Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2 · Unidad 23 de 25
Epílogo 321 — parte 21
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Pero sí recuerdo haber dicho estando allá por las tierras de mi compadre Baigorrita, que los perros de los indios pasan verdaderamente una vida de perros. Siempre hambrientos, se les ven las costillas, tal es su flacura; parece que no tuvieran carne ni sangre; diríase al verlos, que son habitantes fósiles de las remotas épocas antediluvianas, en que sólo vivían disecados por una temperatura plutoniana los enroscados amonitas y los alados y cartilaginosos pterodáctilos de largo pescuezo y magna cabeza.
Ramón enamoróse de la magnificencia de _Brasil_, cuya gordura contrastaba con la estiptiquez de sus perros, lo mismo que un prisionero paraguayo con un morrudo soldado riograndés.
--¡Qué perro tan gordo, hermano--me dijo,--y qué lindo! y los míos ¡qué flacos!
--No les dará de comer, hermano--le contesté.
--¡Pues no!
--¿Y qué les da de comer?
--Lo que sobra.
Lo que sobra, dije yo para mis adentros. Y sabiendo que los indios se comen hasta la sangre humeante de la res, pensé: Yo no quisiera estar en el pellejo de estos perros, recordando que alguna vez había tenido envidia de ciertos perritos de larga lana y lúbricos ojos, que algunas damas de copete y otras que no lo son, adoran con locura, durmiendo hasta con ellos, tal es el progreso humanitario del siglo XIX, progreso que si sigue puede hacer que el año 2000 un perro se llame _Monsieur Bijou_, _Mister Pinch_ ó el _señor don Barcino_.
Y dirigiéndome á mi interlocutor, repuse:
--Eso no basta.
Ramón contestó:
--Es que son _maulas_ estos míos. Usted podía regalarme el suyo para que encastara aquí.
¿Qué le había de decir?
--Está bueno, hermano--le contesté,--tómelo; pero hágalo atar ahora mismo, porque de lo contrario no ha de parar en el toldo, se ha de ir conmigo.
Ramón llamó, y al punto se presentaron tres cautivos.
Hablóles en su lengua; quisieron ponerle un dogal al cuello con un lazo que por allí estaba, mas fué en vano.
_Brasil_ mostraba sus aguzados y blancos colmillos, gruñía, se encrespaba, encogiendo nerviosamente la cola y los tímidos cautivos no se atrevían á violentarlo.
Me parecía que los desgraciados comprendían mejor que yo la libertad, y que no era por cobardía sino por un sentimiento de amor confuso y vago que respetaban al orgulloso mastín.
Tuve yo mismo que ser el verdugo de mi fiel compañero.
_Brasil_ me miró cuando me levanté á tomar el lazo, echóse patas arriba mostrándome el pecho como diciéndome: mátame si quieres.
Al atarle la soga en el pescuezo me miré en la niña de sus ojos, que parecían cristalizados.
Y me vi horrible, y á no ser la palabra empeñada, me habría creído infame.
_Brasil_ se dejó atar humildemente á un palo.
Intentó ladrar y le hice callar con una mirada severa y un ademán de silencio.
Al abandonar el toldo de Ramón entré en él á despedirme de su familia.
El movimiento que reinaba, dijo claramente al instinto del animal que su libertad había concluido; viéndome salir sin él, prorrumpió en alaridos que desgarraban el corazón.
¡Quién sabe cuánto tiempo ladró!
Probablemente no se cansó de ladrar y Ramón, cansado de sus lamentaciones, le soltó viéndonos ya lejos.
_Brasil_ se dijo probablemente también, viéndose suelto:
_Ils vont, l'éspace est grand_, pero yo les alcanzaré, y se lanzó en pos de nosotros huyendo de aquella tierra donde los de su especie le habían hecho perder la buena opinión que tuviera de la humanidad.
Los dos polvos avanzaban hacia nosotros con celeridad.
Teníamos la vista clavada en ellos.
De repente, la nube más cercana se condensó y Camilo Arias gritó:
--¡Ahí lo bolean!
