Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2 · Unidad 14 de 25
Epílogo 321 — parte 12
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Me dijo que protegía á los buenos, y castigaba á los malos; me habló de la lealtad de los indios, de las _paces_ que en otras épocas habían tenido, que si habían fallado, no había sido por culpa de ellos; me hizo un curso sobre la libertad con que entre ellos se procedía; agregó que por eso había reunido los principales capitanejos, los indios más importantes por su fortuna ó por sus años para que dijesen si les gustaba el tratado, porque él no hacía sino lo que ellos querían; que su deber era velar por su felicidad; que él no les imponía jamás, que entre los indios no sucedía como entre los cristianos, donde el que mandaba, mandaba; y terminó pidiéndome leyera los artículos del tratado referentes á la donación trimestral de yeguas, etc., etc.
Me disponía á contestar, cuando oí que le gritaban con desprecio al doctor Macías, que teniendo al hombro una escopeta, regalo mío á Mariano Rosas, se había confundido con su gente.
--¡Afuera! ¡afuera el _Doctor_!
El pobre Macías agachó la cabeza, y resignado á su suerte se alejó de allí, siendo objeto de las risas y rechifles de los indios más ladinos y de algunos cristianos.
Metí la mano al bolsillo, saqué mi libro de memorias; busqué en él el extracto del tratado de paz, y procurando imitar la mímica oratoria de la escuela ranquelina, tomé la palabra.
Expliqué el tratado, punto por punto; hablé de Dios, del Diablo, del cielo, de la tierra, de las estrellas, del sol y de la luna; de la lealtad de los cristianos, del deseo que tenían de vivir en paz con los indios, de ayudarlos en sus necesidades, de enseñarles el trabajo, de hacerlos cristianos para que fueran felices, del Presidente de la República, del general Arredondo y de mí.
Éste fué mi primer discurso.
Es posible que entre cristianos me hubieran aplaudido.
El efecto que produjo mi retórica y mi acción entre los bárbaros lo deduje viendo al indio que me robó los guantes en Quenque, los cuales se había puesto, dormido como una piedra á mi lado.
Paturot fué más feliz que yo, la primera vez que de la noche á la mañana se vió convertido en orador republicano popular.
Decididamente estamos destinados á recorrer una escala interminable de desengaños en la complicada travesía por este pícaro mundo.
No hay más, digan lo que quieran ciertos fanáticos, ni un tonto será nunca un héroe, porque la palabra héroe, despertando la idea de grandeza, implica inteligencia; ni yo he nacido para orador ministerial, mucho menos entre los indios.
XVII
Repito la lectura de los artículos del tratado de paz.--Los indios piden más que comer.--Mi elocuencia.--Mímica.--Dificultades.--El recurso de un sermón de Viernes Santo me salva.--El representante de la _Liberté_ de Bruselas y yo.--Cargos mutuos.--Argumentos etnográficos.--Recursos oratorios.--En el banco de los acusados.--Interpelaciones _ad hominem_.--El traidor calla.--Redoblo mi energía é impongo con ella.--Se establece la calma.--Apéndice.--Once mortales horas en el suelo.
Mariano Rosas me exigió que repitiera la lectura de los artículos que estipulaban la entrega de yeguas, hierba, azúcar, tabaco, etc., diciéndome que quería que todos los indios se enterasen bien de la paz que se iba á hacer.
Esta última frase, _que se iba á hacer_, dicha después de estar firmado, ratificado y canjeado el tratado de paz, era otra originalidad verdaderamente ranquelina.
No una vez sino varias la había oído ya. Me hacía muy mal efecto.
Las disposiciones de los indios en aquellos momentos, no eran las más favorables para obtener de ellos un triunfo oratorio; y la junta parecía que iba á tomar el carácter de un _meeting_, aprobatorio ó reprobatorio, de la conducta del Cacique.
Lo deducía de que varias veces me había soltado esta frase: «recién voy á dar cuenta á mis indios de lo que hemos arreglado, y lo que ellos decidan, eso será lo que se haga.»
Yo estaba prevenido desde la noche anterior.
Accedí á la exigencia, leyendo otra vez los artículos del tratado que más preocupaban ó interesaban.
Comer será siempre un capítulo primordial para la humanidad.
Varias voces gritaron en araucano:
--¡Es poco! ¡Es poco!
