Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (3 de 3) · Unidad 35 de 56

CAPÍTULO CXCV. — parte 2

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Quiero traer á la memoria otras cosas que á Cortés le acaecieron en Castilla el tiempo que estuvo en la córte, y fué, que triunfaba con mucha alegría, y segun dijeron muchas personas que vinieron de allá, que estaban en su compañía, que hubo fama que la serenísima Emperatriz doña Isabel, nuestra señora, no estaba tan bien en los negocios de Cortés como al principio que llegó á la córte, cuando alcanzó á saber que habia sido ingrato al Cardenal y al Real Consejo de Indias, y aun al comendador mayor de Leon y con la señora doña María de Mendoza, y alcanzó á saber que tenia otras muy ricas piedras, mejores que las que le hubo dado; y con todo esto que le informaron, mandó á los del Real Consejo de Indias que en todo fuese ayudado; y entónces capituló Cortés que enviaria por ciertos años por la mar del Sur dos navíos de armada bien abastecidos, y con setenta soldados y capitanes con todo género de armas, á su costa, á descubrir islas é otras tierras, y que de lo que descubriese le harian ciertas mercedes; á las cuales capitulaciones me remito, porque ya no se me acuerdan.

Y tambien en aquel instante estaba en la córte un don Pedro de la Cueva, comendador mayor de Alcántara, hermano del duque de Alburquerque, porque este caballero fué el que su majestad habia mandado que fuese á la Nueva-España con gran copia de soldados á cortar la cabeza á Cortés si le hallase culpado, é á otras cualesquier personas que hubiesen hecho alguna cosa en deservicio de su majestad; y como vió á Cortés, y supo que su majestad le habia hecho marqués, y era casado con la señora doña Juana de Zúñiga, se holgó mucho dello, y se comunicaba cada dia el comendador don Pedro de la Cueva con el marqués don Fernando Cortés; y dijo al mismo Cortés que si por ventura fuera á la Nueva-España y llevara los soldados que su majestad le mandaba, que por más leal y justificado que le hallase, que por fuerza habia de pagar la costa de los soldados, y aun su huida, y que fueran más de trescientos mil pesos; y que lo hizo mejor de venir ante su majestad.

Y porque tuvieron otras muchas pláticas, que aquí no relato, las cuales de Castilla nos escribieron personas que se hallaron presentes á ellas, y de todo lo demas por mí relatado en el capítulo que dello habla; y demas desto, nuestros procuradores lo escribieron, y aun el mismo marqués escribió los grandes favores que de su majestad alcanzó, y no declaró la causa por que no le dieron la gobernacion.

Dejemos esto, y digo que desde ahí á pocos dias despues que fué marqués envió á Roma á besar los santos piés de nuestro muy Santo Padre el Papa Clemente; porque Adriano, que hacia por nosotros, ya habia fallecido tres ó cuatro años habia, y envió por su embajador á un hidalgo que se decia Juan de Herrada, y con él envió un rico presente de piedras ricas é joyas de oro, y dos indios maestros de jugar el palo con los piés; y le hizo relacion de su llegada á Castilla y de las tierras que habia ganado, y de los servicios que hizo á Dios primeramente y á nuestro gran Emperador, y le dió toda la relacion por un memorial de las tierras, como son muy grandes y la manera que en ellas hay, y que todos los indios eran idólatras y que se han vuelto cristianos, y otras muchas cosas que convenian decir á nuestro muy Santo Padre; y porque yo no lo alcancé á saber tan por extenso como en la carta iba, lo dejaré aquí de decir, y aun esto que aquí digo, despues lo alcanzamos á saber del mismo Juan de Herrada cuando vino de Roma á la Nueva-España; é supimos que enviaba á suplicar á nuestro muy Santo Padre que se quitasen parte de los diezmos.

Y para que bien entiendan los curiosos lectores quién es este Juan de Herrada, fué un buen soldado que hubo ido en nuestra compañía á las Honduras cuando fué Cortés; y despues que vino de Roma fué al Pirú, y le dejó D. Diego de Almagro por ayo de su hijo D. Diego el mozo; y este fué tan privado de D. Diego de Almagro, é fué el capitan de los que mataron á don Francisco Pizarro el viejo, y despues maese de campo de Almagro el mozo.

Volvamos á decir lo que le aconteció en Roma al Juan de Herrada, que despues que fué á besar los santos piés de Su Santidad, y presentó los dones que Cortés le envió y los indios que traian el palo con los piés, Su Santidad lo tuvo en mucho, y dijo que daba gracias á Dios, que en sus tiempos tan grandes tierras se hubiesen descubierto y tantos números de gentes se hubiesen vuelto á nuestra santa fe; y mandó hacer procesiones, y que todos diesen gracias por ello, á Dios nuestro Señor; y dijo que Cortés y todos sus soldados habiamos hecho grandes servicios á Dios primeramente, y al Emperador don Cárlos, nuestro señor, y á toda la cristiandad, y que éramos dignos de grandes mercedes; y entónces nos envió bulas para nos absolver á culpa y á pena de todos nuestros pecados, é otras indulgencias para los hospitales é iglesias, con grandes perdones; y dió por muy bueno todo lo que Cortés habia hecho en la Nueva-España, segun y como su antecesor el Papa Adriano; y en lo de los diezmos no sé si le hizo cierta merced; y escribió á Cortés en respuesta de su carta, y lo que en ella se contenia yo no lo supe, porque, como dicho tengo, deste Juan de Herrada y de un soldado que se decia Campo, que volvieron dende Roma, alcancé á saber lo que aquí escribo; porque, segun dijeron, despues que hubo estado en Roma diez dias, y habian los indios maestros de jugar el palo con los piés estado delante de Su Santidad y de los sacros Cardenales, que se holgaron mucho de lo ver, Su Santidad le hizo merced al Juan de Herrada de le hacer conde palatino y le mandó dar cierta cantidad de ducados para que se volviese, y una carta de favor para el Emperador nuestro señor, que le hiciese su capitan y le diese buenos indios de encomienda.

Y como Cortés ya no tenia mando en la Nueva-España, y no le dió cosa ninguna de lo que el Santo Padre mandaba, se pasó al Pirú, donde fué capitan.