Una excursión a los indios ranqueles · Unidad 49 de 243

Unidad 49 · 38 LUCIO V. MANSILLA

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38 LUCIO V. MANSILLA

Pronto estuvimos otra vez en camino con cabalgaduras

frescas .

lia noche tenía una majestad sombría; soíplaba un vientecito del Sur y hacía un poco de frío. Medio entumido como me había levantado de mi gramíneo lecho, temí dormirme sobre el caballo, y era indispensable tener muchísimo cuidado, pues, en cuanto salimos del descampado y entramos de nuevo en el bosque, comenzaron a azotarnos sin piedad las ramas ele los árboles. La penumbra de la luna eclipsada a cada momento por nubes cenicientas que corrían veloces por el vacío de los cielos, hacía muy difícil apreciar la distancia de los objetos; así fué que más de una vez apartamos ramas imaginarias y más de una vez recibimos latigazos formidables en el instante mismo en que más lejos del peligro nos creíamos.

¿No sucede en el sendero de la vida, — de la política, de la milicia, del comercio, del amor, — lo mismo que cuando en nublada noche atravesamos las sendas de un monte tupido?

Cuando creemos llegar a la cumbre de la montaña con la piedra nos derrumbamos a medio camino. Nos creemioa al borde de la playa apetecida y nos envuelve la vorágine irritada. Esperamos ansiosos la tierna y amorosa confidencia y nos llega en perfumado y pérfido billete un ¡olvidadme! Ofrecemos una puñalada, y somos capaces de humillarnos a la primera mirada compasiva.

j Cuan ciert'oi es que el hombre no alcanza a ver más allá de sus narices! v

Llamé, para no dormirme, a Francisco, mi lenguaraz, y de pregunta en pregunta, llegué a asegurarme de que no tardaríamos muchas horas en hallarnos entre las primeras tolderías, i

Díjome que poco antes de llegar a donde íbamos a parar, se apartaban varios caminos : que debíamos ir con mucho cuidado para no tomar uno por otro; que él era baqueano, pero que podía perderse haciendo mucho tiempo que no había andado por allí.

— Pues entonces no conversemos; no vayas a distraerte con la conversación y nos estraviemos, le contesté.

Y esto diciendo, sujeté de golpe el caballo, esperé a que toda la comitiva estuviese junta, y previne que de un momento a otro íbamos a llegar a donde se apartaban varios caminos, no tardando en encontrarnos entre las primeras tolderías; que tuvieran cuidado, que quién primero notara otros caminos o toldos, alisara.

Marchamos un rato en silencio, oíase de cuando en cuando el relincho de los caballos y constantemente el cencerreo de las madrinas.

De repente oyóse una carcajada.