Una excursión a los indios ranqueles · Unidad 113 de 243
Unidad 113 · A LOS INDIOS RANQUKLLS
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A LOS INDIOS RANQUKLLS
19 I
Y como la Virgencita del nicho, de que antes le he hablado, mi Coronel, era muy milagrosa, sucedió lo que mi vieja esperaba, me salvó.
Migueli'to hizo una pausa.
Yo me quedé filosofando.
; Filosofando!
Síj filosofar es creer en Dios o reconocer que el mayor de los consuelos que tienen los míseros mortales, es confiar su destino a la protección misteriosa, omnipotente de la re ligión.
Por eso al grito de los excépticos, yo contesto, como Fenol ó n :
¡DiUvtamini!
Si hay un ana-ukc, * hay t°mbién quien mira, quien ve, quien proieje. resguarda, ama y salva a sus criaturas, sin interés.
Cuando me arranquéis todo, si no me arrancáis esa con vicción suave, dulce, que me consuela y rae fortalece. / qué me habréis arrancado?
j+) En griego; fatalidad.
Mi vademécum y sus> méritos. — - En que se parece Orion a Roqueplan. — Dónde se aprende el mundo. — Concluye la historia de Miguelito.
Quiero empezar esta carta ostentando un poco ini erudición a la violeta.
Yo también tengo mi vademécum de citas, — es un tesoro como cualquier otro.
Pero mi tesoro tiene un mérito. No es herencia de nadie. Yo mismo me lo he formado.
En lugar de emplear la mayor parte del tiempo en pasar el tiempo, me he impuesto ciertas labores útiles.
De ese modo, he ido acumulando, sin saberlo, un bonito capital, como para poder exclamar cualquier día: anche io nono pittore.
Mi vademécum tiene, a más del mérito apuntado, una ventaja. Es muy manuable y portátil. Lo llevo siempre en el bolsillo.
Cuando lo necesito, lo abro, lo hojeo y lo consulto en un verbo.
No hay cuidado que me sorprendan con él en la mano, como a esos literatos cuyo bufete es una especie de sane t a sanctorum.
¡Cuidado con penetrar en el estudio vedado sin anunciarlos, cuando están pontificando!
¡ Imprudentes 1
¡ Os impondríais de los misteriosos secretos !
i Le arrancaríais a la esfinge el tremendo arcano !
¡Perderíais vuestras ilusiones!
Veríais a vuestros sabios en camisa, haciéndose un traje pintado con las- plumas de la ave silvana, de negruscas alas, de rojo pico y pies, de grandes y negras uñas.
Yo no sé más que lo que está apuntado en mi vademefcum por índice y orden cronológico.
No es gran cosa. Pero es algo.
Hay en él todo.
UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS RANQÜELE8 192
Citas ad hoc, en varios idiomas que poseo bien y mal, anécdotas, cuentos, impresiones de viaje, juicios críticos sobre libros, hombres, mujeres, guerras terrestres y marítimas, bocetos, esbozos, perfiles, siluetas. Por fin, mis memorias hasta la fecha del año del Señor que corremos, escritos en diez minutos.
Si yo diera a luz mi vademécum no sería un librito tan útil como el almanaque. Sería, sin embargo, algo entretenido.
Yo no creo que el público se fastidiaría leyenda, por ejemplo :
¿Qué puntos de contacto hay entre Epaminondas, el Municipal de Tebas, como lo llamaba el demagogo Camilo Des Moulins, y don Bartolo?
¿Qué frac llevaba nuestro actual Presidente cuando se recibió del poder; en que se parece su cráneo insolvente de pelo a la cabeza de Sócrates?
