Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie · Unidad 41 de 76

CAPITULO II. — parte 2

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Mas léjos pasa un grupo de hermosas madrileñas, de majestuoso andar, fisonomías graves y cabezas de reinas, cubiertas todas con las opulentas mantillas nacionales; y ese grupo aristocrático hace contraste con otro de toreros andaluces que celebran los golpes de la última corrida, burlones, pendencieros, rumbosos, petulantes y simpáticos al mismo tiempo; llamando la atencion por sus fachas vigorosamente varoniles, sus negras y abundantes patillas y el conjunto curioso del sombrero _calañés_, redondo y recogido sin alas como un bonete de felpa ó paño, la chaqueta de paño cuajada de bordados y botones lucientes, la ancha faja roja ó azul en la cintura, el calzon corto, y el botin prolongado hasta la corva en polainas labradas, con borlas de menudas correitas.

Si ademas de los mil grupos diferentes que componen la fisonomía social quereis fijaros en algunos incidentes que la caracterizan, observad el movimiento en cada _estanco_ de tabaco y en cada tienda de licores; oid los gritos de los innumerables vendedores de billetes de _lotería,_ corredores de la corrupcion explotada en beneficio del Fisco; contemplad á los paseantes ociosos, y en todas partes hallareis algo de original y especialísimo de España. Ved, por ejemplo, al obrero español, el tipo que mas resiste á la invasion de las costumbres extranjeras: rebelde á la blusa, la cachucha y la actividad del obrero frances, el español conserva su sombrero redondo, su chaqueta y su manta para tener el derecho de conservar su inmobilidad é indolencia.

Llega la tarde: son las cinco y estamos en primavera. Dos largas hileras de caballeros y de carruajes se dirigen del centro de Madrid hácia el Prado por la gran calle de Alcalá y la carrera de San Jerónimo. En el Prado no encontrareis ni al torero ni al mendigo, ni al baratero ni al aguador; allí no pasea sino el Madrid dichoso ó que hace el papel de serlo. Corrillos de periodistas y diputados, de financistas y de dandys, de extranjeros curiosos y de provincianos muy currutacos, hormiguean allí, en alegre confusion con las damas elegantes,--todos en incesante vaiven, rozándose sin ceremonia, aspirando con libertad y espíritu expansivo el aire del campo. Allí las confidencias, los dulces y estériles coqueteos, los cumplimientos de todo estilo, y la ostentacion del lujo, de la hermosura y de la charla. El Prado es encantador. El tipo español, múltiple, se ostenta allí, á pié ó en coche, en lo que tiene de mas bello y distinguido.

Y ¡qué lujo en las formas de aquellas naturalezas! La bella castellana, de tez pálida y fina, cejas arqueadas, ojos severos y andar aristocrático, sacude el abanico con una gracia inimitable, y lleva la mantilla medio caida con la majestad que una reina su manto. La picante andaluza, la valenciana de mirada de fuego y frente enhiesta, la locuaz y casi rubia bilbaína, la gentil madrileña medio afrancesada; todas seducen y forman un conjunto admirable de fisonomías generalmente simpáticas reuniendo la gracia expresiva á la hermosura. Todas sonrien, saludan, hablan con llaneza delicada y prohiben al extranjero la eleccion.

Entre los hombres se hallan figuras distinguidas por donde quiera, revelando mas corazon que espíritu, mas vivacidad de pasion que reflexion. Grandes y negras patillas ó retorcidos bigotes, cuerpos robustos, cabezas altivas; un poco de petulancia en todas las miradas y de benevolencia en todas las sonrisas; la conversacion siempre ruidosa; el cigarrillo en todas las bocas, apoyado con gordas interjecciones por via de puntuacion; riqueza de fantasía y de proyectos; inclinaciones heróicas y poca formalidad: tal es el conjunto de circunstancias sobresalientes. Añadid, en cuanto á las mujeres, unas cabelleras admirables que parecen mantos, y un pié pequeñuelo que se asienta todo pero sin lentitud perezosa, y tendreis un mediano bosquejo.

De repente circula un rumor y se nota en todos los grupos cierta sensacion: es que la reina va á pasar en su carroza. Todos se detienen un instante, saludan quitándose el sombrero, la reina hace sus graciosas reverencias, y asunto concluido. Ni un viva, ni una exclamacion: es un pueblo galante que saluda á la primera de sus damas y que conserva el respeto tradicional hácia los reyes; pero nada de entusiasmo. Cuando mas algun admirador anticuario dice por lo bajo: «¡Qué guapa moza es nuestra reina!» La España que creia en el derecho divino de los reyes ha muerto, y sobre sus ruinas se está levantando la España demócrata.

