Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie · Unidad 3 de 76

CAPITULO I. — parte 1

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LA PRIMERA AUSENCIA.

Adiós al suelo natal.--La ciudad de Honda.--La gran vegetacion.--El puerto de «Conejo».--Una escena nocturna.--El vapor «Bogota».--Nare y «San-Pablo».

Hay verdades que se hacen adagios porque todo el mundo percibe su impresion, y una de ellas es, que el mérito de lo que se ama no se comprende sino al carecer del objeto querido. El alma tiene, como las pupilas, sus bellas ilusiones de óptica, porque ella misma es la pupila del corazon, y los objetos crecen y toman formas siempre mas interesantes á medida que se nos alejan. He aquí por qué al embarcarme el 1º de febrero de 1858, en el puerto de las _Bodegas de Honda_, á bordo de un champan que debía conducirme al vapor _Bogotá_, estacionado siete leguas mas abajo, sentí mi corazón oprimido y preocupada mi imaginación.

Por primera vez iba á alejarme de mi patria por algunos años,... _talvez_ para siempre! _Honda_, con sus escombros sublimes, quebrantados sepulcros de una antigua opulencia,--sus saltadores y ruidosos rios, espumantes como cataratas,--sus altas palmeras entretejidas en flotantes pabellones,--sus siempre verdes y suntuosas arboledas que bañan en las ondas la crespa y abundante melena,--sus cerros escarpados y en anfiteatros, de eterna soledad, y sus llanuras de esmeralda cuyas altas gramíneas sacuden en el estío los recios huracanes;--_Honda_, la reina destronada, sombra de su lejano esplendor; se presentaba á mis ojos con su manto azul y sus ruinas cubiertas de parásitas, mas triste y mas hermosa que nunca. Jerusalen del poema oscuro de mi juventud, la dejaba entre sus colinas y sus bosques como un santuario de recuerdos venerables. La madre recibia el adios del hijo viajero: mi pensamiento la comprendía mejor que nunca!

Dejar la tierra natal ¡este solo hecho entraña un drama entero para el corazón! Qué momento tan solemne aquel, de recogimiento para el alma del viajero, de esperanza profunda y de temor supremo!

Al dejar la playa arenosa donde quiebra sus hondas el majestuoso Magdalena, creía separarme de un inmenso tesoro. Ahí quedaban: la tumba de mi padre, las tradiciones de familia, la ceniza del hogar, las dulces memorias, los caprichos y los locos amores de la juventud, los amigos, la fortuna, la libertad, el aire, el cielo, los mil rumores vagos y confusos, y todo ese adorable conjunto de impresiones y sueños, de pesares y recuerdos, de infortunios y dichas, que se llama la _Patria_!... Todo eso quedaba atras, como sepultado en un panteon cuya portada era _Honda_! ¿Y adelante?... Lo vago y desconocido,--lo infinito y maravilloso;--eso que el corazón acaricia en sus sueños de esperanza, y que la duda cubre con sus sombras cuando el viajero se dice: ¡_quién sabe_!

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_Honda_ es una vieja ciudad, enteramente española por su construccion, pero de un aspecto tan caprichoso y pintoresco que llega hasta las proporciones de lo romántico. El rio Magdalena, la grande arteria del comercio de Nueva Granada, despues de haber traído por algunas leguas la direccion de S. E. á O., pierde repentinamente su mansedumbre, se estrecha entre las altas rocas de dos serranías paralelas, y torciendo directamente al norte se lanza por entre raudales pedregosos, coronado de espuma, bramando como la gran mole de una catarata, y, como fatigado de ese descenso tormentoso, va á reposarse, una legua mas abajo, lamiendo suavemente las anchas playas de la _Bodega_. Una llanura de cuatro leguas, interrumpida por algunos bosques y colinas; pintorescos y de lujosa vegetacion, viene desde la derruida ciudad de Mariquita (la tumba del conquistador Quesada), al pié de la cordillera central de los Andes, y termina sobre la orilla izquierda del Magdalena, dominando el áspero raudal que los naturales llaman _el Salto_. El primoroso rio _Gualí_, azul, saltador, espumante como un torrente, y orrilado por suntuosas arboledas, limita la llanura por el norte, y corriendo de O. á E. viene á darle su limpio tributo al Magdalena, dividiendo en dos partes la ciudad de _Honda_; en tanto que á 400 metros mas arriba una hermosa quebrada desemboca tambien, cortando la playa del puerto principal.

