Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3) · Unidad 20 de 75

CAPÍTULO CXXVIII. — parte 1

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.

CÓMO ACORDAMOS DE NOS IR HUYENDO DE MÉJICO, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.

Como vimos que cada dia iban menguando nuestras fuerzas, y las de los mejicanos crecian, y veiamos muchos de los nuestros muertos, y todos los más heridos, é que aunque peleábamos muy como varones, no los podiamos hacer retirar ni que se apartasen los muchos escuadrones que de dia y de noche nos daban guerra, y la pólvora apocada, y la comida y agua por el consiguiente, y el gran Montezuma muerto, las paces que les enviamos á demandar no las quisieron aceptar; en fin, veiamos nuestras muertes á los ojos, y las puentes que estaban alzadas; y fué acordado por Cortés y por todos nuestros capitanes y soldados que de noche nos fuésemos, cuando viésemos que los escuadrones guerreros estuviesen más descuidados; y para más les descuidar, aquella tarde les enviamos á decir con un papa de los que estaban presos, que era muy principal entre ellos, y con otros prisioneros, que nos dejen ir en paz de ahí á ocho dias, y que les dariamos todo el oro; y esto por descuidarlos y salirnos aquella noche.

Y demás desto, estaba con nosotros un soldado que se decia Botello, al parecer muy hombre de bien y latino, y habia estado en Roma, y decian que era nigromántico, otros decian que tenia familiar, algunos le llamaban astrólogo; y este Botello habia dicho cuatro dias habia que hallaba por sus suertes y astrologías que si aquella noche que venia no saliamos de Méjico, y si más aguardábamos, que ningun soldado podria salir con la vida; y aun habia dicho otras veces que Cortés habia de tener muchos trabajos y habia de ser desposeido de su ser y honra, y que despues habia de volver á ser gran señor y de mucha renta; y decia otras muchas cosas deste arte.

Dejemos al Botello, que despues tornaré hablar en él, y diré cómo se dió luego órden que se hiciese de maderos y ballestas muy recias una puente que llevásemos para poner en las puentes que tenian quebradas; y para ponella y llevalla, y guardar el paso hasta que pasase todo el fardaje y los de á caballo y todo nuestro ejército, señalaron y mandaron á cuatrocientos indios tlascaltecas y ciento y cincuenta soldados; y para llevar el artillería señalaron ducientos y cincuenta indios tlascaltecas y cincuenta soldados; y para que fuesen en la delantera peleando señalaron á Gonzalo de Sandoval y á Francisco de Acebedo el pulido, y á Francisco de Lugo y á Diego de Ordás é Andrés de Tapia; y todos estos capitanes, y otros ocho ó nueve de los de Narvaez, que aquí no nombro, y con ellos, para que les ayudasen, cien soldados mancebos sueltos; y para que fuesen entre medias del fardaje y naborías y prisioneros, y acudiesen á la parte que más conviniese de pelear, señalaron al mismo Cortés y á Alonso de Ávila, y á Cristóbal de Olí y á Bernardino Vazquez de Tapia, y á otros capitanes de los nuestros, que no me acuerdo ya sus nombres, con otros cincuenta soldados; y para la retaguardia señalaron á Juan Velazquez de Leon y á Pedro de Albarado, con otros muchos de á caballo y más de cien soldados, y todos los más de los de Narvaez; y para que llevasen á cargo los prisioneros y á doña Marina y á doña Luisa señalaron trecientos tlascaltecas y treinta soldados.

Pues hecho este concierto, ya era noche, y para sacar el oro y llevallo y repartillo, mandó Cortés á su camarero, que se decia Cristóbal de Guzman, y á otros sus criados, que todo el oro y plata y joyas lo sacasen de su aposento á la sala con muchos indios de Tlascala, y mandó á los oficiales del Rey, que era en aquel tiempo Alonso de Ávila y Gonzalo Mejía, que pusiesen en cobro todo el oro de su majestad, y para que lo llevasen les dió siete caballos heridos y cojos y una yegua, y muchos indios tlascaltecas, que, segun dijeron, fueron más de ochenta, y cargaron dello lo que más pudieron llevar, que estaba hecho todo lo más dello en barras muy anchas y grandes, como dicho tengo en el capítulo que dello habla, y quedaba mucho más oro en la sala hecho montones.

