Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2 · Unidad 15 de 25

Epílogo 321 — parte 13

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Pero antes que arriar la bandera, exclamé interiormente: que me maten; pero me han de oir.

--No diga barbaridades, hermano--le contesté;--todos los hombres son iguales, lo mismo un cristiano que un indio, porque todos son hijos de Dios.

Y dirigiéndome al padre Burela que, como el convidado de piedra de Don Juan Tenorio, presenciaba aquella escena turbulenta sin tener ni una mirada ni una palabra de apoyo para mí, dije:

--Que conteste ese venerable sacerdote, que se encuentra entre los indios en nombre de la caridad cristiana; que diga él, á quien el Gobierno y los ricos de Buenos Aires le han dado plata para que rescate cautivos, si no es cierto lo que acabo de decir.

El reverendo no contestó, tenía la cara larga, caídos los labios, más abiertos los ojos que de costumbre, inflamada la nariz, sudaba la gota gorda y estaba pálido como la cera.

¡Qué contraste hacía con el padre Marcos y el padre Moisés!

Ellos no hablaban porque no podían hablar, nadie los interpelaba; pero en sus rostros simpáticos estaba impresa la tranquilidad evangélica, y la inquietud generosa del amigo que ve á otro comprometido en una demanda desigual.

--Que diga--continué,--el padre Burela, que no tiene espada, de quien ustedes no pueden desconfiar, si los cristianos aborrecen á los indios.

El reverendo no contestó, su facha me hacía el efecto de un condenado.

La voz de la conciencia, sin duda, le trababa la lengua al hipócrita.

--Que diga el padre Burela--proseguí,--si los cristianos no desean que los indios vivan tranquilos, todos juntos, renunciando á la vida errante, como viven los indios de Coliqueo cerca de Junín.

El reverendo no contestó.

En ese momento, sea que los caballos se espantaron; sea lo que se fuere, no puedo decir lo que hubo, sintióse algo parecido á un estremecimiento de la multitud. Lo confieso, temí una agresión.

Redoblé mi energía y seguí hablando.

--Yo soy aquí--les dije,--el representante del Presidente de la República; yo les prometo á ustedes que los cristianos no faltarán á la palabra empeñada; que si ustedes cumplen, el Tratado de paz se cumplirá.

Ustedes pueden faltar á sus compromisos; pero tarde ó temprano tendrán que arrepentirse; como les sucederá á los cristianos si los engañaran á ustedes.

Yo no he venido aquí á mentir. He venido á decir la verdad y la estoy diciendo.

Si los cristianos abusasen de la buena fe de ustedes, harían bien en vengarse de la falsía de ellos, así como si ustedes no me tratasen á mí y á los que me acompañan con todo respeto y consideración, si no me dejasen volver ó me matasen, día más, día menos, vendría un ejército que los pasaría á todos por el filo de la espada, por traidores; y en estas pampas inmensas, en estos bosques solitarios, no quedarían ni recuerdos ni vestigio de que ustedes vivieron en ellos.

Camargo se acercó á mí en ese instante, y me dijo al oído:

--Hable de lo que se da por el Tratado, Coronel, hable de eso.

--¿Y qué más quieren--continué diciendo,--que hagan los cristianos? ¿No les van á dar dos mil yeguas para que se repartan entre los pobres; azúcar, hierba, tabaco, papel, aguardiente, ropa, bueyes, arados, semillas para sembrar, plata para los caciques y los capitanejos?

¿Qué más quieren?

Mariano Rosas tomó la palabra después de un largo silencio, y dijo:

--Ya estamos arreglados; pero queremos saber qué cantidad de cada cosa nos van á dar.

--Diga, hermano--agregó.

Y, dirigiéndose á los indios:

--Oigan bien.

Volví á hacer la enumeración de lo que se había de entregar según el Tratado.

La calma se restablecía y la junta parecía tocar á su fin.

