Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3) · Unidad 73 de 75
CAPÍTULO CLXVI. — parte 3
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Pero volvamos á nuestra relacion: que, como ya Chamula estaba de paz, é Gueguistitlan, que estaba alzado, no quisieron venir de paz aunque les enviamos á llamar, acordó nuestro capitan que fuésemos á los buscar á sus pueblos; y digo aquí pueblos, porque entónces eran tres pueblezuelos, y todos puestos en fortaleza; y dejamos allí adonde estaban nuestros ranchos los heridos y fardaje, y fuimos con el capitan los más sueltos y sanos soldados, y los de Cinacatan nos dieron sobre trecientos indios de guerra, que fueron con nosotros, y seria de allí á los pueblos de Gueguistitlan obra de cuatro leguas; y como íbamos á sus pueblos, hallamos todos los caminos cerrados, llenos de maderos é árboles cortados y muy embarazados, que no podian pasar caballos: y con los amigos que llevábamos los desembarazamos é quitaron los maderos; y fuimos á un pueblo de los tres, que ya he dicho que era fortaleza, y hallámosle lleno de guerreros, y comenzaron á nos dar grita y voces y á tirar vara y flecha, y tenian granzas y pavesinas y espadas de á dos manos de pedernal, que cortan como navajas, segun y de la manera de los de Chamula; y nuestro capitan con todos nosotros les íbamos subiendo la fortaleza, que era muy más mala y recia de tomar que no la de Chamula; acordaron de se ir huyendo y dejar el pueblo despoblado y sin cosa ninguna de bastimentos; y los canacantecas prendieron dos indios dellos, que luego trajeron al capitan, los cuales mandó soltar, para que llamasen de paz á todos los más sus vecinos, y aguardamos allí un dia que volviesen con la respuesta, y todos vinieron de paz, y trajeron un presente de oro de poca valía y plumajes de quetzales, que son unas plumas que se tienen entre ellos en mucho, y nos volvimos á nuestros ranchos; y porque pasaron otras cosas que no hacen á nuestra relacion, se dejarán de decir, y diremos cómo cuando hubimos vuelto á los ranchos pusimos en plática que seria bien poblar allí adonde estábamos una villa, segun que Cortés nos mandó que poblásemos, y muchos soldados de los que allí estábamos deciamos que era bien, y otros que tenian buenos indios en lo de Guacacualco eran contrarios, y pusieron por achaque que no teniamos herraje para los caballos, y que éramos pocos, y todos los más heridos, y la tierra muy poblada, y los más pueblos estaban en fortalezas y en grandes sierras, y que no nos podriamos valer ni aprovechar de los caballos, y decian por ahí otras cosas; y lo peor de todo, que el capitan Luis Marin é un Diego de Godoy, que era escribano del Rey, persona muy entremetida, no tenian voluntad de poblar, sino volver á nuestros ranchos y villa; é un Alonso de Grado, que ya le he nombrado otras veces en el capítulo pasado, el cual era más bullicioso que hombre de guerra, parece ser traia secretamente una cédula de encomienda firmada de Cortés, en que le daba la mitad del pueblo de Chiapa cuando estuviese pacificado, y por virtud de aquella cédula demandó al capitan Luis Marin que le diese el oro que hubo en Chiapa que dieron los indios, é otro que se tomó en los templos de los ídolos del mismo Chiapa, que serian mil é quinientos pesos, y Luis Marin decia que aquello era para ayudar á pagar los caballos que habian muerto en la guerra en aquella jornada; y sobre ello y sobre otras diferencias estaban muy mal el uno con el otro, y tuvieron tantas palabras, que el Alonso de Grado, como era mal condicionado, se desconcertó en hablar; y quien se metia en medio y lo revolvia todo era el escribano Diego de Godoy.
Por manera que Luis Marin los echó presos al uno y al otro, y con grillos y cadenas los tuvo seis ó siete dias presos, y acordó de enviar á Alonso de Grado á Méjico preso, y al Godoy con ofertas y prometimientos y buenos intercesores le soltó; y fué peor, que se concertaron luego el Grado y el Godoy de escribir desde allí á Cortés muy en posta, diciendo muchos males de Luis Marin, y aun Alonso de Grado me rogó á mí que de mi parte escribiese á Cortés, y en la carta le disculpase al Grado, porque le decia el Godoy al Grado que Cortés en viendo mi carta le daria crédito, y no dijese bien del Marin; é yo escribí lo que me pareció que era verdad, y no culpando al capitan Marin; y luego envió preso á Méjico al Alonso de Grado, con juramento que le tomó que se presentaria ante Cortés dentro de ochenta dias, porque desde Cinacatan habia por la via y camino que venimos sobre ciento y noventa leguas hasta Méjico.
