Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (3 de 3) · Unidad 34 de 56

CAPÍTULO CXCV. — parte 1

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CÓMO VINIERON CARTAS Á CORTÉS DE ESPAÑA, DEL CARDENAL DE SIGÜENZA DON GARCÍA DE LOYOSA, QUE ERA PRESIDENTE DE INDIAS Y LUEGO FUÉ ARZOBISPO DE SEVILLA, Y DE OTROS CABALLEROS, PARA QUE EN TODO CASO SE FUESE LUEGO Á CASTILLA, Y LE TRUJERON NUEVAS QUE ERA MUERTO SU PADRE MARTIN CORTÉS, Y LO QUE SOBRE ELLO HIZO.

Ya he dicho en el capítulo pasado lo acaecido entre Cortés y el tesorero y el factor y veedor, é por qué causa lo desterró de Méjico, y cómo vino dos veces el obispo de Tlascala á entender en amistades, y Cortés nunca quiso responder á cartas ni á cosa ninguna que le dijesen, y se apercibió para ir á Castilla; y le vinieron cartas del presidente de Indias don García de Loyosa, y del duque de Béjar y de otros caballeros, en que le decian que, como estaba ausente, daban quejas delante de su majestad, y decian en las quejas muchos males y muertes que habia hecho dar á los gobernadores que su majestad enviaba, y que fuese en todo caso á volver por su honra; y le trujeron nuevas que su padre Martin Cortés era fallecido; y como vió las cartas, le pesó mucho, ansí de la muerte de su padre como de las cosas que dél decian que habia hecho, no siendo ansí; y se puso luto, puesto que lo traia en aquel tiempo por la muerte de su mujer doña Catalina Suarez la Marcayda, é hizo gran sentimiento por su padre, y las honras lo mejor que pudo; y si mucho deseo tenia de ántes de ir á Castilla, dende allí adelante se dió mayor priesa, porque luego mandó á su mayordomo, que se decia Pedro Ruiz de Esquivel, natural de Sevilla, que fuese á la Veracruz, y de dos navíos que habian llegado, que tenian fama que eran nuevos y veleros, que los comprase; y estaba apercibiendo bizcocho y cecina y tocinos y lo perteneciente para el matalotaje muy cumplidamente, como convenia para un gran señor y rico que Cortés era, y cuantas cosas se pudieron haber en la Nueva-España que eran buenas para el mar, y conservas que á Castilla vinieron; y fueron tantas y de tanto género, que para dos años se pudieran mantener otros dos navíos, aunque tuvieran mucha más gente, con lo que en Castilla les sobró.

Pues yendo el mayordomo por la laguna de Méjico en una canoa grande para ir á un pueblo que se dice Ayotcingo, que es donde desembarcan las canoas, que por ir más presto á hacer lo que Cortés le mandaba fué por allí, y llevó seis indios mejicanos remeros y un negro, é ciertas barras de oro para comprar los navíos; y quien quiera que fué, le aguardó en la misma laguna y le mató, que nunca se supo quién ni quién no, ni pareció canoa ni indios ni el negro que la remaba, salvo que dende allí á cuatro dias hallaron al Esquivel en una isleta de la laguna, el medio cuerpo comido de aves carniceras.

Sobre la muerte deste mayordomo hubo grandes sospechas, porque unos decian que era hombre que se alababa de cosas que decia él mismo que pasaba con damas é con otras señoras, é decian otras cosas malas que diz que hacia; é á esta causa estaba malquisto, y ponian sospechas de otras muchas cosas que aquí no declaro; por manera que no se supo de su muerte, ni aun se pesquisó muy de raíz quién le mató, perdónele Dios; y luego Cortés volvió á enviar de presto á otros mayordomos para que le tuviesen aparejados los navíos é metido el bastimento é pipas de vino, y mandó dar pregones que cualesquier personas que quisieren ir á Castilla les dará pasaje y comida de balde, yendo con licencia del gobernador.

