Una excursión a los indios ranqueles · Unidad 50 de 243

Unidad 50 · UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS BANQUELE8 89

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UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS BANQUELE8 89

Era Calixto, mi jocoso asistente, el revolucionario de marras, que, según su costumbre, iba contando cuentos y que acababa de echarles a los compañeros una mentirai de a folio.

— ¿Qué hay? pregunté.

— Nada, mi Coronel, contestó Juan Díaz, es Calixto que nos quiere hacer comulgar con ruedas de carreta.

El muy mentiroso acababa de jurar, por todos los santos del cielo, que una mujer de la Sierra había parido un fenómeno macho, — así dijo él, con dos cabezas.

Hasta aquí el hecho no tenía nada de inverosímil. Lo gordo era que Calixto agregaba. Qiue el muchacho, — por no decir los muchachos, tenía los más estraños caprichos; que con una boca bebía leche de vaca y con la otra de cabra; que con una decía sí y con otra no; que con una lloraba y con la otra cantaba, armando mediante ese dualismo unas disputas y camorras infernales, que eran muy entretenidas.

— Eres un gran embustero, le dije.

— Mi Coronel, contestó, embustera será la gaceta en que yo lo he leído.

— i Y en qué gaceta has leído eso ?

— En un pedazo de gaceta en que me envolvieron días pasados una libra de azúcar que me vendió D. Pedro en el Fuerte Sarmiento. Allí lo leímos en la cuadra del 7 de caballería ; el amigo Carmen se ha de acordar.

Y Carmen, otro de mis asistentes, dio testimonio del hecho, corrigiendo solamente algunos detalles.

A lo cual Calixto observó:

— Bueno, yo me habré olvidado de algo; pero lo rrtás es verdad, es verdad.

— ¿Cómo, que eso ha sucedido en la Sierra, que es donde se consuman todas las maravillas para un cordobés?

— De eso no me acuerdo bien.

— Padre Marcos, — cuando lleguemos a Leubucó, confiéseme ese mentiroso.

— Con mucho gusto, contestó el buen franciscano, siempre dulce, atento y amable en su trato.

Y cuando aquí llegábamos, una voz gritó : ¡Acá va el camino!

Me detuve, y conmigo todos los que me seguían de cerca; los demás fueron llegando uno tras otro.

— Debemos estar por llegar, dijo Mora, voy a ver, mi Coronel.

Esperé un rato.

Volvió diciendo, que estaba muy obscuro, que no podía reconocer la rastrillada más traqueada, que era la que debíamos tomar. - -— ~

90 U7CIQ V. MANSILLA

En efecto, — un nubarrón parduzco eclipsaba totalmente la luna menguante y las estrellas apenas despedían su vacilante luz, por entre la tenue bruma que se levantaba en toda la redondez del horizonte.

Habíamos llegado a otro gran descampado, cuyos límites no se columbraban por la oscuridad.

Ordené que cortaran paja.

Bápidos y ágiles se desmontaron los asistentes y obedecieron.

En un verbo tuvimos hermosas antorchas y buscando al resplandor de ellas el camino que debíamos seguir, no tardamos en hallarlo.

Iba por él el rastro de Angelito y del cabo Guzmán.

— Han pasado no hace mucho rato, afirmaron los rastreadores y van con los caballos aplastados y sólo con el montado.

— Angelito va en el picazo, dijo uno.

— Che, y el cabo Guzmán, agregó otro, en el moro elinudo.

Tomamos el camino.

Debíamos estar a una legua. Los primeros toldos no se veían por la lobreguez de la noche.

Llegamos... Era un charco de agua entre dos medanitos. Campamos... Mandé asegurar bien las tropillas y me acosté no exclamando como el poeta :

« Without a hope in Ufe >

Al contrario, esperanzado en el favor de Dios que hasta allí me había llevado con felicidad.

Era singular que los indios no nos hubieran sentido todavía ; ellos, que son tan andariegos, que se acuestan tan temprano y se levantan con estrellas.

La luz crepuscular anunciaba la proximidad de un nuevo día.

Durmamos. . .

Es fácil conciliar el sueño cuando la civilización no nos incomoda, no nos irrita con sus inacabables inconvenientes, cuando no tiene uno más que echarse, cuando no hay ni el temor de desvelarse, quitándose la ropa, o pensando en lo que la justicia y la generosidad humanas acaban de hacernos o se proponen hacernos!

Lo confieso, en nombre de las cosas más santas. Yo no he dormido jamás mejor, ni más tranquilamente que en las arenas de la Pampa, sobre mi recado.

Mi lecho, el lecho blando y mullido del hombre civilizado, me parece ahora comparado con aquél, un lecho de Procusto.