Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3) · Unidad 71 de 75
CAPÍTULO CLXVI. — parte 1
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CÓMO LOS QUE QUEDAMOS POBLADOS EN GUACACUALCO SIEMPRE ANDÁBAMOS PACIFICANDO LAS PROVINCIAS QUE SE NOS ALZABAN, Y CÓMO CORTÉS MANDÓ AL CAPITAN LUIS MARIN QUE FUESE Á CONQUISTAR É Á PACIFICAR LA PROVINCIA DE CHIAPA, Y ME MANDÓ QUE FUESE CON ÉL, Y Á FRAY JUAN DE LAS VARILLAS, El PARIENTE DE ZUAZO, FRAILE MERCENARIO, Y LO QUE EN LA PACIFICACION PASÓ.
Pues como estábamos poblados en aquella villa de Guacacualco muchos conquistadores viejos y personas de calidad, y teniamos grandes términos repartidos entre nosotros, que era la misma provincia de Guacacualco é Citla, é lo de Tabasco é Cimatan é Chotalpa, y en las sierras arriba lo de Cachula é Zoque é Quilenes, hasta Cinacatan, é Chamula, é la ciudad de Chiapa de los indios, y Papanaustla é Pinula, y hácia la banda de Méjico la provincia de Xaltepeque y Guazpaltepeque é Chinanta é Tepeca, y otros pueblos, y como al principio todas las provincias que habia en la Nueva-España las más dellas se alzaban cuando les pedian tributo, y aun mataban á sus encomenderos, y á los españoles que podian tomar á su salvo los acapillaban, así nos aconteció en aquella villa, que casi no quedó provincia que todos no se nos rebelaron; y á esta causa siempre andamos de pueblo en pueblo con una capitanía, atrayéndolos de paz; y como los de Cimatan no querian venir de paz á la villa ni obedecer su mandamiento, acordó el capitan Luis Marin que por no enviar capitanía de muchos soldados contra ellos, que fuésemos cuatro vecinos á los traer de paz; yo fuí el uno dellos, y los demás se llamaban Rodrigo de Enao, natural de Ávila, y un Francisco Martin, medio vizcaino, y el otro se decia Francisco Jimenez, natural de Inguijuela de Extremadura; y lo que nos mandó el capitan fué, que buenamente y con amor los llamásemos de paz, y que no les dijésemos palabras de que se enojasen.
É yendo que íbamos á su provincia, que son las poblaciones entre grandes ciénagas y caudalosos rios, é ya que llegábamos á dos leguas de su pueblo, les enviamos mensajeros á decir cómo íbamos, y la respuesta que dieron fué, que salen á nosotros tres escuadrones de flecheros y lanceros, que á la primera refriega mataron dos de nuestros compañeros, é á mí me dieron la primera herida de un flechazo en la garganta, que con la sangre que me salia, é en aquel tiempo no podia apretallo ni tomar la sangre, estuvo mi vida en harto peligro; pues el otro mi compañero que estaba por herir, que era el Francisco Martin, puesto que yo y él siempre haciamos cara é heriamos algunos contrarios, acordó de tomar las de Villadiego y acogerse á unas canoas que estaban cabe un rio que se decia Macapa; y como yo quedaba solo y mal herido, porque no me acabasen de matar, é sin sentido é poco acuerdo, me metí entre unos matorrales, y volviendo en mí, con fuerte corazon dije:
—«¡Oh, válgame nuestra Señora! ¿Si es verdad que tengo que morir hoy en poder destos perros?»
Y tomé tal esfuerzo, que salgo de las matas y rompo por los indios, que á buenas cuchilladas y estocadas me dieron lugar que saliese de entre ellos; y aunque me tornaron á herir, fuí á las canoas, donde estaba ya mi compañero Francisco Martin con cuatro indios amigos que eran los que habiamos traido con nosotros, que nos llevaban el hato; que estos indios, cuando estábamos peleando con los cimatecas, dejando las cargas, se acogen al rio en las canoas; y lo que nos dió la vida á mí y Francisco Martin fué, que los contrarios se embarazaron en robar nuestra ropa y petacas.