Lo comprendí porque ciertos cristianos repitieron la frase en castellano, con intención, apoyándola con repetidos ¡sí! ¡sí!
Mariano Rosas, notando aquello, me echó un discurso sobre la pobreza de los indios, exigiéndome la entrega de más cantidad de yeguas, yerba, azúcar y tabaco.
Contesté que los indios eran pobres porque no amaban el trabajo; que cuando le tomaran gusto se harían tan ricos como los cristianos, y que yo no podía comprometerme á dar más de lo convenido, que no era poco, sino mucho.
--¡Es poco! ¡es poco!--volvieron á gritar varios á una.
--Lo ve usted--me dijo Mariano Rosas, que no me trataba ya de hermano,--dicen que es poco.
--Lo veo--le contesté;--pero es que no es poco, al contrario, es mucho.
--¡Poco! ¡poco! ¡poco!--gritaron simultáneamente más voces que antes.
Tomé la palabra, volví á leer los artículos del tratado estipulando la entrega de yeguas, etc., los comparé con lo que se les entregaba á las indiadas de Calfucurá, y probé que iban á recibir más que ellos.
--Díganme que no es cierto--exclamaba yo, viendo que nadie había contradicho mis demostraciones. Y aprovechando la coyuntura, fulminé mis rayos oratorios contra Calfucurá.
--Calfucurá--les dije,--ha roto la paz porque es un indio muy pícaro y de muy mala fe que no teme á Dios. Ha sabido que lo que hemos arreglado con Mariano Rosas para estas paces es más de lo que él recibe, y se ha vuelto á hacer enemigo de los cristianos, diciendo que los indios ranqueles son preferidos. Pero todo es para ver si consigue que le den lo mismo que estas indiadas van á recibir por el tratado de paz que ya hemos arreglado con mi hermano.
Y al decir _mi hermano_, acentuaba la palabra cuanto podía y me dirigía á Mariano Rosas.
--Ya ven ustedes--gritaba con toda la fuerza de mis pulmones y mímica indiana, para que todos me oyeran y creyendo seducirles con mi estilo,--cómo los indios ranqueles son preferidos á los de Calfucurá.
Mariano Rosas me preguntó, que cuántas yeguas se debían ya á los indios por el tratado.
Quería decir que desde cuándo había empezado á tener fuerza.
Como se ve, el tratado era y no era el tratado.
Le contesté que el tratado obligaba á los cristianos desde el día en que el Presidente de la República le había puesto su firma al pie.
Me contestó que él había creído que era desde el día en que me lo devolvió aprobado.
Le contesté que no.
Me preguntó que cuándo lo había firmado el Presidente de la República.
Satisfice su pregunta, y entonces, haciendo sus cuentas, me dijo que ya se les debía tanto.
Expliqué lo que antes le había explicado en Leubucó, lo que es el Presidente de la República, el Congreso y el Presupuesto de la Nación. Les dije que el Gobierno no podía entregar inmediatamente lo convenido, porque necesitaba que el Congreso le diera la plata para comprarlo, y que éste antes de darle la plata tenía que ver si el tratado convenía ó no.
Eso era lo que en cumplimiento de órdenes recibidas debía yo explicar, como si fuera tan fácil hacerles entender á bárbaros lo que es nuestra complicada máquina constitucional.
Pero por lo pronto, continué diciéndoles: Se va á entregar algo á cuenta, lo demás se completará cuando el Congreso apruebe el tratado. El Presidente de la República quiere manifestarles de ese modo á los indígenas su buena voluntad.
Mientras yo hacía estas observaciones, me parecía que entre la manera de discurrir de los indios y la mía, había una perfecta similitud.
Mariano Rosas, me decía para mis adentros, mientras mi lengua funcionaba, ha firmado el tratado, yo lo creía concluido, y ahora resulta que la junta lo puede anular. Pues es lo mismo que sucede con el Presidente y el Congreso.
¿No es verdad que el caso era idéntico? Los extremos se tocan.
Esperaba una interpelación de Mariano Rosas.
Varios indios la hicieron antes que él.
--¿Y si el Congreso no aprueba el tratado--preguntaron,--ya no habrá paz?
Ponte, Santiago amigo, en mi caso, y dime si no te habrías visto en figurillas como yo para contestar.
