Viage al Parnaso La Numancia (Tragedia) y El Trato de Argel (Comedia) · Unidad 9 de 27
CAPITULO V.
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Oyó el señor del humido tridente Las plegarias de Apolo, y escuchólas Con alma tierna y corazon clemente.
Hizo de ojo, y dió del pie á las olas, Y sin que lo entendiesen los poetas En un punto hasta el cielo levantólas.
Y él por ocultas vias y secretas Se agazapó debaxo del navio, Y usó con él de sus traidoras tretas.
Hirió con el tridente en lo vacio Del buco, y el estomago le llena De un copioso corriente amargo rio.
Advertido el peligro, al aire suena Una confusa voz, la qual resulta De otras mil que el temor forma y la pena.
Poco á poco el bagel pobre se oculta En las entrañas del ceruleo y cano Vientre, que tantas animas sepulta.
Suben los llantos por el aire vano De aquellos miserables, que suspiran Por ver su irreparable fin cercano.
Trepan y suben por las jarcias, miran Qual del navio es el lugar mas alto, Y en él muchos se apiñan y retiran.
La confusion, el miedo, el sobresalto Les turba los sentidos, que imaginan Que desta á la otra vida es grande el salto.
Con ningun medio ni remedio atinan; Pero creyendo dilatar su muerte Algun tanto á nadar se determinan.
Saltan muchos al mar de aquella suerte, Que al charco de la orilla saltan ranas Quando el miedo, ó el ruido las advierte.
Hienden las olas del romperse canas, Menudean las piernas y los brazos, Aunque enfermos estan, y ellas no sanas.
Y en medio de tan grandes embarazos La vista ponen en la amada orilla, Deseosos de darla mil abrazos.
Y sé yo bien, que la fatal quadrilla Antes que alli, holgara de hallarse En el compas famoso de Sevilla.
Que no tienen por gusto el ahogarse, Discreta gente al parecer en esto, Pero valioles poco el esforzarse.
Que el padre de las aguas echó el resto De su rigor, mostrandose en su carro Con rostro airado y ademan funesto.
Quatro delfines, cada qual bizarro, Con cuerdas hechas de tegidas obas Le tiraban con furia y con desgarro.
Las ninfas en sus humidas alcobas Sienten tu rabia, ó vengativo Nume, Y de sus rostros la color les robas.
El nadante poeta que presume Llegar á la ribera defendida, Sus ayes pierde y su teson consume.
Que su corta carrera es impedida De las agudas puntas del tridente, Entonces fiero y aspero homicida.
Quien ha visto muchacho diligente Que en goloso á si mesmo sobrepuja Que no hay comparacion mas conveniente,
Picar en el sombrero la granuja, Que el hallazgo le puso alli ó la sisa, Con punta alfileresca, ó ya de aguja:
Pues no con menor gana, ó menor prisa Poetas ensartaba el Nume airado Con gesto infame, y con dudosa risa.
En carro de cristal venia sentado, La barba luenga y llena de marisco, Con dos gruesas lampreas coronado.
Hacian de sus barbas firme aprisco La Almeja, el Morsillon, Pulpo y Cangrejo, Qual le suelen hacer en peña ó risco.
Era de aspecto venerable y viejo, De verde, azul y plata era el vestido, Robusto al parecer y de buen rejo.
Aunque como enojado, denegrido Se mostraba en el rostro, que la saña Asi turba el color como el sentido.
Airado contra aquellos mas se ensaña Que nadan mas, y saleles al paso, Juzgando á gloria tan cobarde hazaña.
En esto, ó nuevo y milagroso caso, Dino de que se cuente poco á poco, Y con los versos de Torcato Taso.
Hasta aqui no he invocado, ahora invoco Vuestro favor, ó musas! necesario Para los altos puntos en que toco.
Descerrajad vuestro mas rico almario, Y el aliento me dad que el caso pide, No humilde, no ratero, ni ordinario.
Las nubes hiende el aire, pisa y mide La hermosa Venus Acidalia, y baxa Del cielo que ninguno se lo impide.
Traia vestida de pardilla raja Una gran saya entera hecha al uso, Que le dice muy bien, quadra y encaja.
Luto que por su Adonis se le puso, Luego que el gran colmillo del berraco A atravesar sus ingles se dispuso.
A fe que si el mocito fuera Maco, Que él guardára la cara al colmilludo, Que dió á su vida, y su belleza saco.
O valiente garzon, mas que sesudo, Cómo estándo avisado, tu mal tomas, Entrando en trance tan horrendo y crudo?