Lo confieso, persuadido de que era _Brasil_ que venía hacia nosotros, las palabras de Camilo me hicieron el mismo efecto que me habría hecho en un campo de batalla ver caer prisionero á un compañero de peligros y de glorias.
Los buenos franciscanos estaban pálidos, mis oficiales y los soldados tristes.
El mal no tenía remedio.
--Vamos--dije, y partí al galope.
--¿Y qué, lo dejamos?--exclamaron los franciscanos.
--Vamos, vamos--contesté; y una idea fijó mi mente, mortificándome largo rato.
¿Por qué, me preguntaba, pensando en la suerte de _Brasil_, no ha de tener alma como yo un ser sensible, que siente el hambre, la sed, el calor y el frío; en dos palabras: el dolor y el placer sensual como yo?
Y pensando en esto procuraba explicarme la razón filosófica de por qué se dice:
Ese hombre es muy perro, y nunca cuando un perro es bravo ó malo: Ese perro es muy hombre.
¿No somos nosotros los opresores de todo cuanto respira, inclusive nuestra propia raza?
¿La moral será algún día una ciencia exacta?
¿Adónde iremos á parar si la anatomía comparada, la fisiología, la frenología, la biología, en fin, llegan á hacer progresos tan extraordinarios, como la física ó la química los hacen todos los días, tanto que ya no va habiendo en el mundo material nada recóndito para el hombre?
¿Qué le falta descubrir?
Por medio de la electricidad, de la óptica y del vapor ha penetrado ya en las entrañas de la tierra y en los abismos del mar hasta insondables profundidades; ha descubierto en los cielos remotos é invisibles luminares y su palabra recorre millares de leguas con mágica y pasmosa rapidez.
Soñando en esas cosas iba distraído, cuando mi caballo se detuvo en presencia de un obstáculo, no sintiendo ni el rebenque ni la espuela.
Estábamos al pie de los médanos de la Verde.
XXXI
Otra vez en la Verde.--Últimos ofrecimientos de Mariano Rosas.--Más ó menos todo el mundo es como Leubucó.--Augurios de la Naturaleza.--Presentimientos.--Resuelvo separarme de mis compañeros.--Impresiones.--¡Adiós!--Un fantasma.--Laguna del Bagual.--Encuentro nocturno.--Un cielo al revés.--_Agustinillo._--Miseria del hombre.
El lector conoce ya la Verde, en cuya hoya profunda y circular mana fresca, abundante y límpida el agua dulce, y donde todos los que entran ó salen, por los caminos del Cuero y Bagual, se detienen para abrevar sus cabalgaduras y guarecerse durante algunas horas bajo el tupido ramaje de los algarrobos, ó de los chañares y espinillos, que hermosean el plano inclinado, que en abruptas caídas conduce hasta el borde de la laguna, cubierto de verdes juncos, de amarillentas espadañas y filosas totoras de semi-cilíndricas hojas, entre las cuales los sapos y las ranas celebran escondidos, en eterno y monótono coro, la paz inalterable de aquellas regiones solitarias y calladas...
Allí hay sombra, fresca gramilla y perfumado trébol, durante las horas en que el sol vibra implacable sus rayos sobre la tierra; refugio durante las noches tempestuosas, en que las aguas se desploman á torrentes del cielo, leña siempre para encender el alegre fogón.
Yo coronaba con mi gente las crestas arenosas del médano, al mismo tiempo que en una dirección que formaba con la mía un ángulo recto, aparecía un pequeño grupo de jinetes viniendo de Leubucó.
Debe ser, dije para mis adentros, la contestación del capitán Rivadavia, y picando mi caballo descendí rápidamente por la cuesta, recibiendo pocos instantes después una carta suya, pues, en efecto, los que venían eran mensajeros de aquel fiel y valiente servidor.
Mariano Rosas había escuchado mi reclamo diplomático, y, á fuer de hombre versado en los negocios públicos, me ofrecía en cumplimiento del tratado de paz, perseguir, aprehender y castigar á los que, según mis noticias, habían andado _maloqueando_ por San Luis, mientras yo tenía mis conferencias á campo raso con los notables de Baigorrita, de Mariano y de Ramón.
Promesas no ayudan á pagar; pero sirven siempre para salir del paso, y los indios incansables cuando se trata de pedir, no se andan con escrúpulos cuando se trata de prometer.