Contesté que eso no sucedería, que el Congreso y el Presidente eran muy amigos, que el Congreso le había de aprobar lo que había hecho, que así hacía siempre; dándole toda la plata que necesitaba.
Mariano Rosas me dijo:
--¿Pero el Congreso puede desaprobar?
Yo no podía confesar que sí; me exponía á confirmar la sospecha de que los cristianos sólo trataban de ganar tiempo; recurrí á la oratoria y á la mímica, pronuncié un extenso discurso lleno de fuego, sentimental, patético.
Ignoro si estuve inspirado.
Debí estarlo ó debieron entenderme; porque noté corrientes de aprobación.
La elocuencia tiene sus secretos.
Yo me acuerdo siempre, en ciertos casos, cuando veo á la muchedumbre conmovida por la resonancia de una dicción eufónica, rimbombante, sonora, de un predicador catamarqueño.
Predicaba un sermón de Viernes Santo.
Un muchacho oculto en el fondo del púlpito se lo soplaba.
Había llegado á lo más tocante, al instante en que el Redentor va á expirar ya ultimado por los fariseos. La agonía del mártir había empezado á arrancar lágrimas de los fieles, amargos sollozos vibraban en las bóvedas del templo.
El predicador conmovido á su vez, iba perdiendo el hilo. Miró al fondo del púlpito; el muchacho se había dormido.
Era imposible continuar hablando.
Recurrió á la mímica.
Cicerón lo ha dicho: _quasi sermo corporis_. Esta vez quedó probado.
El dolor crecía como la marea. No había más que ayudar un poco para producir la crisis y completar el cuadro.
Á falta de palabras, el orador apeló á sus brazos y á sus pulmones; accionaba y se estremecía dando ayes desgarradores.
El auditorio sobreexcitado, jadeante, aturdido por sus propios gemidos, nada oía. Veía, sentía, calculaba que el predicador debía estar sublime y lo ahogaba con su lloro y sus lamentaciones.
La sacra efigie inclinó la cabeza por última vez, una oleada de dolor estremeció á todo el mundo y el predicador desapareció.
Últimamente en Bruselas, en un banquete de periodistas presidido por el rey Leopoldo, el más aplaudido de los oradores ha sido el representante de _La Liberté_ de París.
Á los repetidos, que hable _La Liberté_, se puso de pie.
Las luces, el vino, la penosa elaboración de la digestión de una comida opípara, la charla, habían ya producido en todos una especie de mareo.
Era un rapaz vivo como él solo.
--Señores--dijo,--en presencia de _sa majesté_, ¡aplausos!
No le dejaban continuar.
Comenzó á mover la cabeza, á batir los brazos como remos, ¡aplausos! ¡hurrahs!
--_Liberté!_--dijo,--¡más aplausos! ¡más hurrahs!
--_Egalité!_ ¡dobles aplausos! ¡dobles hurrahs!
--_Fraternité!_ ¡triples aplausos! ¡triples hurrahs!
El orador deja de hablar, los aplausos, los hurrahs cesan por fin, y un éxito completo corona el triunfo de la pantomima sentimental sobre el arte ciceroniano.
Hay resortes de los que no se debe abusar. Traté de no gastar los míos.
Dejé la palabra, viendo que los oyentes estaban convencidos de que el Presidente y el Congreso no se habían de pelear por cuatro reales, ni por un millón, ni por cosas mayores.
Mariano Rosas la tomó.
Me preguntó con qué derecho habíamos ocupado el Río 5.º; dijo que esas tierras habían sido siempre de los indios, que sus padres y sus abuelos habían vivido por las lagunas de Chemecó, la Brava y Tarapendá, por el cerrillo de la Plata y Langheló; agregó que no contentos con eso todavía, los cristianos querían _acopiar_ (fué la palabra de que se valió) más tierra.
Estas interpelaciones y cargos hallaron un eco alarmante.
Algunos indios estrecharon la rueda, acercándose á mí para escuchar mejor lo que contestaba.
Me pareció cobardía callar contra mis sentimientos y mi conciencia, aunque el público se compusiera de bárbaros.
Siempre con los codos en los muslos y la cara entre las manos, fija la mirada en el suelo, tomé la palabra y contesté:
Que la tierra no era de los indios, sino de los que la hacían productiva trabajando.
