Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2 · Unidad 21 de 25
Epílogo 321 — parte 19
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Llegué al pie de un médano bastante elevado y me encontré con Camilo Arias que me esperaba.
Oyendo el cencerro y no viendo las tropillas, se me ocurrió que alguna novedad había.
--¿Qué hay?--le pregunté.
--Nada, señor--me contestó,--por precaución lo he esperado aquí; vamos á cruzar este médano, tiene muchas caídas y es muy fácil perderse.
--¡Bueno, adelante! ¡vamos! es mucho más de media noche; no perdamos tiempo, le dije.
Trepó al médano y le seguí. Los caballos hacían esfuerzos supremos para repecharlo, se enterraban hasta los ijares en la blanda y deleznable arena; pero subían poco á poco. Llegamos al borde de la cresta, y cuando yo creía tramontar el obstáculo, me hallé con una hondonada profunda, de cuyo fondo manaba puro y cristalino un espejo de agua. Las tropillas bebían reflejándose en él y la luna, desde un cielo limpio y azul, iluminaba el agreste y poético paisaje.
Seguimos andando, subimos y bajamos.
De repente, á pesar de las precauciones tomadas, Camilo Arias me dijo:
--Señor, estamos perdidos.
--¡Alto! ¡alto!--grité, y contestándole á Camilo.
--Busca la senda, pues.
Echamos pie á tierra y esperamos.
Un momento después volvió el ecuestre piloto diciendo:
--Por allí va.
Marchamos.
La noche se iba toldando; parecía querer llover al entrarse la luna.
Caímos á un bañado salitroso, y siendo tantos los rastros que lo cruzaban y los arbustos espinosos de que estaba cubierto, las tropillas se desparramaron.
Era una confusión, de todos lados sonaban cencerros y se oían los silbidos de los tropilleros _repuntando_ los caballos menos amadrinados.
Nosotros mismos tuvimos que diseminarnos; las sendas eran muy tortuosas y los caballos no se seguían.
El salitral blanqueaba como la mansa superficie de un lago helado; crujía estrepitosamente bajo los cascos de los cien caballos que lo cruzaban, hundiéndose aquí en el guadal, empinándose allí en las carquejas que tanto abundan en las pampas, espantándose de repente de los fuegos fatuos que como una fosforescencia errante corrían acá y allá.
La noche se encapotaba; la luna declinaba con sombría majestad por entre anchas fajas jaspeadas y las estrellas apenas alumbraban, al través del velo acuoso que cubría los cielos.
Crucé el bañado.
Camilo Arias no se había separado de mí.
Algunos habían pasado ya y esperaban en la orilla; otros estaban acabando de pasar.
Con las tropillas sucedía lo mismo, no estaban reunidas aún.
Esperé un rato, y mientras tanto se buscó en vano el camino.
Viendo que no lo hallaban y que el capitán Rivadavia y otros no parecían, mandé quemar el campo; no se pudo por la humedad y falta de sebo; se dieron voces, nadie contestó; silbamos, silencio profundo.
Destaqué tres descubridores; á las cansadas volvieron dos, sin haber visto ni oído nada.
Faltaba el otro, y contestó de ahí cerca; hacía un rato que giraba perdido á nuestro alrededor.
La lluvia amenazaba volver á desplomarse por momentos.
Marchemos al rumbo--le dije á Camilo,--hasta que lleguemos á un campo más alto que éste; los demás jinetes y caballos los hallaremos de día.
Marchamos.
Y marchando íbamos cuando ladraron perros.
--Allí hay un toldo--dijo Camilo.
Miré en la dirección que me indicaba, no vi sino tinieblas.
--Pues hagamos alto aquí y que vayan á averiguar dónde queda el de Ramón--le contesté.
Despachó una pareja de jinetes.
Volvieron diciendo que íbamos mal; que el camino quedaba á la izquierda, es decir, al Poniente, y que el toldo de Ramón estaba muy cerca, que en cuanto cruzáramos una cañada lo veríamos.
Cambiamos de rumbo y seguimos la marcha en la dirección indicada, y á poco andar, caímos á un campo bajo, húmedo y guadaloso.
--Aquí debe ser la cañada--dijo Camilo,--ya debemos estar cerca.
Entre los extraviados iba un perro mío llamado _Brasil_, que después de haber hecho la campaña del Paraguay en el Batallón 12 de línea, me acompañaba valientemente en aquella excursión.