¿En qué se parece Orion a Roqueplan? este Orion, de quien sacando una frase de mi vademécum, — ajena por supuesto, — puede decirse: que es la personalidad porteña más porteña, el hombre y el escritor que tiene a Buenos Aires en la sangre, o mejor dicho, una encarnación andante y pesante de esta antigua y noble ciudad; que en este océano de barro, no hay un solo escollo que él no haya señalado; que en los entretelones ha aprendido la política que como periodista y hombre a la moda ha enriquecido la literatura de la tierra, a los sastres y sombrereros; que las cosas suyas, después de olvidadas aquí, van a ser cosas nuevas en provineia; que no habría sido el primer hombre en Roma la brutal, pero que lo habría sido en Atenas la letrada; que conoce a todo el mundo y a quien todo el mundo conoce; que se hace aplaudir en Ginebra,, que se hace aplaudir en Córdoba la levítica, hablando con la libertad herética de un francmasón; que se hace aplaudir en el Rosario, la ciudad californiana, a propósito de la fraternidad universal; que se hace aplaudir en Gualeguayehú, disertando en tiempos de TTrquiza, sobre la -justicia y los derechos inalienables del ciudadano; que puede ser profeta en todas partes ed altri siti, menos... iba a decir en su tierra; que no ha podido ser municipal en ella; que hoy cumple treinta y ocho año& y a quien yo saludo con el afecto íntimo y sincero del hermano en las aspiraciones y en el dolor, aunque digan que e»to es traer las cosas por los cabellos.
Sí, Orion, amigo, yo te deseo, y tú me entiendes, — "la fuerza de la serpiente y la prudencia del león'*, — como iiría un Bonrgeois gentil-homme, cambiando los frenos, al entrar en tu octavo lustro, frisando en la vejez, en ese pe*
ríodo de la vida en que ya no podemos tener juicio, porque no es tiempo de ser locos. ¿Me entiendes?
Y con esto, lector, entro en materia.
Lo que sigue es griego, griego helénico, no griego porque no se entienda.
Ek ie biblion Jcubemetes.
Yo también he estudiado .griego.
Monsieur Rouzy puede dar fe, y tú, Santiago amigo, fuiste quien me lo metió en la cabeza.
Es 'una de las cosas menos malas que le debo a tu inspiración mefistofélica.
Tú fuiste quien me apasionó por el hombre del capirotazo.
¿Acaso yo lo conocía bien en 1860?
En prueba de que sé griego, como un colegial, ahí va la traducción del dicho anónimo:
"No se aprende el mundo en los libros".
Aquí era donde quería llegar.
Los cincunloquios me han demorado en el camino.
Siento tener que desagradecer a mi ático amigo Carlos Guido, cuyo buen gusto literario los abomina. Sírvame de escusa el carácter confidencial del relato.
Sí, el mundo no se aprende en los libros; se aprende observando, estudiando los hombres y las costumbres sociales.
Yo he aprendido más de mi tierra yendo a los indios Ranqueles, que en diez años de despestañarme, leyendo opúsculos, folletos, gacetillas, revistas y libros especiales.
Oyendo a los paisanos referir sus aventuras, — he sabido cómo se administra la justicia, cómo se gobierna, qué piensan nuestros criollos de nuestros mandatarios y de nuestras leyes.
Por eso me detengo más de lo necesario quizá en relatar ciertas anécdotas, que parecerán cuentos forjados para alargar estas páginas y entretener al lector.
i Ojalá fuera cuento la historia de Miguelito!
Desgraciadamente ha pasado tal cual la narro, y si fija la atención un momento, es porque es verdad. Tiene ésta un gran imperio hasta, sobre la imaginación.
Miguelito siguió hablando así:
— Las voces que andaban era que pronto me afusilarían, porque iba a haber revolución y me podía escapar
¡Figúrese cómo estaría mi madre, mi Coronel! Todo se le iba en velas para la Virgen.
Día a día me visitaba, pidiéndome que no me afligiera, diciéndome que la Virgen no nos había de abandonar en la desgracia, que ella tenía experiencia y que* más de una vez había visto mil/agiros.