Y luego Cortés, acompañado de Gonzalo de Sandoval y de Andrés de Tapia y de otros caballeros, se fué á la Veracruz, y como se hubo confesado y comulgado se embarcó; y quiso nuestro Señor Dios dalle tal viaje, que en cuarenta y un dias llegó á Castilla sin parar en la Habana ni en isla ninguna, y fué á desembarcar cerca de la villa de Pálos, junto á Nuestra Señora de la Rávida; y como se vieron en salvamento en aquella tierra, hincan las rodillas en tierra y alzan las manos al Cielo, dando muchas gracias á Dios por las mercedes que siempre les hacia; y llegaron á Castilla en el mes de Diciembre de 1527 años.

Y pareció ser que Gonzalo de Sandoval iba muy doliente, y á grandes alegrías hubo tristezas, que fué Dios servido dende ahí á pocos dias de le llevar desta vida en la villa de Pálos, y en la posada que estaba era de un cordonero de hacer jarcias y cables y maromas, y ántes que muriese le hurtó el huésped trece barras de oro; lo cual vió el Sandoval por sus ojos que se las sacaron de una caja, porque aguardó el cordonero que no estuviese allí persona ninguna en compañía del Sandoval; é tuvo tales astucias, que envió á sus criados del Sandoval que fuesen por la posta á la Rávida á llamar á Cortés; y el Sandoval, puesto que lo vió, no osó dar voces, porque, como estaba muy debilitado y flaco y malo, temió que el cordonero, que le pareció mal hombre, no le echase el colchon ó almohada sobre la boca y le ahogase; y luego se fué el huésped á Portugal, huyendo con las barras de oro y no se pudo cobrar cosa ninguna.

Volvamos á Cortés, que cuando supo que estaba muy malo el Sandoval vino luego por la posta adonde estaba, y el Sandoval le dijo la maldad que su huésped le habia hecho, y cómo le hurtó las barras de oro y se fué huyendo; en lo cual, puesto que pusieron gran diligencia para que se cobrasen, como se pasó en Portugal, se quedó con ello; y el Sandoval cada dia iba empeorando de su mal, y los médicos que le curaban le dijeron que luego se confesase y recibiese los Santos Sacramentos é hiciese testamento, y él lo hizo con grande devocion, y mandó muchas mandas ansí á pobres como á monasterios, y nombró por su albacea á Cortés y heredera á una hermana ó hermanas; é la una hermana, el tiempo andando, se casó con un hijo bastardo del conde de Medellin; y como hubo ordenado su alma y hecho testamento, dió el ánima á nuestro Señor Dios, que la crió, y por su muerte se hizo gran sentimiento, y con toda la pompa que pudieron le enterraron en el monasterio de nuestra Señora de la Rávida; y Cortés, con todos los caballeros que iban en su compañía, se pusieron luto; perdónele Dios, amen.

Y luego Cortés envió correo á su majestad y al Cardenal de Sigüenza, y al duque de Béjar y al conde de Aguilar y á otros caballeros, é hizo saber cómo habia llegado á aquel puerto y de cómo Gonzalo de Sandoval habia fallecido, é hizo relacion de la calidad de su persona y de los grandes servicios que habia hecho á su majestad, y que fué capitan de mucha estima ansí para mandar ejércitos como para pelear por su persona; y como aquellas cartas llegaron ante su majestad, recibió alegría de la venida de Cortés, puesto que le pesó de la muerte del Sandoval, porque ya tenia noticia de su generosa persona, y ansimismo le pesó al Cardenal don García de Loyosa y al Real Consejo de Indias; pues el duque de Béjar y el conde de Aguilar y otros caballeros se holgaron en gran manera, puesto que á todos les pesó de la muerte de Sandoval.

