mudar caballos por si alguien llegaba á ella extraviado; y á los franciscanos les supliqué me siguiesen de cerca, no fuera el diablo á darme el mal rato de que se me perdieran.

Finalmente hice notar, que hallándonos ya en donde podía haber peligro cuando menos lo esperáramos, quería, puesto que no estábamos bien armados, que todos y cada uno nos condujéramos con moderación y astucia, con sangre fría sobre todo, que, como ha dicho muy bien Pelletan, es el valor que juzga.

Hecho esto, mandé que dos soldados, con dos tropillas que no me hacían falta, se volviesen al Río 5.º caminando despacio.

Escribí con lápiz cuatro palabras para el General Arredondo y algunos subalternos amigos de mis fronteras, avisándoles que había llegado con felicidad al Cuero, y entramos en los montes.

Hermosos, seculares algarrobos, caldenes, chañares, espinillos, bajo cuya sombra inaccesible á los rayos del Sol crece frondosa y fresca la verdosa gramilla, constituyen estos montes, que no tienen la belleza de los de Corrientes, del Chaco ó Paraguay.

Las esbeltas palmeras, empinándose como fantasmas en la noche umbría; la vegetación pujante renovándose siempre por la humedad; los naranjeros que por doquier brindan su dorada fruta; las enmarañadas enredaderas, vistiendo los árboles más encumbrados hasta la cima y sus flores inmortales todo el año; fresco musgo tapizando los robustos troncos; el liquen pegajoso, que con el rocío matinal brilla, como esmaltado de piedras preciosas; las espadañas que se columpian graciosas, agitando al viento sus blancos y sedosos penachos; las flores del aire, que viven de las auras purísimas, embalsamando la atmósfera, cual pebeteros de la riente Natura; las aves pintadas de mil colores, cantando alegres á todas horas; los abigarrados reptiles serpenteando en todas direcciones; los millones de insectos que murmuran en incesante coro diurno y nocturno; el agua siempre abundante para consuelo del sediento viajero, y tantas, y tantas otras cosas que revelan la eternal grandeza de Dios, ¿dónde están aquí? me preguntaba yo, soliloqueando por entre los carbonizados y carcomidos algarrobos.