Una excursión a los indios ranqueles · Unidad 38 de 243
Unidad 38 · 76 LUCIO V. MANSILLA
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76 LUCIO V. MANSILLA
Hernández no se hizo esperar. A los pocos días presen* táronse seis conciudadanos de la falda de la Sierra, con una carta, y encabezándolos uno, denominado el Cautivo.
Los fariseos que crucificaron a Cristo no podían tener unas fachas de forajidos más completa.
Sus vestidos eran andrajosos, sus caras torvas, todos encogidos y con la pata en el suelo, necesitábase estar animado del sentimiento del bien público para resolverse a tratar con ellos.
Entraron donde yo estaba.
Queriendo hacer un estudio social les ofrecí asiento. Me costó conseguir que lo aceptaran; pero instando conseguí que se sentaran.
Lo hicieron poniendo cada cual su sombrero en el suelo al lado de la silla.
Agacharon /todos la cabeza.
Inicié la conferencia con ciertas preguntas como : — ¿ Cómo te llamas, de dónde eres, en qué trabajas, has sido soldado, cuántas muertes has hecho?
Y luego que la confianza se estableció, proseguí:
— Con que, ¿quieren Vds. conchavarse?
— Como úsia quiera (contestó el Cautivo, con esa tonada cordobesa, que consiste en un pequeño secreto, — como lo puede ver el curioso lector o lectora, en cargar la pronunciación sobre las letras acentuadas y prolongar lo más posible la vocal o primera sílaba).
En haciendo esto ya es uno cordobés. No hay más que ensayarlo.
— Vds. son hombres gaiuchos, por supuesto.
— Cómo no, señor.
— ¿Entienden de todo trabajo,?
— De cuanto quiera.
— ¿Y cuánto ganan?
— A según usía.
— ¿Ganan más de ocho pesos mensuales?
— No, señor.
— Pues yo les voy a pagar diez; les voy a dar comida, ropa y caballos.
— Cómo úsia guste.
— Sí; pero es que yo los conchavo para robar.
— Y cómo há de ser pues
— Iremos ande nos mande (dijeron varios a una),
— ¡Hum! ¿Y se animarán?
— Y cómo no, señor úsia. , * — Bueno; es para robarles a los indios,
¡Nadie contestó I
UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS RANQUELES 71
Y ahí está el país, la causa de la montonera y otras yerbas.
El Coronel los conchavaba para robar, para robarle al lucero del alba que fuera. No había inconvenienlt'e. Estaban prontos y resueltos a todo, a derramar su sangre, a jugar la vida. Lo mismo había sido ofrecerles diez pesos y todo lo demás, que lo que ganaban honradamente.
Obedecían a una predisposición, a una educación, a las seducciones del caudillaje bárbaro y turbulento. Quizá se decían interiormente: ¡Este sí que es un Coronel, y lindo!
Mas se trató de los indios, de los mismos que no hacía muchos meses asolaban su propio hogar, y las disposiciones cambiaron con la rapidez del relámpago.
/.Era miedo? ¿Qué era?
No, no era miedo.
Nuestra raza es valiente y resuelta; no es el temor de la muerte lo que contiene al gaucho a veces.
Yo he visto a uno de ellos discurrir como un filósofo en el momento de llevarlo a fusilar.
Era un sargento: el sacerdote le instaba a confesarse, no quería hacerlo.
— ¿Qué, no temes a la muerte?
— Padre, contestó con marcada expresión, la muerte es un salto que uno da a oscuras sin saber dónde va a caer.
Fué esto en Chascomús.
¿,Y qué detenía entonces a los Voluntarios de la Pampa. que así se llamaron al fin; qué los arredraba?
¡ Ah ! Es triste decirlo. Pero es verdad, y hay que decirlo, para enseñanza de las jóvenes generaciones en cuyas manos está el porvenir, las que nos salvarán a< nosotros, aspirantes de la intolerancia y del odio, enanos del patriotismo que recompensa bien, héroes del siglo de oro!
Era la ausencia completa del sentimiento del deber, — el horror de toda disciplina.
Ellos tenían bastante sagacidad para comprender que yendo a robarle a cualquiera, por mi orden, yo me hacía su cómplice.
Yendo a robarles a los indios, el juego cambiaba de aspecto; tenían que ir como soldados. Llegaron tal vez a imaginarse que era una jugada mía para reclutarlos.
Lo comprendí así.
Estuve dispuesto a despacharlos. Pero ya estaban allí.
Les hice entender que eran hombres libres; que podían conchayarse o no; que nadie les obligaba; que podían retí raü&e si cmeríaik .„..,