Vista de fuera, _Honda_ parece una ciudad oriental ó morisca, ya par su caprichosa situacion y sus edificios de pesada manipostería, ya por el contraste de los colores, los techos, los blancos ó negros muros, las formas extravagantes y los balcones y azoteas, ya en fin por los penachos de los altos cocoteros, meciéndose blandamente como para abrigar con su sombra la ciudad, protegiéndola contra los rayos de un sol abrasador, que brilla en la mitad de un cielo eternamente azul y trasparente.

Honda tiene una población de 5,000 almas, y es el gran puerto de escala del comercio interior de la República. Si en la época de la colonia fué la vía del comercio europeo respecto del Ecuador y el Perú, la independencia de Colombia, el tránsito por el Istmo de Panamá y un espantoso terremoto que la redujo á escombros en junio de 1805, le hicieron perder su primitiva importancia comercial. Hoy no es mas que una plaza de tránsito, que empieza á resucitar en medio de los escombros, gracias á la agricultura interior y á las grandes ventajas que le ofrece la navegacion del Magdalena.

No he visto jamas una ciudad en donde estén tan bien representadas como en Honda la vida, que se ostenta en el poder de una naturaleza exuberante y espléndida, y de un comercío activo, y la muerte, que parece anidarse en la soledad de las ruinas ennegrecidas por el tiempo. Luchando la una contra la otra sin cesar, no es dudoso á quién tocará la victoria; es á la primera, protegida por la libertad y la industria, representantes del _progreso_, que es la síntesis de la vida!

La ciudad de Honda es el límite ó centro de dos regiones enteramente distintas: hácia el sur y el oriente las admirables comarcas del alto Magdalena; hácia el norte las soledades infinitas, los desiertos ardientes y la monótona uniformidad del bajo Magdalena. Arriba la mas espléndida region de la Colombia meridional; un panorama infinitamente variado de llanuras y colinas, de selvas y montañas, de contrastes interminables en las formas, los colores y los recursos de la naturaleza; y toda esa sucesion de valles lacustres y de lujosas serranías, enriquecida por una poblacion activa, numerosa y bastante civilizada, y por las obras de una agricultura progresiva, que se mancomuna con el comercio, la industria pecuaria, las artes y la minería. Allí, en toda esa comarca primorosa, _ardiente paraíso_ de Nueva Granada, se ve la vida social, el desarrollo activo, la civilización.

De Honda para abajo, siguiendo el curso del Magdalena, la escena cambia enteramente. El rio, como para revelar mejor el carácter salvaje de la región que le rodea, se hace mas perezoso en su marcha, y léjos de profundizar su cauce, se bifurca en multitud de brazos, se ensancha á veces como un pequeño mar interior, escondiendo sus aguas entre el follaje de las selvas seculares; levanta en su camino un enjambre de islotes pintorescos; y haciéndose mas ingrato por la abundancia de sus insectos venenosos, la ferocidad de sus terribles caimanes, la ardentía de sus playas calcinadas por un sol devorador, y la absoluta soledad de sus vueltas y revueltas, sus ciénegas y barrancos de salvaje tristeza, revela que allí no ha fundado el hombre su poder, que la humanidad no ha tenido todavía valor para entrar en lucha con esa emperatriz de los desiertos que se llama _Naturaleza!_

Tal es la región que yo debía atravesar, siguiendo la corriente del Magdalena, al darle mi adiós á la tierra natal.

