Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie · Unidad 32 de 76

CAPITULO IV. — parte 2

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De ese espíritu de sociabilidad resultan muy buenos efectos. Todo el mundo se interesa en las empresas, todo anda bien y apriesa, nada decae, y los monumentos de recreo, como los teatros, casinos, etc., están siempre en auje, aunque muchas veces sin producir utilidades. Como todos son accionistas en los teatros, todos concurren, y Barcelona tiene siempre excelentes artistas.

Los pueblos catalanes son los primeros de España que han establecido el alumbrado de gas, ferrocarriles, compañías de crédito y aseguros, irrigaciones inteligentes y cuantas cosas distinguen la civilizacion avanzada de Inglaterra y Francia. Todo progreso tiene inmediata acogida entre los Catalanes; y, lo que es mas notable aun, sus progresos ó sus obras son el resultado de sus propios esfuerzos y recursos. Sus ferrocarriles (que son ya numerosos) son _catalanas_ casi en la absoluta acepcion de la palabra. En Cataluña hasta los pueblos de tres mil habitantes tienen su alumbrado de gas, y el vapor ruge en todas partes como el motor de los grandes trabajos de fabricacion. Aparte de sus carreteras excelentes, sus ferrocarriles, sus muchas líneas de diligencias y sus centenares de buques de vela, los Catalanes tienen un buen servicio de vapores para la navegacion internacional y costanera. Por eso sus puertos están siempre llenos de buques que alimentan poderosamente la actividad del pais.

El país catalan es sumamente agrícola, haciendo fuertes exportaciones en vinos, aceites, frutas y otros muchos artículos. Es tambien comercial por excelencia. Pero lo que le imprime su sello mas característico es la industria fabril, que asemeja la Cataluña á una comarca inglesa. No hay género de fabricacion que allí no tenga acogida, siendo los mas importantes los tejidos de algodon, lana, seda y lino en grande escala, y la fabricacion de papel de lino.

Prescindiendo de las importantes ciudades de Tarragona y Reus, de que luego hablaré, y de las de Lérida y Gerona, que no tienen carácter industrial, las poblaciones mas importantes de Cataluña son fabricantes por excelencia. Despues de Barcelona, cuya produccion es muy fuerte y en cuyo seno se centraliza todo el movimiento, merecen especial mencion las siguientes:

_Mataró_, puerto de mar, con una extensa fabricacion variada y 17,000 almas.

_Manresa_, con 15,300.

_Sabadell_, con 14,000 y una fabricacion muy fuerte y avanzada.

_Vich_, con 14,000, importante tambien como centro agrícola.

_Badalona_, puerto vecino de Barcelona, con 10,500 almas.

_San Andres de Palomar_, con 10,000 habitantes.

_Tarrasa_, con 9,000, famosa por sus paños superiores. _Clot_, con 7,000 almas.

_Arenys de Mar_, con 5,000, notable tambien por sus tres excelentes astilleros.

Cataluña, por la naturaleza de sus producciones, tiene activas relaciones con todos los mercados del mundo. Aunque comienza á explotar activamente sus turberas y minas de carbon, recibe de Inglaterra una enorme suma de valores en hulla, para alimentar sus fábricas, ferrocarriles y vapores. Los aceites catalanes van á ser purificados en Francia, ó al consumo general del mundo, como sus populares y baratos vinos. Sus tejidos abastecen no solo al pais, sino á algunos pueblos del Nuevo Mundo, á donde va tambien su papel florete tan estimado por los abogados y notarios y los gobiernos que adoran el papel sellado. El Nuevo Mundo le envia á Cataluña sus algodones; Italia, Valencia y otros paises sus sedas, cáñamos, etc.

El Catalan, aunque ama su pais, es esencialmente viajero. No hay un país civilizado, en ámbos continentes, donde no se vea la tienda del laborioso Catalan, repleta de los mas variados artículos españoles. El habitante de Cataluña considera su país como una nacion. Jamas dice: _soy Español_, sino: _soy Catalan_. Si las clases mejor educadas de la sociedad hablan bien el español, cuando les es preciso, la multitud lo conoce mal, y en muchos pueblos lo ignora absolutamente y habla solo el catalan, idioma que abunda en consonantes fuertes y sobre todo en sonidos agudos.