Aproveché las buenas disposiciones que renacían para hacer presente, á fin de quitar todo motivo de resentimiento futuro:

Que la paz no era hecha conmigo, que yo era un representante del Gobierno y un subalterno del general Arredondo, mi jefe, con cuyo permiso me hallaba entre los indios; que no creyesen si otro jefe me reemplazaba, que por eso la paz se había de alterar, que ese jefe tendría que cumplir el Tratado y las órdenes que el Gobierno le diera; que ellos estaban acostumbrados á confundir á los jefes con quienes se entendían con el Gobierno; que así, en ningún tiempo la desaparición mía de la frontera debía ser un motivo de queja, una razón para que se negaran á observar fielmente lo convenido; que cerca ó lejos tendrían siempre en mí un amigo que haría por el bien de ellos, si lo merecían, todo cuanto pudiera.

Mariano Rosas se puso de pie, y con una sonrisa la más afable, me dijo:

--Ya se acabó, hermano.

Nueve horas consecutivas los frailes y yo habíamos estado sentados en la misma postura y en el mismo lugar; cuando quisimos levantarnos, las piernas entumidas no obedecían.

Para incorporarnos tuvimos que prestarnos mutua ayuda.

Nos levantamos.

Mariano Rosas me dijo que algunos indios de importancia querían conversar particularmente conmigo.

Para conferencias estaba yo.

¡Pero qué hacer!

Accedí.

Mi primer interlocutor fué el viejo de las muletas.

Nos sentamos cara á cara en el suelo, nombramos nuestros respectivos lenguaraces y empezó la plática.

El viejo era un conversador lo más recalcitrante.

Me habló de sus antepasados, de sus servicios, de su ciencia y paciencia, de las leguas que había galopado para venir á la junta, de este mundo y el otro, en fin, y cuando yo creía que me iba á decir que había tenido muchísimo gusto en conocerme, me salió con esta pata de gallo:

--He oído con atención todas las razones de usted y ninguna de ellas me ha gustado.

--Pues estoy fresco--dije para mi capote.--¿Si querrá éste armarme alguna gresca?

Varios indios le habían formado rueda, asintiendo á lo que acababa de decir.

Tomé la palabra y le contesté:

--Que me alegraba mucho de haberle conocido; que sentía infinito que un anciano tan respetable como él, tan lleno de experiencia y de servicios, tan digno del aprecio de los indios, se hubiera incomodado en venir desde tan lejos para verme, que cuando fuera de paseo al Río 4.º tendría mucho gusto en alojarlo en mi casa y regalarlo, y que ahora que la paz estaba hecha y que iban á recibir tantas cosas--las enumeré todas,--todos debíamos mirarnos como hijos de un mismo Dios.

El indio reprodujo al pie de la letra todo lo que me había dicho anteriormente, y acabó con la muletilla:

--He oído con atención todas las razones de usted y ninguna de ellas me ha gustado.

Hice lo mismo que él: reproduje mi contestación.

Así estuvimos larguísimo rato. Nueve veces dijo él lo mismo, nueve veces le contesté yo lo mismo también.

Cedió el viejo.

En pos de él vinieron otros personajes; con todos tuve que hablar, todos me dijeron casi la misma cosa y á todos les contesté casi la misma cosa también.

Dios se apiadó de mí; y después de once mortales horas inolvidables, como jamás las he pasado ni espero volverlas á pasar en lo que me resta de vida, me vi libre de gente incómoda.

Aquel día valió por todos los otros, y eso que no he hecho sino pintar á brocha gorda el cuadro. Para iluminarlo con todos sus colores habría tenido necesidad del marco de un libro entero.

Estaba harto y cansado; me eché sobre la blanda hierba, y me quedé pensativo un rato viendo á los indios desparramarse como moscas en todas direcciones y desaparecer veloces como la felicidad.

XVIII

Revelación.--Más había sido el ruido que las nueces.--Nuevas presentaciones.--El último abrazo y el último adiós de mi compadre Baigorrita.--Otra vez adiós.--Mariano Rosas después de la junta.--¡Qué dulce es la vida lejos del ruido y de los artificios de la civilización!--Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los bárbaros la medida de la civilización.--Una mujer azotada.--No era posible dormir tranquilo en Leubucó.

Mientras arrimaban las tropillas, descansaba y pensaba en el extraño concilio á que acababa de asistir, estaba completamente abstraído cuando se me presentó mi compadre Baigorrita.

Después de haberlo acompañado á Mariano Rosas cierta distancia, por el camino de Leubucó, volvía sobre sus pasos con la intención de ir á dormir en Quenque.