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El _Champan_ se apartó de la playa, los remos se agitaron al compas de los gritos salvajes de los _bogas,_ y pocos minutos despues, al torcer su curso el Magdalena por entre monstruosos peñascales, se perdieron de vista los últimos penachos de los cocoteros que indicaban el sitio de la _Bodega_. El hombre desapareció para ceder el campo exclusivamente á la vegetacion.

Gigantesca siempre, variada al principio, encantaba donde quiera, presentando las mas hermosas vistas sobre los altos peñascos de la orilla, ó en los pabellones de lujosa verdura que venian á extender sus flotantes encajes de parásitas y enredaderas sobre la playa misma, á donde sale á calentarse, en lechos de arena calcinada, el temible y monstruoso _caiman_, terror de los habitadores de las ondas. Ya se ven bosques enteros de cedros seculares cubriendo con su oscura sombra las quiebras de una ladera trastornada por las conmociones de la naturaleza; ya los grupos de altísimas palmeras forman pabellones donde se columpian bandadas de papagayos primorosos; ya sobre la barranca arcillosa de rojos estratos compuestos de capas desiguales, se levanta un grupo de gigantescas _guaduas_ (_bambús_), que, entretejidas por mil delgados bejuquillos cubiertos de flores, lanzan sus plumajes flexibles sobre las ondas del rio, como abanicos abiertos por el viento, donde una hada de los bosques ha trazado sobre el fondo verde los mas caprichosos arabescos y mosaicos.

Por todas partes lujo y exuberancia de vegetacion, riqueza de contrastes y variedad de formas y colores en la naturaleza; pero ausencia absoluta de poblacion y de cultivo. Si todavía se notan inflexiones en el terreno, es porque no han terminado aún las ramificaciones que las dos cordilleras principales de los Andes--oriental y central--arrojan sobre el Magdalena en diferentes direcciones. Después las serranías desaparecen, las selvas forman horizonte, y el ojo del viajero, fatigado y triste, no ve mas que el desierto interminable.

A nueve ó diez kilómetros de Honda desemboca, sobre la izquierda, un pequeño y clarísimo rio, el _Guarínó_, despues de haber fecundado la mas preciosa llanura que puede imaginarse,--pampa feraz, de variadas gramíneas y cubierta de inmensos bosques de palmeras de todas clases y de gigantescos _caracolíes_, á cuya sombra se pasean en numerosas tribus los zainos y tapiros, perseguidos por el terrible jaguar, mientras que en las altas almenas de los árboles forman innumerables pájaros sus conciertos aéreos y siempre sorprendentes.

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Despues de cinco horas de navegacion, el champan se atracó al costado del vapor _Bogotá_, anclado en el puerto de la bodega de _Conejo_. El paisaje, visto de léjos, no podía ser mas primoroso.

Sobre la alta barranca, tapizada de grama verde y suave, en toda su extension, grupos de chozas rústicas de habitacion de bogas y pobres agricultores del desierto; en el centro el inmenso edificio de la Bodega, de techumbre pajiza y de un solo piso, y detras y en medio de las casas un bosque admirable, en cuyo fondo de un verde de diversas tintas contrastaban la hermosa melena del cocotero sobre el esbelto mástil, las palmas ensortijadas de las guaduas colosales, el redondo follaje del mango y el mamey, y la corpulenta ramazon del cedro y el caracolí, esos soberanos suntuosos de los desiertos selváticos de Colombia.

