Una excursión a los indios ranqueles · Unidad 112 de 243

Unidad 112 · 188 LUCIO V. MÁNSII.J.A

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188 LUCIO V. MÁNSII.J.A

voy contando y con unos ojos que relumbraban como los botones de mi tirador. ¡Pobre mi vieja! Como ella no había hecho nunca mal a nadie, y la había visto criarse a la Dolores, le daba lástima que se hubiese desgraciado.

¡ Siquiera no te hubieras casado ! me decía a cada rato.

Yo suspiraba, nada más se me ocurría. ¡El hombro se pone tan bruto cuando ve que ha hecho mal!

Una caldera Uenita me 'tomé de mate y toda la mazamorra, que estaba muy rica. Mi madre pisaba el maíz como pocas y lo hacía lindo.

Mo curó después las heridas con unos remedios que traía ; eran yuyos del cerro.

Después, de un atadito sacó una camisa limpia y unos calzoncillos y me mudé.

Me armó cigarros como para toda la noche, nos sentamos en frente uno de otro, nos quedamos mirándonos un largo rato, y cuando estaba para irse, se presentó el que le llevaba la pluma al Juez con unos papeles bajo el brazo y dos de la partida.

Le mandaron a mi madre que saliera y tuvo que irse.

El Juez me leyó toda* mis declaraciones y una porción de otras cosas, que no entendí bien. Por fin me preguntó ¿que si confesaba, que yo era el que había muerto al otrc Juez ?

Me quedé suspenso, podían descubrir a mi padre y yo quería salvarlo.

— ¿Para qué es un hijo, mi Coronel, no le parece?

— Tienes razón, le contesté.

El prosiguió :

— No se muere más que una vez, y alguna vez ha de suceder eso.

El escribano me volvió a preguntar que ¿qué decía? I." contesté, que yo era el que había muerto al otro.

— ¿Por qué? me dijo.

Me volví a quedar sin saber qué contestar.

El escribano me dio tiempo.

Pensando un momento se me ocurrió decir, que porque en unas carreras, siendo él rayero, sentenció en contra mía y me hizo perder la carrera del gateado overo que era un pingo muy superior que yo tenía. Y era cierto, mi Coronel, fué una trampa muy fiera que me hicieron, y desde ese día ya anduvimos mal mi padre y yo; porque la parada había sido fuerte y perdimos tuitito cuanto teníamos.

Después me preguntó, que si alguien me había acompañado a hacer la muetfte, y le contesté que no; que yo solo lo había hecho todo, que no tenían que culpar a naides*

INDIOS 18<

Que iqué había hecho ooo La plata que tenía el Juez en

bolsillos.

Le dije que yo no le había tocado nada.

Cuando menos los mismos de la partida, lo habían sa queado, como lo suelen hacer. Es costumbre vieja en ellos, después le achacan la cosa al pobre que se ha desgraciado.

No íne preguntó nada más, y se fué, y me volvieron a poner incomunicado, y de esa suerte me tuvieron mi infi íiidad de días.

Ni con mi madre me dejaban hablar. Pero ella iba todos Los días una porción de veces a ver cuándo se podría y a llevarme qué comer.

Ya me aburría mucho de la prisión y estaba con ganas de que me despacharan pronto, para no penar tanto; porque las heridas se habían empeorado con la humedad del cuarto, y porque la sabandija no me dejaba dormir, ni de día ni de noche.

AquelLo no era vida.

Volvió otro día el -escribano y me leyó la senten

Me condenaba a muerte, vea lo que es la justicia, mi Coronel, ¡dicen que los doctores saben todo! ¿Y si saben lodo, cómo no habían descubrido que yo no era el asesino del Juez, aunque lo hubiera confesado? ¡Y muchos que después de la patriada de Caseros, no hablan sino de la Constitución í

Será cosa muy buena, Pero los pobres somos siempre pobres, y el hilo se corta por lo más delgado.

Si el Juez me hubiera muerto a mí en de veras, ¿a qué no ie habían mandado matar?

He visto más cosas así, mi Coronel, y eso que todavía soy muciuicho.

El escribano me dejó solo.

Pasé una noche como nunca.

Yo no soy miedoso; ¡pero se me ponían unas cosas tan i listes! ¡tan tristes! en la cabeza que a veces me daba miedo i;1 muerte. Pensaba, pensaba en que si yo no moría moriría mi padre y eso- me daba aliento. ¡El viejo había sido tan bueno y tan cariñoso conmigo! Juntos habíamos andado trabajando, compadreando, comadreando en jugadas y .en riñas. Cómo no lo había de querer, hasta perder la vida por éí — la vida, que, al fin, cualquier día la rifa uno por una calaverada, o en una trifulca, en la que los pobres salen si m pre mal.

Qué ganas de tener una guitarra tenía, mi Coronel.

En cuanto me volvieron a poner comunicado fué lo primer ito que le pedí a mi madre que llevara. Me la llevó, y cantando me lo pasaba.

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Los de la partida venían a oírme todos los días, y ya se iban haciendo amigos míos. Si hubiera querido fugarme, me fugo. Pero por no eomprometerlos no lo hice. El hombre ha tener palabra, y ellos me decían siempre: no nos vaya a comprometer, amigo.

Siempre que mi vieja iba a visitarme, me lo repetían ; y el centinela se retiraba y me dejaba platicar a gusto con ella.

Mi madre no sabía nadta todavía de que me hubieran sentenciado, y yo no lo quería decir, porque la veía muy contenta, creyendo que me iban a largar, desde que nada se descubría, y no la quería afligir.

Pero como nunca falta quien dé una mala noticia, al fin lo supo.

Se vino zumbando a preguntármelo.

¡En qué apuros me vi, mi Coronel, con aquella mujer tan buena, que me quería tanto!

Cuando le confié la verdad,, lloró como una Magdalena.

Sus ojos parecían un arroyo, estuvieron lagrimando horitas enteras.

De pregunta en pregunta me sacó que yo había confesado ser el asesino del Juez, por salvar al viejo.

Y hubiera visto, mi Coronel, una mujer que no se enojaba nunca, enojarse, no conmigo; porque a cada momento me abrazaba y me besaba diciéndome mi hijito, sino con mi padre.

El, él nomás tiene la culpa de todo, decía, y yo no he de consentir que te maten por él; todito lo voy a descubrir.

Y de pronto se secó los ojos; dejó de llorar, se levantó y se quiso ir.

— ¿A dónde va, mamita, le dije? . «

— A salvar a mi hijo, me contestó.

Iba a salir, la agarré de las polleraü, y a la fuerza se quedó.

Le roigué muchísimo que no hiciera nada, que tuviera confianza en la Virgen del Rosario, de la que era tan devota, que 'todavía podía hacer algo y salvarme.

Usted sabe, mi Coronel, lo que es la suerte del hombre. Cuando más alegre anda, lo friegan, y cuando más afligido está, Dios lo salva.

Yo he tenido siempre mucha confianza en Dios.

— Y has hecho bien, le dije, Dios no abandona nunca a los que creen en él.

- — Así es, mi Coronel, por teso esa vez, y después otras, me he salvado.

—¿Y qué hizo tu madre T

—Cedió a mis ruegos, y se fué diciendo: esta noche le voy a poner velas a la Virgen y ella nos ha de amparar.