Más ó menos el mundo anda así en todas partes, y los individuos, lo mismo que las naciones, encuentran todos los días en el arsenal de las perfidias humanas, pretextos y razones para faltar á la fe pública empeñada; y las muchedumbres en uno y otro hemisferio, se dejan llevar constantemente de las narices por los ambiciosos que las engañan y alucinan para explotarlas y dominarlas.
Ayer era Napoleón III erigido en campeón de las nacionalidades, triunfador en Magenta y Solferino, en nombre de la _Federación Italiana_; hoy es Bismarck en nombre del _Germanismo_ al grito de la _galofobia_; mañana será otro Pedro el Grande en nombre del _Panslavismo_, valiéndose de la turbulencia Moscovita, de la ignorancia de los siervos y del fanatismo religioso.
En América hemos tenido á Rosas, á Monagas, á López.
Todos ellos supieron encontrar la palabra misteriosa y magnética para fascinar al pueblo.
La libertad y la fraternidad universal siguen mientras tanto siendo una bella utopía, una santa aspiración del alma, y de _hegemonía_ en _hegemonía_, dominados hoy por los unos, mañana por los otros, el hombre individual y el hombre colectivo caminan por rumbos distintos quién sabe dónde...
La perfección y la perfectibilidad parecen ser dos grandes quimeras.
Rodamos á la desventura, y la mentira es la única verdad de que estamos en posesión.
Parece que Dios hubiera querido ponerle una gran barrera á la conciencia humana, para detenerla siempre que se atreve á penetrar en los tenebrosos limbos del mundo moral.
El sol se ponía majestuosamente, el horizonte estaba limpio y despejado; terso el cielo azul; sólo una que otra nube esmaltada con los colores del arco iris y suspendida á inmensas alturas, se descubría en la gigantesca bóveda; soplaba una brisa ricamente oxigenada, blanda y fresca; las espadañas se columpiaban graciosamente sobre su tallo flexible reflejándose en las claras aguas de la laguna, hasta humedecer en ellas sus albos penachos, como voluptuosas Náyades de bella y blanca faz que al borde de la fuente empaparan las puntas de sus sueltos cabellos, mirándose distraídas y enamoradas de sí mismas, en el espejo líquido y sereno.
El cielo y la tierra con sus indicios seguros, auguraban una noche apacible y un día tan hermoso como el que acababa de transcurrir.
Convenía, pues, aprovechar los pocos momentos de luz que quedaban.
No sé qué vago y falso presentimiento oprimía angustiosamente mi pecho.
¿Era que iba á separarme de mis compañeros, de los que en aquella extraña peregrinación habían compartido conmigo todas las privaciones, todas las fatigas, todos los azares de que nos vimos rodeados, y que unas veces dominé con la paciencia, otras con la audacia y el desprecio de la vida?
¿Ó que habiendo pasado el peligro, la imaginación se abismaba en sí misma absorta en la contemplación de sus propios fantasmas?
¿No os ha sucedido alguna vez después de uno de esos trances heroicos, en que se ve de cerca la muerte con ánimo sereno, sentir algo como un estremecimiento, y tener miedo de lo que ha pasado?
¿No os ha sucedido alguna vez, luchar brazo á brazo con la muerte, vencer y experimentar en seguida, después que la crisis ha pasado completamente, un sacudimiento nervioso, que es como si un eco interior os dijese: Parece imposible?
¿No habéis corrido alguna vez á salvar un objeto querido al borde del precipicio, salvarle instintivamente, y mirándole sano y salvo, algo como un desvanecimiento de cabeza no os ha hecho comprender que la existencia es un bien supremo, á pesar de las espinas que nos hincan y lastiman en las asperezas de la jornada?
¿No habéis estado alguna vez horas enteras á la cabecera de un doliente amado, dominado por la idea de la vida, mecido por los halagos de la esperanza, y al verle convaleciente, lívido el rostro, brillante la mirada, no os ha hecho el efecto del espectro de la muerte, y sólo entonces habéis comprendido el terrible arcano que se encierra entre el ser y el no ser?
