Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2 · Unidad 13 de 25
Epílogo 321 — parte 11
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Camilo sabe tanto como Alfonso; es rumbeador como él, jinete como él, valiente como él; pero no es aventurero.
Camilo es un paisano gaucho, pero no es un gaucho.
Son dos tipos diferentes. Paisano gaucho es el que tiene hogar, paradero fijo, hábitos de trabajo, respeto por la autoridad, de cuyo lado estará siempre, aun contra su sentir.
El gaucho neto, es el criollo errante, que hoy está aquí, mañana allá; jugador, pendenciero, enemigo de toda disciplina; que huye del servicio cuando le toca, que se refugia entre los indios si da una puñalada, ó gana la montonera si ésta asoma.
El primero, tiene los instintos de la civilización; imita al hombre de las ciudades en su traje, en sus costumbres. El segundo, ama la tradición, detesta al _gringo_; su lujo son sus espuelas, su chapeado, su tirador, su facón. El primero se quita el poncho para entrar en la villa, el segundo entra en ella haciendo ostentación de todos sus arreos. El primero es labrador, picador de carretas, acarreador de ganado, tropero, peón de mano. El segundo se conchaba para las _yerras_. El primero ha sido soldado varias veces. El segundo formó alguna vez parte de un contingente y en cuanto vió luz se alzó.
El primero es siempre _federal_, el segundo ya no es nada. El primero cree todavía en algo, el segundo en nada. Como ha sufrido más que la _gente de frac_, se ha desengañado antes que ella. Va á las elecciones, porque el Comandante ó el Alcalde se lo ordena, y con eso se hace sufragio universal. Si tiene una demanda la deja porque cree que es tiempo perdido, sea dicho con verdad. En una palabra, el primero es un hombre útil para la industria y el trabajo, el segundo es un habitante peligroso en cualquier parte. Ocurre al juez, porque tiene el instinto de creer que le harán justicia de miedo, y hay ejemplos; si no se la hacen, se venga, hiere ó mata. El primero compone la masa social argentina, el segundo va desapareciendo. Para los que, metidos en la crisálida de los grandes centros de población, han visto su tierra y el mundo por un agujero; para los que suspiran por conocer el extranjero, en lugar de viajar por su país; para los que han surcado el Océano en vapor; para los que saben dónde está Riga, ignorando dónde queda Yaví; para los que han experimentado la satisfacción febril de tragarse las leguas en ferrocarril, sin haber gozado jamás del placer primitivo de andar en carreta, para todos ésos el _gaucho_ es un ser ideal.
No lo han visto jamás.
La libertad, el progreso, la inmigración, la larga y lenta palingenesia que venimos atravesando hace dieciocho años lo va haciendo desaparecer.
El día en que haya desaparecido del todo será probablemente aquél en que se comprenda que tenemos una masa de pueblo sin alma, que en nada, ni en nadie cree; que desparramada en inmensas campañas, no tiene iglesias, ni escuelas, ni caminos, ni justicia, nada que la ampare eficazmente, que la prepare para el gobierno propio, para la verdad del sufragio popular, para el respeto siquiera del extranjero que viene á compartir con nosotros todo, menos el dolor porque no nos estima, nada, nada en fin, sino un caudillejo armado ó togado que la oprima ó la explote.
Sólo entonces tendremos, propiamente hablando, pueblo; pueblo con corazón, con conciencia, con convicción y pasión.
Entonces no habrá paisanos honrados, con intereses que perder, que encerrándose en el egoísmo, que todo lo seca, hasta el patriotismo, sientan solos los animales sociales que pueden asolar su casa.
Entonces no habrá en Córdoba un maestro de posta, hacendado, que conteste lo que me contestaron á mí en el Molle.
Era el mes de abril del año 1865. Íbamos de pasajeros, de Mendoza para Córdoba en una galera, el doctor don Eduardo Costa, Alejandro Paz y don Francisco Civit, todos excelentes compañeros de viaje. En el primero, sobre todo, nadie habría sospechado un hombre tan avenido y varonil.
En el Río 4.º el general don Emilio Mitre nos había dado la noticia de la primera agresión de López. Teníamos una impaciencia febril de llegar á Córdoba, donde se hallaba el doctor Rawson.