Entónces Cortés llamó su secretario, que se decia Pedro Hernandez, y á otros escribanos del Rey, y dijo:

—«Dadme por testimonio que no puedo más hacer sobre guardar este oro. Aquí tenemos en esta casa y sala sobre setecientos mil pesos por todo, y veis que no lo podemos pasar ni poner cobro más de lo puesto; los soldados que quisieren sacar dello, desde aquí se lo doy, como se ha de quedar aquí perdido entre estos perros.»

Y desque aquello oyeron, muchos soldados de los de Narvaez y aun algunos de los nuestros cargaron dello.

Yo digo que nunca tuve codicia del oro, sino procurar salvar la vida: porque la teniamos en gran peligro; mas no dejé de apañar de una petaquilla, que allí estaba, cuatro chalchihuies, que son piedras muy preciadas entre los indios, que presto me eché entre los pechos entre las armas; y aun entónces Cortés mandó tomar la petaquilla con los chalchihuies que quedaban, para que la guardase su mayordomo; y aun los cuatro chalchihuies que yo tomé, si no me los hubiera echado entre los pechos, me los demandara Cortés; los cuales me fueron muy buenos para curar mis heridas y comer del valor dellos.

Volvamos á nuestro cuento; que desque supimos el concierto que Cortés habia hecho de la manera que habiamos de salir y llevar la madera para las puentes, y como hacia algo escuro, que habia neblina é lloviznaba, y era ántes de media noche, comenzaron á traer la madera é puente, y ponella en el lugar que habia de estar, y á caminar el fardaje y artillería y muchos de á caballo, y los indios tlascaltecas con el oro; y despues que se puso en la puente, y pasaron todos así como venian, y pasó Sandoval é muchos de á caballo, tambien pasó Cortés con sus compañeros de á caballo tras de los primeros, y otros muchos soldados.

Y estando en esto, suenan los cornetas y gritas y silbos de los mejicanos, y decian en su lengua:

—«Taltelulco, Taltelulco, salí presto con vuestras canoas, que se van los teules; atajadlos en las puentes.»

Y cuando no me cato, vimos tantos escuadrones de guerreros sobre nosotros, y toda la laguna cuajada de canoas, que no nos podiamos valer, y muchos de nuestros soldados ya habian pasado.

Y estando desta manera, carga tanta multitud de mejicanos á quitar la puente y á herir y matar á los nuestros, que no se daban á manos unos á otros; y como la desdicha es mala, y en tales tiempos ocurre un mal sobre otro, como llovia, resbalaron dos caballos y se espantaron, y caen en la laguna, y la puente caida y quitada; carga tanto guerrero mejicano para acaballa de quitar, que por bien que peleábamos, y matábamos muchos dellos, no se pudo más aprovechar della.

Por manera que aquel paso y abertura de agua presto se hinchó de caballos muertos y de los caballeros cuyos eran, que no podian nadar, y mataban muchos dellos y de los indios tlascaltecas é indias naborías, y fardaje y petacas y artillería; y de los muchos que se ahogaban, ellos y los caballos, y de otros muchos soldados que allí en el agua mataban y metian en las canoas, que era muy gran lástima de lo ver y oir, pues la grita y lloros y lástimas que decian demandando socorro: «Ayudadme, que me ahogo;» otros, «Socorredme, que me matan;» otros demandando ayuda á Nuestra Señora Santa María y á señor Santiago; otros demandaban ayuda para subir á la puente, y estos eran ya que escapaban nadando, y asidos á muertos y á petacas para subir arriba, á donde estaba la puente; y algunos que habian subido, y pensaban que estaban libres de aquel peligro, habia en las calzadas grandes escuadrones guerreros que los apañaban é amorrinaban con unas macanas, y otros que les flechaban y alanceaban.