Dejemos de hablar de todas estas revueltas y embarazos; é ya partido el Alonso de Grado, acordamos de ir á castigar á los de Cimatan, que fueron en matar los dos soldados cuando me escapé yo y Francisco Martin, vizcaino, de sus manos; é yendo que íbamos caminando para unos pueblos que se dicen Tapelola, é ántes de llegar á ellos habia unas sierras y pasos tan malos, así de subir como de bajar, que tuvimos por cosa dificultosa el poder pasar por aquel puerto; y Luis Marin envió á rogar á los caciques de aquellos pueblos que los adobasen de manera que pudiésemos pasar é ir por ellos, é así lo hicieron, y con mucho trabajo pasaron los caballos, y luego fuimos por otros pueblos que se dicen Silo, Suchiapa é Coyumelapa, y desde allí fuimos á este Panguaxaya; y llegados que fuimos á otros pueblos que se dicen Tecomayacatal é Ateapan, que en aquella sazon todo era un pueblo y estaban juntas casas con casas, y era una poblacion de las grandes que habia en aquella provincia, y estaba en mí encomendada por Cortés; y como entónces era mucha poblacion, y con otros pueblos que con ellos se juntaron, salieron de guerra al pasar de un rio muy hondo que pasa por el pueblo, é hirieron seis soldados y mataron tres caballos, y estuvimos buen rato peleando con ellos; y al fin pasamos el rio é se huyeron, y ellos mismos pusieron fuego á las casas y se fueron al monte; estuvimos cinco dias curando los heridos y haciendo entradas, donde se tomaron muy buenas indias, y se les envió á llamar de paz, y que se les daria la gente que habiamos preso y que se les perdonaria lo de la guerra pasada; y vinieron todos los más indios y poblaron su pueblo, y demandaban sus mujeres é hijos, como lo habian prometido.
El escribano Diego de Godoy aconsejaba al capitan Luis Marin que no las diese, sino que se echase el hierro del Rey, y que se echaba á los que una vez habian dado la obediencia á su majestad y se tornaban á levantar sin causa ninguna; y porque aquellos pueblos salieron de guerra y nos flecharon y nos mataron los tres caballos, decia el Godoy que se pagasen los tres caballos con aquellas piezas de indios que estaban presos; é yo repliqué que no se herrasen, y que no era justo, pues vinieron de paz; y sobre ello yo y el Godoy tuvimos grandes debates y palabras y aun cuchilladas, que entrambos salimos heridos, hasta que nos despartieron y nos hicieron amigos; y el capitan Luis Marin era muy bueno y no era malicioso, é vió que no era justo hacer más de lo que le pedí por merced, y mandó que diesen todas las mujeres y toda la más gente que estaba presa á los caciques de aquellos pueblos, y los dejamos en sus casas muy de paz; y desde allí atravesamos al pueblo de Cimatlan y otros pueblos que se dicen Talatupan, y ántes de entrar en el pueblo tenian hechas unas saeteras y andamios junto á un monte, y luego estaban unas ciénagas, é así como llegamos nos dan de repente una tan buena rociada de flecha con muy buen concierto y ánimo, y hirieron sobre veinte soldados y mataron dos caballos, y si de presto no les desbaratáramos y deshiciéramos sus cercados y saeteras, mataran é hirieran muchos más, y luego se acogieron á las ciénagas; y estos indios destas provincias son grandes flecheros, que pasan con sus flechas y arcos dos dobleces de armas de algodon bien colchadas, que es mucha cosa; y estuvimos en un pueblo dos dias, y los enviamos á llamar de paz y no quisieron venir; y como estábamos cansados, y habia allí muchas ciénagas que tiemblan, que no pueden entrar en ellas los caballos ni aun ninguna persona sin que se atolle en ellas, y han de salir arrastrando y á gatas, y aun si salen es maravilla, tanto son de malas.
É por no ser yo más largo sobre este caso, por todos nosotros fué acordado que volviésemos á nuestra villa de Guacacualco, y volvimos por unos pueblos de la Chontalpa, que se dicen Guimango é Nacaxu, y Xuica é Teotitan Copileo, é pasamos otros pueblos, y á Ulapa, y el rio de Ayagualco é al de Tonala, y luego á la villa de Guacacualco; y del oro que se hubo en Chiapa y en Chamula, sueldo por libra se pagaron los caballos que mataron en las guerras.
Dejemos esto, y digamos que como el Alonso de Grado llegó á Méjico delante de Cortés, y cuando supo de la manera que iba, le dijo muy enojado:
—«¿Cómo, señor Alonso de Grado, que no podeis caber ni en una parte ni en otra? Lo que os ruego es que mudeis esa mala condicion; si no, en verdad que os enviaré á la isla de Cuba, aunque sepa daros tres mil pesos con que allá vivais, porque yo no os puedo sufrir.»
Y al Alonso de Grado se le humilló de manera, que tornó á estar bien con el Cortés, y el Luis Marin y fray Juan escribieron á Cortés todo lo acaecido.
Y dejallo hé aquí y diré lo que pasó en la córte sobre el Obispo de Búrgos é Arzobispo de Rosano.