Brasil era un sabueso criollo inteligentísimo, mezcla de galgo y de podenco de presa, fuerte, guapo, ligero, listo, gran cazador de peludos y mulitas, de gamos y avestruces, y enemigo declarado de los zorros, únicos con quienes no siempre salía bien.
Todos lo querían; le acariciaban y le cuidaban.
Los soldados conocían sus ladridos lo mismo que mi voz.
Cruzábamos la cañada cuando se oyeron unos ecos perrunos.
--¡Ése es Brasil!--dijeron varios á la vez.
--Ahí ha de estar el capitán Rivadavia--dijo Camilo Arias.
Con efecto, guiados por los ladridos de Brasil, no tardamos en reunirnos á él.
Faltaban, sin embargo, algunos.
El capitán Rivadavia, con los que le seguían, después de haber buscado inútilmente su incorporación á mí, resolvió esperar allí y hacía un buen rato que me esperaba.
Seguimos la marcha, y al entrar en unos _vizcacherales_, Camilo Arias me observó que debíamos estar muy cerca de algún toldo.
Las vizcachas auguran siempre una población cercana.
Corriéndolas Brasil, husmeó un rastro de jinetes y caballos.
--Por allí debe de ir Rufino Pereyra,--que era uno de mis asistentes de confianza que faltaba,--con su tropilla--dijo Camilo al oirlo.
Un momento después oyéronse con más fuerza los ladridos de Brasil y de otros de su jaez.
Á no dudarlo, íbamos á llegar al toldo de Ramón ó á otro.
Seguimos la dirección de los ladridos, y al llegar á un gran corral, apareció Rufino Pereyra con su tropilla.
La madrina había perdido el cencerro en el _carquejal_ del bañado salitroso.
Estábamos en donde queríamos.
Me aproximé al toldo.
Salió un indio--me dijo que Ramón había estado en pie, con toda la familia, esperándome, hasta media noche con la cena pronta; que no se levantaba porque estaba medio indispuesto, que me apeara, que aquella era mi casa, que me acomodase como gustara.
Eché, pues, pie á tierra, me instalé en el espacioso salón, donde Ramón tenía la _fragua de su platería_, se acomodaron los caballos, se recogieron de la huerta zapallos y choclos en abundancia, se hizo fuego; cenamos y nos acostamos á dormir alegres y contentos, como si hubiéramos llegado al palacio de un príncipe y estuviéramos haciendo noche en él.
¡Cuán cierto es que el arte de la felicidad consiste en saber conformar los deseos á los medios y en desear solamente los placeres posibles!
NOTAS:
[4] Sí, amiga adorada aunque inconstante, en vano no me amarás ya: es para mí un consuelo saber que el recuerdo de nuestro amor no se borrará de tu corazón.
Sí, será para mí un triunfo, y ahogaré las penas de mi alma pensando que, seas lo que seas, te vuelvas lo que te vuelvas, _tú has sido mía y sólo mía_.
XXVIII
El sueño no tiene amo.--El toldo de Ramón nada deja que desear.--Una fragua primitiva.--Diálogo entre la civilización y la barbarie.--Tengo que humillarme.--Se presenta Ramón.--Doña Fermina Zárate.--Una lección de filosofía práctica.--Petrona Jofré y los cordones de Nuestro Padre San Francisco.--Veinte yeguas, sesenta pesos, un poncho y cinco chiripáes por una mujer.--Rasgo generoso de Crisóstomo.--El hombre ni es un ángel ni una bestia.
Un proverbio negro dice: el sueño no tiene amo.
Todos dormimos perfectamente bien.
El cansancio nos hizo hallar deliciosa la morada del cacique Ramón.
Cuando yo me desperté eran las ocho de la mañana; mis compañeros roncaban aún con una expansión pulmonar envidiable.
Llamé un asistente, pedí mate y me quedé un rato más en cama gozando del placer de no hacer nada, placer tan combatido y censurado cuanto generalmente codiciado.
Según un amigo, pensador no vulgar y egregio poeta, no hacer nada es descansar. Así él sostiene que el día es hecho para eso y la noche para dormir.
¡Lástima que un mortal de gustos tan patriarcales, que sería dichoso con muy poca cosa, se vea condenado como tanto hijo de vecino, á la dura ley del trabajo, cuando innumerables prójimos desperdician lo superfluo y aun lo necesario!
