Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3) · Unidad 21 de 75
CAPÍTULO CXXVIII. — parte 2
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Olvidado me he de escribir el contento que recebimos de ver viva á nuestra doña Marina y á doña Luisa, hija de Xicotenga, que las escaparon en las puentes unos tlascaltecas hermanos de la doña Luisa, que salieron de los primeros, y quedaron muertas todas las más naborías que nos habian dado en Tlascala y en Méjico: allí quedaron en las puentes con los demás.
Y volvamos á decir cómo llegamos aquel dia á un pueblo grande que se dice Gualquitan, el cual pueblo fué de Alonso de Ávila; y aunque nos daban grita y voces y tiraban piedra y vara y flecha, todo lo soportábamos.
Y desde allí fuimos por unas caserías y pueblezuelos, y siempre los mejicanos siguiéndonos, y como se juntaban muchos, procuraban de nos matar, y nos comenzaban á cercar, y tiraban tanta piedra con hondas, y vara y flecha, que mataron á dos de nuestros soldados en un paso malo, que iban mancos, y tambien un caballo, é hirieron á muchos de los nuestros; y tambien nosotros á estocadas les matamos algunos dellos, y los de á caballo á lanzadas les mataban, aunque pocos; y así, dormimos en aquellas casas, y allí comimos el caballo que mataron.
Y otro dia muy de mañana comenzamos á caminar con el concierto que de ántes, y aun mejor, y siempre la mitad de los de á caballo adelante; y poco más de una legua, en un llano, ya que creimos ir en salvo, vuelven tres de los nuestros de á caballo, y dicen que están los campos llenos de guerreros mejicanos aguardándonos; y cuando lo oimos, bien que tuvimos temor, é grande, mas no para desmayar del todo, ni dejar de encontrarnos con ellos y pelear hasta morir; y allí reparamos un poco, y se dió órden cómo habian de entrar y salir los de á caballo á media rienda, y que no se parasen á lancear, sino las lanzas por los rostros hasta romper sus escuadrones, y que todos los soldados, las estocadas que diésemos, que les pasásemos las entrañas, y que todos hiciésemos de manera que vengásemos muy bien nuestras muertes y heridas, por manera que si Dios fuese servido, que escapásemos con las vidas; y despues de nos encomendar á Dios y á Santa María muy de corazon, é invocando el nombre del señor Santiago, desque vimos que nos comenzaban á cercar, de cinco en cinco de á caballo rompieron por ellos, y todos nosotros juntamente.
¡Oh qué cosa de ver era esta tan temerosa y rompida batalla, cómo andábamos en pié con pié, y con qué furia los perros peleaban, y qué herir y matar hacian en nosotros con sus lanzas y macanas y espadas de dos manos! Y los de á caballo, como era el campo llano, cómo alanceaban á su placer, entrando y saliendo á media rienda; y aunque estaban heridos ellos y sus caballos, no dejaban de batallar muy como varones esforzados.
Pues todos nosotros los que teniamos caballos, parece ser que á todos se nos ponia esfuerzo doblado, que aunque estábamos heridos, y de refresco teniamos más heridas, no curábamos de los apretar, por no nos parar á ello, que no habia lugar, sino con grandes ánimos apechugábamos á les dar de estocadas.
Pues quiero decir cómo Cortés y Cristóbal de Olí, y Pedro de Albarado, que tomó otro caballo de los de Narvaez, porque su yegua se la habian muerto, como dicho tengo, y Gonzalo de Sandoval, cuales andaban de una parte á otra rompiendo escuadrones, aunque bien heridos; y las palabras que Cortés decia á los que andábamos envueltos con ellos, que la estocada y cuchillada que diésemos fuese en señores señalados; porque todos traian grandes penachos con oro y ricas armas y divisas.
Pues oir cómo nos esforzaba el valiente y animoso Sandoval, y decia:
—«Ea, señores, que hoy es el dia que hemos de vencer; tened esperanza en Dios que saldremos de aquí vivos; para algun buen fin nos guarda Dios.»
Y tornaré á decir los muchos de nuestros soldados que nos mataban y herian.
Y dejemos esto, y volvamos á Cortés y Cristóbal de Olí y Sandoval, y Pedro de Albarado y Gonzalo Dominguez, y otros muchos que aquí no nombro; y todos los soldados poniamos grande ánimo para pelear, y esto, Nuestro Señor Jesucristo y Nuestra Señora la Vírgen Santa María nos lo ponia, y señor Santiago que ciertamente nos ayudaba; y así lo certificó un capitan de Guatemuz, de los que se hallaron en la batalla; y quiso Dios que allegó Cortés con los capitanes por mí nombrados en parte donde andaba el capitan general de los mejicanos con su bandera tendida, con ricas armas de oro y grandes penachos de argentería, y como lo vió Cortés al que llevaba la bandera, con otros muchos mejicanos, que todos traian grandes penachos de oro, dijo á Pedro de Albarado y á Gonzalo de Sandoval y á Cristóbal de Olí y á los demás capitanes:
—«Ea, señores, rompamos con ellos.»