En la referida posta le pregunté yo al dueño de casa, que era un vejete bastante alentado.
--¿Y, qué noticias tiene, paisano?
--Ningunas--me contestó.
--Pero hombre--agregué asombrado;--¿no sabe usted que los paraguayos han invadido la Provincia de Corrientes con cuarenta mil hombres; que nos han apresado unos vapores; que han robado, incendiado y cautivado muchas familias?
Por toda contestación exclamó, con la tonada consabida:
--¡Lo bueno que por aquí no han de llegar!
¡Qué consoladora ingenuidad! Pero qué bien pinta el estado moral de un país.
Después de esto habladme cuanto queráis del patriotismo argentino. Yo os diré que el patriotismo es una virtud cívica, que no apasiona las multitudes sino cuando la noción del deber se ha encarnado en ellas; que todo deber responde á un ideal; que la libertad, la religión, la patria, el honor nacional son un ideal, pero que ese ideal no está sino en la conciencia de cierto número de elegidos.
Tenemos el germen, falta difundirlo.
¿De qué manera? Haciendo que la patria sea para el hombre del pueblo, la libertad en todas sus manifestaciones, la justicia, el trabajo bien remunerado; no el abuso, el privilegio, la miseria.
Entonces no se encontrará quien diga, lo que frecuentemente se oye: ¡para lo que yo le debo á la patria!
No basta que las constituciones proclamen que todo ciudadano está obligado á armarse en defensa de la patria. Es menester que la patria deje de ser un mito, una abstracción, para que todos la comprendan y la amén con el mismo acendrado amor. Hay fanatismos necesarios, que si no existen se deben crear.
Manuel Alfonso volvió á preguntar por el amigo Camilo Arias.
--Que lo llamen--dije yo.
El gaucho, ni me miró siquiera.
Pero comprendiendo quién era, y con la intención sin duda de _calmarme_, preguntó.
--¿Y cómo se entienden estas paces? Aquí de amigos ya, Calfucurá invadiéndolo los porteños.
--Mire, amigo--le contesté;--delante de mí no me venga hablando barbaridades. Si no le gusta la paz mándese mudar.
Se dió vuelta entonces, me miró, y pegando maquinalmente con el rebenque en el suelo unas cuantas veces, repuso:
--Yo digo lo que me han dicho.
--Pues le repito que es una barbaridad, le contesté.
Me miró con más fijeza y por toda contestación se sonrió maliciosamente como diciendo: ¡mozo malo!
Estaba provocativo. Iba mal parado si le aflojaba, así es el gaucho taimado.
--Y este fogón es mío, le agregué, como diciéndole: «no quiero que en él se hablen cosas que no me gustan».
--¿Y usted quién es?--repuso, jugando siempre con el rebenque y fijando la vista en el fogón.
--Averigüe--le contesté.
En ese momento una voz conocida dijo al lado mío:
--Orden, señor.
Era Camilo Arias que venía á mi llamado.
--Aquí tienes un amigo--le dije, señalándole á Manuel Alfonso.
Los paisanos son generalmente fríos, se saludaron como si se hubieran visto el día antes.
--Vamos--le dijo Camilo.
--Vamos--contestó el gaucho, levantándose. Dió las buenas noches y se marchó.
Me quedé sumamente preocupado. En un hombre tan sagaz como él, tan conocedor de los indios, tan influyente entre ellos por sus servicios, sus conocimientos y su valor, aquellas palabras soltadas en mi fogón, revelaban malísima intención.
No había subido aún á caballo Manuel Alfonso, cuando mi compadre Baigorrita se presentó.
Echó pie á tierra y se sentó á mi lado; pedí su cena, se la trajeron, y sacando el cuchillo, me dijo:
--¿Conociendo Chañilao?
--Ahí va--le contesté indicándoselo. Acababa de armar un cigarro en ese instante y lo encendía, montando ya.
--Ahí--dijo mi compadre.
--¿Hay algo?--le pregunté á San Martín.
--¡Creo que sí!--me contestó.
Baigorrita estaba más pensativo que de costumbre. Sus preguntas, sus exclamaciones, su aire sombrío, acabaron de convencerme de que Manuel Alfonso no había venido á mi fogón á hablar de la paz y de Calfucurá sin objeto.