Y luego fué el duque de Béjar, juntamente con el conde de Aguilar, á dar más relacion dello á su majestad, puesto que ya tenia la carta de Cortés, y dijo que bien sabia la gran lealtad de quien habia fiado, y que caballero que tan grandes servicios le habia hecho, que en todo lo demas lo habia de mostrar en lealtad, como era obligado á su Rey y señor, lo cual se ha parecido bien ahora por la obra; y esto dijo el duque porque en el tiempo que ponian las acusaciones y decian muchos males contra Cortés delante de su majestad, puso tres veces su cabeza y estado por fiador de Cortés y de los soldados que estábamos en su compañía, que éramos muy leales y grandes servidores de su majestad y dignos de grandes mercedes, porque en aquel tiempo no estaba descubierto el Pirú ni habia la fama de lo que despues hubo; y luego su majestad envió á mandar que por todas las ciudades y villas por donde Cortés pasase le hiciesen mucha honra, y el duque de Medina-Sidonia le hizo gran recebimiento en Sevilla y le presentó caballos muy buenos; y despues que reposó allí dos dias, fué á jornadas largas á Nuestra Señora de Guadalupe para tener novenas.

Y fué su ventura tal, que en aquella sazon habia allí llegado la señora doña María de Mendoza, mujer del comendador mayor de Leon don Francisco de los Cóbos, y habia traido en su compañía muchas señoras de grande estado, y entre ellas una señora doncella, hermana suya, que de ahí á dos años casó con el adelantado de Canaria; y como Cortés lo supo, hubo gran placer, y luego como llegó, despues de haber hecho oracion delante de Nuestra Señora y dado limosna á pobres y mandar decir Misa, puesto que llevaba luto por su padre y su mujer y por Gonzalo de Sandoval, fué muy acompañado de los caballeros que llevó de la Nueva-España y con otros que se le habian allegado para su servicio, y fué á hacer gran acato á la señora doña María de Mendoza, y á una señora doncella, su hermana, que era muy hermosa, y á todas las demas señoras que con ellas venian, y como Cortés en todo era muy cumplido y regocijado, y la fama de sus grandes hechos volaba por toda Castilla, pues plática y agraciada expresiva no le faltaba, y sobre todo, mostrarse muy franco y tener riquezas de que dar, comenzó á hacer grandes presentes de muchas joyas de oro de diversas hechuras á todas aquellas señoras, y despues de las joyas, dió penachos de plumas verdes llenas de argentería de oro y de perlas, y en todo lo que dió fué muy aventajada la señora doña María de Mendoza y la señora su hermana.

Y despues que hubo hecho aquellos ricos presentes, dió por sí sola á la señora doncella ciertos tejuelos de oro muy fino para que hiciese joyas, y tras esto, mandó dar mucho liquidámbar y bálsamo para que se sahumasen; y mandó á los indios maestros de jugar el palo con los piés, que delante de aquellas señoras les hiciesen fiesta y trujesen el palo de un pié al otro, que fué cosa de que se contentaron y aun se admiraron de lo ver; y demas de todo esto, supo Cortés que de la tierra por donde habia venido la señora doncella se le mancó una acémila, y secretamente mandó comprar dos muy buenas y que las entregasen á los mayordomos que traian cargo de su servicio; y aguardó en la villa de Guadalupe hasta que partiesen para la córte, que en aquella sazon estaba en Toledo, y fuéles acompañando y sirviendo é haciendo banquetes y fiestas, y tan gran servidor se mostró, que lo sabia muy bien hacer y representar, que la señora doña María de Mendoza le trató casamiento con su hermana; y si Cortés no fuera desposado con la señora doña Juana de Guzman, sobrina del duque de Béjar, ciertamente tuviera grandísimos favores del comendador mayor de Leon y de la señora doña María de Mendoza, su mujer, y su majestad le diera la gobernacion de la Nueva-España.

Dejemos de hablar en este casamiento, pues todas las cosas son guiadas y encaminadas por la mano de Dios, y diré cómo escribió la señora doña María de Mendoza al comendador mayor de Leon, su marido, sublimando en gran manera las cosas de Cortés, y que no era nada la fama que tiene de sus heróicos hechos para lo que ha visto y conocido de su persona y conversacion y franqueza, y le representó otras gracias que en él habia conocido y los servicios que le habia hecho, y que le tenga por su muy gran servidor, y que á su majestad le haga sabidor de todo y le suplique que le haga mercedes.