Pues quizá habia algun concierto en la salida, como lo habiamos concertado, maldito aquel; porque Cortés y los capitanes y soldados que pasaron primero á caballo, por salvar sus vidas y llegar á tierra firme, aguijaron por las puentes y calzadas adelante, y no aguardaron unos á otros; y no lo erraron, porque los de á caballo no podian pelear en las calzadas; porque yendo por la calzada, ya que arremetian á los escuadrones mejicanos, echábanseles al agua, y de la una parte la laguna y de la otra azuteas, y por tierra les tiraban tanta flecha y vara y piedra, y con lanzas muy largas que habian hecho de las espadas que nos tomaron, como partesanas, mataban los caballos con ellas; y si arremetia alguno de á caballo y mataba algun indio, luego le mataban el caballo; y así, no se atrevian á correr por la calzada.

Pues vista cosa es que no podian pelear en el agua y puestos; sin escopetas ni ballestas y de noche, ¿qué podiamos hacer sino lo que haciamos? Que era que arremetiésemos treinta y cuarenta soldados que nos juntábamos, y dar algunas cuchilladas á los que nos venian á echar mano, y andar y pasar adelante, hasta salir de las calzadas; porque si aguardáramos los unos á los otros, no saliéramos ninguno con la vida, y si fuera de dia, peor fuera; y aun los que escapamos fué que nuestro Señor Dios fué servido darnos esfuerzo para ello; y para quien no lo vió aquella noche la multitud de guerreros que sobre nosotros estaban, y las canoas que de los nuestros arrebataban y llevaban á sacrificar, era cosa de espanto.

Pues yendo que íbamos cincuenta soldados de los de Cortés y algunos de Narvaez por nuestra calzada adelante, de cuando en cuando salian escuadrones mejicanos á nos echar manos.

Acuérdome que nos decian:

—«¡Oh, oh, oh luilones!» que quiere decir: «Oh putos, ¿aun aquí quedais vivos, que no os han muerto los tiacanes?»

Y como les acudimos con cuchilladas y estocadas, pasamos adelante; é yendo por la calzada cerca de tierra firme, cabe el pueblo de Tacuba, donde ya habian llegado Gonzalo de Sandoval y Cristóbal de Olí y Francisco de Salcedo, el pulido, y Gonzalo Dominguez, y Lares, y otros muchos de á caballo, y soldados de los que pasaron adelante ántes que desamparasen la puente, segun y de la manera que dicho tengo; é ya que llegábamos cerca oiamos voces que daba Cristóbal de Olí y Gonzalo de Sandoval y Francisco de Morla, y decian á Cortés, que iba adelante de todos:

—«Aguardad, señor capitan; que dicen estos soldados que vamos huyendo, y los dejamos morir en las puentes y calzadas á todos los que quedan atrás; tornémoslos á amparar y recoger; porque vienen algunos soldados muy heridos y dicen que los demás quedan todos muertos, y no salen ni vienen ningunos.»

Y la respuesta que dió Cortés, que los que habiamos salido de las calzadas era milagro; que si á las puentes volviesen, pocos escaparian con las vidas, ellos y los caballos: y todavía volvió el mismo Cortés y Cristóbal de Olí, y Alonso de Ávila y Gonzalo de Sandoval, y Francisco de Morla y Gonzalo Dominguez, con otros seis ó siete de á caballo, y algunos soldados que no estaban heridos; mas no fuera mucho trecho, porque luego encontraron con Pedro de Albarado bien herido, con una lanza en la mano, á pié, que la yegua alazana ya se la habian muerto, y traia consigo siete soldados, los tres de los nuestros y los cuatro de Narvaez, tambien muy heridos, y ocho tlascaltecas, todos corriendo sangre de muchas heridas; entre tanto volvió Cortés por la calzada con los capitanes y soldados que dicho tengo, reparamos en los patios junto á Tacuba, y ya habian venido de Méjico, como está cerca, dando voces, y á dar mandado á Tacuba y á Escapuzalco y á Teneyuca para que nos saliesen al encuentro.

Por manera que nos comenzaron á tirar vara y piedra y flecha, y con sus lanzas grandes, engastonadas en ellas de nuestras espadas que nos tomaron en este desbarate; y haciamos algunas arremetidas, en que nos defendiamos dellos y les ofendiamos.