¿Qué podía haber?
En vísperas de una gran junta, cualquier mala disposición era alarmante.
--¿Hay alguna cosa, compadre?--le hice preguntar á Baigorrita con San Martín.
--Sí, compadre--me contestó él mismo.
Habló con San Martín y en seguida me dijo éste:
Que Mariano Rosas le había contado muchas cosas de mí; que estando acampado en Calcumuleu los había tratado muy mal á los indios; que á él le había mandado decir una porción de desvergüenzas; y que yo era muy altanero.
Le referí todo lo que había sucedido y su respuesta fué por boca de San Martín:
--Alguna intriga, compadre, porque nos ven de amigos.
Comprendí todo.
Durante mi permanencia en Quenque, me habían hecho la cama en Leubucó.
Mi compadre acabó de cenar, él y yo éramos los únicos que quedaban al lado del fogón; los demás se habían recogido.
--Vamos á dormir, compadre--le dije.
--Bueno--me contestó.
Llamé á Carmen.
Me enseñó mi cama. Estaba al pie de un hermoso caldén.
Me sentaba en ella, cuando una china se apeó allí cerca del caballo, y viniendo á mí me dijo con aire misterioso:
--Tengo que hablarle.
XVI
Mi compadrazgo con Baigorrita había alarmado á los de Leubucó.--Censura pública.--Nubes diplomáticas.--Camargo conocía bien á los indios.--Confío en él.--Camilo y Chañilao no se entienden.--En marcha para la junta grande.--Quieren que salude á quien no debo.--Me niego á ello.--Ceden saludos.--Empieza la conversación.--Discurso inaugural.--Entusiasmo que produce Mariano Rosas.--El debate.--Un tonto no será nunca un héroe.
Al día siguiente, antes de amanecer, ya sabía yo con interesantes detalles, qué intrigas habían tenido lugar en Leubucó, mientras había andado por Quenque.
La noticia de mi compadrazgo con Baigorrita había producido mal efecto en Mariano Rosas.
La consagración de ese vínculo es tan sagrado para los indios, que aquél se alarmó de una amistad naciente, sellada con el bautismo del hijo mayor de su aliado.
Sus allegados, en lugar de tranquilizarlo, halagaban sus preocupaciones, diciéndole que no se descuidara, que estuviese en guardia.
Mi conducta era públicamente censurada; se me acusaba de haber tratado descortésmente á los indios, desde el día en que llegué á Aillancó. Se me hacía el cargo de no haber avisado con anticipación mi viaje; criticaban mi mezquindad, comparándola con la magnificencia del padre Burela, conductor de cincuenta cargas de bebida: decían que no era bueno; que les había impuesto el tratado de paz, mandándoles un ultimátum; que había llevado un instrumento para medir las tierras; que eso era porque los cristianos se preparaban para una invasión; que el tratado no tenía más objeto que entretener á los indios para ganar tiempo.
El padre Burela parecía ajeno á estas murmuraciones. Pero no las había reprobado; y no teniendo nada que hacer en la junta, se hallaba al lado de Mariano Rosas. Con él estaba la noche antes, dábase los aires de un valido y pretendía que Baigorrita le había desairado, haciéndome su compadre, queja asaz extraña en un sacerdote.
El horizonte diplomático se me presentaba cargado de nubes.
La persona que se había tomado el trabajo de venir furtivamente á contarme lo que había pasado durante mi ausencia para que estuviera prevenido, opinaba que tendríamos una junta tumultuosa.
Las voces malignas que traía Chañilao, hacían más vidriosa la situación.
Antes de estar en mi fogón había estado en el sitio donde parlamentaba Mariano Rosas; había hablado con él y con otros; había desparramado sus noticias, y la atmósfera de desconfianza se había hecho.
Rayaba el día cuando llegó un mensajero de Mariano Rosas; mandaba informarse de cómo había pasado la noche y prevenirme que en cuanto saliera el sol nos moveríamos y que la señal sería un toque de corneta.
Le contesté que había pasado la noche sin novedad; que me alegraba de que él y su gente hubiesen dormido bien; y que estaba á su disposición.