Ni un soldado acompaña en los dias comunes la carroza de la reina: esa es una manifestacion de confianza en la lealtad de los Españoles. Con todo, la reina en sus paseos revela una transaccion. Renunciando á los soldados ó guardias transige con la opinion ó las ideas del presente; pero haciéndose tirar en una antigua carroza, por mulas enjaezadas á estilo rococó, manifiesta su culto al pasado y á las tradiciones de la época que murió.

Cierra la noche, y si no hay luna el Prado queda enteramente desierto; las mariposas vuelan hácia sus nidos, y las hormigas de casaca negra emprenden su viaje en busca de _labores_ nocturnas. Entónces les llega su turno al teatro, el casino y el café, escenarios democráticos donde la sociedad española se exhibe admirablemente. El teatro es mucho mas querido en España de lo que se piensa. Si los toros son populares, no por eso destruyen ni atenúan siquiera el gusto por el teatro en aquella raza ardiente y siempre ansiosa de fuertes impresiones. El teatro, aunque frecuentado por la aristocracia, es democrático en España. Todas las clases se aproximan allí, se respetan mutuamente, gozan y se confunden sin desórden.

Por desgracia el gusto literario no adelanta en proporcion. El teatro mas popular es el de la _Zarzuela_, cuyas operetas bufas son generalmente vulgares. Lo mas clásico y selecto no es lo que mas agrada, sino las petipiezas bufonas que pervierten el arte, la lengua, las ideas y las letras. Algunas, sinembargo, suelen ser ingeniosas y espirituales. No sucede lo mismo en cuanto á música y canto que en lo recitado: los Españoles manifiestan en lo general una disposicion notable para la música, aunque no muy educada; lo que no quita que á veces sean intolerantes y bruscos con los artistas. Los Españoles, extremosos en todo, no saben censurar á un autor con el silencio; necesitan del _pito_ para hacer entender la improbacion. Es que les falta el pulimento y les sobra la ardiente espontaneidad de la franqueza.

Al salir del teatro, el Español no se va á dormir: necesita ir primero al _Casino_ ó al _Café_. Es que allí tiene su vida libre y su tribuna; allí reina como soberano, pudiendo componer el mundo político á su acomodo. Cada café es un club de centenares de grupos, que entra en actividad desde las siete ú ocho de la noche. Las señoras de la aristocracia (de sangre, de posicion ó de dinero) no van jamas á los cafés en España; pero eso no impide que los frecuenten mucho las damas irreprochables aunque no aristocráticas. En cuanto á los hombres, con excepcion de los ministros, los diplomáticos, los rezanderos y los duques, todos los de buena sociedad se reunen allí. El café es un terreno neutral donde todas las opiniones se manifiestan libremente, donde todos los partidos disputan sin reñir y á donde la policía no tiene entrada. Los Españoles, á falta de prensa libre y de Córtes independientes, tienen el café inmune para formar allí la opinion.

Vastos salones se suceden, al nivel de la calle, pudiendo contener algunos cafés muchos centenares de personas, y casi nunca queda un lugar desocupado. No hay un lugar donde los Españoles revelen mejor que en el café _su invariable movilidad_. Cada parroquiano pertenece á un grupo inalterable y se sienta infaliblemente todas las noches en el mismo lugar, delante de la misma mesa y haciendo rueda con las mismas fisonomías de la noche anterior. Cada cual llama al mismo mozo, pide la misma cosa, se insinúa de igual manera y permanece el mismo tiempo que en la última sesion. Allí, en esa invariabilidad, pasa cada uno tres, cuatro ó cinco horas sin levantarse.

Y sinembargo ¡qué admirable movilidad y fecundidad no desplegan todos en sus confidencias, sus noticias, sus discusiones y disputas, sus chistes, anécdotas y epigramas! Jamas una conversacion se reproduce entre los mismos interlocutores, cualquiera que sea la composicion de los grupos en las cincuenta ó cien mesas de cada café. En unos no hay mas que hombres; en otros se reunen los dos sexos; aquí son escritores, allá negociantes; en este todos son jóvenes; en aquel se confunden todas las edades. El marques se hombrea con el pobre artista y el senador con el estudiante de derecho al derredor de la misma mesa; se habla de todo y en voz alta en todos los salones; se fuma cigarro y cigarrillo sin tregua, y todo el mundo está contento, expansivo y chistoso entre aquella atmósfera caliente y espesa que obra sobre los cerebros excitando el ingenio picante y la locuacidad.