¡Qué hacer! el mundo está organizado así y el Eclesiastés, que sabe más que mi amigo y yo juntos, dice:
«El insensato tiene los brazos cruzados y se consume _diciendo_:
«Lleno el hueco de una mano, con reposo, vale más que las dos llenas con trabajo y mortificación de espíritu.»
Con la luz del día examiné el lecho en que había dormido tan cómodamente, como en elástica cama á la _Balzac_ provista de sus correspondientes accesorios, almohadones de finísimas plumas y sedosos cobertores. Eran unos cueros de potro mal estaqueados y unas pieles de carnero, la cabecera un mortero cubierto con mis cojinillos.
En seguida tendí la vista á mi alrededor.
En Tierra Adentro yo no había pernoctado bajo techumbre mejor.
El toldo del cacique Ramón superaba á todos los demás.
Mi alojamiento era un galpón de madera y paja, de doce varas de largo por cuatro de ancho y tres de alto.
Estaba perfectamente aseado.
En un costado, se veía la fragua y al lado una mesa de madera tosca y un yunque de hierro.
Ya he dicho que Ramón es platero y que este arte es común entre los indios.
Ellos trabajan espuelas, estribos, cabezadas, pretales, aros, pulseras, prendedores y otros adornos femeninos y masculinos, como sortijas y yesqueros.
Funden la plata, la purifican en el crisol, la ligan, la baten á martillo, dándole la forma que quieren y la cincelan.
En la _chafalonía_, prefieren el gusto chileno; porque con Chile tienen comercio y es de allí de donde llevan toda clase de prendas, que cambalachean por ganado vacuno, lanar y caballar.
La fragua consistía en un paralelepípedo de adobe crudo.
Tenía dos fuelles y se conocía que el día anterior habían trabajado; las cenizas estaban tibias aún.
En un saco de cuero había carbón de leña y sobre la mesa se veían varios instrumentos cortantes, martillos y limas rotas.
Los fuelles llamaron sobremanera mi atención por su extraña estructura.
Antes de examinar su construcción entablé un diálogo conmigo mismo.
--Á ver, me dije, representante orgulloso de la civilización y del progreso moderno en la pampa, ¿cómo harías tú un fuelle?
--¿Un fuelle?
--Sí, un fuelle, ¿no se llama así por la Academia española «un instrumento para recoger viento y volverlo á dar», aunque habría sido más comprensible y digno de ella decir: un instrumento construido según ciertos principios de física, para recoger aire por medio de una válvula, y volverle á despedir con más ó menos violencia, á voluntad del que lo maneje, por un cañón colocado á su extremo?
--Entiendo, entiendo.
--Y bien, si entiendes, dime, ¿cómo lo harías?
--¿Cómo lo haría?
--¡Sí, hombre, por Dios! parece que te hubiera puesto un problema insoluble.
--No digo eso.
--¿Entonces?
--Es que...
--¡Ah! es que eres un pobre diablo, un fatuo del siglo XIX, un erudito á la violeta, un insensato que no quieres confesar tu falta de ingenio.
--¿Yo?...
--Sí, tú, has entrado en el miserable toldo de un indio á quien un millón de veces has calificado de bárbaro, cuyo exterminio has preconizado en todos los tonos, en nombre de tu decantada y clemente civilización, te ves derrotado y no quieres confesar tu ignorancia.
--¿Mi ignorancia?
--Tu ignorancia, sí.
--¿Quieres acaso que me humille?
--Sí, humíllate y aprende una vez más que el mundo no se estudia en los libros.
Incliné la frente, me acerqué á la fragua, cogí el manubrio de ambos fuelles, los que estaban colocados en la misma línea horizontal, tiré, aflojé y se levantó una nube de ceniza.
Eran feos; pero surtían el efecto necesario, despidiendo una corriente de aire bastante fuerte para inflamar el carbón encendido.
Todo era obra del mismo Ramón; invento exclusivo suyo.
Con una panza seca de vaca y sobada había hecho una manga de una vara de largo y un pie de diámetro; con _tientos_ la había plegado, formándole tres grandes buches con comunicación; en un extremo había colocado la mitad del cañón de una carabina y en el otro un tarugo de palo labrado con el cuchillo; el cañón estaba embutido en la fragua y sujeto con ataduras á un piquete. Naturalmente, tirando y apretando aquel aparato hasta aplastar los buches, el aire entraba y salía produciendo el mismo efecto que cualquier otro fuelle.
