Una excursión a los indios ranqueles · Unidad 10 de 243
Unidad 10 · ) LtJCTO V. MANRTT.TA
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De lo demás, se ocupa el que quiere de los acompañantes.
Por supuesto que un par de buenos chifles no lia de faltarle a ningiuno que quiera tener paz conmigo. Y con razón, el agua suele ser escasa en la Pampa y nada desalienta y desmoraliza más que la sed. Yo he resistido setenta y dos horas sin comer, pero sin beber no he podido estar sino treinta y dos. Nuestros paisanos, loe acostumbrados a cierto género de vida, tienen al respecto una resistencia pasmosa. Verdad que, ¡qué fatiga no resisten ellos!
Sufren todas las intemperies, lo mismo el sol que la lluvia, el calor que el frío, sin que jamás se les oiga una murmuración, una queja. Ornando más tristes parecen, entonan un airecito cualquiera.
Somos una raza privilegiada, sana y sólida, susceptible de todas las enseñanzas útiles y de todos los progresos adaptables a nuestro genio y a nuestra índole.
Sobre este tópico, Santiago amigo, mis opiniones han cambiado mucho, desde la época en que con tanto furor dis^ cutimos a tres mil leguas, la unidad ele la especie humana y la fatalidad histórica de las razas.
Yo creí entonces que los pueblos greco-latinos no habían venido al mundo paira practicar la libertad y enseñarla con sus instituciones, su literatura y sus progresos en las ciencias y en las artes, sino para batallar perpetuamente por eLa. Y, si mal no recuerdo, te citaba a la noble España luií, ando desde el tiempo de los romanos por ser libre de la dominación extranjera unas veces, por darse instituciones libres otras.
Hoy pienso de distinta manera. Creo en la unidad de la especie humana y en la influencia de los malos gobiernos. La política cría y modifica insensiblemente las costumbres, es un resorte poderoso de las acciones de los hombres, prepara y consume las grandes revoluciones que levantan el edificio con cimientos perdurables o lo minan por su base. Las fuerzas morales dominan constantemente las físicas y dan la explicación y la clave de los fenómenos sociales.
Terminados los aprestos, recién anuncié a los que formaban mi comitiva que al día siguiente partiríamos para el Sur, por el camino del Cuero, y que no era difícil fuéramos a sujetar el pingo en Leubucó.
Más tarde hice llamar al indio Achauentrú y le comuniqué mi idea.
Manifestóse muy sorprendido de mi resolución, preguntóme si la había trasmitido de antemano a Mariano Rosas y pretendió disuadirme, diciéndome que podía sucederme algo, que los indios eran muy buenos, que me querían mucho, pero que cuando se embriagaban no respetaban a nadie.