En esto las mansisimas palomas Que el carro de la diosa conducian Por el llano del mar, y por las lomas:
Por unas y otras partes discurrian, Hasta que con Neptuno se encontraron, Que era lo que buscaban y querian.
Los dioses que se ven, se respetaron, Y haciendo sus zalemas á lo moro, De verse juntos en estremo holgaron.
Guardaronse real grave decoro, Y procuró Ciprinia en aquel punto Mostrar de su belleza el gran tesoro.
Ensanchó el verdugado, y dióle el punto Con ciertos puntapies que fueron coces Para el dios que las vió y quedó difunto.
Un poeta llamado DON QUINCOCES Andaba semivivo en las saladas Ondas dando gemidos y no voces.
Con todo dixo, en mal articuladas Palabras: o, señora, la de Pafo, Y de las otras dos islas nombradas,
Muevate á compasion el verme gafo De pies y manos, y que ya me ahogo, En otras Linfas que las del Garrafo.
Aqui será mi Pira, aqui mi rogo, Aqui será QUINCOCES sepultado, Que tuvo en su crianza Pedagogo.
Esto dixo el mezquino, esto escuchado Fue de la diosa con ternura tanta, Que volvió á componer el verdugado.
Y luego en pie y piadosa se levanta, Y poniendo los ojos en el viejo, Desembudó la voz de la garganta:
Y con cierto desden y sobrecejo, Entre enojada y grave, y dulce dixo Lo que al humido dios tuvo perplejo.
Y aunque no fue su razonar prolixo, Todavia le truxo á la memoria Hermano de quien era y de quien hijo.
Representole quan pequeña gloria Era llevar de aquellos miserables El triunfo infausto, y la cruel vitoria.
El dixo: si los hados inmudables No huvieran dado la fatal sentencia Destos en su ignorancia siempre estables.
Una brizna no mas de tu presencia Que viera yo, bellisima señora, Fuera de mi rigor la resistencia.
Mas ya no puede ser, que ya la hora Llegó donde mi blanda y mansa mano Ha de mostrar que es dura y vencedora.
Que estos de proceder siempre inhumano, En sus versos han dicho cien mil veces, Azotando las aguas del mar cano.
Ni azotado, ni viejo me pareces, Replicó Venus, y él le dixo á ella: Puesto que me enamoras no enterneces.
Que de tal modo la fatal estrella, Influye destos tristes, que no puedo Dar felice despacho á tu querella.
Del querer de los hados solo un dedo, No me puedo apartar, ya tu lo sabes, Ellos han de acabar, y ha de ser cedo.
Primero acabarás que los acabes, Le respondió madama, la que tiene De tantas voluntades puerta y llaves.
Que aunque el hado feroz su muerte ordene, El modo no ha de ser á tu contento, Que muchas muertes el morir contiene.
Turbóse en esto el liquido elemento, De nuevo renovóse la tormenta, Sopló mas vivo y mas apriesa el viento.
La hambrienta mesnada, y no sedienta, Se rinde al uracan recien venido, Y por mas no penar muere contenta.
O raro caso y por jamas oido, Ni visto! ó nuevas y admirables trazas De la gran reina obedecida en Gnido!
En un instante el mar de calabazas Se vió quajado, algunas tan potentes, Que pasaban de dos, y aun de tres brazas.
Tambien hinchados odres y valientes, Sin deshacer del mar la blanca espuma, Nadaban de mil talles diferentes.
Esta trasmutacion fue hecha en suma Por Venus de los languidos poetas, Porque Neptuno hundirlos no presuma.
El qual le pidió á Febo sus saetas, Cuya arma arrojadiza desde aparte A Venus defraudara de sus tretas.
Negóselas Apolo; y veis do parte Enojado el vejon con su tridente, Pensandolos pasar de parte á parte;
Mas este se resbala, aquel no siente La herida, y dando esguince se desliza, Y él queda de la colera impaciente.
En esto Boreas su furor atiza, Y lleva antecogida la manada, Que con la de los cerdas simboliza.
Pidióselo la diosa aficionada A que vivan poetas zarabandos, De aquellos de la seta almidonada:
De aquellos blancos, tiernos, dulces, blandos, De los que por momentos se dividen En varias setas, y en contrarios vandos.
Los contrapuestos vientos se comiden A complacer la bella rogadora, Y con un solo aliento la mar miden:
Llevando á la piara gruñidora, En calabazas y odres convertida A los reynos contrarios del aurora.
Desta dulce semilla referida España, verdad cierta, tanto abunda, Que es por ella estimada y conocida.
