Una excursión a los indios ranqueles · Unidad 39 de 243
Unidad 39 · 72 LUCIO V. MANSILLA
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72 LUCIO V. MANSILLA
Se convencieron de que no había en el conchavo más riesgo que el de la vida, y se arregló todo.
Les di buenos caballos, los vestí, les di carabinas de las que hicieron recortados y una lata de caballería para llevar entre las caronas.
Y partieron. . .
Mis órdenes eran robarle al indio Blanco.
El Cautivo era baqueano del Cuero.
Lo que trabajasen sería para ellos.
Volvieron con algo. No se trabaja y se expone el cuerc sin provecho, discurren los menos calculadores.
Se repitió la excursión tres veces más, hasta que el indio Blanco se alejó. El no podía calcular detrás de los voluntarios de la Pampa cuántos más iban.
Confieso que al mandar aquellos diablos a una correría tan azarosa me hice esta reflexión : si los pescan o los matan poco se pierde.
Fué una de las causas que me hizo no recurrir a los pobres soldados.
Los volúntanos de la Pampa acabaron por hacerme a mí un robo.
Los tomé y por todo castigo les dije, devolviéndoselos a Hernández:
Qué les he de hacer, ya sabía que eran ustedes ladrones.
No se juega mucho tiempo con fuego sin quemarse.
Han llegado las muías.
Es cosa resuelta que hoy no duermo donde quería.
Lloraremos mañana».
Por dónde habían ido los chasquis. — Entrada a los montes. — Derechos de piso y agua. — Recomendaciones. — Despacho de algunas tro. pillas para el Río 5o. — Los montes. — Impresiones filosóficas. — Utatriquin. — El cuento del arriero.
Antes de ponerme en marcha resolví dejar las muías atrás. Caminaban sumamente despacio por lo mucho que había llovido y era un martirio para los franciscanos seguirlas al tranco; el padre Moisés no es tan maturrango, pero el padre Marcos no hallaba postura cómoda.
Contra mis cálculos tomamos el rastro de los chasquies.
Habían seguido el camino de Lonco-naca.
Mi lenguaraz, mestizo chileno, hijo de cristiano y de india Araucana, hombre muy baqueano, de cuyas confidencias soy depositario, no por él sino por otros, lo que me permitirá contar sus aventuras amorosas de Tierra Adentro, — creyó oportuno hacerme algunas indicaciones.
Eran muy juiciosas y sensatas; y como entre ellas entrase la posibilidad de que les chasques se extraviaran en razón de que ni Guzmán ni Angelito conocían prácticamente el camino que habían tomado, me pareció prudente hacer yo a mi turno mis recomendaciones.
íbamos a entrar ya, ya en los montes; a tener que marchar en dispersión, sin vernos unos a los otros; por sendas tortuosas, que se borraban de improviso unas veces, que otras se bifurcaban en cuatro, seis o más caminos, conduciendo todas a la espesura.
Era lo más fácil perder la verdadera rastrillada, y también muy probable que no tardáramos en ser descubiertos por los indios.
Un tal Peñaloza, suele ser el primero que se presenta a los indios o cristianos que pasan por esas tierras, alegando ser suyas y tener derecho a exigir se le pague el piso y el agua.
No hay más remedio que pagar, porque el señor Peñaloza se guarda muy bien de salir a sacar contribución aleru