Tal es Cataluña, segun he podido comprenderla con un rapidísimo estudio. Si mis impresiones son equivocadas, al ménos tienen la cualidad de ser sinceras.

* * * * *

La interesante y bella Barcelona está dividida en sus dos partes, antigua y moderna, por su espléndida calle de la _Rambla_ (que es tambien un paseo), donde se encuentran los dos grandes teatros, algunos suntuosos casinos, los mejores hoteles y cafés y los despachos de muchas diligencias diarias. Al norte está la ciudad antigua, aunque muy embellecida y renovada; al sur la nueva, con su hermoso paseo del _Prado_. En los términos de la ciudad están: de un lado, cerca de Barceloneta, la magnífica _plaza de Toros_ (monumento indispensable en toda ciudad española), y entre ella y la ciudad dos de las estaciones de ferrocarriles. Del otro lado, al poniente, hácia la llanura, parten los otros dos ferrocarriles.

Barcelona, pues, está ligada á los pueblos interiores y de la costa por cuatro ferrocarriles, y no muy tarde habrá terminado los que conducen á Madrid, por Lérida y Zaragoza, á Valencia ó el sur, por Tarragona, y á Francia, por Gerona.

Barcelona es interesante bajo todos aspectos, porque ha querido conciliar la actividad económica con los goces refinados de la civilizacion. Hablaré primero de los monumentos que visité rápidamente, y luego de los rasgos de costumbres que pude percibir.

Barcelona es una ciudad antiquísima, en cuyos monumentos han dejado sus huellas, mas ó ménos marcadas, las dominaciones diferentes. Sobre todo, el arte romano y el gótico levantaron memorias de piedra que el tiempo ha respetado. En general las casas tienen una planta sólida, elegante y levantada, y hoy se hacen innumerables construcciones muy bellas, en las cuales predomina siempre el estilo frances, realzado por lo pintoresco de los verdes ó azules balconcillos del gusto español moderno.

Entre los monumentos profanos se distinguen, por su forma ó por la importancia de lo que contienen: el Palacio de las Artes, hermoso edificio de estilo del Renacimiento, que es al mismo tiempo Museo y Bolsa; el famoso archivo _Real_, de la corona de Aragon, el mas precioso de Europa en su género; la Biblioteca principal, muy considerable y bien mantenida (aparte de otras tres y varios archivos); la Aduana, edificio de grandes y bellas proporciones; y los teatros _Principal_ y del _Liceo_ (hay otros subalternos), que son de los mejores en España. El del Liceo es considerado como el mas grande de Europa, y es de una sencillez elegante, pudiendo contener hasta 4,800 personas; pero su enormidad misma y algunos defectos de acústica lo hacen inadecuado para todo lo que no es ópera ruidosa.

Barcelona tiene ademas hermosos paseos, algunos jardines públicos, un colegio-hospicio de sordo-mudos, y una multitud de establecimientos de enseñanza y beneficencia, de muy variados objetos, que le hacen alto honor á la capital de Cataluña. Como edificio histórico y curioso, es de citarse el antiguo palacio de los reyes de Aragon.

Merecen particular atencion, entre los muchos monumentos religiosos (que no tienen gran mérito artístico), la catedral y las iglesias de San Jaime y San Miguel. La catedral, de estilo gótico del siglo XII, aunque carece de atrevimiento en sus tres naves, tiene una majestad imponente por su interior de sombría severidad. Al hallarse en medio de sus veinticuatro enormes columnas y delante de su coro de severas y ricas esculturas de madera, que se destaca en la sombra de los altos muros tristes y desnudos, se cree uno como encerrado en una catacumba con las osamentas de la edad media. Si el hermoso claustro, descubierto á la intemperie, llama con justicia la atencion, lo mas interesante del monumento son sus torres colosales asombrosamente suspendidas como en el aire sobre el arco gigantesco de la testera del templo. Esa construccion caprichosa en apariencia, pero que tiene su filosofía religiosa, es la mas atrevida que he encontrado en toda la arquitectura gótica de España.

