Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3) · Unidad 72 de 75

CAPÍTULO CLXVI. — parte 2

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Y demandaron licencia para ir por ello, y dijeron que habia de ser muy callando, no los sintiesen los chiapanecas, que están velando y guardando los pasos del rio; y cuando el capitan entendió lo que los indios le dijeron, y la gran ayuda que era pasar aquel recio y corriente rio, dió gracias á Dios y mostró buena voluntad á los mensajeros, y prometió de hacerlo como le pedian, y aun dalles ropa y despojos de lo que hubiésemos de aquella ciudad; y se informó dellos cómo en las dos batallas pasadas les habiamos muerto y herido más de ciento veinte chiapanecas, y que tenian aparejados para otro dia otros muchos guerreros, y que á los de los pueblezuelos donde eran estos mensajeros les hacian salir á pelear contra nosotros; y que no temiésemos dellos, que ántes nos ayudarian, y que al pasar del rio nos habian de aguardar, porque tenian por imposible que terniamos atrevimiento de pasalle; y que cuando lo estuviésemos pasando, que allí nos desbaratarian, y dado este aviso, se quedaron dos de aquellos indios con nosotros, y los demás fueron á sus pueblos á dar órden para que muy de mañana trujesen veinte canoas, en lo cual cumplieron muy bien su palabra; y despues que se fueron reposamos algo de lo que quedó de la noche, y no sin mucho recado de velas y escuchas y rondas, porque oimos el gran rumor de los guerreros que se juntaban en la ribera del rio, y el tañer de las trompetillas y atambores y cornetas.

Y como amaneció, vimos las canoas, que ya descubiertamente las traian, á pesar de los de Chiapa; porque, segun pareció, ya habian sentido los de Chiapa cómo los naturales de aquellos pueblezuelos se les habian levantado y hecho fuertes y eran de nuestra parte, y habian prendido algunos dellos, y los demás se habian hecho fuertes en su gran cu, y á esta causa habia revueltas y guerra entre los chiapanecas y los pueblezuelos que dicho tengo; y luego nos fueron á mostrar el vado, y entónces nos daban mucha priesa aquellos amigos que pasásemos presto el rio, con temor no sacrificasen á sus compañeros que habian prendido aquella noche; pues de que llegamos al vado que nos mostraron, iba muy hondo; y puestos todos en gran concierto, así los ballesteros como escopeteros y los de á caballo, y los indios de los pueblezuelos nuestros amigos con sus canoas, y aunque nos daba el agua cerca de los pechos, todos hechos un tropel, para soportar el ímpetu y fuerza del agua, quiso Dios que pasamos cerca de la otra parte de tierra; y ántes de acabar de pasar, vienen contra nosotros muchos guerreros y nos dan una buena rociada de vara con tiraderas, y flechas y piedra y otras grandes lanzas, que nos hirieron casi que á todos los más, y á algunos á dos y á tres heridas, y mataron dos caballos; y un soldado de á caballo, que se decia Fulano Guerrero ó Guerra, se ahogó al pasar del rio, que se metió con el caballo en un recio raudal, y era natural de Toledo, y el caballo salió á tierra sin el amo.

Volvamos á nuestra pelea, que nos detuvieron un buen rato al pasar del rio, que no les podiamos hacer retraer ni nosotros podiamos llegar á tierra, y en aquel instante los de los pueblezuelos que se habian hecho fuertes contra los chiapanecas, nos vinieron á ayudar en las espaldas, é á los que estaban al rio batallando con nosotros hirieron y mataron muchos dellos, porque les tenian grande enemistad, como los habian tenido presos muchos años; y como aquello vimos, salimos á tierra los de á caballo, y luego ballesteros, escopeteros y de espada y rodela, y los amigos mejicanos, y dámosles una tan buena mano, que se van huyendo, que no paró indio con indio; y luego sin más tardar, puestos en buen concierto, con nuestras banderas tendidas, y muchos indios de los dos pueblezuelos con nosotros, entramos en su ciudad; y como llegamos á lo más poblado, donde estaban sus grandes cues y adoratorios, tenian las casas tan juntas, que no osamos asentar real, sino en el campo, y en parte que aunque pusiesen fuego no nos pudiesen hacer daño; y nuestro capitan envió á llamar de paz á los caciques y capitanes de aquel pueblo, y fueron los mensajeros tres indios de los pueblezuelos nuestros amigos, que el uno dellos se decia Xaltepeque, y asimismo envió con ellos seis capitanes chiapanecas que habiamos preso en las batallas pasadas, y les envió á decir que vengan luego de paz, y se les perdonará lo pasado, y que si no vienen, que los iremos á buscar y les daremos mayor guerra que la pasada y les quemaremos su ciudad; y con aquellas bravosas palabras luego á la hora vinieron, y aun trajeron un presente de oro, y se disculparon por haber salido de guerra, y dieron la obediencia á su majestad, y rogaron á Luis Marin que no consintiese á nuestros amigos que quemasen ninguna casa, porque ya habian quemado ántes de entrar en Chiapa, en un pueblezuelo que estaba poblado ántes de llegar al rio, muchas casas; y Luis Marin les prometió que así lo haria, y mandó á los mejicanos que traiamos y á los de Cachula que no hiciesen mal ni daño.

