Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2 · Unidad 20 de 25

Epílogo 321 — parte 18

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Sucesivamente se me incorporaron los que se habían quedado atrás. Viendo que faltaba Macías, pregunté por él. Ahí viene, me contestaron. Efectivamente, á poca distancia se veía el polvo de un jinete. Llegó éste. Yo conversaba con Manuel López mirando en otra dirección. Al sentir sujetar un caballo, di vuelta, y creyendo ver á Macías, vi...... ¡horrible visión! _horrible, most horrible!_ al negro del acordeón. Quiso hacer sonar su abominable instrumento, se lo impedí.

¿Qué venía á hacer?

Después lo sabremos.

Esperé á Macías un rato.

No apareció.

--Lo han de haber hecho quedar--me dijo el capitán Rivadavia;--yo por eso le dije, cuando usted se puso en marcha, viéndolo que perdía el tiempo en despedidas: Siga, amigo, con el Coronel.

Estábamos en un bajo hondo; mandé dos hombres al galope á ver si divisaban algunos polvos.

Partieron, y cuando ya iba á obscurecer, volvieron diciéndome que nada se veía.

No era posible esperar más.

Hice algunas prevenciones sobre el orden de la marcha por el monte, porque la noche estaría muy obscura, y partimos.

¡Qué poco había durado la felicidad de Macías!

XXVI

Á orillas de un monte.--Un barómetro humano.--En marcha con antorchas.--Ecos extraños.--Conjeturas.--Un chañar convertido en lámpara.--Aparición de Macías.--Inspiración del gaucho.--Alrededores del toldo de Villarreal.--Una cena.--Cumplo mi palabra.

Al llegar á la orilla del monte, la obscuridad de la noche era completa.

No nos veíamos á corta distancia.

Seguíamos un camino enmarañado, cuyos surcos profundos y tortuosos comenzaban á abrirse como un gran abanico desplegado.

Hicimos alto; reconocimos la senda que debíamos tomar y combinamos un plan de señales para el caso de que alguien se extraviara en la espesura.

Era lo más factible.

Soplaba un viento fresco de _abajo_, grupos inmensos de pardas nubes recorrían rápidamente el espacio, flotando como fantasmas informes por el piélago incoloro del vacío; los relámpagos brillaban como saetas de fuego, lanzadas del cielo á la tierra; el trueno rugía imponente y sus sordas detonaciones, haciendo temblar al suelo, llegaron hasta nosotros como el estampido de lejanas descargas de cañón.

La tempestad era inminente.

Ya caían algunas gotas de agua; el viento silbaba, giraba, calmaba, volvía á soplar y remolineaba, azotando con ímpetu fragoroso el bosque umbrío.

Las tropillas se movían circularmente, de un lado á otro y el metálico cencerro mezclaba sus vibraciones con las armonías del viento.

Yo vacilaba entre seguir la marcha ó acampar.

Llamé á Camilo Arias y le pregunté:

--¿Qué te parece, lloverá?

Miró el cielo, siguió el curso de las nubes, le tomó el olor al viento, y me contestó:

--Si calma el viento, lloverá; si no, no.

--¿Entonces, seguiremos?

--Me parece mejor; en el monte sufrirán menos los animales, porque si llueve caerá piedra.

--¡Y no se perderán algunos caballos?

--No se han de mover, los tendremos á ronda cerrada en alguna abra.

--¿Y has tomado la senda?

--Sí, señor.

--¿Estás cierto?

--¡Cómo no!

--¿No te parece prudente que llevemos luces de señal?

--Sería bueno, señor.

--Bien, pues; que hagan pronto unos manojos de paja y sebo.

Se retiró, volvió un momento después y me avisó que todo estaba pronto.

Nuestros paisanos hacen algunas cosas con una rapidez admirable.

Las señales consistían en antorchas de pasto seco, atadas en la punta de unos palos largos.

--¡En marcha!--grité,--y cuidado con apartarse de la senda; marchen en hilera; si alguno se separa y se extravía, dé dos silbidos, se le contestará con palmadas; ¡sigan la luz!

Y esto diciendo me puse detrás de Camilo, que hacía de faro ambulante.

Desfilábamos; el huracán bramaba, tronchando los árboles, las baterías eléctricas fulminaban la negra esfera con rápidas intermitencias, el rayo serpenteaba horizontalmente, de arriba abajo, en líneas rectas y oblicuas, descubriendo entre sombras y luz algunas remotas estrellas; el bronco trueno, en incesante repercusión, conmovía la masa aérea impalpable y el alma de los nocturnos caminantes se replegaba sobrecogida sobre sí misma como cuando signos materiales visibles le auguran un peligro cercano.