Dejemos de hablar en esto, y digamos que Dios fué servido escaparnos de no morir allí, y en las canoas pasamos aquel rio, que es muy grande é hondo, é hay en él muchos lagartos; y porque no nos siguiesen los cimatecas, que así se llaman, estuvimos ocho dias por los montes, y dende pocos dias se supo en Guacacualco esta nueva, y dijeron los indios que habiamos traido, que llevaron la misma nueva, que todos los cuatro indios que quedaron en las canoas, como dicho tengo, que éramos muertos; y estos, de que nos vieron heridos é los dos muertos, se fueron huyendo y nos dejaron en la pelea, y en pocos dias llegaron á Guacacualco; y como no pareciamos ni habia nueva de nosotros, creyeron que éramos muertos, como los indios dijeron; y como era costumbre de Indias y en aquella sazon se usaba, ya habia repartido el capitan Luis Marin en otros conquistadores nuestros pueblos, hecho mensajeros á Cortés para enviar las cédulas de encomienda, y aun vendido nuestras haciendas, y al cabo de veinte y tres dias aportamos á la villa; de lo cual se holgaron nuestros amigos, mas á quien les habia dado nuestros indios les pesó; y viendo el capitan Luis Marin que no podiamos apaciguar aquellas provincias, y mataban muchos de nuestros soldados, acordó de ir á Méjico á demandar á Cortés más soldados y socorro y pertrechos de guerra, y mandó que entre tanto que iba no saliésemos de la villa ningunos vecinos á los pueblos léjos, si no fuese á los que estaban cuatro ó cinco leguas de allí, para traer comida.
Pues llegado á Méjico, dió cuenta á Cortés de todo lo acaecido, y entónces le mandó que volviese á Guacacualco, y envió con él treinta soldados, y entre ellos á un Alonso de Grado, por mí muchas veces nombrado; á fray Juan de las Varillas, que habia venido con Zuazo, que era gran estudiante, que solia decir habia estudiado en su colegio de la Veracruz de Salamanca, de donde era, y decian que de muy noble linaje; y le mandó que con todos los vecinos que estábamos en la villa y los soldados que traia consigo fuésemos á la provincia de Chiapa, que estaba de guerra, que la pacificásemos y poblásemos una villa; y como el capitan Luis Marin vino con estos despachos, nos apercebimos todos, así los que estábamos allí poblados como los que traian de nuevo, y comenzamos á abrir caminos, porque eran montes y ciénagas muy malas, y echábamos en ellas maderos y ramos para poder pasar los caballos, y con gran trabajo fuimos á salir á un pueblo que se dice Tezpuntlan, que hasta entónces por el rio arriba soliamos ir en canoas, que no habia otro camino abierto; y dende aquel pueblo fuimos á otro pueblo la sierra arriba, que se dice Cachula; y para que bien se entienda, este Cachula es en la provincia de Chiapa; y esto digo porque está otro pueblo del mismo nombre junto á la Puebla de los Ángeles.
Y dende Cachula fuimos á otros pueblezuelos sujetos al mismo Cachula, y fuimos abriendo camino nuevo el rio arriba, que venian de la poblacion de Chiapa, porque no habia camino ninguno, y todos los rededores que estaban poblados habian grande miedo á los chiapanecas, porque ciertamente eran en aquel tiempo los mayores guerreros que yo habia visto en toda la Nueva-España, aunque entren entre ellos los tlascaltecas ni mejicanos ni zapotecas ni mingues; y esto digo porque jamás Méjico los pudo señorear, porque en aquella sazon era aquella provincia muy poblada, y los naturales della eran en gran manera belicosos y daban guerra á sus comarcanos, que eran los de Cinacatan y á todos los pueblos de la laguna quilenayas, asimismo á los pueblos que se dicen los zoques, y robaban y cautivaban á la contina á otros pueblezuelos donde podian hacer presa, y con los que dellos mataban hacian sacrificios y hartazgas; y demás desto, en los caminos de Teguantepeque tenian en pasos malos puestos guerreros para saltear á los indios mercaderes que trataban de una provincia á otra; y á esta causa dejaban algunas veces de tratar las unas provincias con las otras, y aun habian traido por fuerza á otros pueblos y hécholes poblar y estar junto á Chiapa, y los tenian por esclavos y con ellos hacian sus sementeras.