Llegó donde yo estaba, echó pie á tierra, se sentó á mi lado y me hizo decir con San Martín.

Que ya se iba, que no extrañase que no hubiera hablado en la junta en defensa mía, que no lo había hecho por los indios de Mariano, que si lo hubiese hecho habrían dicho, que era más amigo mío que de ellos; que yo tenía mucha _razón en mis razones_, que los hombres de experiencia lo habían conocido, que ninguno lo había conocido mejor que Mariano Rosas, pero que había tenido que portarse así, porque si no, sus indios habrían dicho, que era más amigo mío que de ellos; que me fuera sin cuidado, que Mariano era mi amigo, que tenía confianza en mí, y que con él contara en todo tiempo para lo que gustara, que para qué nos habíamos hecho compadres entonces.

Este lenguaje fué una revelación.

Recién comencé á ver claro y explicarme la actitud indiferente, reconcentrada, ceñuda de mi compadre durante toda la junta. Á fuer de diplomático, que conoce perfectamente bien el terreno que pisa, había estado haciendo su papel.

Más había sido el ruido que las nueces, según se ve.

Faltaba averiguar si aquellos discípulos de Machiavello me habrían dejado sacrificar dado el caso que el _pueblo bárbaro_, exasperado por la razón de mis sinrazones, se me hubiera ido encima.

Estaba impaciente de conversar con Mariano Rosas á ver si me hablaba con la misma franqueza de Baigorrita su aliado, á la vez que su rival en la justa pretensión de adquirir prestigios entre todas las indiadas.

San Martín, completando el pensamiento de mi compadre, me dijo de su cuenta:

--Así son los indios, señor; y como Baigorrita es cacique principal, tiene que tener mucho cuidado con Mariano; los indios son muy desconfiados y celosos; para andar bien con ellos, es preciso no aparecer amigos de los cristianos.

Baigorrita le interrumpió y me hizo decir que ya era tarde, que quería ponerse en marcha.

Mis tropillas acabaron de llegar; mandé mudar, la operación se hizo prontamente y un momento después abandonamos la raya.

Ordené que mi séquito se fuera despacio por el camino de Leubucó, y con Camilo Arias y un asistente tomé para el Sud en compañía de mi compadre.

Varios indios, entre ellos el de las muletas, le acompañaban. Me presentó á algunos que no me habían visitado en Quenque; tuve que sufrir sus saludos, apretones de manos, abrazos y pedidos, y en el sitio donde habíamos pasado la noche que precedió á la junta, nos dijimos ¡adiós!

Conforme fué cordial la recepción de Baigorrita, así fué fría la despedida.

Partimos al galope en opuestas direcciones.

Silencioso, contemplando la verde sábana de aquellas soledades, dejaba que mi caballo se tendiera á sus anchas, cuando sentí un tropel á retaguardia. Sin sujetar di vuelta, vi un grupo de jinetes; entre ellos venía Baigorrita corriendo por alcanzarme.

Hice alto, alguna novedad ocurría.

Mi compadre llegó y San Martín me dijo:

--Dice Baigorrita, que viene á darle el último abrazo y el último ¡adiós!

Nos abrazamos, pues.

El indio me estrechó con efusión, y al desapartarnos, tomándome vigorosamente la mano derecha y sacudiéndomela con fuerza, me dijo, con visible expresión de cariño: ¡adiós! ¡compadre! ¡amigo!

--¡Adiós! ¡compadre! ¡amigo!--le contesté, y volvimos á separarnos.

Galopaba yo, apurando mi caballo por ver si alcanzaba mi gente antes de que se pusiera el sol, cuando un jinete me alcanzó.

Era San Martín; lo mandaba Baigorrita á decirme otra vez adiós, me enviaba sus más fervientes votos de felicidad, me hacía presente que le había ofrecido otra visita, y para no desmentir en ningún momento que era indio, me pedía que le mandara unas espuelas de plata.

Contesté á todo como debía, despaché al mensajero y seguí por el camino que acababa de tomar.

Á poco andar me incorporé á mi gente. Adelante de ella iban varios indios desparramados.