Oyóse un eco semejante al que saldría de las entrañas de la tierra si los que descansan en eternal reposo exhalaran gemidos desgarradores de profunda desesperación.

Se repitió varias veces.

Unas veces parecía venir de atrás, otras de delante, ya de la izquierda, ya de la derecha.

El camino daba interminables vueltas, buscando el terreno menos gualdaloso y evitando los lugares más tupidos.

--Es una voz de hombre--me dijo Camilo.

--¿Se habrá perdido alguien?

--Silbaría, señor.

--¿Y entonces? ¿Será algún indio?

--Puede ser que se haya encontrado con algún tigre. ¡Les tienen tanto miedo!

El viento iba amainando; gruesas gotas de agua caían ya.

--Va á llover, señor--me dijo Camilo.

--Hagamos alto aquí.

Estábamos en un pequeño descampado.

Cesó el viento del todo, chocáronse dos nubes que seguían opuestas direcciones y simultáneamente se desplomó la lluvia, apagando las antorchas.

--¡Pronto! ¡pronto! que maneen las madrinas; todo el mundo de fonda--grité.

El agua caía á torrentes, nos veíamos unos á otros al fulgor de los relámpagos, las tropillas estaban quietas, no faltaba nadie.

El eco misterioso se oía de vez en cuando, ora se acercaba, ora se alejaba.

Al fin pudieron percibirlo todos.

--No es voz de indio--dijo Camilo.

--¿Y qué es?--le pregunté.

Su oído era como su vista, jamás le engañaba. No me contestó, permaneció atento. Resonó el eco, ahogándolo un trueno.

--¿Qué es?--le pregunté.

--No es voz de indio--dijo Camilo.

No se oía nada.

En medio de la luz del rayo, del trueno bramador y del ruido monótono del agua, estábamos envueltos en un profundo silencio.

Volvióse á oir el eco.

--Gritan--dijo Camilo.

--¿Qué cosa?

--Gritan no más, señor.

--¿Pero qué gritan?

--Gritan ¡eeeeeh!

--¿Será alguno que va arreando animales?

--No me parece, señor.

--¡Escucha! ¡escucha!

El agua disminuía y el viento soplaba con fuerza de nuevo. El cielo se despejaba, las nubes se rarificaban, el rayo y el trueno se alejaban, refrescaba, y un aire más puro y balsámico, dilatando los pulmones, anunciaba la bonanza.

Cesó la lluvia, se serenó el cielo, brillaron las estrellas, la luna asomó su rostro bello y el eco del que gritaba se oyó perceptiblemente.

--Es un cristiano--dijo Camilo.

--Contéstenle.

--¡Aaaaah!--hicieron varios á un tiempo.

--Yo...--pareció oirse otra vez.

No había duda, era un cristiano extraviado en el bosque, quién sabe desde cuándo, que oía el cencerro de las madrinas y desesperado pedía ayuda.

--¿Quién es?--gritaron unos.

--Por acá, otros.

Y en eso estábamos, sin poder percibir más que el eco de las últimas sílabas de lo que nos contestaban.

--Ha de ser algún cautivo que se ha escapado, y como oye cencerro, calcula que somos nosotros--dijo el capitán Rivadavia.

--Es verdad que ellos no usan cencerro, le contesté, pareciéndome justísima su conjetura.

Los gritos misteriosos no resonaban ya.

Mandé silbar; lo hicieron varios á una.

No contestaron.

Estábamos con el oído atento, cuando los resplandores de una llamarada brillaron de improviso, iluminando el cuadro que formábamos alrededor de un espinillo formidable y coposo.

El ingenioso Camilo, á fuerza de sebo y de paja, de soplar y soplar, había conseguido hacer fuego en la horquilla que formaba la extremidad del tronco de un carcomido chañar, medio carbonizado.

La luz debía verse de bastante lejos á pesar de los árboles.

Varios á un tiempo gritaron:

--¡Aaaaah!

Una voz contestó algo que no se pudo comprender bien. Continuamos telegrafiando de esa manera; el improvisado fanal ardía y los ecos de mi gente se perdían por la selva.

De repente se oyó una voz que á varios nos pareció conocida.

--Es el doctor Macías--dijo Camilo.

Efectivamente era su voz, ú otra tan parecida á la suya, que se confundían.