No me dejó continuar, é interrumpiéndome, me dijo:
--¿Cómo no ha de ser nuestra cuando hemos nacido en ella?
Le contesté que si creía que la tierra donde nacía un cristiano era de él; y como no me interrumpiera proseguí:
--Las fuerzas del Gobierno han ocupado el Río 5.º para mayor seguridad de la frontera; pero esas tierras no pertenecen á los cristianos todavía; son de todos y no son de nadie; serán algún día de uno, de dos ó de más, cuando el Gobierno las venda, para criar en ellas ganados, sembrar trigo, maíz.
¿Usted me pregunta con qué derecho acopiamos la tierra?
Yo les pregunto á ustedes ¿con qué derecho nos invaden para acopiar ganados?
--No es lo mismo--me interrumpieron varios;--nosotros no sabemos trabajar; nadie nos ha enseñado á hacerlo como á los cristianos, somos pobres, tenemos que ir á malón para vivir.
--Pero ustedes roban lo ajeno--les dije,--porque las vacas, los caballos, las yeguas, las ovejas que se traen no son de ustedes.
--Y ustedes los cristianos--me contestaron,--nos quitan la tierra.
--No es lo mismo--les dije:--primero, porque nosotros no reconocemos que la tierra sea de ustedes, y ustedes reconocen que los ganados que nos roban son nuestros; segundo, porque con la tierra no se vive, es preciso trabajarla.
Mariano Rosas observó:
--¿Por qué no nos han enseñado ustedes á trabajar, después que nos han quitado nuestros ganados?
--¡Es verdad! ¡es verdad!--exclamaron muchas voces, flotando un murmullo sordo por el círculo de cabezas humanas.
Eché una mirada rápida á mi alrededor, y vi brillar más de una cara amenazante.
--No es cierto que los cristianos les hayan robado á ustedes nunca sus ganados--les contesté.
--Sí, es cierto--dijo Mariano Rosas;--mi padre me ha contado que en otros tiempos, por las Lagunas del Cuero y del Bagual había muchos animales alzados.
--Eran de las estancias de los cristianos--les contesté.--Ustedes son unos ignorantes que no saben lo que dicen; si fueran cristianos, si supieran trabajar, sabrían lo que yo sé; no serían pobres, serían ricos.
Oigan, bárbaros, lo que os voy á decir:
Todos somos hijos de Dios, todos somos argentinos.
--¿No es verdad que somos argentinos?--decía mirando á algunos cristianos; y esta palabra mágica, hiriendo la fibra sensible del patriotismo, les arrancaba involuntarios:--Sí, somos argentinos.
Y ustedes también son argentinos, les decía á los indios. ¿Y si no, qué son? les gritaba; yo quiero saber lo que son.
¿Contéstenme, díganme, qué son?
¿Van á decir que son indios?
Pues yo también soy indio.
¿Ó creen que soy _gringo_?
Oigan lo que les voy á decir:
Ustedes no saben nada, porque no saben leer; porque no tienen libros. Ustedes no saben más de lo que les han oído á su padre ó á su abuelo. Yo sé muchas cosas que han pasado antes.
Oigan lo que les voy á decir para que no vivan equivocados.
Y no me digan que no es verdad lo que están oyendo; porque si á cualquiera de ustedes le pregunto cómo se llamaba el abuelo de su abuelo no me sabrían dar razón.
Pero los cristianos sabemos esas cosas.
Oigan lo que les voy á decir:
Hace muchísimos años que los _gringos_ desembarcaron en Buenos Aires.
Entonces los indios vivían por ahí donde sale el sol, á la orilla de un río muy grande; eran puros hombres los _gringos_ que vinieron, y no traían mujeres; los indios eran muy zonzos, no sabían andar á caballo, porque en esta tierra no había caballos; los _gringos_ trajeron la primer yegua y el primer caballo, trajeron vacas, trajeron ovejas.
¿Qué están creyendo ustedes?
Ya ven cómo no saben nada.
--No es cierto--gritaron algunos,--lo que está diciendo ese.
--No sean bárbaros, no me interrumpan, óiganme--les contesté, y proseguí:
Los _gringos_ les quitaron sus mujeres á los indios, tuvieron hijos en ellas, y es por eso que les he dicho que todos los que han nacido en esta tierra son indios, no _gringos_.
Óiganme con atención.