La pequeña iglesia ó capilla de _San Miguel_ no es curiosa sino por su antigüedad y su tipo especial. Es una _cripta_ romana, profunda en el centro, sombría como un refugio de proscritos y que está revelando la infancia del arte cristiano. Al penetrar allí no puede uno ménos que evocar todos los recuerdos de los mártires del cristianismo naciente. Hay allí algo que guarda las tradiciones de la abnegacion y del heroismo resignado del creyente.

Para tener una idea de las costumbres catalanas, basta echarse á pasear, con el ojo alerta y el humor alegre, por la calle mercantil de _Fernando sétimo,_ ó la ancha alameda de la _Rambla_, orillada por hoteles y cafés. Una inmensa multitud circula por allí, sea matando el tiempo, sea buscando los negocios ó algo que si es _negocio_ no está esento de ser pecaminoso.

Las Francesas pululan, ligeras y provocadoras, arrastrando las anchas colas de sus trajes, y distinguiéndose perfectamente de las Catalanas y Españolas. Mientras que la Francesa aventurera hace conocer su artificio y esconde bajo la gorra su cabeza de cabellos pobres, la Española ostenta con garbo su rica mantilla, bate con maestría singular el inolvidable abanico, marcha con gracia y donaire pero sin esforzarse en la coqueteria, y arrebata con su tez suavemente morena, sus grandes y negros ojos, su rica dentadura y su ampulosa cabellera recogida en un elegante peinado ó en hermosas trenzas. Ella desdeña la prudente gorra, teniendo su soberbia cabeza, y la cubre apénas con un pañuelo (si es de noche) atado por debajo de la garganta no mas, ó con un chal de lana ó algodon de colores graciosos, envuelto con mucha originalidad.

Si os fijais en los hombres, les vereis divagar (envueltos en la inevitable capa española, algunas veces ricamente adornada) en grupos mas ó menos bulliciosos ó siquiera por parejas, aspirando el humeante cigarrillo, con la mirada abierta, listos á la chanzoneta, la voz robusta y el andar ligero. En el teatro les vereis aplaudir con entusiasmo, aunque no siempre con criterio; en el baile, cordiales y contentos; en la mesa expansivos; en el carnaval hechos locos y muy espirituales en sus sátiras y disfraces.

Donde mas se revela el espíritu de asociacion del Catalan es en el casino ó el café. El catalan no se resigna jamas al aislamiento. Por eso los cafés de Barcelona son la imágen de Babel. Centenares de hombres y señoras se amontonan alli, en grupos animadísimos, formando una alegre algazara que apaga casi los ecos del piano. En España hay la costumbre de establecer un piano en cada gran café para amenizar el pasatiempo; y todo el que va a uno de esos lugares, donde la democracia absoluta no degenera en desórdenes, pasa cuatro ó cinco horas en tertulia sin dejar refrescar el asiento. El pueblo español, en su mejor sociedad, se congrega en la iglesia, la plaza de toros y el café.

Barcelona es residencia ordinaria de doce ó catorce cónsules extranjeros, y ofrece amplias facilidades al viajero. Temiendo entregarme desde muy temprano al martirio de las diligencias, tomé pasaje en el vapor «Cataluña,» que iba para Hamburgo, y me dirigí á la provincia de Tarragona. Sin haber tenido _amigos_ en Barcelona, confieso que me alejé de su animado puerto con algun pesar. Aquel es un país libre, de poblacion inteligente, activa y honrada, que me habia impresionado muy agradablemente.

* * * * *

El Mediterráneo estaba tranquilo como un lago, y su silencio absoluto no era interrumpido sino por el estridor de la maquinaria del vapor, y los resoplidos que de tiempo en tiempo lanzaba ese dragon de hierro y de vientre inflamado que se llama _locomotiva_. La luna iluminaba las ondas deliciosamente, produciendo admirables reflejos en la limpia estela del vapor. Pero la tierra estaba velada por las nieblas de la costa, y no fué posible verla sino en el momento de entrar al siguiente dia en el puerto de Tarragona.