Entre ellos reconocí á Mariano Rosas, le acompañaba á la par su hijo mayor.

Sintió el tropel de mis caballos, miró atrás, y al ver que era yo, sujetó.

--Buenas tardes, hermano--me dijo con marcada amabilidad.

Jamás le había visto un aire tan amistoso.

--Buenas tardes--le contesté con estudiosa sequedad.

--Cómo le ha ido--prosiguió, diciéndole á su hijo:

--Saca esas perdices para mi hermano.

El hijo obedeció, y de unas alforjas sacó dos hermosas martinetas cocidas y una torta.

Yo contesté:

--Me ha ido regular, hermano.

Tomó las perdices y la torta y me las pasó, diciéndome:

--Coma, hermano.

Su cara tenía una expresión de malicia particular; parecía que el indio se reía interiormente.

Tomé las perdices, le pasé una, y media torta á los frailes, y el resto lo partí con él.

Íbamos al trote masticando sin hablar.

--Galopemos--me dijo.

--No, mis caballos están pesados, no tengo apuro en llegar; galope usted si tiene prisa--le contesté.

--¿Qué le ha parecido la junta?--me preguntó.

--¿Qué me ha parecido?--repuse, fijando en él mis ojos, como diciéndole: Ya lo calculará usted.

Me entendió y dijo:

--Con estos indios se precisa mucha paciencia, es preciso conocerlos bien, son muy desconfiados, en cuanto ven que uno es amigo de los cristianos, ya piensan que los engañan. ¡Los han traicionado tantas veces! Ya ve cómo ha estado su compadre Baigorrita.

--¿Pero de mí, qué podían temer?--le contesté.

--Nada, de usted nada.

--¿Y entonces?

--Pero si yo hubiera aprobado todas sus razones, quién sabe qué hubieran dicho.

--¿Y si me hubiesen insultado, ó me hubieran querido matar?

--¡Cuándo!--fué toda su respuesta.

Y esto diciendo, se tendió al galope, añadiendo:

--Bueno, hermano, hasta luego, lo espero á comer.

--Bueno, hermano, ahorita no más estoy en Leubucó, voy á descansar un rato en la Aguada--le contesté.

El sol se hundía del todo en la raya lejana: una ancha faja cárdena, resplandeciente, radiosa, teñía el horizonte y con su lumbre purpúrea, cambiante, hermosa, doraba las apiñadas nubes del Occidente, que, como encumbradas montañas movedizas coronadas de eternas nieves, se alzaban hasta el cielo á la manera de inmensas espirales y de informes figuras de inconmensurable grandor.

El seco aquilón plegaba sus alas; las mansas y apacibles auras jugueteaban galanas, refrescando la frente del viajero; el pasto ondulaba como el irritado mar en sus profundidades insondables después de la tempestad; las silvestres flores se erguían sobre su flexible tallo, pintando los campos con colores vivaces; un perfume suavísimo, delicado, imperceptible como la confusa reminiscencia del primer ósculo de amor, vagaba envuelto entre las brisas embriagadoras.

Los últimos rayos solares refractándose en la atmósfera, envolvían la tierra con el poético manto crepuscular; la moribunda luz del día confundiéndose con las místicas sombras de la noche le abrían el paso á la celeste viajera.

La luna brillaba ya entre tremulantes estrellas, como casta matrona de plateados cabellos entre púdicas doncellas de rubia faz, cuando llegábamos al borde de una lagunita, en cuyo espejo cristalino innumerables aves acuáticas piaban en coro.

Hicimos alto, mandé mudar caballos, y sediento de reposo, me tendí sobre las blandas pajas, haciendo de mis brazos cruzados cómoda almohada.

¡Qué dulce es la vida, lejos del ruido y de los artificios de la civilización!

¡Ay! una hora de libertad por los campos es un placer salvaje que yo trocaría mañana mismo por un día entero de esta existencia vertiginosa.

Mientras ensillaban pensé en los sucesos del día, y, francamente, los indios me trajeron á la memoria lo que pasa en los parlamentos de los cristianos.

Mariano Rosas y Baigorrita, como dos jefes de partido, tenían el terreno preparado, la votación segura; pero uno y otro antes de imponer su voluntad habían lisonjeado las preocupaciones populares.