Pensaba el tiempo que habría empleado yo con todos los recursos de la civilización, si por necesidad ó afición á las artes liberales me hubiese propuesto hacer un fuelle; se me ocurría que quizás habría tenido que darme por derrotado, cuando un cautivo, blanco y rubio, de doce á catorce años, entró en el galpón y después de saludarme con el mayor respeto tratándome de _usía_, me dijo:
--Dice el cacique Ramón que si se le puede ver ya; que cómo ha pasado la noche.
Le contesté que estaba á su disposición, que podía verme en el acto, si quería, y que había dormido muy bien.
Salió el cautivo, y un momento después se presentó Ramón, vestido como un paisano prolijo, aseado que daba gusto verle; sus manos acostumbradas al trabajo, parecían las de un caballero, tenía las uñas irreprochablemente limpias, ni cortas ni largas y redondeadas con igualdad.
No estuvo ceremonioso.
Al contrario, me trató como á un antiguo conocido, me repitió que aquella era mi casa, que dispusiera de él, me anunció que ya me iban á traer el almuerzo, que más tarde me presentaría á su familia y me dejó solo.
En seguida volvió, se sentó y trajeron el almuerzo.
Era lo consabido, puchero con zapallo, choclos, asado, etc.
Todo estaba hecho con el mayor esmero; hacía mucho tiempo que yo no veía un caldo más rico.
Durante el almuerzo hablamos de agricultura y de ganadería.
El indio era entendido en todo.
Sus corrales eran grandes y bien hechos, sus sementeras vastas, sus ganados mansos como ninguno.
Es fama que Ramón ama mucho á los cristianos; lo cierto es que en su tribu es donde hay más.
Una de sus mujeres, en la que tiene tres hijos, es nada menos que doña Fermina Zárate, de la Villa de la Carlota.
La cautivaron siendo joven, tendría veinte años; ahora ya es vieja.
¡Allí estaba la pobre!
Delante de ella, Ramón me dijo:
--La señora es muy buena, me ha acompañado muchos años, yo le estoy muy agradecido, por eso le he dicho ya que puede salir cuando quiera volverse á su tierra, donde está su familia.
Doña Fermina le miró con una expresión indefinible, con una mezcla de cariño y de horror, de un modo que sólo una mujer observadora y penetrante habría podido comprender, y contestó:
--Señor, Ramón es un buen hombre. ¡Ojalá todos fueran como él! Menos sufrirían las cautivas. Yo, ¡para qué me he de quejar! Dios sabrá lo que ha hecho.
Y esto diciendo se echó á llorar, sin recatarse.
Ramón dijo:
--Es muy buena la señora,--se levantó, salió, y me dejó solo con ella.
Doña Fermina Zárate no tiene nada de notable en su fisonomía; es un tipo de mujer como hay muchas, aunque su frente y sus ojos revelan cierta conformidad paciente con los decretos providenciales.
Está menos vieja de lo que ella se cree.
--¿Y por qué no se viene usted conmigo señora?--le dije.
--¡Ah! señor--me contestó con amargura--¿y qué voy á hacer yo entre los cristianos?
--Para reunirse á su familia. Yo la conozco, está en la Carlota, todos se acuerdan de usted con gran cariño y la lloran mucho.
--¿Y mis hijos, señor?
--Sus hijos...
--Ramón me deja salir á mí; porque realmente no es mal hombre, á mí al menos me ha tratado bien, después que fuí madre. Pero mis hijos, mis hijos no quiere que los lleve.
No me resolví á decirle: Déjelos usted, son el fruto de la violencia.
¡Eran sus hijos!
Ella prosiguió:
--Además, señor, ¿qué vida sería la mía entre los cristianos después de tantos años que falto de mi pueblo? Yo era joven y buena moza cuando me cautivaron. Y ahora ya ve, estoy vieja. Parezco cristiana, porque Ramón me permite vestirme como ellas, pero vivo como india; francamente; me parece que soy más india que cristiana, aunque creo en Dios, como que todos los días le encomiendo mis hijos y mi familia.
--¿Á pesar de estar usted cautiva cree en Dios?
--¿Y él qué culpa tiene de que me agarraran los indios? la culpa la tendrán los cristianos que no saben cuidar sus mujeres ni sus hijos.