Entonces comprenderéis las impresiones de mi alma, tan distintas en aquel momento de lo que habían sido antes en ese mismo lugar, cuando resuelto á todos sin previo aviso y desarmado, me dirigí al corazón de las tolderías seguido de un puñado de hombres animosos.
En el fondo del médano había ya como un crepúsculo, mientras que en sus crestas reverberaban todavía los últimos rayos solares.
Bandadas interminables de aves acuáticas, que se retiraban á sus nidos lejanos, cruzaban por sobre nuestras cabezas, batiendo las alas con estrépito en sus evoluciones caprichosas, y nuestras cabalgaduras después de haberse refrescado, _chapaleaban_ el agua de la orilla de la laguna, se revolcaban, mordían acá y allá las más incitantes matas de pasto y relinchaban mirando en dirección al Norte, con las orejas tiesas y fijas como la flecha de un cuadrante que marcara el punto de dirección, cuando llamando á los buenos franciscanos y á mis oficiales les comuniqué que había resuelto separarme de ellos.
El sentimiento de la disciplina no mata los grandes afectos, es mentira; pero hace que el hombre, reprimiéndose, se acostumbre á disimular todas sus impresiones, hasta las más tiernas y honrosas.
¡Cuántas veces á causa de eso no pasan por seres sin corazón los que se hallan sujetos á las terribles leyes de la obediencia pasiva, á esas leyes que en todas partes mantienen divorciado al soldado con el ciudadano, que contra el espíritu del siglo permanecen estacionarias, como monumentos inamovibles de esclavitud, sin que la marea generosa que agita al mundo civilizado desde la caída del imperio romano, las haya conmovido, y, que, por eso mismo, hacen al soldado tanto más grande, cuanto mayor es la servidumbre que le oprime!
Al recibir aquéllos la orden de formar dos grupos, de los cuales el más numeroso seguiría por el camino conocido del Cuero, y el más pequeño, encabezado por mí, tomaría el desconocido de la laguna del Bagual, algo como un tinte de tristeza vagó por sus fisonomías.
Nadie replicó, todos corrieron á disponer lo referente á la marcha nocturna. Pero yo comprendí que más de un corazón sentía vivamente separarse de mí, no sólo por esa simpatía secreta, que como vínculo une á los hombres, sea cual sea su posición respectiva, sino por ese amor á lo desconocido y esa inclinación genial al combate y á la lucha, propia de las criaturas varoniles, que hace apetecible la vida, cuando ella no se consume monótonamente en la molicie y los placeres.
Cumplidas mis órdenes y escritas las instrucciones correspondientes en una hoja del libro de memorias del mayor Lemlenyi, se formaron los dos grupos determinados.
Me despedí de éste, de los franciscanos, de Ozarowski, de todos en fin; repetí, como lo hubiera hecho un viejo regañón y fastidioso, varias veces la misma cosa, monté á caballo y eché á andar seguido de los cuatro compañeros que componían mi grupo.
El de Lemlenyi me precedía.
Los caballos que montábamos estaban frescos, de modo que trepamos sin dificultad á la cresta del médano, por la gran rastrillada del Norte.
Una vez allí, volvimos á decirnos adiós.
Lemlenyi y los suyos tomaron el ramal de la derecha, yo tomé el de la izquierda, que seguía el rumbo del Poniente, y gritando todavía una vez más:--¡cuidado con galopar!--le hice comprender á mi caballo con una presión nerviosa de las piernas en los ijares, que debía tomar un aire de marcha más vivo.
El entendido animal tomó el trote; mis dos tropillas pasaron adelante y el tan tan metálico del cencerro, vibrando sonoro en medio del profundo silencio de la pampa, animaba hasta los mismos jinetes haciéndonos el efecto de un precursor seguro.
Relinchos fortísimos iban y venían de un grupo á otro, como si los animales se dijeran: ¿por qué nos han separado?
Yo y los míos dimos vuelta varias veces, hasta que la distancia y las nubes de polvo hicieron invisibles á los que trotaban sin interrupción al Norte, á fin de poder hacer su primer parada en _Lonco-uaca_, aguada abundante y permanente, buena para apaciguar la sed del hombre y de los animales.