Y encomendándose á Dios, arremetió Cortés y Cristóbal de Olí, y Sandoval y Alonso de Ávila y otros caballeros, y Cortés dió un encuentro con el caballo al capitan mejicano, que le hizo abatir su bandera, y los demás nuestros capitanes acabaron de romper el escuadron, que eran muchos indios; y quien siguió al capitan que traia la bandera, que aún no habia caido del encuentro que Cortés le dió, fué un Juan de Salamanca, natural de Ontiveros, con una buena yegua overa, que le acabó de matar y le quitó el rico penacho que traia, y se le dió á Cortés, diciendo que, pues él le encontró primero y le hizo abatir la bandera y hizo perder el brio, le daba el plumaje; mas dende á ciertos años su majestad se le dió por armas al Salamanca, y así las tienen en sus reposteros sus descendientes.
Volvamos á nuestra batalla, que Nuestro Señor Dios fué servido que, muerto aquel capitan que traia la bandera mejicana y otros muchos que allí murieron, aflojó su batallar de arte, que se iban retrayendo, y todos los de á caballo siguiéndoles y alcanzándoles.
Pues á nosotros no nos dolian las heridas ni teniamos hambre ni sed, sino que parecia que no habiamos habido ni pasado ningun mal trabajo.
Seguimos la vitoria matando é hiriendo.
Pues nuestros amigos los de Tlascala estaban hechos unos leones, y con sus espadas y montantes y otras armas que allí apañaron, hacíanlo muy bien y esforzadamente.
Ya vueltos los de á caballo de seguir la victoria, todos dimos muchas gracias á Dios, que escapamos de tan gran multitud de gente; porque no se habia visto ni hallado en todas las Indias, en batalla que se haya dado, tan gran número de guerreros juntos; porque allí estaba la flor de Méjico y de Tezcuco y Salcocan, ya con pensamiento que de aquella vez no quedara roso ni velloso de nosotros.
Pues qué armas tan ricas que traian, con tanto oro y penachos y divisas, y todos los más capitanes y personas principales, y allí junto donde fué esta reñida y nombrada y temerosa batalla para en estas partes (así se puede decir, pues Dios nos escapó con las vidas), habia cerca un pueblo que se dice Obtumba; la cual batalla tienen muy bien pintada, y en retratos entallada los mejicanos y tlascaltecas, entre otras muchas batallas que con los mejicanos hubimos hasta que ganamos á Méjico.
Y tengan atencion los curiosos lectores que esto leyeren, que quiero traer aquí á la memoria que cuando entramos al socorro de Pedro de Albarado en Méjico fuimos por todos sobre más de mil y trecientos soldados, con los de á caballo, que fueron noventa y siete, y ochenta ballesteros y otros tantos escopeteros, y más de dos mil tlascaltecas, y metimos mucha artillería; y fué nuestra entrada en Méjico dia del señor San Juan de Junio de 1520 años, y fué nuestra salida huyendo á 10 del mes de Julio del año siguiente, y fué esta nombrada batalla de Obtumba á 14 del mes de Julio.
Digamos ahora, ya que escapamos de todos los trances por mí atrás dichos, quiero dar otra cuenta qué tantos mataron, así en Méjico, en puentes y calzadas, como en todos los reencuentros, y en esta de Obtumba, y los que mataron por los caminos.
Digo que en obra de cinco dias fueron muertos y sacrificados sobre ochocientos y setenta soldados, con setenta y dos que mataron en un pueblo que se dice Tustepeque, y á cinco mujeres de Castilla; y estos que mataron en Tustepeque eran de los de Narvaez, y mataron sobre mil y ducientos tlascaltecas.
Tambien quiero decir cómo en aquella sazon mataron á un Juan de Alcántara el viejo, con otros tres vecinos de la Villa-Rica, que venian por las partes del oro que les cabia; de lo cual tengo hecha relacion en el capítulo que dello trata.
Por manera que tambien perdieron las vidas y aun el oro, y si miramos en ello, todos comunmente hubimos mal gozo de las partes del oro que nos dieron; y si de los de Narvaez murieron muchos más que los de Cortés en las puentes, fué por salir cargados de oro, que con el peso dello no podian salir ni nadar.
Dejemos de hablar en esta materia, y digamos cómo íbamos muy alegres y comiendo unas calabazas que llaman ayotes, y comiendo y caminando hácia Tlascala; que por salir de aquellas poblaciones, por temor no se tornasen á juntar escuadrones mejicanos, que aun todavía nos daban grita en partes que no podiamos ser señores dellos, y nos tiraban mucha piedra con hondas, y vara y flecha, hasta que fuimos á otras caserías y pueblo chico; porque estaba todo poblado de mejicanos, y allí estaba un buen cu y casa fuerte, donde reparamos aquella noche y nos curamos nuestras heridas, y estuvimos con más reposo; y aunque siempre teniamos escuadrones de mejicanos que nos seguian, mas ya no se osaban llegar; y aquellos que venian era como quien decia: «Allá ireis fuera de nuestra tierra.»
