Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2 · Unidad 24 de 25
Epílogo 321 — parte 22
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.
Y esto diciendo formamos un ala y arrebatamos del campo los cinco animales, incorporándolos á las tropillas.
¿Á quién pertenecían?...
Aquella noche comprendí la tendencia irresistible de nuestros gauchos á apropiarse lo que encuentran en su camino, murmurando interiormente el aforismo de Proudhon: «la propiedad es un robo».
Mora dijo:
--Han de ser de los indios.
Yo contesté:
--El que roba á un ladrón tiene cien días de perdón.
Contentos con el hallazgo nos reíamos á carcajadas, resonando nuestros ecos por la espesura...
De repente oyéronse unos silbidos, que llamando mi atención, me hicieron recogerle las riendas al caballo y cambiar el aire de la marcha.
Los silbidos seguían saliendo de diferentes direcciones.
--Han de ser indios--me dijo Mora.
--¿Qué indios?--le pregunté.
--Los de la _Jarilla_.
--¿Y por qué silban?
--Nos han de haber sentido y no saben lo que es.
Mora me inspiraba confianza, hice alto; pero temiendo una celada, me dispuse á la lucha, haciendo que mis cuatro compañeros echaran pie á tierra.
Si son más que nosotros, me dije, pie á tierra somos más fuertes, y si no vienen con mala intención, se acercarán á reconocernos.
Efectivamente, apenas nos desmontamos, aparecieron siete indios armados de lanzas.
La luna asomaba en aquel mismo momento como un filete de plata luminoso, por entre un montón de nubes.
--Háblales en la lengua--le dije á Mora.
Mora obedeció dirigiéndoles algunas palabras.
Los indios avanzaron cautelosamente soslayando los caballos.
Camilo Arias con ese instinto admirable que tenía dijo:
--Están con miedo.
--Háblales otra vez--le dije á Mora.
Obedeció éste, habló nuevamente, y los indios se acercaron al tronco con las lanzas enristradas, haciendo alto á unos veinte metros.
--¿Con permiso de quién pasando?--dijeron.
--¿Con permiso de quién andando por acá?--les contesté.
--¿Ése quién siendo?--repusieron.
--Coronel Mansilla, _peñi_--agregué.
Y esto oyendo los indios recogieron sus lanzas y se acercaron á nosotros confiadamente.
Nos saludamos, nos dimos las manos, conversamos un rato, les devolvimos los cinco caballos que les acabábamos de _robar_, pues eran de ellos, les dimos algunos tragos de anís, toda la hierba, azúcar y cigarros que pudimos; mi ayudante Demetrio Rodríguez les dió su poncho viendo que uno de ellos estaba casi desnudo y por último nos dijimos adiós, separándonos como los mejores amigos del mundo.
--¿Qué indios son éstos?--le pregunté á Mora.
--Son indios de la Jarilla--me contestó.
--¿Y ése que no hablaba, que estaba bien vestido y se tapaba la cara, quién sería?
--Ése es Ancañao.
Ancañao era un indio gaucho que estando yo en Buenos Aires, había hecho una correría muy atrevida por mi frontera, llegando hasta la laguna del Tala de los Puntanos, donde tomó é hirió malamente á un cabo del Regimiento 7.º de caballería, que llevaba comunicaciones para el Río 4.º.
En esas pláticas íbamos, cuando la luna, rompiendo al fin los celajes que se oponían á que brillara con todo su esplendor, derramó su luz sobre la blanca sábana de un vasto salitral, de cuya superficie refulgente y plateada, se alzaron innumerables luces, como si la tierra estuviera sembrada de brillantes y zafiros.
Era un espectáculo hermosísimo; la luna, las estrellas y hasta las mismas opacas nubes, se retrataban en aquel espejo inmóvil, haciendo el efecto de un cielo al revés.
Las huellas de la última invasión que por allí había pasado, estaban aún impresas en el suelo cristalino.
Hice alto un momento, probé la sal y era excelente.
Los indios que viven más cerca de allí, la recogen en grandes cantidades y hacen uso de ella para cocinar, sin someterla á ninguna preparación previa.
Seguimos la marcha; un rato después estábamos en Agustinillo, acampados al borde de una linda laguna y al abrigo de grandes chañares.
Hice tender mi cama, porque hacía fresco, lo más cerca posible del fogón, y mientras preparaban un asado, estando mis miembros fatigados y hallándonos completamente fuera de peligro, traté de echar un sueño.
¡Imposible dormir!
Mi mente, predispuesta á la meditación, no se dejaba subyugar por la materia.
Pensaba en las escenas extraordinarias que algunos días antes eran un ideal, gozaba en la contemplación de ellas, y me decía en ese lenguaje mudo y grave con que nos habla la voz del espíritu en sus horas de reconcentración: la miseria del hombre consiste en ver frustradas sus miras y en vivir de conjeturas; porque la realidad es el supremo bien y la belleza suprema.
En efecto, entre el ideal soñado y el ideal realizado, hay un mundo de goces, que sólo pueden apreciar como es debido, los que habiendo anhelado fuertemente, han conseguido después de grandes padecimientos y dolores lo que se proponían.
¿La virtud y la felicidad son acaso otra cosa que la ciencia de lo real?
Platón lo ha dicho hablando de lo BELLO:
«El alma que no ha percibido nunca la verdad, no puede revestir la forma humana.»
¡Pues, como el sabio, felicitémonos de que la verdad sea tan saludable, y de abrigar la esperanza de descubrir algún día la substancia _efectiva_ de todo, para que todo no sea símbolo y sueño!