Y como el comendador mayor vió la carta de su mujer, se holgó con ella; y como era el más privado que hubo en nuestros tiempos del Emperador, llevóle la misma carta á su majestad, y de su parte le suplicó que en todo le favoreciese, y ansí su majestad lo hizo, como adelante diré; é dijo el duque de Béjar y el almirante al Cortés, como por pasatiempo, cuando hubo llegado á la córte, que habian oido decir á su majestad, cuando supo que habia venido á Castilla, que tenia deseos de ver y conocer á su persona, que tantos y tan buenos servicios le ha hecho, y de quien tantos males le han informado que hacia con mañas y astucias.

Pues llegado Cortés á la córte, su majestad le mandó señalar posada.

Pues por parte del duque de Béjar y del conde de Aguilar y de otros grandes señores, sus deudos, le salieron á recebir y se le hizo mucha honra; y otro dia, con licencia de su majestad, fué á le besar sus Reales piés, llevando en su compañía por sus intercesores, por más le honrar, al Almirante y al duque de Béjar y al comendador mayor de Leon; y Cortés, despues de demandar licencia para hablar, se arrodilló en el suelo, y su majestad le mandó levantar, y luego representó sus muchos y notables servicios, todo lo acontecido en las conquistas é ida de Honduras, y las tramas que hubo en Méjico del factor y veedor, y recontó todo lo que llevaba en la memoria; y porque era muy larga relacion, y por no embarazar más á su majestad, entre otras pláticas, dijo:

—«Ya vuestra majestad estará cansado de me oir, y para un tan gran Emperador y Monarca de todo el mundo, como vuestra majestad es, no es justo que un vasallo como yo tenga tanto atrevimiento, y mi lengua no está acostumbrada á hablar con vuestra majestad, y podria ser que mi sentido no diga con aquel tan debido acato que debo todas las cosas acaecidas; aquí tengo este memorial, por donde vuestra majestad podrá ver, si fuese servido, todas las cosas muy por extenso cómo pasaron.»

Y entónces se hincó de rodillas para besarle los piés por las mercedes que fué servido hacerle en le haber oido, y el Emperador nuestro señor le mandó levantar; y el Almirante y el duque de Béjar dijeron á su majestad que era digno de grandes mercedes, y luego le hizo marqués del Valle y le mandó dar ciertos pueblos, y aun le mandaba dar el hábito de señor Santiago, y como no se lo señalaron con renta, se calló por entónces; que esto yo no lo sé bien de qué manera fué; y le hizo capitan general de la Nueva-España y mar del Sur, y Cortés se tornó á humillar para besarle sus Reales piés, y su majestad le mandó que se levantase.

Y despues de hechas estas grandes mercedes, donde ahí á pocos dias que habia llegado á Toledo adoleció Cortés, que llegó á estar tan al cabo, que creyeron que se muriera; y el duque de Béjar y el comendador mayor don Francisco de los Cóbos suplicaron á su majestad que, pues que Cortés tan grandes servicios le habia hecho, que le fuese á visitar ántes de su muerte á su posada; y su majestad fué acompañado de duques, marqueses y condes y del don Francisco de los Cóbos, y le visitó; que fué muy grande favor, y por tal se tuvo en la córte; y despues que estuvo Cortés bueno, como se tenia por tan grande privado de su majestad, y el conde de Nasao le favorecia, y el duque de Béjar y el almirante de Castilla, un domingo yendo á Misa, ya su majestad estaba en la iglesia mayor, acompañado de duques y marqueses y condes, y estaban asentados en sus asientos conforme al estilo y calidad que entre ellos se tenia por costumbre de se asentar, vino Cortés algo tarde á Misa, sobre cosa pensada, y pasó por delante de aquellos ilustrísimos señores con su falda de luto alzada, y se fué á asentar cerca del conde de Nasao, que estaba su asiento el más cercano del Emperador; y de que ansí lo vieron pasar delante de aquellos grandes señores de salva, murmuráronlo de su grande presuncion y osadía, y tuviéronlo por desacato, y que no se le habia de atribuir á la policía de lo que dél decian; y entre aquellos duques y marqueses estaba el duque de Béjar y el almirante de Castilla y el duque de Aguilar, y dijeron que aquello no se le habia de tener á Cortés á mal miramiento, porque su majestad por le honrar le habia mandado que se fuese á sentar cerca del conde de Nasao: y que ademas de aquello, que su majestad mandó que mirasen y tuviesen noticia que Cortés, con sus compañeros, habia ganado tantas tierras, que toda la cristiandad le era en cargo; que ellos, los estados que tenian que los habian heredado de sus antepasados por servicios que habian hecho, y que por estar desposado Cortés con su sobrina su majestad le mandaba honrar.