Volvamos á nuestro camino, que fuimos el rio arriba hácia su ciudad, y era por Cuaresma año de 1524, y esto de los años no me acuerdo bien; y ántes de llegar á Chiapa se hizo alarde de todos los de á caballo, escopeteros y ballesteros que íbamos en aquella entrada; y no se pudo hacer hasta entónces, por causa que algunos de nuestra villa y otros forasteros aun no se habian recogido, que andaban en los pueblos de la sierra de Chalupa demandando el tributo que les eran obligados á dar; y con el favor de venir capitan con la gente de guerra, como veniamos, se atrevian á ir á ellos, que de ántes ni daban tributo ni se les daba nada de nosotros.
Volvamos á nuestro alarde, que se hallaron veinte y siete de á caballo que podian pelear, y otros cinco que no eran para ello, y quince ballesteros y ocho escopeteros, y un tiro y pólvora, y un soldado por artillero, que decia el mismo soldado que habia estado en Italia; esto digo aquí porque no era para cosa ninguna, que era muy cobarde; y llevábamos sesenta soldados de espada y rodela y obra de ochenta mejicanos, y el cacique de Cachula con otros principales suyos; y estos indios de Cachula que he dicho, iban temblando de miedo, y por halagos los llevamos que nos ayudasen á abrir camino y llevar el fardaje.
Pues yendo nuestro camino en concierto, ya que llegamos cerca de sus poblaciones, siempre íbamos adelante por espías y descubridores del campo cuatro soldados muy sueltos, é yo era uno dellos, é dejaba mi caballo, que no era tierra por donde podian correr, é íbamos siempre media legua adelante de nuestro ejército; y como los chiapanecas son grandes cazadores, andaban entónces á caza de venados, y desque nos sintieron, apellídanse todos con grandes ahumadas, y como llegamos á sus poblaciones, tenian muy anchos caminos y grande sementera de maíz é otras legumbres, y el primer pueblo que topamos se dice Estapa, que está de la cabecera obra de cuatro leguas, y en aquel instante le habian despoblado, y tenian mucho maíz é gallinas y otros bastimentos, que tuvimos bien que comer y cenar; y estando reposando en el pueblo, puesto que teniamos puestas nuestras velas y escuchas y corredores del campo, vienen dos de á caballo que estaban por corredores á dar mandado y diciendo:
—«¡Alarma, que vienen muchos guerreros chiapanecas!»
Y nosotros, que siempre estábamos muy apercebidos, les salimos al encuentro ántes que llegasen al pueblo, y tuvimos una gran batalla con ellos, porque traian muchas varas tostadas, con sus tiraderas y arcos y flechas, y lanzas mayores que las nuestras, con buenas armas de algodon y penachos, y otros traian unas porras como macanas; y allí donde hubimos esta batalla habia mucha piedra, y con hondas nos hacian mucho daño, y nos comenzaron á cercar de arte, que de la primera rociada mataron dos de nuestros soldados y cuatro caballos, y le hirieron á fray Juan y trece soldados y á muchos de nuestros amigos, y al capitan Luis Marin le dieron dos heridas, y estuvimos en aquella batalla toda la tarde hasta que anocheció; y como hacia escuro, y habian sentido el cortar de nuestras espadas y escopetas y ballestas, y las lanzadas, se retiraron, de lo cual nos holgamos, y hallamos quince dellos muertos y otros muchos heridos, que no se pudieron ir, y de dos dellos que nos parecian principales se tomó aviso, y dijeron que estaba toda la tierra apercebida para dar en nosotros otro dia; y aquella noche enterramos los muertos y curamos los heridos y al capitan, que estaba malo de las heridas, porque se habia desangrado mucho, que por causa de no se apartar de la batalla para se las curar ó apretar, se le habia metido frio en ellas.