Hice llamar á Camilo Arias, ordené que arrimaran los caballos, púsose toda mi gente en pie y nos aprestamos á marchar.
Mientras llegaban los caballos se calentó agua y tomamos mate.
Camargo me inspiraba confianza. Le referí lo que me había sucedido con Chañilao; lo que había pasado en Leubucó durante nuestro paseo por las tierras de Baigorrita; lo que Mariano Rosas había conversado con éste; y le pedí que me diera con franqueza su opinión.
Me la dió sin titubear. Su corazón no carecía de nobleza. Me tranquilicé; pero no del todo. Cada mundo tiene sus misterios. Él conocía bien los del suyo, como nadie quizá.
Prueba de ello era que no volvía en pelos de Quenque; que se había hecho devolver los estribos que le robaron en el toldo de Caiomuta y las demás prendas que le arrojó con desprecio para humillarle y afearle su proceder.
Llegaron los caballos y Camilo.
Mandé ensillar. En tanto lo hacían, me contó éste su entrevista con Manuel Alfonso.
Habían dormido juntos; no se habían entendido, porque el gaucho no había simpatizado conmigo; pero se habían separado amigos.
Se oyó un toque de corneta.
Los clarines de Baigorrita contestaron, montamos á caballo y nos movimos, rompiendo la marcha en dispersión.
Á poco andar avistamos la gente de Mariano Rosas, coronando la cumbre de una cuchilla.
Tocaron alto, llamada y reunión.
Los toques fueron obedecidos, lo mismo que lo habría hecho una tropa disciplinada.
Formamos en batalla; Baigorrita, yo y mi séquito nos pusimos al frente de la línea, y en ese orden avanzamos.
La indiada de Mariano Rosas hizo la misma maniobra. Las dos líneas marchaban á encontrarse. Seríamos trescientos de cada parte.
El sol se levantaba en ese momento inundando la azulada esfera con su luz, la atmósfera estaba diáfana; los más lejanos objetos se transparentaban, como si se hallaran á corta distancia del observador; el cielo estaba despejado, sólo una que otra nube nacarada navegaba por el vacío, con majestuosa lentitud; la blanda brisa de la mañana apenas agitaba la grama color de oro; el rocío, salpicando los campos, los hacía brillar como si estuvieran cubiertos por inmenso manto de rica y variada pedrería.
Cuando las dos líneas que avanzaban al paso estuvieron á cincuenta metros una de otra, los clarines y cornetas tocaron alto, y las dos indiadas se saludaron golpeándose la boca.
Los ecos se perdían por los aires, quedaba todo en el más profundo silencio, y los gritos se repetían.
Nadie llevaba armas; todo el mundo montaba excelentes caballos, vestía su mejor ropa y ostentaba las prendas de plata y los arreos más ricos que tenía.
Mariano Rosas destacó un indio; Baigorrita otro; colocáronse equidistantes de las dos líneas; cambiaron _sus razones_, y volvieron á sus respectivos puntos de partida.
Los dos caciques acababan de saludarse y de invocar la protección de Dios para deliberar con acierto.
Tocaron atención, dieron voces de mando en lengua araucana, la segunda fila de cada línea retrocedió dos pasos, los que miraban al Norte giraron á la izquierda, tocaron marcha y las dos líneas quedaron formadas en alas.
Mariano Rosas destacó un indio que se acercó á mí y me habló en su lengua.
Camargo, haciendo de lenguaraz, me dijo:
--Dice el general Mariano que eche pie á tierra para saludar al padre Burela.
Me pareció haber entendido mal.
--¿Para saludar á quién?--le pregunté á Camargo con extrañeza.
--¡Al padre Burela!--me contestó.
--¿Al padre Burela?--exclamé mirando á los franciscanos y á mis oficiales.
--Es pretensión--agregué.
--Dile, proseguí, dirigiéndome á Camargo, que le conteste á Mariano que yo no tengo que saludar al padre Burela, que soy aquí el representante del Presidente de la República, que en todo caso es el padre Burela quien debe saludarme á mí.
El mensajero se marchó y yo me quedé refunfuñando. Estaba indignado.
Lo que pasaba no era más que la consecuencia de las intrigas de Leubucó.
Volvió el indio insistiendo en lo mismo.