Y desde aquella poblacion y casa donde dormimos se parecian las sierrezuelas que están cabe Tlascala, y como las vimos, nos alegramos como si fueran nuestras casas. Pues quizá sabiamos cierto que nos habian de ser leales ó qué voluntad ternian, ó qué habia acontecido á los que estaban poblados en la Villa-Rica, si eran muertos ó vivos.
Y Cortés nos dijo que, pues éramos pocos, que no quedamos sino cuatrocientos y cuarenta, con veinte caballos y doce ballesteros y siete escopeteros, y no teniamos pólvora, y todos heridos y cojos y mancos, que mirásemos muy bien cómo nuestro Señor Jesucristo fué servido escaparnos con las vidas; por lo cual siempre le hemos de dar muchas gracias y loores, y que volvimos otra vez á disminuirnos en el número y copia de los soldados que con él pasamos desde Cuba, y que primero entramos en Méjico cuatrocientos y cincuenta soldados; y que nos rogaba que en Tlascala no les hiciésemos enojo, ni se les tomase ninguna cosa; y esto dió á entender á los de Narvaez, porque no estaban acostumbrados á ser sujetos á capitanes en las guerras, como nosotros; y más dijo, que tenia esperanza en Dios que los hallariamos buenos y leales; é que si otra cosa fuese, lo que Dios no permita, que nos han de tornar á andar los puños con corazones fuertes y brazos vigorosos, y que para eso fuésemos muy apercebidos, y nuestros corredores del campo adelante.
Llegamos á una fuente que estaba en una ladera, y allí estaban unas como cercas y reamparos de tiempos viejos, y dijeron nuestros amigos los tlascaltecas que allí partian términos entre los mejicanos y ellos; y de buen reposo nos paramos á lavar, y á comer de la miseria que habiamos habido, y luego comenzamos á marchar, y fuimos á un pueblo de los tlascaltecas, que se dice Gualiopar, donde nos recibieron y nos daban de comer; mas no tanto, que si no se lo pagábamos con algunas piecezuelas de oro y chalchihuies que llevábamos algunos de nosotros, no nos lo daban de balde; y allí estuvimos un dia reposando, curando nuestras heridas, y ansimismo curamos los caballos.
Pues cuando lo supieron en la cabecera de Tlascala, luego vino Masse-Escaci y principales, y todos los más sus vecinos, y Xicotenga el viejo, y Chichimeclatecle y los de Guaxocingo; y como llegaron á aquel pueblo donde estábamos, fueron á abrazar á Cortés y á todos nuestros capitanes y soldados; y llorando algunos dellos, especial el Masse-Escaci y Xicotenga, y Chichimeclatecle y Tecapenaca, dijeron á Cortés:
—«¡Oh Malinche, Malinche, y cómo nos pesa de vuestro mal y de todos vuestros hermanos, y de los muchos de los nuestros que con vosotros han muerto! Ya os lo habiamos dicho muchas veces, que no os fiásedes de gente mejicana, porque de un dia á otro os habian de dar guerra; no me quisistes creer: ya es hecho, al presente no se puede hacer más de curaros y daros de comer; en vuestras casas estais, descansad, é iremos luego á nuestro pueblo y os aposentaremos; y no pienses, Malinche, que habeis hecho poco en escapar con las vidas de aquella tan fuerte ciudad y sus puentes; é yo digo que si de ántes os teniamos por muy esforzados, ahora os tenemos en mucho más.
»Bien sé que lloran muchas mujeres é indios destos nuestros pueblos las muertes de sus hijos y maridos y hermanos y parientes; no te congojes por ello, y mucho debes á tus dioses, que te han aportado aquí, y salido de entre tanta multitud de guerreros que os aguardaban en lo de Obtumba, que cuatro dias habia que lo supe que os esperaban para os matar. Yo queria ir en vuestra busca con treinta mil guerreros de los nuestros, y no pude salir, á causa que no estábamos juntos y los andaba juntando.»
Cortés y todos nuestros capitanes y soldados los abrazamos, y les dijimos que se lo teniamos en merced, y Cortés les dió á todos los principales joyas de oro y piedras que todavía se escaparon, cada cual soldado lo que pudo; y asimesmo dimos algunos de nosotros á nuestros conocidos de lo que teniamos.
Pues qué fiesta y alegría mostraron con doña Luisa y con doña Marina cuando las vieron en salvamento, y qué llorar, y qué tristeza tenian por los demás indios que no venian, que se quedaron muertos, en especial el Masse-Escaci por su hija doña Elvira, y lloraba la muerte de Juan Velazquez de Leon, á quien la dió; y desta manera fuimos á la cabeza de Tlascala con todos los caciques, y á Cortés aposentaron en las casas de Masse-Escaci, y Xicotenga dió sus aposentos á Pedro de Albarado, y allí nos curamos y tornamos á convalecer, y aun se murieron cuatro soldados de las heridas, y á otros soldados no se les habian sanado.
Y dejallo he aquí, y diré lo que más pasó.