¡Singular y curioso conjunto! Como en el café español las costumbres han establecido la libertad completa, cada interlocutor es muy franco y dice todo lo que piensa sin temor ninguno. El andaluz, impresionable, susceptible y graciosamente hiperbólico, discute sin ceremonia; el mesurado castellano ostenta su aticismo y buen sentido en mil epígramas y comentarios burlescos; el severo y estentóreo catalan toma las cosas de serio, como si estuviese en el Parlamento ó en la Bolsa. Todo se comenta en el café: los misterios de la Corte, la conducta del Gobierno y de las Cámaras, las manifestaciones de la prensa, las causas y sentencias ruidosas, los grandes escándalos, los sucesos internacionales y los triunfos gloriosos del literato y del torero, del orador y de la cantatriz. Discusiones profundas, peroraciones elocuentes y galanterías, crónica escandalosa, frivolidades y grandes cosas, delirios y negocios ligeros, y aún amores ardientes y terribles pasiones se agitan en aquel santuario bullicioso y esencialmente democrático. Quien no haya estudiado un poco el _café_, en Madrid como en Barcelona, en Sevilla como en Cádiz, no conoce una de las faces mas marcadas de la sociedad española.

Por lo demas, el café no es para los Españoles sino un elemento de asociacion, pues aparte de ser muy sobrios ellos no tienen gusto por el _café_ ni saben beberlo. Lo que toman es leche muy azucarada con una ligerísima tintura de café, y tienen el capricho de beberlo en un vaso de vidrio, para tenerlo caliente. Ellos no son autoridad sino en cuanto al chocolate y el vino. Lo amargo les repugna en el café, como los deleita lo rancio en el aceite. Cada cual tiene sus gustos y en eso no cabe disputa.

Despues de estas rápidas observaciones, una palabra mas acerca de Madrid _político y social_, á reserva de insistir sobre ello en otro lugar. En tanto cuanto el roce con gentes de buena sociedad me permitió conocer la situacion de la clase media en España, pude notar varias cosas: primera, que la juventud literata se deja dominar mucho por la tendencia hácia la metafísica alemana, estéril en un país que, no teniendo discusion libre, lo que necesita es recibir un fuerte impulso en la via económica para agitarse en un gran movimiento que produzca por contragolpe la regeneracion moral. Segunda, que esa juventud, toda liberal, y tendiendo hácia un solo fin--el progreso--está en gran desacuerdo, hasta el extraño capricho de que los demócratas y los libres-cambistas ó economistas parecen estar en antagonismo. Los talentos parecen divorciados unos de otros, dominados por un absolutismo de ideas ó de sistemas que tiene mucho de escolástico.

Nótase ademas en los jóvenes escritores y oradores cierta manía de _teologizar_ todas las cuestiones, dándose á disputas religiosas en que nadie puede ser convencido, y haciéndole tomar un giro bíblico á toda predicacion política ó histórica, en vez de servirse de la análisis, estudiando atentamente los hechos sociales. La economía política es muy popular en Madrid, pero es tan téorica que rara vez se la ve en el periodismo tratando las cuestiones que afectan mas gravemente los intereses del pais. España necesita tener algunos metafísicos y poetas de ménos é investigadores de mas. La poesía verdadera es la sintesis, la suprema revelacion de la verdad; pero los pueblos que se hallan en la situacion de España, necesitan de espíritus vigorosamente analíticos que escudriñen, revelen y hagan palpar las debilidades de la sociedad.

La juventud española tiene bellas cualidades: patriotismo, fe, entusiasmo y ambicion varonil. Pero necesita para elaborar grandes cosas un teatro diverso del que tiene: dejar los misterios del gabinete por la plaza pública, fortificando su temple en las pruebas azarosas de la vida realmente popular del ciudadano activo. El dia que reciba un sacudimiento profundo que la arroje sobre el terreno de los hechos, la juventud española hará prodigios: hoy...no hace mas que soñar, conversar y vegetar....

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