Quiero tornar á decir que este Cachula que aquí nombro no es la que está cerca de Méjico, sino un pueblo que se dice como él, que está en las sierras camino de Chiapa, por donde pasamos.

Dejemos esto, y dígoos cómo en aquella ciudad hallamos tres cárceles de redes de madera llenas de prisioneros atados con collares á los pescuezos, y estos eran de los que prendian por los caminos, é algunos dellos eran de Guantepeque, y otros zapotecas é otros quilenes, otros de Soconusco; los cuales prisioneros sacamos de las cárceles é se fué cada uno á su tierra.

Tambien hallamos en los cues muy malas figuras de ídolos que adoraban, é todos los quebró fray Juan, é muchos indios é muchachos sacrificados, y hallamos muchas cosas malas de sodomías que usaban; y mandóles el capitan que luego fuesen á llamar todos los pueblos comarcanos que vengan de paz á dar la obediencia á su majestad.

Los primeros que vinieron fueron los de Cinacatan y Gopanaustlan, é Pinola é Guequiztlan é Chamula, é otros pueblos que ya no se me acuerda los nombres dellos, quiniles, y otros pueblos que eran de la lengua zoque, y todos dieron la obediencia á su majestad, y aun estaban espantados cómo, tan pocos como éramos, podiamos vencer á los chiapanecas; y ciertamente mostraron todos gran contento, porque estaban mal con ellos.

Estuvimos en aquella ciudad cinco dias, é dijo fray Juan Misa é confesaron algunos soldados, é predicó á los indios en su lengua, que la sabia bien, y los indios holgaron de oirle y adoraron la santa cruz, é decian que se habian de bautizar, y que pareciamos muy buena gente, y tomaron amor al fraile fray Juan.

Y en aquel instante un soldado de aquellos que traiamos en nuestro ejército desmandóse del real, y vase sin licencia del capitan á un pueblo que habia venido de paz, que ya he dicho que se dice Chamula, y llevó consigo ocho indios mejicanos de los nuestros, y demandó á los de Chamula que le diesen oro, y decia que lo mandaba el capitan, é los de aquel pueblo le dieron unas joyas de oro, y porque no le daban más, echó preso al cacique; y cuando vieron los del pueblo hacer aquella demasía, quisieron matar al atrevido y desconsiderado soldado, y luego se alzaron, y no solamente ellos, pero tambien hicieron alzar á los de otro pueblo que se decia Gueyhuiztlan, sus vecinos; y de que aquello alcanzó á saber el capitan Luis Marin, prende al soldado, y luego manda que por la posta le llevasen á Méjico para que Cortés le castigase; y esto hizo el Luis Marin porque era un hombre el soldado que se tenia por principal, que por su honor no nombro su nombre, hasta que venga en coyuntura en parte que hizo otra cosa que aun es muy peor, como era malo y cruel con los indios, como adelante diré.

Y despues desto hecho, el capitan Luis Marin envió á llamar al pueblo de Chamula que venga de paz, é les envió á decir que ya habia castigado y enviado á Méjico al español que les iba á demandar oro y les hacia aquellas demasías.

La respuesta que dieron fué mala, y la tuvimos por muy peor por causa de que los pueblos comarcanos no se alzasen; y fué acordado que luego fuésemos sobre ellos, y hasta traelles de paz no les dejar; y despues de como les habló muy blandamente á los caciques chiapanecas, y fray Juan les dijo con buenas lenguas, que las sabia, las cosas tocantes á nuestra santa fe, y que dejasen los ídolos y sacrificios y sodomías y robos, y les puso cruces é una imágen de Nuestra Señora en un altar que les mandamos hacer, y el capitan Luis Marin les dió á entender cómo éramos vasallos de su majestad cesárea, é otras muchas cosas que convenian, y aun les dejamos poblada más de la mitad de su ciudad; y los dos pueblos nuestros amigos que nos trajeron las canoas para pasar el rio y nos ayudaron en la guerra salieron de poder de los chiapanecas con todas sus haciendas é mujeres é hijos, y se fueron á poblar al rio abajo, obra de diez leguas de Chiapa, donde ahora esta poblado lo de Xaltepeque, y el otro pueblo que se dice Istatlan se fué á su tierra, que era de Guantepeque.

