Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie · Unidad 37 de 76

CAPITULO VI. — parte 2

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Desde los primeros momentos de la conversacion (que empezó casi al entrar á la diligencia) conocí que me las habia con un liberal de puño cerrado, hombre de instruccion, e muy buen sentido y en extremo tolerante. A juzgar por su aspecto modesto y su lenguaje sencillo y chistoso, le tomé por un propietario campesino, de vida retirada, aunque muy culto. Pero luego fuí cambiando de opínion. Al saber que yo era republicano de Hispano-Colombia, me tomó cariño y me hizo mil preguntas sobre la vida de perros que llevamos los demócratas en el Nuevo Mundo. Mis respuestas le encantaban, y se mostraba como triunfante cada vez que yo le indicaba algunas de las mas bellas conquistas hechas en Nueva Granada por las ideas verdaderamente democráticas. Ya puede colegirse que mi excelente compañero y yo quedamos muy amigos, sin conocernos. La comunidad de creencia política y de toda clase de convicciones nos habia ligado; y me aproveché de la ocasion para adquirir muchas luces sobre la situacion de España.

Al día siguiente, cuando aquel excelente caballero se despedia de mí en la estacion del ferrocarril, en Madrid, ofreciéndome cordialmente su amistad, vine á saber que habia viajado nada ménos que con don José María de Orense, _marques de Albaida_, grande de España de primera clase, y jefe del partido _demócrata_ español, cosa que vale mucho mas que todas las grandezas de pergaminos.

Así, aquel sujeto no solo me habia ofrecido un notable contraste social, sino tambien un bello tipo de la sociedad española. En Barcelona habia tratado en la fonda á un marques de muchas campanillas, absolutista de _tuerca y tornillo_. Era un sugeto de excelente corazon, pero de endemoniada cabeza, infatuado con su noble estirpe, intolerante en todo, porque no admitia contradiccion, y energúmeno en su tenaz absolutismo y su odio á las ideas democráticas.

El otro marques, mi compañero de viaje--el noble demócrata--era un tipo enteramente opuesto. No hacia el menor caso de la pretendida nobleza; no se nombraba sino por su simple apellido de Orense (sin partícula); se distinguia por su sencillez modesta y su tolerancia; hablaba de los _pueblos_, sin acordarse de los _reyes_ (que eran la pesadilla del otro marques), y no reconocia en los hombres otro valor que el de su mérito personal. Así, el estudio de las cuestiones sociales y el sentimiento profundo de la justicia, habian hecho un _ciudadano_ de un _grande de primera clase_. Orense me ofrecia, pues, el tipo del _noble moderno_, que comprendiendo que los tiempos han cambiado y el mundo marcha hácia el reinado de la libertad y la igualdad, se ha puesto del lado del pueblo, para defender una causa que no ofrece medros sino gloriosa pobreza, dejando el viejo camino por donde con tanta comodidad se iba hácia el poder con la opulencia.

Orense, ademas, me mostraba el noble tipo del viejo castellano (no del «castellano viejo»), tan simpático y respetable; es decir, del hombre sencillo, de sólido juicio, francote, honradote, lleno de chiste, espiritual en su conversacion, agradable en su porte, y hospitalario y servicial en grado eminente.

No se crea que he querido hacer un homenaje á una _persona_, que acaso no leerá jamas estas páginas. El rápido estudio que pude hacer del pueblo español me convenció de que Orense era un tipo de doble carácter; y los hombres típicos son precisamente los mejores rasgos de la fisonomía de una sociedad. No era extraño que yo llegase á Madrid agradablemente impresionado.

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CUARTA PARTE.

LA NUEVA CASTILLA

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