Ustedes eran muy pobres entonces, los hijos de los _gringos_, que son los cristianos, que somos nosotros, indios como ustedes, les hemos enseñado una porción de cosas. Les hemos enseñado á andar á caballo, á enlazar, á bolear, á usar poncho, chiripá, calzoncillos, bota fuerte, espuela, chapeado.
--No es cierto--me interrumpió Mariano Rosas;--aquí había vacas, caballos y todo antes que vinieran los _gringos_, y todo era nuestro.
--Están equivocados--les contesté;--los _gringos_, que eran los españoles, trajeron todas esas cosas. Voy á probárselo:
Ustedes le llaman al caballo _cauallo_, á la vaca _uaca_, al toro _toro_, á la yegua _yegua_, al ternero _ternero_, á la oveja _oveja_, al poncho _poncho_, al lazo _lazo_, á la hierba _hierba_, al azúcar _achúcar_ y á una porción de cosas lo mismo que los cristianos.
¿Y por qué no les llaman de otro modo á esas cosas?
Porque ustedes no las conocían hasta que las trajeron los _gringos_. Si las hubieran conocido les habrían dado otro nombre.
¿Por qué le llaman al hermano _peñi_?
Porque antes de que vinieran los padres de los cristianos ustedes ya sabían lo que era hermano.
¿Por qué le llaman á la luna _quién_, y no luna, como los cristianos? Por la misma razón. Porque antes de que vinieran los _gringos_ á Buenos Aires, ya la luna estaba en el cielo y ustedes la conocían.
No pudiendo Mariano refutar esta argumentación etnológica, me contestó irritado:
--¿Y qué tiene que ver todo eso con el tratado de paz? ¿Cuándo yo le he preguntado esas cosas para que me las diga?
--¿Y qué tienen que ver las preguntas que usted me ha hecho con el tratado de paz que ya está firmado por usted? ¿Acaso he venido á la junta para que lo aprueben? Ya está aprobado por usted y lo tiene que cumplir.
--¿Y ustedes lo cumplirán?--me contestó.
--Sí, lo cumpliremos--repuse:--porque los cristianos tenemos palabra de honor.
--Dígame, entonces, si tienen palabra de honor--repuso,--¿por qué estando en paz con los indios, Manuel López hizo degollar en el Sauce doscientos indios? Dígame entonces si tienen palabra, ¿por qué estando en paz con los indios, su tío Juan Manuel Rosas mandó degollar ciento cincuenta indios en el cuartel del Retiro? (cito casi textualmente sus palabras).
--¡Que diga! ¡que diga!--gritaron varios indios.
La junta empezaba á tomar todo el aspecto de la efervescencia popular, y yo de embajador, me convertía en acusado.
--Á mí no me pidan cuentas--les dije,--de lo que han hecho otros; el Presidente que ahora tenemos no es como los otros que antes teníamos. Yo también les pido á ustedes cuenta de las matanzas de cristianos que han hecho los indios siempre que han podido, y devolviéndole la pelota á Mariano Rosas, le pregunté:
--¿Qué tienen que hacer las degollaciones de López y de Rosas con el tratado de paz?
No le di tiempo para que me contestara y proseguí:
--Ustedes han hecho más matanza de cristianos que los cristianos de indios.
Inventé todas las matanzas imaginables, y las relaté junto con las que recordaba.
--¡Winca! ¡winca! ¡mintiendo!--gritaron algunos.
Y en varios puntos del círculo se hizo como un tumulto.
Era el peor de los síntomas.
Varios de mis ayudantes se habían retirado guareciéndose bajo la sombra de un algarrobo.
El sol quemaba como fuego, y hacía ya largas horas que la discusión duraba.
Á mi lado no habían quedado más que los dos frailes franciscanos y el ayudante Demetrio Rodríguez.
Viendo que la situación se hacía peligrosa, lo miré á mi compadre Baigorrita, que no había hablado una palabra, permaneciendo inmóvil como una estatua. No hallé su mirada.
Busqué otras caras conocidas para decirles con los ojos: Aplaquen esta turba desenfrenada.
Todas ellas estaban atónitas.
Si me miraban no me veían.
--Es que--dijo Mariano Rosas,--los indios somos muy pocos y los cristianos muchos. Un indio vale más que un cristiano.
Estuve por no contestar.