--¡Pronto! ¡pronto! salgan unos cuantos y hagan señas, ordené, previniendo no perdieran de vista el fuego.

La voz seguía oyéndose.

--Es el doctor, señor, volvió á afirmar Camilo, añadiendo: y viene con el caballo muy pesado.

--¿Y en qué le conoces, hombre?

--Si se oyen ya hasta los rebencazos que le da; oiga, señor, oiga.

Mi oído no era de tísico como el suyo.

--¡Macías! ¡Macías!--grité.

--¡Lucio! ¡Lucio!--me contestaron.

Era él.

--¡Por acá! ¡por acá!--gritaban los hombres que acababa de destacar.

Macías se presentó, como nosotros, hecho una sopa.

--¿Y qué es esto?--le pregunté.

--Me quedé atrás por despedirme de algunos conocidos; cuando salí de Leubucó, ustedes iban como á una legua, se divisaba muy bien el polvo, y no quise apurar mi caballo; subía yo al último médano, y ustedes llegaban á la orilla del monte; calculé mal el tiempo, obscureció y me perdí.

--¿Y de qué conocidos tenías que despedirte?

--De algunos indios que más de una vez me dieron de comer.

--¿Y de Mariano Rosas también te despediste?

--Por supuesto, no me ha tratado tan mal.

El esclavo no conoce su condición, sino cuando respira la atmósfera de la libertad, pensé y me dispuse á seguir la marcha.

En Carrilobo me esperaban con una cena en el toldo de Villarreal.

--Señor--me dijo Camilo,--el caballo del doctor está _pesadón_.

--Que lo muden.

Un instante después caminábamos.

Salimos del bosque y entramos en un campo quebrado y pastoso. Las martinetas se alzaban á cada paso espantando los caballos con el zumbido de su vuelo inopinado y rápido.

El cielo estaba limpio y sereno, la luna y las estrellas brillaban como luces de diamantes; de la borrasca no quedaban más indicios que unos nubarrones lejanos.

Lo mismo que luciérnagas en negra noche se divisaron unos fuegos.

Á esa hora y en desierto, era sumamente extraño.

El gaucho argentino tiene la inspiración de todos los fenómenos del campo.

De noche y de día es su talento.

--Esos fuegos han de ser en un toldo; los vemos por la puerta ó por alguna rotura de las paredes--dijo Camilo.

--¿Y en qué lo conoces?--le pregunté.

--En que la llama no se mueve porque no tiene viento.

Así conversábamos cuando nuestros caballos se detuvieron de improviso.

Habíamos llegado al borde de una zanja.

Observamos atentamente el terreno, teníamos al frente un gran sembrado de maíz.

--Aquí es el toldo de Villarreal--dijo el capitán Rivadavia.

--Se oyen ladridos de perros--dijeron otros.

Costeamos la zanja en la dirección que indicó el capitán Rivadavia y dimos con otro sembrado de zapallos y sandías; nos costó hallar la rastrillada que conducía al toldo; pero guiados por los ladridos de los perros y por los fuegos, saliendo de un sembrado y entrando en otro, la hallamos al fin.

Llegamos al toldo.

Villarreal, su mujer y su hermana nos esperaban.

Eran las diez y media.

Nos recibieron con el mayor cariño.

Yo no quería detenerme por lo avanzado de la hora.

Me instaron mucho y tuve que ceder.

Entramos en el toldo, que era grande y cómodo, de techo y paredes pintarrajeadas.

Ardían en él tres grandes fogones.

--Señor--me dijo la mujer de Villarreal,--lo hemos esperado hasta hace un momento con unos corderos asados, pero viendo que era tan tarde y que no llegaba, creíamos que ya no sería hasta mañana y acaban de comérselos los muchachos, que _ahora se están divirtiendo_; no han quedado más que los fiambres y la mazamorra, ¡siéntense! ¡siéntense! estén ustedes como en su casa.

Nos sentamos alrededor de uno de los fogones, y mientras nos secábamos y comíamos, mandé mudar caballos.

Yo no tenía hambre, en cambio Lemlenyi, Rodríguez, Rivadavia, Ozarowski y los franciscanos parecían animados de un entusiasmo gastronómico.

Trajeron unas cuantas gallinas cocidas y una hermosa olla de mazamorra muy bien preparada, tortas hechas al rescoldo y zapallo asado.

En un extremo del toldo se oía el ruido de la chusma ebria; casi todos los nichos estaban vacíos; en el que estaba detrás de mí dormía una vieja.