Probablemente, ellos hicieron lo mismo que nosotros; varias veces mirarían atrás á ver si nos descubrían.
¡Valientes compañeros! réstame aún decir antes de perderlos de vista del todo, que hicieron su travesía con felicidad, cumpliendo mis órdenes estrictamente, con bastante hambre y trotando consecutivamente dos días y dos noches, hasta llegar al fuerte «Sarmiento».
Los franciscanos sacudidos por el trote casi se deshicieron; á pesar de su mansedumbre lo calificaban de infernal, repitiendo más de una vez durante el trayecto: ¿por qué no galopamos un poquito?
Mis oficiales contestaban: primero, porque la orden es que la marcha se haga al trote; segundo, porque si galopamos no llegaremos en dos días.
El padre Marcos alegaba que su caballo era superior.
Los oficiales le decían por hacerlo rabiar un poco--cosa á la que creo no se opone la orden de Nuestro R. P. San Francisco,--también era superior el moro que maltrató usted la vez pasada.
Aquella marcha ha dejado recuerdos imperecederos en la memoria de los que la hicieron; y no hay ninguno de ellos que no esté de acuerdo con la teoría que he desarrollado en mi carta anterior, á propósito de las hablillas que tuvieron lugar cuando hice alto á la vista de la Verde.
Las sombras de la noche iban envolviendo poco á poco el espacio, los accidentes del terreno desaparecían entre las tinieblas, flotábamos en un piélago obscuro como el de la primera noche del Génesis--como dicen en la tierra,--estaba toldado, las estrellas no podían enviarnos su luz al través de los opacos nubarrones que á manera de inmensa sábana mortuoria, se habían extendido por el cielo.
Hacía algunas horas que trotábamos y galopábamos.
Un punto negro, más negro que la negra noche, aparecía á corta distancia, en las mismas dereceras de la rastrillada, alzándose como un fantasma colosal, y un ruido que no se oye sino en la pampa, á la orilla de las lagunas, cuando la creación duerme, íbase haciendo cada vez más perceptible.
Era que íbamos á llegar á la laguna del Bagual.
El fantasma ese era un médano cubierto de arbustos; el ruido peculiar, el cuchicheo nocturno de las aves, que murmuran sus inocentes amores, salvándose del inclemente rocío entre las pajas.
La laguna del Bagual es por este camino un punto estratégico como lo es por el otro la Verde: se seca rara vez, siendo fácil hacer brotar el agua por medio de jagüeles, y no tiene nada de notable, presentando la forma común de los abrevaderos pampeanos,--la de una honda taza.
Cuando el desertor ó el bandido, que se refugia entre los indios, sediento y cansado, zumbándole aún en los oídos el galopar de la partida que le persigue, llega á la laguna del Bagual, recién suspira con libertad, recién se apea, recién se tiende tranquilo á dormir el sueño inquieto del fugitivo.
Saliendo de las tolderías, sucede lo contrario; allí se detiene el malón organizado, grande ó chico, el indio gaucho que solo ó acompañado, sale á _trabajar_ de su cuenta y riesgo, el cautivo que huye con riesgo de la vida.
Una vez en los médanos del Bagual, el que entra ya no mira para atrás, el que sale sólo mira adelante.
El Bagual es un verdadero Rubicón, no tanto por la distancia que hay de allí á las tolderías, cuanto por su situación topográfica.
Es que por el camino del Bagual, entrando ó saliendo, jamás se carece de agua, de esa agua que es el más formidable enemigo del caminante y de su valiente caballo, en el desierto de las pampas Argentinas.
Al Sud, avanzando hacia las tolderías, Ranquilco y el Médano Colorado ofrecen seguras aguadas y pasto, quedando sobre el mismo camino.
Era temprano aún, había galopado bien; y no teniendo por qué apurarme, seguí la marcha á ver si llegaba á _Agustinillo_ antes de salir la luna.
Galopábamos cruzando las sendas tortuosas de un monte espeso, cuando distinguimos cinco bultos á derecha é izquierda del camino.
--¿Qué es eso?--le pregunté á Camilo.
--Son caballos--me contestó.
--Pues arreemos con ellos--agregué.