Que aunque en armas y en letras es fecunda Mas que quantas provincias tiene el suelo, Su gusto en parte en tal semilla funda.
Despues desta mudanza que hizo el cielo, O Venus, ó quien fuese, que no importa Guardar puntualidad como yo suelo,
No veo calabaza, ó luenga ó corta, Que no imagine que es algun poeta Que alli se estrecha, encubre, encoge, acorta.
Pues qué quando veo un cuero, ó mal discreta Y vana fantasia, asi engañada, Que á tanta liviandad estás sugeta!
Pienso que el piezgo de la boca atada Es la faz del poeta transformado En aquella figura mal hinchada.
Y quando encuentro algun poeta honrado, Digo, poeta firme y valedero, Hombre vestido bien y bien calzado,
Luego se me figura ver un cuero, O alguna calabaza, y desta suerte Entre contrarios pensamientos muero,
Y no sé si lo yerre, ó si lo acierte, En que á las calabazas y á los cueros, Y á los poetas trate de una suerte.
Cernìcalos que son lagartigeros No esperen de gozar las preeminencias Que gozan gabilanes no pecheros.
Puestas en paz pues ya las diferencias De Delio, y los poetas transformados En tan vanas y huecas apariencias:
Los mares y los vientos sosegados, Sumergiose Neptuno mal contento En sus palacios de cristal labrados.
Las mansisimas aves por el viento Volaron, y á la bella Cipriana Pusieron en su reyno á salvamento.
Y en señal que del triunfo quedó ufana, Lo que hasta alli nadie acabó con ella, Del luto se quitó la saboyana.
Quedando en cueros tan briosa y bella, Que se supo despues que Marte anduvo Todo aquel dia, y otros dos tras ella.
Todo el qual tiempo el escuadron estuvo Mirando atento la fatal ruina, Que la canalla transformada tuvo.
Y viendo despejada la marina Apolo del socorro mal venido, De dar fin al gran caso determina.
Pero en aquel instante un gran ruido Se oyó, con que la turba se alboroza, Y pone vista alerta, y presto oido.
Y era quien le formaba una carroza Rica, sobre la qual venia sentado El grave DON LORENZO DE MENDOZA,
De su felice ingenio acompañado, De su mucho valor y cortesia, Joyas inestimables, adornado.
PEDRO JUAN DE REJAULE le seguia En otro coche insigne Valenciano, Y grande defensor de la poesia.
Sentado viene á su derecha mano JUAN DE SOLIS, mancebo generoso, De raro ingenio en verdes años cano.
Y JUAN DE CARVAJAL, Dotor famoso, Les hace tercio, y no por ser pesado Dexan de hacer su curso presuroso.
Porque el divino ingenio al levantado Valor de aquestos tres que el coche encierra, No hay impedirle monte, ni collado.
Pasan volando la empinada sierra, Las nubes tocan, llegan casi al cielo, Y alegres pisan la famosa tierra.
Con este mismo honroso y grave zelo, BARTOLOME DE MOLA, y GABRIEL LASO Llegaron á tocar del monte el suelo.
Honra las altas cimas de Parnaso DON DIEGO, que de SILVA tiene el nombre, Y por ellas alegre tiende el paso.
A cuyo ingenio, y sin igual renombre Toda ciencia se inclina y le obedece, Y le levanta á ser mas que de hombre.
Dilatanse las sombras, y descrece El dia, y de la noche el negro manto Guarnecido de estrellas aparece.
Y el esquadron que havia esperado tanto En pie, se rinde al sueño perezoso De hambre y sed, y de mortal quebranto.
Apolo entonces poco luminoso, Dando hasta los Antipodas un brinco, Siguió su accidental curso forzoso.
Pero primero licenció á los cinco Poetas titulados á su ruego, Que lo pidieron con estraño ahinco,
Por parecerles risa, burla y juego Empresas semejantes; y asi Apolo Condecendió con sus deseos luego.
Que es el galan de Dafne unico y solo En usar cortesia sobre quantos Descubre el nuestro, y el contrario polo.
Del lobrego lugar de los espantos Sacó su hisopo el languido Morfeo, Con que ha rendido y embocado á tantos,
Y del licor que dicen que es Leteo, Que mana de la fuente del olvido, Los parpados bañó á todos arreo.
El mas hambriento se quedó dormido, Dos cosas repugnantes, hambre y sueño, Privilegio á poetas concedido.
Yo quedé enfin dormido como un leño, Llena la fantasia de mil cosas, Que de contallas mi palabra empeño, Por mas que sean en sí dificultosas.
VIAGE AL PARNASO.