Y al pié de esas ricas arboledas y de esas chozas llenas de colorido local, los grupos animados de viajeros y bogas, tan discordantes y variados, y formando un contraste tan curioso como el que hacian el vapor _Bogotá_ y los _champanes_ y las casas indígenas. De un lado el lujo de la naturaleza, indomable y grandiosa, perfumada y llena de misterio; del otro el lujo de la civilizacion, de la ciencia, y la ostentacion de la fuerza vencedora del hombre. Allá el hombre primitivo, tosco, brutal, indolente, semi-salvaje y retostado por el sol tropical, es decir el _boga_ colombiano,--con toda su insolencia, con su fanatismo estúpido, su cobarde petulancia, su indolencia increíble y su cinismo de lenguaje, hijos mas bien de la ignorancia que de la corrupcion; y mas acá el europeo, activo, inteligente, blanco y elegante, muchas veces rubio, con su mirada penetrante y poética, su lenguaje vibrante y rápido, su elevacion de espíritu, sus formas siempre distinguidas.

De un lado el pesado _champan_, barca _toldada_ de palmas secas, de 20 á 50 metros de longitud y dos ó tres de anchura--especie de choza flotante,--y montado por multitud de bogas que gritan atrozmente y parecen una legion de salvajes del desierto; ó bien la miserable _ramada_ indígena, expuesta á la cólera de los vientos, las invasiones de los reptiles y las fieras, ó los chubascos de las tempestades de invierno, con un menaje tan extravagante como pobre, y abrigando familias de salvaje fisonomía, fruto del cruzamiento de dos ó tres razas diferentes, y para las cuales el cristianismo es una mezcla informe de impiedad é idolatría, la ley un embrollo incomprensible, la civilizacion una niebla espesa, y lo porvenir como lo presente y lo pasado se confunden en una igual situacion de sopor, indolencia y brutalidad!

Y al pié de esas barracas que dan amparo á una vida de transicion, que se acerca mas á la barbarie todavía que al progreso, se levantaban la chimenea, el pabellon y los mástiles y costados pintorescos del vapor _Bogotá_ para protestar contra la barbarie, y probar que aún en medio de las soledades y del misterio sublime de una naturaleza imponderable por su fuerza, el hombre va á fundar su soberanía universal, haciendo triunfar en todas partes la fuerza del _espíritu_ sobre el poder de la _materia_. ¡Qué bien contrastaban en el puerto de _Conejo_ la chimenea del vapor, soltando sus bocanadas de humo espeso y arrebatado por al viento de las selvas, con el mástil delgado, altísimo y secular del cocotero, en cuya cima se columpiaba al soplo de ese mismo viento el pabellón de palmas ensortijadas y flexibles. El cocotero, sembrado desde el tiempo de la colonia, seguía vegetando; pero el vapor, hijo de la república é instrumento de la libertad, venia á envolverlo entre sus cortinas de humo, saludándole con los silbidos de la locomotiva.

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La noche ofreció una escena admirable, como para aumentar los incidentes del contraste. En el vapor _Bogotá_ nos habíamos reunido personas de paises muy distintos. El capitán era un bravo Genoves, republicano, franco, sencillo y de trato cordial, y entre los pasajeros había no solo unos cuantos Granadinos, sino Ingleses, Franceses y Alemanes. La cordialidad se estableció pronto, como sucede siempre en todo viaje, y un Irlandés de 62 años, grande como una torre, alegre como un muchacho, bebedor de primer orden, como era de su deber para honrar su nacionalidad, y burlon y retozon como todos los Irlandeses (salvo los que son serios), introdujo un delicioso desórden sobre cubierta. Cantó, bailó solo, tocó violin y tambor (instrumentos que según entiendo no están ligados por una íntima fraternidad), y acabó por comunicarnos á todos su excelente humor. Pocos momentos después la vecina selva resonaba con el ardiente coro de todos los pasajeros cantando (cada cual en el tono en que podio) ya la _Marsellesa_, ese himno sublime de guerra y libertad, ya el _God save the Queen_ los Ingleses, ya las canciones mas ó menos populares de Nueva Granada, de Alemania y de Irlanda. Una hora después de esos cantos de la civilización, y cuando todos reposábamos en nuestras _hamacas_, en medio de las sombras y el silencio, un himno enteramente diferente, salvaje y de una melancolía llena de misterio, de grandeza y de ruda poesía, estalló de repente, sostenido por cincuenta voces roncas y pesadamente acompasadas, en medio de un bosque secular de la vecina playa. El asunto, la entonación, el estilo y el misterio de ese canto venían á contrastar admirablemente con las ardientes canciones que poco antes habian salido de entre los flancos del vapor _Bogotá_.