Contesté con malísimo modo, que antes que hacer lo que se me exigía, me _cortaría_ con mi gente, que hicieran la junta sin mí, si querían, que yo no estaba para bromas.
Llevó el indio mi contestación.
Baigorrita que entendía todo lo que yo contestaba, porque Camargo lo repetía en lengua araucana, me hizo decir:
--Echemos pie á tierra, compadre.
Mariano Rosas recibió mi contestación sin visible alteración; conferenció con sus consejeros y su embajador volvió por tercera vez, diciéndome:
--Dice el General que es para saludar á todos.
--Eso es otra cosa--contesté.
Y esto diciendo, mandé echar pie á tierra á los míos haciéndolo yo primero.
Mariano Rosas y los suyos me imitaron.
Vino otro indio, habló con Camargo, y siguiendo las indicaciones de éste, comenzó el ceremonial.
Mariano Rosas y su séquito estaban formados en ala; Baigorrita y mi séquito lo mismo, es decir, que mi izquierda venía á quedar frente á la derecha de aquél.
Tiramos á la derecha marchando al Naciente unos cuantos pasos, volvimos á girar al Norte, seguimos hasta quedar perpendicularmente á la izquierda del séquito de Mariano Rosas, que permanecía inmóvil, formando un ángulo, y los saludos empezaron, consistiendo en fuertes apretones de manos y abrazos.
Desfilamos por delante de aquéllos, y cuando Baigorrita estrechaba la mano de Mariano Rosas y yo la de Epumer, mi cola, hablando militarmente, se abrazaba con el último indio del séquito de Mariano Rosas.
Hecho esto, seguimos desfilando, hasta que el último de mis asistentes saludó á aquél, y volvimos á ocupar el puesto en que estábamos al echar pie á tierra.
En seguida Mariano Rosas y los suyos avanzaron veinte pasos; Baigorrita, yo y los míos hicimos simultáneamente otro tanto, formando dos pelotones.
Las dos líneas de jinetes formaron un círculo conversando á vanguardia, á derecha é izquierda, sus respectivas alas; echaron pie á tierra Mariano Rosas y los suyos; Baigorrita, yo y los míos quedamos encerrados en dos círculos concéntricos, formado el exterior por caballos y el interior por indios.
Todas estas evoluciones se hicieron en silencio, con orden, revelando que estaban sujetos á una regla de ordenanza conocida.
Ningún indio maneó ni ató su caballo en las pajas. Sólo le bajó las riendas. Los mansos animales ni se movían de su puesto.
Mariano Rosas invitó á todo el mundo á sentarse.
Nos sentamos, pues, sobre el pasto humedecido por el rocío de la noche, sin que nadie tendiera poncho, ni carona, cruzando las piernas á la turca.
Mariano Rosas me cedió á su lenguaraz José; colocóse éste entre él y yo, y el parlamento empezó.
Yo estaba bajo la influencia desagradable de las revelaciones que me habían hecho y fastidiado con la pretensión rechazada de que saludara al padre Burela.
Apoyé los codos en las rodillas, y ocultando la cara entre las manos, me dispuse á escuchar el discurso inaugural de Mariano Rosas.
El lenguaraz me previno que todavía no empezaba á hablar conmigo.
El cacique general tomó la palabra y habló largo rato, unas veces con templanza, otras con calor, ya bajando la voz hasta el punto de no percibirse los vocablos, ya á gritos; ora accionando, con la vista fija en tierra, ora mirando al cielo. Por momentos, cuando su elocuencia rayaba, sin duda, en lo sublime, sacudía la cabeza y estremecía el cuerpo como poseído de un ataque epiléptico.
Las palabras: _Presidente_, _Arredondo_, _Mansilla_, _yeguas_, _achúcar_, _yerba_, _tabaco_, _plata_ y otras castellanas que los indios no tienen, flotaban entre la peroración á cada paso.
Los oyentes aprobaban y desaprobaban alternativamente.
Cuando aprobaban, el orador bajaba la voz; cuando desaprobaban, gritaba como un condenado.
Terminado el discurso inaugural, en medio de entusiastas manifestaciones de aprobación, llegó el turno del debate.
El cacique empezó por invocar á Dios.