Centenares de presidiarios trabajaban allí en terminar el puerto con una gran muralla edificada entre las ondas. Al mismo tiempo entraba un bote guarda-costa tripulado por diez y seis conscritos de las _quintas_ de marina. Así, la casualidad me presentaba en contraste dos clases de presidiarios: los unos, condenados por la justicia social, como _criminales_; los otros, condenados por la _suerte_ á servir en la marina, por el solo hecho de ser _Españoles_, ¡Qué sarcasmo legal! Puesto que el mundo tiene presidios todavía, pasemos adelante,

Una pintoresca llanura con suaves ondulaciones, primorosamente cultivada, sembrada de pequeñas y alegres poblaciones, y de una melancolía deliciosa, se extiende por el espacio de 30 kilómetros entre la costa del Mediterráneo y un cordon de bajos y redondos cerros que arrancan desde Teruel para seguir paralelos al mar hácia el norte de Cataluña. Tarragona, situada en una eminencia de la costa á 760 piés sobre el nivel del mar, y Reus, que reposa en la llanura, son las principales ciudades de esa provincia catalana.

El orígen de Tarragona es antiquísimo, y tanto que remonta á la dominación fenicia. Segun la tradicion, el inolvidable Poncio Pilato nació allí (así como el emperador Trajano), y fué gobernador ó procónsul de la ciudad en tiempos en que ella tenia la friolera de millon y medio de habitantes. Hoy no cuenta sino 22,000, pero va en rápida resurreccion, á virtud del ferrocarril que la enlaza á Reus y de la demolicion de una gran parte de sus fortificaciones.

Si el guarismo de la antigua poblacion es exagerado, al menos las vastas ruinas que la rodean y los monumentos romanos que se conservan hasta una legua de distancia, revelan que la antigua ciudad, establecida sobre las márgenes del rio Francolí, é incendiada en distintas épocas, fué muy considerable y de grande importancia. La pobre ciudad de hoy ha vegetado por siglos encerrada en su cárcel de piedra (sus fortificaciones), esa tortura secular que el genio de la guerra ha impuesto á los pueblos fronterizos. Por mucho tiempo Tarragona, trepada en su colina y divorciada del puerto por las murallas que la estrangulaban, no ha sido sino un apacible nido de canónigos, gorjeando en su catedral gótica, en medio de inscripciones, lápidas y escombros.

Tarragona, en efecto, es un cementerio de las razas y civilizaciones diferentes y sucesivas. Por cada calle que se recorre, el pié tropieza con algo que parece ser un pedazo del cadáver colosal de Roma. Donde quiera se ve alguna inscripcion romana, byzantina ó gótica, grabada en alguna lápida que un albañil iliterato ajustó de lado ó á la inversa en el muro remendado de alguna casa de menguado aspecto. Entre las baldosas de las calles, en los portales, las escaleras, los patios y los corredores de las casas, se ven en increible abundancia ó losas de leyenda confusa, ó bustos deteriorados y truncos, ó columnas dislocadas y de formas diversas. Aquella ciudad es en gran parte una ruina formada con escombros antiquísimos, que el tiempo habia dispersado en la falda y al pié de la colina.

A una legua de distancia se ven todavía dos monumentos incompletos y en ruina: la _Torre de los Escipiones_, de carácter sepulcral, conservando apénas una elevacion de 30 piés, y el llamado _puente de las Ferreras_, admirable acueducto que ligaba dos altas colinas para conducir las aguas potables á Tarragona. Todo el terreno circunvecino está cuajado de escombros, y cada vez que el arado pasa por allí arranca de entre la tierra algun músculo marmóreo de esa civilizacion romana inhumada por los siglos allí.

La mencion de esas ruinas me hace recordar una anécdota de viaje. No resisto á la tentacion de contarla, porque ella manifiesta uno de los rasgos característicos del pueblo inglés, tan prosáico y excéntrico al mismo tiempo.