Pues ya hecho esto, pusimos buenas velas y escuchas y corredores del campo, y teniamos los caballos ensillados y enfrenados, y todos nuestros soldados á punto, porque tuvimos por cierto que vernian de noche sobre nosotros, é como habiamos visto el teson que tuvieron en la batalla pasada, que ni por ballestas ni lanzas ni escopetas ni aun estocadas no les podiamos retraer ni apartar un paso atrás, tuvímoslos por buenos guerreros y osados en el pelear; y esa noche se dió órden cómo para otro dia los de á caballo habiamos de arremeter de cinco en cinco hermanados, y las lanzas terciadas, y no pararnos á dar lanzadas hasta ponellos de huida, sino las lanzas altas y por las caras, y atropellar y pasar adelante; y este concierto ya otras veces lo habia dicho el Luis Marin, y aun algunos de nosotros de los conquistadores viejos se lo habiamos dado por aviso á los nuevamente venidos de Castilla, y algunos dellos no curaron de guardar la órden, sino que pensaban que en dar una lanzada á los contrarios que hacian algo: y salióles á cuatro dellos al revés, porque les tomaron las lanzas y les hirieron á ellos los caballos con ellas.
Quiero decir que se juntaban seis ó siete de los contrarios y se abrazaban con los caballos, creyendo de los tomar á manos, y aun derrocaron á un soldado del caballo, y si no le socorriéramos, ya le llevaban á sacrificar, y desde ahí á dos dias se murió.
Volvamos á nuestro relacion, y es, que otro dia de mañana acordamos de ir por nuestro camino para su ciudad de Chiapa, y verdaderamente se podia decir ciudad, y bien poblada, y las casas y calles muy en concierto, y de más de cuatro mil vecinos, sin otros muchos pueblos sujetos á ella, que estaban poblados á su alrededor; é yendo que íbamos con mucho concierto, y el tiro puesto en órden, y el artillero bien apercibido de lo que habia de hacer, y no habiamos caminado cuarto de legua, cuando nos encontramos con todo el poder de Chiapa, que campos y cuestas venian llenos dellos, con grandes penachos y buenas armas é grandes lanzas, flecha y vara con tiraderas, piedra y hondas, con grandes voces é grita y silbos.
Era cosa de espantar cómo se juntaron con nosotros pié con pié y comenzaron á pelear como rabiosos leones; y nuestro negro artillero que llevábamos (que bien negro se podia llamar), cortado de miedo y temblando, ni supo tirar ni poner fuego al tiro; é ya que á poder de voces que le dábamos pegó fuego, hirió á tres de nuestros soldados, que no aprovechó cosa ninguna; y como el capitan vió de la manera que andábamos, rompimos todos los de á caballo puestos en cuadrillas, segun lo habiamos concertado, y los escopeteros y ballesteros y de espada y rodela hechos un cuerpo, porque no les desbaratasen, nos ayudaron muy bien; más eran tantos los contrarios que sobre nosotros vinieron, que si no fuéramos de los que en aquellas batallas nos hallamos cursados á otras afrentas, pusiera á otros gran temor, y aun nosotros nos admiramos de ver cuán fuertes estaban; y fray Juan nos daba ánimo, y decia que Dios nos habia de pagar nuestro trabajo, y el César.
El capitan Luis Marin nos dijo:
—«Ea, señores, Santiago y á ellos, y tornémosles otra vez á romper con ánimo.»