Volvamos á Pedro de Albarado, que, como Cortés y los demás capitanes y soldados le encontraron de aquella manera que he dicho, y como supieron que no venian más soldados, se les saltaron las lágrimas de los ojos; porque el Pedro de Albarado y Juan Velazquez de Leon, con otros más de á caballo y más de cien soldados, habian quedado en la retaguarda; y preguntando Cortés por los demás, dijo que todos quedaban muertos, y con ellos el capitan Juan Velazquez de Leon y todos los más de á caballo que traia, así de los nuestros como de los de Narvaez, y más de ciento y cincuenta soldados que traia; y dijo el Pedro que despues que les mataron los caballos y la yegua, que se juntaron para se amparar obra de ochenta soldados, y que sobre los muertos y petacas y caballos que se ahogaron, pasaron la primera puente; en esto no se me acuerda bien si dijo que pasó sobre los muertos, y entónces no miramos lo que sobre ello dijo á Cortés, sino que allí en aquella puente le mataron á Juan Velazquez y más de ducientos compañeros que traia, que no les pudieron valer.

Y asimismo á esta otra puente, que les hizo Dios mucha merced en escapar con las vidas; y decia que todas las puentes y calzadas estaban llenas de guerreros.

Dejemos esto, y diré que en la triste puente que dicen ahora que fué el salto del Albarado, yo digo que en aquel tiempo ningun soldado se paró á vello, si saltaba poco ó mucho, que harto teniamos en mirar y salvar nuestras vidas, porque eran muchos los mejicanos que contra nosotros habia; porque en aquella coyuntura no lo podiamos ver ni tener sentido en salto, si saltaba ó pasaba poco ó mucho; y así seria cuando el Pedro de Albarado llegó á la puente, como él dijo á Cortés, que habia pasado asido á petacas y caballos y cuerpos muertos, porque ya que quisiera saltar y sustentarse en la lanza en el agua, era muy honda, y no pudiera allegar al suelo con ella para poderse sustentar sobre ella; y demás desto, la abertura muy ancha y alta, que no la podria saltar por muy más suelto que era.

Tambien digo que no la podia saltar ni sobre la lanza ni de otra manera; porque despues desde cerca de un año que volvimos á poner cerco á Méjico y la ganamos, me hallé muchas veces en aquella puente peleando con escuadrones mejicanos, y tenian allí hechos reamparos y albarradas, que se llama ahora la puente del salto de Albarado; y platicábamos muchos soldados sobre ello, y no hallábamos razon ni soltura de un hombre que tal saltase.

Dejemos este salto, y digamos que, como vieron nuestros capitanes que no acudian más soldados, y el Pedro de Albarado dijo que todo quedaba lleno de guerreros, y que ya que algunos quedasen rezagados, que en los puentes los matarian, volvamos á decir desto del salto de Albarado: digo que para qué porfian algunas personas que no lo saben ni lo vieron, que fué cierto que la saltó el Pedro de Albarado la noche que salimos huyendo, aquella puente y abertura del agua; otra vez digo que no la pudo saltar en ninguna manera; y para que claro se vea, hoy dia está la puente; y la manera del altor del agua que solia venir y que tan alta estaba la puente, y el agua muy honda, que no podia llegar al suelo con la lanza.

Y porque los lectores sepan que en Méjico hubo un soldado que se decia Fulano de Ocampo, que fué de los que vinieron con Garay, hombre muy plático, y se preciaba de hacer libelos infamatorios y otras cosas á manera de masepasquines; y puso en ciertos libelos á muchos de nuestros capitanes cosas feas que no son de decir no siendo verdad; y entre ellos, demás de otras cosas que dijo de Pedro de Albarado, que habia dejado morir á su compañero Juan Velazquez de Leon con más de ducientos soldados y los de á caballo que les dejamos en la retaguarda, y se escapó él, y por escaparse dió aquel gran salto, como suele decir el refran: «Saltó, y escapó la vida.»