Volvamos á nuestra partida para Chamula, y es que luego enviamos á llamar á los de Cinacatan, que eran gente de razon, y muchos dellos mercaderes, y se les dijo que nos trajesen ducientos indios para llevar el fardaje, é que íbamos á su pueblo porque por allí era el camino de Chamula; y demandó á los de Chiapa otros ducientos indios guerreros con armas para ir en nuestra compañía, y luego los dieron; y salimos de Chiapa una mañana, y fuimos á dormir á unas salinas, donde nos tenian hechos los de Cinacatan buenos ranchos; y otro dia á medio dia llegamos á Cinacatan, y allí tuvimos la santa Pascua de Resurreccion; y tornamos á llamar de paz á los de Chamula, é no quisieron venir, é hubimos de ir á ellos, que seria entónces donde estaban poblados de Cinacatan obra de tres leguas, y tenian entónces las casas y pueblos de Chamula en una fortaleza muy mala de ganar, y muy honda cava por la parte que les habiamos de combatir, y por otras partes muy peor é más fuerte; é ansí como llegamos con nuestro ejército, nos tiran tanta piedra de lo alto é vara y flecha, que cubria el suelo; pues las lanzas muy largas con más de dos varas de cuchilla de pedernales, que ya he dicho otras veces que cortaban más que espadas, y unas rodelas hechas á manera de pavesinas, con que se cubren todo el cuerpo cuando pelean, y cuando no las han menester, las arrollan y doblan de manera que no les hacen estorbo ninguno, é con hondas mucha piedra, y tal priesa se daban á tirar flecha y piedra, que hirieron cinco de nuestros soldados é dos caballos, é con muchas voces é gran grita é silbos é alaridos, y atambores y caracoles, que era cosa de poner espanto á quien no los conociera; y como aquello vió Luis Marin, entendió que de los caballos no se podian aprovechar, que era sierra, mandó que se tornasen á bajar á lo llano, porque donde estábamos era gran cuesta y fortaleza, y aquello que les mandó fué porque temiamos que venian allí á dar en nosotros los guerreros de otros pueblos que se dicen Quiahuitlan, que estaba alzado, y porque hubiese resistencia en los de á caballo; y luego comenzamos de tirar en los de la fortaleza muchas saetas y escopetas, y no les podiamos hacer daño ninguno, con los grandes mamparos que tenian, y ellos á nosotros sí, que siempre herian muchos de los nuestros; y estuvimos aquel dia desta manera peleando, y no se les daba cosa ninguna por nosotros, y si les procurábamos de entrar donde tenian hechos unos mamparos y almenas, estaban sobre dos mil lanceros en los puestos para la defensa de los que les probamos á entrar; y ya que quisiéramos entrar é aventurar las personas en arrojarnos dentro de su fortaleza, habiamos de caer de tan alto, que nos habiamos de hacer pedazos, y no era cosa para ponernos en aquella ventura; y despues de bien acordado cómo y de qué manera habiamos de pelear, se concertó que trajésemos madera y tablas de un pueblezuelo que allí junto estaba despoblado, é hiciésemos burros ó mantas, que así se llaman, y en cada uno dellos cabian veinte personas, y con azadones y picos de hierro que traiamos, é con otros azadones de la tierra, de palo, que allí habia, les cavábamos y deshaciamos su fortaleza, y deshicimos un portillo para podelles entrar, porque de otra manera era excusado; porque por otras dos partes, que todo lo miramos más de una legua de allí al rededor, estaba otra muy mala entrada y peor de ganar que adonde estábamos, por causa que era una bajada tan agra, que á manera de decir, era entrar en los abismos.

Volvamos á nuestros mamparos y mantas, que con ellas les estábamos deshaciendo sus fortalezas, y nos echaban de arriba mucha pez y resina ardiendo, y agua y sangre toda revuelta y muy caliente, y otras veces lumbre y rescoldo, y nos hacian mala obra; y luego tras esto mucha multitud de piedras y muy grandes que nos desbarataron nuestros ingenios, que nos hubimos de retirar y tornallos á adobar; y luego volvimos sobre ellos, y cuando vieron que les haciamos mayores portillos, se ponen cuatro papas y otras personas principales sobre una de sus almenas, y vienen cubiertos con sus pavesinas é otros talabardones de maderas, é dicen:

—«Pues que deseais é quereis oro, entrad dentro, que aquí tenemos mucho.»