Aunque el espectáculo no me era desconocido, no pude resistir á la tentacion de contemplarlo de cerca. Así, salté de mi hamaca, convidé á dos amigos y me fui á tierra, tomando la direccion que nos indicaban el canto mismo y una luz rojiza que brillaba entre las sombras espesas de la selva. La playa estaba desierta y ni un solo boga dormía sobre las toldas de los champanes amarrados á una ancla de hierro y algunos gruesos troncos. Despues de andar por un trayecto de doscientos metros, por enmedio de las arboledas, descubrimos un espectáculo en extremo interesante.

Bajo el follaje de un enorme cedro, en una área limpia y arenosa, había una grande hoguera alimentada con troncos gruesos, ramas resinosas y grandes trozos de un ámbar amarillo, subalterno, que abunda mucho en aquellas selvas interminables. La llamarada era espléndida, el perfume riquísimo, y las sombras que proyectaban los arboles hadan juego con la luz de un modo admirable. Al derredor de la hoguera estaban arrodilladas en confusión como cincuenta personas,--hombres y mujeres, viejos y muchachos, habitantes del lugar y bogas,--y todos á un tiempo con una voz ronca y acompasada, pero excesivamente expresiva por su acento, cantaban un himno mortuorio!... Era el _novenario_ de un vecino que habia muerto tres dias antes, y cuyo cuerpo estaba sepultado á poca distancia de allí.

La canción era un conjunto de oraciones en verso, extravagantes, compuestas por los _bogas_ y usadas siempre en todo novenario; y el estribillo, tan incomprensible en su lenguaje como enérgico en su entonación, se componía de una especie de cuarteta de versos de seis silabas. Tres hombres cantaban primero una _estrofa;_ todos respondían con el estribillo, y luego tres mujeres cantaban otra, y así sucesivamente.

Confieso que en aquella escena salvaje, pero llena del encanto de la fe y la piedad, encontré mas poesía y mas religión que en los cantos del vapor _Bogotá_. La entonacion era profunda y sombría, solemne apesar de su rústica armonía, y yo encontraba en esa escena una grande impresión y una enseñanza. La poesía es sin disputa la mas sublime de las manifestaciones del alma en sus relaciones con Dios, el hombre y la naturaleza.

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El 2 de febrero el vapor _Bogotá_ recogió su ancla, lanzó su silbido matinal, semejante al grito del salvaje, y sacudiendo con sus alas de hierro las turbias ondas del Magdalena, se deslizó rápidamente por entre los verdes y tupidos pabellones de las selvas, dejando marcada su brillante estela en las flotantes espumas que iluminaba el sol de la mañana.

¡Qué impresion tan profunda experimenta el corazon del patriota, soñador del progreso, cuando por primera vez se confia, como viajero, á esa segunda providencia, á ese espíritu invisible de la humanidad, trasfundido en el poder dé la mecánica, que se llama el vapor! La onda se humilla, corriendo fugitiva, ante ese conquistador que la surca sin temerla y la azota con las ruedas de su carro triunfal; el monstruo de las aguas busca sus grutas escondidas en el abismo, comprendiendo que el imperio del elemento líquido le pertenece á un sér infinitamente superior; y el huracan, ese Júpiter sin forma, de aliento destructor, que impera sobre las soledades del páramo, de la selva, del arenal y del océano, parece amansarse en presencia de ese viajero que opone á las conmociones supremas de la creacion la fuerza misteriosa de la ciencia triunfante!