Pocas horas antes de embarcarme en Marsella, llegó al hotel donde yo estaba un caballero inglés muy serióte, de porte distinguido y con toda la filiacion de un _turista_ ó aficionado á viajes. Sentóse á la mesa, y habiendo oido decir que un vapor iba á partir para Barcelona, desapareció pocos momentos despues.

Cuando fuí á bordo, al instalarme en un camarote, encontré al parsimonioso insular establecido en la tarima superior, tocándome la de abajo. Quise saludarle, á fuer de compañero de habitacion, pero no se dignó mirarme sino con la esquina de un ojo. El insular, como todos sus compatriotas que viajan, tenia vieja amistad con el mar, y el puente del vapor le gustaba de preferencia. Yo, entretanto, leia ó dormia en el camarote, una vez que se perdió de vista la costa de Marsella.

Al dia siguiente oí desde mi alcoba, en el hotel de las «Cuatro naciones», en Barcelona, que en la pieza contigua silbaba alguno el himno británico _God save the queen_. Era el Inglés consabido, instalado á quema ropa, Al sentarme á la mesa, segun mi número, el Inglés quedó á mi derecha, mano á mano; pero no me miró tampoco. Durante muchos dias yo rabiaba por entablar conversacion, olvidando que si yo era expansivo á fuer de Colombiano-español, mi vecino era de la raza taciturna y ceremoniosa de _John Bull_. Todo lo que pude arrancarle, al cabo de cinco dias, fué un _thank you, sir,_ sordamente pronunciado, por haberle acercado un plato de naranjas.

Un dia desapareció mi insular. Confieso que me hizo falta ese compañero mudo, que me picaba la curiosidad por su reserva. Por la noche subí á bordo del vapor «Cataluña». Al irme á acostar, hallé en la tarima superior de mi camarote un bulto con barbas rojas y cabellera crespa y rubia, que roncaba con la franqueza de un ciudadano libre. ¡Era mi Inglés!... Pero aquello era ya un progreso: el hombre renunciaba á su silencio absoluto, puesto que roncaba.

Al dia siguiente, cuando me vió salir de debajo de su tarima, el insular se sonrió, mirándome con una mezcla de recelo y curiosidad. Sin duda hacia la observacion de que si él era mi sombra de viaje yo era también la suya. Le saludé, y apénas hizo el sacrificio de inclinar la cabeza. Despues nos tuvimos que sentar juntos á la mesa á fuer de vecinos.

Cuando el vapor hizo escala en Tarragona, por veinticuatro horas, para tomar carga, salté á tierra y fuí á recorrer la ciudad y los alderredores. Tres horas despues, cuando contemplaba las ruinas de que he hablado, ví al pié de un árbol un hombre que tenia en la mano una cartera de dibujo.... Era mi Inglés, que tomaba el diseño de unas ruinas confundidas con un grupo de árboles, cerca del rio Francolí.

Volví á bordo y me puse á escribir unos versos para mi esposa. Despues llegó el insular, se instaló en el extremo opuesto del salon y se puso á escribir tambien, interrumpiendo de tiempo en tiempo su tarea para meditar. Tentóme la curiosidad y pasé por detras para ver lo que hacia. Eran líneas cortas é iguales, comenzadas con mayúsculas: _John Bull_ rimaba también.... Tantas coincidencias me desesperaban: aquel hombro mudo era, pues, mi sombra, y esto que el silencio no entra en mis hábitos de vida.

En el Grao de Valencia, al dia siguiente, el Inglés desembarcó en una lancha y yo en otra. Entónces respiré como un hombre que despierta y se libra de una pesadilla. «Heme aquí emancipado!» me dije, y tomé el camino de Valencia. Poco despues almorzaba yo en un vasto salon del hotel ó fonda del _Cid_, uno de los muchos que hay en Valencia. De pronto volví la vista hácia un extremo del salon: el Inglés, el interminable Inglés estaba allí, en otro rincon, almorzando!... Me vió, me hizo un saludo, como diciendo: "¡Diantre! U. por aquí otra vez!"--y ámbos soltamos una ruidosa carcajada que causó extrañeza á los que no estaban en el secreto.