Y nos echaron desde las almenas siete diademas de oro fino, y muchas cuentas vaciadizas é otras joyas, como caracoles y ánades, todo de oro, y tras ello mucha flecha y vara y piedra, é ya les teniamos hechas dos grandes entradas; y como era ya de noche y en aquel instante comenzó á llover dejamos el combate para otro dia, y allí dormimos aquella noche con buen recaudo; y mandó el capitan á ciertos de á caballo que estaban en tierra llana, que no se quitasen de sus puestos y tuviesen los caballos ensillados y enfrenados.

Volvamos á los chamultecas, que toda la noche estuvieron tañendo atabales y trompetillas y dando voces y gritos, y decian que otro dia nos habian de matar que así se lo habia prometido su ídolo; y cuando amaneció volvimos con nuestros ingenios y mantas á hacer mayores entradas, y los contrarios con grande ánimo defendiendo su fortaleza, y aun hirieron este dia á cinco de los nuestros, y á mí me dieron un buen bote de lanza, que me pasaron las armas, y si no fuera por el mucho algodon y bien colchadas que eran, me mataran, porque con ser buenas las pasaron y echaron buen pelote de algodon fuera, me dieron una chica herida; y en aquella sazon era más de medio dia, y vino muy grande agua y luego una muy oscura neblina; porque, como eran sierras altas, siempre hay neblinas y aguaceros; y nuestro capitan, como llovia mucho, se apartó del combate, y como ya era acostumbrado á las guerras pasadas de Méjico, bien entendí que en aquella sazon que vino la neblina no daban los contrarios tantas voces ni gritos como de ántes; y veia que estaban arrimadas á los aduares y fortalezas y barbacanas muchas lanzas, y que no las veia menear, sino hasta ducientas dellas, sospeché lo que fué, que se querian ir ó se iban entónces, y de presto les entramos por un portillo yo y otro mi compañero, y estaban obra de ducientos guerreros, los cuales arremetieron á nosotros y nos dan muchos botes de lanza; y si de presto no fuéramos socorridos de unos indios de Cinacatan, que dieron voces á nuestros soldados, que entraron luego con nosotros en su fortaleza, allí perdiéramos las vidas; y como estaban aquellos chamultecas con sus lanzas haciendo cara y vieron el socorro, se van huyendo, porque los demás guerreros ya se habian huido con la neblina; y nuestro capitan con todos los soldados y amigos entraron dentro, y estaba ya alzado todo el hato, y la gente menuda y mujeres ya se habian ido por el paso muy malo, que he dicho que era muy hondo y de mala subida y peor bajada; y fuimos en el alcance, y se prendieron muchas mujeres, muchachos y niños y sobre treinta hombres, y no se halló despojo en el pueblo, salvo bastimento; y esto hecho, nos volvimos con la presa camino de Cinacatan, y fué acordado que asentásemos nuestro real junto á un rio adonde está ahora poblada la Ciudad-Real, que por otro nombre llaman Chiapa de los Españoles; y desde allí soltó el capitan Luis Marin seis indios con sus mujeres, de los presos de Chamula, para que fuesen á llamar los de Chamula, y se les dijo que no hubiesen miedo, y se les darian todos los prisioneros; y fueron los mensajeros, y otro dia vinieron de paz y llevaron toda su gente, que no quedó ninguna; y despues de haber dado la obediencia á su majestad, me depositó aquel pueblo el capitan Luis Marin, porque desde Méjico se lo habia escrito Cortés, que me diese una buena cosa de lo que se conquistase, y tambien porque era yo mucho su amigo del Luis Marin, y porque fuí el primer soldado que les entró dentro; y Cortés me envió cédula de encomienda guardada, y me tributaron más de ocho años.

En aquella sazon no estaba poblada la Ciudad-Real, que despues se pobló, é se dió mi pueblo para la poblacion.

Dejemos esto, y digamos cómo yo pedí á fray Juan que les predicase, y él lo hizo de voluntad, y les puso altar y una cruz y una imágen de la Vírgen, y se bautizaron luego quince; é decia el fraile que esperaba en Dios habian de ser aquellos buenos católicos, é yo me alegraba, porque los queria bien, como á cosa mia.