Esforzados, dímosles tal mano, que á poco rato iban vueltas las espaldas; y como habia allí donde fué esta batalla muy malos pedregales para poder correr caballos, no les podiamos seguir; é yendo en el alcance, y no muy léjos de donde comenzamos aquella batalla, ya que íbamos algo descuidados, creyendo que por aquel dia no se tornarian á juntar, é dábamos gracias á Dios del buen suceso, aquí estaban tras unos cerros otros mayores escuadrones de guerreros que los pasados, con todas sus armas, y muchos dellos traian sogas para echar lazos á los caballos y asir de las sogas para los derrocar, y tenian tendidas en otras muchas partes muchas redes con que suelen tomar venados, para los caballos, y para atar á nosotros muchas sogas; y todos los escuadrones que he dicho se vienen á encontrar con nosotros, é como muy fuertes y recios guerreros, nos dan tal mano de flecha, vara y piedra, que tornaron á herir casi que todos los nuestros, y tomaron cuatro lanzas á los de á caballo, y mataron dos soldados y cinco caballos: y entónces traian en medio de sus escuadrones una india algo vieja, muy gorda, y segun decian, aquella india la tenian por su diosa y adivinaba, y les habia dicho que así como ella llegase adonde estábamos peleando, que luego habiamos de ser vencidos; y traian en un brasero sahumerio, y unos ídolos de piedra, y venia pintada todo el cuerpo, y pegado algodon á las pinturas, y sin miedo ninguno se metió en los indios nuestros amigos, que venian hechos un cuerpo con sus capitanías, y luego fué despedazada la maldita diosa.
Volvamos á nuestra batalla: que desque el capitan Luis Marin y todos nosotros vimos tanta multitud de guerreros contrarios, y que tan osadamente peleaban, nos admiramos y dijimos al fraile que nos encomendase á Dios, y arremetiendo á ellos con el concierto pasado, fuimos rompiendo poco á poco y los hicimos huir, y se escondian entre unos pedregales, y otros se echaron al rio, que estaba cerca é hondo, y se fueron nadando, que son en gran manera buenos nadadores; y desque hubimos desbaratado, descansamos un rato, y el Fraile cantó una Salve, y algunos soldados de buenas voces le ayudaban, é no sonaba mal, y todos dimos muchas gracias á Dios; y hallamos muertos donde tuvimos esta batalla muchos dellos, y otros heridos, y acordamos de irnos á un pueblo que estaba junto al rio, cerca de la ciudad, donde habia buenas ciruelas; porque como era Cuaresma, y en este tiempo las hay maduras, y en aquella poblacion son buenas; y allí nos estuvimos todo lo más del dia enterrando los muertos en partes donde no los pudiesen ver ni hallar los naturales de aquel pueblo, y curamos los heridos y diez caballos, y acordamos de dormir allí con gran recado de velas y escuchas.
Á poco más de media noche se pasaron á nuestro real diez indios principales de dos pueblezuelos que estaban poblados junto á la cabecera é ciudad de Chiapa, en cinco canoas del mismo rio, que es muy grande y hondo, y venian los indios con las canoas á remo callado, y los que lo remaban eran diez indios, personas principales, naturales de los pueblezuelos que estaban junto al rio; y como desembarcaron hácia la parte de nuestro real, en saltando en tierra, luego fueron presos por nuestras velas, y ellos lo tuvieron por bien que les prendiesen; y llevados ante el capitan, dijeron:
—«Señor, nosotros no somos chiapanecas, sino de otra provincia que se dice Xaltepeque, y estos malos chiapanecas con gran guerra que nos dieron nos mataron mucha gente, y á todos los más de nuestros pueblos nos trajeron aquí por fuerza cautivos á poblar con nuestras mujeres é hijos, é nos han tomado cuanta hacienda teniamos, y há doce años que nos tienen por esclavos, y les labramos su sementera y maizales, y nos hacen ir á pescar y hacer otros oficios, y nos toman nuestras hijas y mujeres.
»Venimos á daros aviso, porque nosotros os traeremos esta noche muchas canoas en que paseis este rio, que sin ellas no podeis pasar sino con gran trabajo, y tambien os mostraremos un vado, aunque no va muy bajo; y lo que señor capitan, os pedimos de mercedes, que pues os hacemos esta buena obra, que cuando hayais vencido y desbaratado estos chiapanecas, que nos deis licencia para que salgamos de su poder é irnos á nuestras tierras; y para que mejor creais lo que os decimos que es verdad, en las canoas que ahora pasamos dejamos escondidas en el rio, con otros nuestros compañeros y hermanos, y os traemos presentadas tres joyas de oro, que eran unas como diademas; y tambien traemos gallinas y ciruelas.»