Volvamos á nuestra materia: é porque los que estábamos ya en salvo en lo de Tacuba no nos acabásemos del todo de perder, é porque habian venido muchos mejicanos y los de Tacuba y Escapuzalco y Teneyuca y de otros pueblos comarcanos sobre nosotros, que todos enviaron mensajeros desde Méjico para que nos saliesen al encuentro en las puentes y calzadas, y desde los maizales nos hacian mucho daño, y mataron tres soldados que ya estaban heridos, acordamos lo más presto que pudiésemos salir de aquel pueblo y sus maizales, y con seis ó siete tlascaltecas que sabian ó atinaban el camino de Tlascala, sin ir por camino derecho nos guiaban con mucho concierto hasta que saliésemos á unas caserías que en un cerro estaban, y allí junto á un cu é adoratorio y como fortaleza, adonde reparamos; que quiero tornar á decir que, seguidos que íbamos de los mejicanos, y de las flechas y varas y piedras con sus hondas nos tiraban; y cómo nos cercaban, dando siempre en nosotros, es cosa de espantar; y como lo he dicho muchas veces, estoy harto de decirlo, los lectores no lo tengan por cosa de prolijidad, por causa que cada vez ó cada rato que nos apretaban y herian y daban recia guerra, por fuerza tengo de tornar á decir de los escuadrones que nos seguian, y mataban muchos de nosotros.

Dejémoslo ya de traer tanto á la memoria, y digamos cómo nos defendiamos en aquel cu y fortaleza, nos albergamos, y se curaron los heridos, y con muchas lumbres que hicimos.

Pues de comer no lo habia, y en aquel cu y adoratorio, despues de ganada la gran ciudad de Méjico, hicimos una iglesia, que se dice Nuestra Señora de los Remedios, muy devota, é van ahora allí en romería y á tener novenas muchos vecinos y señoras de Méjico.

Dejemos esto, y volvamos á decir qué lástima era de ver curar y apretar con algunos paños de mantas nuestras heridas; y como se habian resfriado y estaban hinchadas, dolian.

Pues más de llorar fué los caballos y esforzados soldados que faltaban; ¿qué es de Juan Velazquez de Leon, Francisco de Salcedo y Francisco de Morla, y un Lares el buen jinete, y otros muchos de los nuestros de Cortés? ¿Para qué cuento yo estos pocos? Porque para escribir los nombres de los muchos que de los nuestros faltaron, es no acabar tan presto.

Pues de los de Narvaez, todos los más en las puentes quedaron cargados de oro.

Digamos ahora, ¿qué es de muchos tlascaltecas que iban cargados de barras de oro, y otros que nos ayudaban? Pues al astrólogo Botello no le aprovechó su astrología, que tambien allí murió.

Volvamos á decir cómo quedaron muertos, así los hijos de Montezuma como los prisioneros que traiamos, y el Cacamatzin y otros reyezuelos.

Dejemos ya de contar tantos trabajos, y digamos cómo estábamos pensando en lo que por delante teniamos, y era que todos estábamos heridos, y no escaparon sino veinte y tres caballos.

Pues los tiros y artillería y pólvora no sacamos ninguna; las ballestas fueron pocas, y esas se remediaron luego, é hicimos saetas.

Pues lo peor de todo era que no sabiamos la voluntad que habiamos de hallar en nuestros amigos los de Tlascala.

Y demás desto, aquella noche, siempre cercados de mejicanos, y grita y vara y flecha, con hondas sobre nosotros, acordamos de nos salir de allí á media noche, y con los tlascaltecas, nuestros guias, por delante con muy gran concierto; llevábamos los muy heridos en el camino en medio, y los cojos con bordones, y algunos que no podian andar y estaban muy malos á ancas de caballos de los que iban cojos, que no eran para batallar, y los de á caballo sanos delante, y á un lado y á otro repartidos; y por este arte todos nosotros los que más sanos estábamos haciendo rostro y cara á los mejicanos, y los tlascaltecas que estaban heridos iban dentro en el cuerpo de nuestro escuadron, y los demás que estaban sanos hacian cara juntamente con nosotros; porque los mejicanos nos iban siempre picando con grandes voces y gritos y silbos, diciendo:

—«Allá ireis donde no quede ninguno de vosotros á vida.»

Y no entendiamos á qué fin lo decian, segun adelante verán.