Tenía la cabeza apoyada en un brazo arrugado y flaco como el de un esqueleto y descubría un seno cartilaginoso que daba asco.

La cena empezó.

La mujer de Villarreal, viendo que yo no comía, me hizo una seña, se levantó y salió.

Salí tras de ella, y una vez afuera me dijo, con aire confidencial y brillándole los ojos como sólo le brillan á las mujeres cuando un pensamiento picaresco cruza por su imaginación.

--Carmen lo espera.

--¿Y dónde está mi comadre?

--Allí.

Me indicaba un toldo vecino.

Llamé á un soldado para que me acompañara; lo confieso, tenía miedo de los perros; y mientras mis compañeros llenaban el precioso hueco del estómago fuí á hacer la visita prometida.

El hombre debe tener palabra con las mujeres, aunque ellas suelen ser tan pérfidas y tan malas; las cosas han de tener algún fin.

XXVII

Con quién vivía mi comadre Carmen.--Una despedida igual á todas.--Yo habría hecho igual á todas las mujeres.--Grupo asqueroso.--¡Adiós!--Una faja pampa.--Arrepentimiento.--Trepando un médano.--Desparramo.--Perdidos.--El Brasil puede alguna vez salvar á los Argentinos.--Llegamos al toldo de Ramón.

Mi comadre Carmen vivía con su madre, su hija y un individuo viejo, entre gallinas y perros.

Me esperaba, los demás dormían.

Conversamos de lo que nos interesaba y á la media hora nos separamos para siempre, quizá.

Yo había cumplido mi promesa de visitarla antes de salir de Tierra Adentro, ella la suya, comunicándome ciertas intrigas contra mí, que por una casualidad había descubierto.

Nuestra despedida fué como todas las despedidas, triste.

Me dirigí al toldo de Villarreal, pensando en lo que es la mujer.

Me acordaba de lo que me habían hecho gozar y exclamaba interiormente: son adorables.

Me acordaba de lo que me habían hecho sufrir y exclamaba: son infames.

Estudiándolas y analizándolas, las hallaba físicamente perfectas; espiritualmente me parecían monstruosas.

¡Qué cabellos, qué ojos, qué boca, qué tez, qué gentileza tienen algunas!

Son hermosas como Niobe, dignas del amor de un dios olímpico.

Cualquier mortal daría cien vidas por ellas si cien vidas tuviera.

Y muriendo, todavía encontraría dulce la muerte después de tan supremo bien.

¡Pero qué corazón tienen!

Son inconmovibles como las rocas, frías como el hielo, volubles como el viento, olvidadizas como la mentira.

¡Qué feas, qué desairadas son otras!

Nadie repara en ellas.

Pero acercaos á su lado, oídlas, tratadlas.

¡Qué alma tienen!

Son buenas como la caridad, dulces como los querubines, puras como las auras del Elíseo.

Se puede vivir al lado de ellas y amar la vida.

¡Ah! ellas nos hacen comprender que hay una belleza cuyos encantos el tiempo no destruye, la belleza moral.

¿Por qué han de ser tan lindas y tan malas: por qué tanta donosura, al lado de tanta perfidia á veces?

¿Por qué esos rostros angélicos y esos corazones satánicos?

¿Por qué han de ser tan repelentes y tan buenas; por qué tanta seducción oculta, al lado de tanta exterioridad desagradable?

¿Por qué esas caras defectuosas y esos corazones que son un dechado?

¿Por qué ha hecho Dios cosas tan contradictorias, como una mujer adorable y mala?

Si su poder es tan grande, ¿por qué lo que más amamos ha de ser, como esas flores venenosas de ricos matices, susceptibles de fascinarnos con su mirada y de intoxicarnos con su aliento maldito?

¡Qué! ¿no bastaba que hubiera hombres malos?

¿Para completar el infierno de este mundo, había acaso necesidad de que las mujeres fueran demonios?

Yo habría hecho iguales á todas las mujeres.

¿Las rosas no exhalan todas el mismo suavísimo perfume?

Las cosas bellas, deberían serlo en todo y por todo.

Soliloqueando así iba yo, cuando un murmullo humano, parecido á un gruñido de perros, llamó mi atención.

Me detuve, estaba á dos pasos del toldo de Villarreal; puse el oído, oí hablar confusamente en araucano; miré en esa dirección y vi el espectáculo más repugnante.