No contesté; tan alta filosofía en boca de aquella mujer, la concubina jubilada de aquel bárbaro, me humilló más que el soliloquio á propósito del fuelle.
Una mujer joven y hermosa, demacrada, sucia y andrajosa se presentó diciendo con tonada cordobesa:
--¿Usted será, mi señor, el coronel Mansilla?
--Yo soy, hija, ¿qué quiere usted?
--Vengo á pedirle que me haga el favor de hacer que los padrecitos me den á besar el cordón de Nuestro Padre San Francisco.
--¡Pues no! con mucho gusto, y esto diciendo llamé á los santos varones.
Vinieron.
Al verlos entrar, la desdichada Petrona Jofré se postró de hinojos ante ellos y con efusión ferviente tomó los cordones del padre Marcos, después los del padre Moisés y los besó repetidas veces.
Los buenos franciscanos, viéndola tan angustiosa, la exhortaron, la acariciaron paternalmente y consiguieron tranquilizarla, aunque no del todo.
Sollozaba como una criatura.
Partía el corazón verla y oirla.
Calmóse poco á poco y nos relató la breve y tocante historia de sus dolores.
Doña Fermina confirmaba todas sus referencias.
La vida de aquella desdichada de la Cañada Honda, mujer de Cruz Bustos, era una verdadera _viacrucis_.
La tenía un indio malísimo llamado Carrapí.
Estaba frenéticamente enamorado de ella, y ella resistía con heroísmo á su lujuria.
De ahí su martirio.
--Primero me he de dejar matar, ó lo he de matar yo, que hacer lo que el indio quiere, decía con expresión enérgica y salvaje.
Doña Fermina meneaba la cabeza y exclamaba:
--¡Vea qué vida, señor!
Yo estaba desesperado.
¿Qué otro efecto puede producir la simpatía impotente?
Nada podía hacer por aquella desdichada, nada tenía que darle.
No me quedaba sino lo puesto.
Ni pañuelo de manos llevaba ya.
Doña Fermina me contó que Carrapí no quería venderla para que la sacaran, y que un cristiano, por caridad, la andaba por comprar.
El indio pedía por ella veinte yeguas, sesenta pesos bolivianos, un poncho de paño y cinco chiripáes colorados.
--¿Y quién es ese cristiano?--le pregunté.
--Crisóstomo--me contestó.
--¿Crisóstomo?...
--Sí, señor, Crisóstomo.
Crisóstomo era el hombre aquél que en Calcumuleu hubo de pasar á caballo por entre los franciscanos: que tanto me exasperó, que me dió de comer después y me relató su interesante historia.
Está visto: los malvados también tienen corazón.
Bien dice Pascal:
El hombre no es un ángel ni una bestia.
Es un ser indefinible, hace el mal por placer y goza con el bien.
En medio de todo es consolador.
XXIX
La familia del cacique Ramón.--Spañol.--Una invasión.--Despacho al capitán Rivadavia.--Cuestión de amor propio.--Buen sentido de un indio.--En Carrilobo soplaba mejor viento que en Leubucó.--Suenan los cencerros.--Atíncar (véase bórax).--El hombre civilizado nunca acaba de aprender.--Me despido.--Cómo doman los bárbaros.--¡Últimos hurrahs!
Me invitaron á pasar al toldo de Ramón.
Dejé á doña Fermina Zárate y á Petrona Jofré con los franciscanos y entré en él.
La familia del cacique constaba de cinco concubinas, de distintas edades, una cristiana y cuatro indias; de siete hijos varones y de tres hijas mujeres, dos de ellas púberes ya.
Éstas últimas, y la concubina que hacía cabeza, se habían vestido de gala para recibirme.
No hay indio ranquel más rico que Ramón, como que es estanciero, labrador y platero.
Su familia gasta lujo.
Ostentaban hermosos prendedores de pecho, zarcillos, pulseras y collares, todo de plata maciza y pura, hecho á martillo y cincelado por Ramón; mantas, fajas y pilquenes de ricos tejidos pampas.
Las dos hijas mayores se llamaban, Comeñé, la primera, que quiere decir _ojos lindos_, de _come_, lindo, y de _ñé_, ojos; Pichicaiun la segunda, que quiere decir _boca chica_, de _pichicai_, chico, y de _un_ boca.
Se habían pintado con carmín los labios, las mejillas y las uñas de las manos; se habían sombreado los párpados y puesto muchos lunarcitos negros.