Volvamos á Cortés, y diré que, viéndose tan sublimado en privanza con el Emperador y el duque de Nasao y con el duque de Béjar, y aun del almirante, é ya con título de marqués, comenzó á tenerse en tanta estima, que no tenia cuenta, como era razon con quien le habia favorecido é ayudado para que su majestad le diese el marquesado, ni al Cardenal Fray García de Loyosa ni á Cóbos, ni á la señora doña María de Mendoza ni á los del Real consejo de Indias, que todo se le pasaba por alto, y todos sus cumplimientos eran con el duque de Béjar y conde Nasao y el almirante; é creyendo que tenia muy bien entablado su juego con tener privanza con tan grandes señores, comenzó á suplicar con mucha instancia á su majestad que le hiciese merced de la gobernacion de la Nueva-España, y para ello representó otra vez sus servicios, y que siendo gobernador entendia descubrir por la mar del Sur islas é tierras muy ricas, y se ofreció con otros muchos cumplimientos; y aun echó otra vez por intercesores al conde Nasao y al duque de Béjar y al almirante; y su majestad le respondió que se contentase que le habia dado el marquesado de mucha renta, y que tambien habia de dar á los que le ayudaron á ganar la tierra, que eran merecedores dello; que pues lo conquistaron, que lo gocen.

Y dende allí adelante comenzó de caer de la grande privanza que tenia; porque, segun dijeron muchas personas, el Cardenal, que era presidente del Real consejo de Indias, y los del Real consejo de Indias habian entrado en consulta con su majestad sobre las cosas y mercedes de Cortés, y les pareció que no fuese gobernador; otros dijeron que el comendador mayor y la señora doña María de Mendoza le fueron algo contrarios porque no hacia cuenta dellos; ora sea por lo uno ó por lo otro, el Emperador no le quiso más oir, por más que le importunaban, sobre la gobernacion.

Y en este instante se fué su majestad á embarcar á Barcelona para pasar á Flandes, y fueron acompañándole muchos duques y marqueses, y siempre él echaba por intercesores aquellos duques y marqueses para suplicar á su majestad que le diese la gobernacion; y su majestad respondió al conde Nasao que no le hablase más en aquel caso, que ya le habia dado un marquesado que tenia más renta de la que el conde Nasao tenia con todo su estado.

Dejemos á su majestad embarcado con buen viaje, y volvamos á Cortés y las grandes fiestas que se hicieron á sus velaciones, y de las ricas joyas que dió á la señora doña Juana de Zúñiga su mujer; é fueron tales, que, segun dijeron quien las vió, y la riqueza dellas, que en toda Castilla no se habian dado más estimadas; y de algunas dellas la serenísima Emperatriz doña Isabel, nuestra señora, tuvo voluntad de las haber, segun lo que dellas le contaban los lapidarios, y aun dijeron que ciertas piedras que Cortés le hubo presentado, que se descuidó ó no quiso dalle de las más ricas, como las que dió á la marquesa, su mujer.