Un candil de grasa de potro, hecho en un hoyo, ardía en el suelo; un tufo rojizo era toda la luz que despedía.

Bajo la enramada del toldo, la chusma viciosa y corrompida saboreaba, con irritante desenfreno, los restos aguardentosos de una saturnal que había empezado al amanecer.

Hombres y mujeres, jóvenes y viejas, todos estaban mezclados y revueltos unos con otros; desgreñados los cerdudos cabellos, rotas las sucias camisas, sueltos los grasientos pilquenes; medio vestidos los unos, desnudos los otros; sin pudor las hembras, sin vergüenza los machos; echando blanca babaza éstos, vomitando aquéllas; sucias y pintadas las caras, chispeantes de lubricidad los ojos de los que aun no habían perdido el conocimiento, lánguida la mirada de los que el mareo iba postrando ya; hediendo, gruñendo, vociferando, maldiciendo, riendo, llorando, acostados unos sobre otros, despachurrados, encogidos, estirados, parecían un grupo de reptiles asquerosos.

Sentí humillación y horror, viendo á la humanidad en aquel estado y entré en el toldo.

Mi gente estaba pronta.

Sólo Villarreal, su mujer y su cuñada, no estaban ebrios.

Me esperaban con agua caliente y todo preparado para cebarme un mate de café.

Tuve, pues, que sentarme un rato.

No siéndole posible acompañarme á Villarreal hasta el toldo de Ramón ni darme quien lo hiciera, porque toda su chusma estaba _achumada_, lo que hacía que él no pudiese dejar sola su familia, llamé á Camilo Arias, y mientras yo tomaba unos mates, le hice que se informara del camino.

Villarreal, como indio ladino, dió todas las señas del campo que debíamos cruzar; advirtió las rastrilladas que debían dejarse á la derecha ó á la izquierda, los bañados guadalosos que debían excusarse; los médanos que debían rodearse, los que debían cruzarse trepando por ellos; los toldos y los sembrados que quedaban cerca de la morada del Cacique.

Una vez enterado Camilo de todo, me despedí de Villarreal y su familia.

Nos abrazaron á todos con cariño, rogando á Dios en lengua castellana, que tuviéramos feliz viaje, y nos acompañaron hasta el palenque, pidiéndonos, como lo hubieran hecho las gentes mejor criadas, mil disculpas por la pobrísima hospitalidad que nos habían dispensado.

Como la noche estaba tan hermosa, y no teníamos ningún monte que atravesar, mandé echar las tropillas por delante para que los animales montados marcharan más ganosos.

Le previne á Camilo que cada diez minutos hiciera alto para que no nos fuéramos á extraviar, por no oir los cencerros, ¡en marcha! grité y partieron todos.

Yo me detuve un instante á encender un cigarro.

Encendiéndolo estaba, cuando una sombra se acercó á mi lado.

Reconocí una mujer.

--Aquí vengo á traerle esto--me dijo, poniendo en mis manos un pequeño envoltorio de papel.

--¿Y qué es eso?--le pregunté.

--Es un recuerdo.

--¿Un recuerdo?

--Sí, una faja pampa, bordada por mí.

--Gracias, ¿por qué se ha incomodado?

Dió un suspiro y con acento conmovido y tono de reproche amable, exclamó:

--¡Incomodado!

--¡Adiós!--le dije, recogiendo mi caballo.

--¡Adiós!--me contestó tristemente.

--¡Adiós! ¡adiós!--dijeron Villarreal y su mujer.

--¡Adiós! ¡adiós!--repuse yo, y partí al galope, murmurando:

--Saben querer desinteresadamente y olvidar también.

No son ni ángeles, ni demonios.

Pero participan de las dos naturalezas á la vez. Cuando son buenas, no hay nada comparable á ellas; cuando son malas, son execrables.

Y, con todos sus defectos, sus contradicciones y sus veleidades, la existencia sin ellas sería como una peregrinación nocturna por una tierra de hielo y bajo un cielo sin luz.

Sí, todos exclaman tarde ó temprano, después de tantos arranques frenéticos:

Yes! my adored, yet most unkind! Though thou wilt never love again, To me 'tis doubly sweet to find Remembrance of that love remain.

Yes! 'tis a glorious thought to me Nor longer shall my soul repine, Whate'er thou art or e'er shall be, That thou hast been dearly, solely, mine.[4]

El cencerro de las tropillas me servía de guía; mi caballo iba brioso lo que oía y rumbeaba al fin para la querencia.