¿No es esto lo que vemos todos los días?

La paz y la guerra, ¿no se resuelve así?

¿El pueblo no tolera todo, hasta que se juegue su destino, con tal que se le deje gritar un poco?

¿No hacen presidentes, gobernadores, diputados en nombre de ciertas ideas, de ciertas tendencias, de ciertas aspiraciones, y las camarillas, no hacen después lo que quieren y las muchedumbres no callan?

¿No pretende que lo gobierne la justicia y no lo gobierna eternamente esa inicua inmoralidad, que los políticos sin conciencia llaman la _razón de estado_?

¿Pasa otra cosa en el mundo civilizado?

Mariano Rosas, después de haber resuelto la paz, acusándome en público de las matanzas de López y de Rosas; Baigorrita dominado por la misma idea, silencioso, irresoluto en presencia de la multitud, ¿no hacían el mismo papel de Napoleón III proclamando: _el imperio es la paz_, al mismo tiempo que se armaba hasta los dientes?

¿No mentían?

¿No hacían lo mismo que los que en nombre de la Constitución y de las leyes, de la civilización y de la humanidad arman al pueblo contra el pueblo?

¿No mentían?

¿No hacían lo mismo que los que después de haber sostenido que el pueblo tiene el derecho de equivocarse se han rebelado contra él, porque tuvo la energía de inmolar uno de sus tiranos?

¿No mentían?

Mariano Rosas y Baigorrita, declarando en una junta, después de haber firmado el tratado de paz, que harían lo que la mayoría resolviese, ¿no imitaban á los que más de una vez han declarado en nuestros Congresos lo contrario de lo que habían convenido con el extranjero?

¡Cuánto he aprendido en esta correría!

Si me hubieran dicho que los indios me iban á enseñar á conocer la humanidad, una carcajada homérica habría sido mi contestación.

Como Gulliver en su viaje á Liliput, yo he visto al mundo tal cual es en mi viaje á los Ranqueles.

Somos unos pobres diablos.

Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los bárbaros la medida de la civilización.

Resta saber si seríamos más felices poniendo en la silla curul de nuestros magnates, pigmeos, y cambiando el coturno francés por la bota de potro.

Los héroes prueban tan mal y la moda es tan tiránica en sus imposiciones, que vale la pena de meditar sobre las ventajas y las consecuencias de una revolución social.

De todos modos, nuestros ídolos de ayer no resisten á la crítica; son como los ranqueles, capaces de engañar al más pintado.

Por esos trigales de Dios iban mis reflexiones, en el instante en que Calixto Oyarzábal, acercándoseme, me dijo:

--Ya está el caballo, señor.

Me levanté: á caballo, grité y diciendo y haciendo monté y tomé al galope la gran rastrillada de Leubucó, entrando luego en el monte.

El cielo se encapotaba; caíamos á un descampado pantanoso; unas lucecitas fugaces, macilentas, aparecían y desaparecían; creía llegar á ellas, y se alejaban de mí como rápidas mariposas. Eran las emanaciones de la tierra; cruzábamos un cementerio de indios y estábamos á las puertas de la toldería de Mariano Rosas.

Llegamos.

Me esperaban con la comida pronta y con música. Comí, soporté al negro del acordeón una vez más, y viendo que mi presunto compadre Mariano estaba muy bien templado, le pedí la libertad del Dr. Macías.

Me contestó que sí.

Veremos después lo que vale el sí de un indio.

Me despedí, salí del toldo, me senté al lado del fogón de los asistentes, y aunque no tenía sueño, me quedé dormido.

Unos ladridos de perro me despertaron.

En el toldo de Mariano Rosas se oían gritos de mujer.

Me acerqué ocultándome.

El cacique había castigado á una de sus mujeres, quería castigar á otra y el hijo se oponía, amenazando al padre con un puñal si tocaba á la madre.

Era una escena horrible y tocante á la vez.

Habían bebido, el toldo era un caos, las mujeres y los perros se habían refugiado en un rincón, los indiecitos y las chinitas desnudas lloraban, y un fogón expirante era toda la luz.

Mariano Rosas rugía de cólera.

Pero retrocedía ante la actitud del hijo protector de la madre.