Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie · Unidad 40 de 76

CAPITULO II. — parte 1

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MADRID POLÍTICO Y SOCIAL.

La Corte y la nobleza.--La juventud española.--Escenas matinales.--Las calles de Madrid.--El Prado.--El teatro español.--El café público en España.--Tendencias sociales.

No pretendo en manera alguna centralizar la sociedad española, bajo todas sus faces, en Madrid. Como he dicho, hay en España cuatro Españas distintas, que tienden á confundirse, que se van mezclando fuertemente y que no muy tarde formarán una sola. Pero Madrid, aunque no representa principalmente sino la España castellana, es, como centro político, un espejo fiel de la vida general de la nacion española. Lo que sucede en Madrid, en lo político y social, so repite en las demas grandes ciudades españolas, con mas ó ménos vigor segun las costumbres características de cada provincia.

Si la Corte es un elemento de estudio para el viajero en España, por sus especialidades, la sociedad de Madrid no deba observarse, para apreciar sus cualidades y sus defectos, sino en el Prado, en los teatros, la plaza de toros, los hoteles ó fondas, los cafés, las calles y las reuniones públicas y privadas. En cuánto á _Madrid político_, hay que buscarlo en las Cámaras, en el periodismo, los tribunales, las juntas anónimas, el Ateneo, y sobre todo los cafés. El que juzgase á los Españoles por lo que _escriben_ ó _peroran_ en público y solemnemente, formaría opiniones muy erróneas. Para conocer el tipo del Español, como _ciudadano_, hay que oirle _hablar_ en el café, donde se revela libremente tal cual es. La mesa del café público es la verdadera tribuna del Español.

La prensa en España está amordazada y generalmente prostituida en el periodismo, como sucede con todo elemento de civilizacion que se degrada cuando lo comprimen ó guian artificialmente. Pero los Españoles se desquitan de palabra de la esclavitud que les han impuesto en la prensa. No hay un país en Europa, inclusive Inglaterra, donde se hable con mas libertad que en España, en los recintos que no tienen carácter oficial ó político. Y puede decirse que donde realmente se discuten en ese país los asuntos políticos es en los cafés, las mesas redondas de los hoteles y los _casinos_ ó círculos privados.

Hablemos primero de la Corte y despues de los Españoles. Pero no hay que confundir a la Corte y los cortesanos con la aristocracia. Talvez la mayor parte de los verdaderos cortesanos no pertenece a la aristocracia, la cual, en España, si vale mucho menos intelectualmente que la de Inglaterra y Francia, tiene mejores cualidades morales.

Ese orgullo insolente de los nobles de otros paises no se conoce en España. Su aristocracia moderna, la que se ha formado por su accion en la política, en la literatura ó en la guerra, es muy reducida, y no ostenta sus títulos (único distintivo), sino que se confunde con las demas clases sociales en todas las relaciones. La aristocracia antigua ó tradicional gusta, en lo general, de ostentar sus títulos en grandes escudos de armas y blasones, en ruidosas denominaciones y en otras exterioridades. Pero en realidad, esas demostraciones no revelan una infatuacion personal sino un alto orgullo de familia, sentimiento piadoso y patriótico en el fondo; puesto que consiste en el culto á las glorias de sus antepasados y á las tradiciones de la independencia y de las grandes proezas de la España antigua.

Creo muy sinceramente que la aristocracia de títulos ó hereditaria, no tiene de malo sino los privilegios y las desigualdades inicuas en que generalmente se apoya. Pero reducida á _títulos_, sin prerogativas injustas, es meramente ridícula, y por tanto inofensiva, ó racional en cuanto se funde en la conservacion incólume del honor, de la gloria y del respeto hácia los progenitores, y entónces puede ser un estímulo hasta cierto punto. Con todo, no vale la pena una aristocracia inofensiva ó puramente titular de hacer tanto ruido y de empeñarse en conservarla legalmente. Mejor sería que su valor se estableciese por la opinion fundada en la libertad.

Como quiera que sea, la aristocracia española es realmente un pergamino viviente. Sin mayorazgos ni privilegios ante la justicia, su poder es nulo; y como no ha procurado adquirir influencia moral por medio de las letras, la tribuna, etc., cada dia se hace mas insignificante, reducida á muchos blasones y algunos doblones. Los nobles de España son, de resto, los mas demócratas (si los puede haber) de cuantos se conocen en el mundo. Ni piden limosna, como los de Italia; ni dan látigo, como los de Rusia; ni se hacen caballeros de industria, como tantos en Francia; ni viven á estilo feudal, como los de Alemania; ni viajan como los de Inglaterra con orgullosas ínfulas. Confundidos frecuentemente con el comun de la sociedad, se les ve en la mesa redonda del hotel, en el corrillo de la calle ó del café, en al _parterre_ del teatro ó en la _diligencia_ de viaje, muy contentos de alternar familiarmente con todo el mundo. Ví en los cafés á muchos nobles discutiendo afectuosamente con estudiantes y periodistas, y siempre mostrándose tolerantes.

Recuerdo que un dia cierto baron ó conde muy estimable, me invitaba á dejarme presentar en Palacio para conocer la Corte de cerca y besar la mano á la reina. Le contesté riendo: «Señor mio, no tengo inconveniente en besarle la mano á una dama; por galantería; pero cuando la dama fuese reina, me sentiría humillado en mi altivez de republicano. Ademas, los reyes no son para mí sino animales curiosos; y despues de haber visto en los jardines zoológicos las girafas, los hipopótamos y los orangutanes, no me siento con urgencia de ser curioso.» El excelente sugeto, en vez de picarse de mi brusquedad colombiana, me dijo con suma amabilidad: «Vamos,--tiene U. razon; cada cual tiene el punto de vista de sus ideas y de su educacion social. Nuestra reina es una guapa señora; pero para U. no hay mejor reina que la libertad. Enhorabuena.»

Esas condiciones que distinguen á la aristocracia española (que no es egoista ni avara) prueban dos verdades: 1ª que la nacion española es y ha sido en el fondo, por su carácter, esencialmente democrática, á pesar de sus detestables instituciones; y 2ª que su regeneracion actual es mucho mas positiva de lo que las apariencias pueden hace creer.

La _Corte_ es un mundo muy diferente de la aristocracia. Talvez la de España es la mas corrompida de Europa, despues de las de Turquía y Roma. Es allí donde se agitan y pululan los mas extraños manejos y las mas impuras intrigas, á despecho de la nacion española. Es allí donde se hacen y deshacen ministerios, que no debieran tener su cuna ni su tumba sino en el seno de la opinion nacional. Y á decir verdad, hay casas entre las gentes de la Corte á donde las familias que se estiman no van jamas ó van muy rara vez y por necesidades de etiqueta. La política mas impura se elabora en esos salones y esas alcobas, donde tienen sus templos la lisonja, la empleomanía y el interes.

No habiendo penetrado á las regiones de la Corte, ignoro personalmente (y espero seguir viviendo en mi santa ignorancia) los misterios de ese mundo de tinieblas. Pero he recogido en España abundante provision de anécdotas que edificarían al mejor _amador_ de escándalos. No las relataré, pues, gracias á los Españoles, tengo mejores cosas de qué hablar....

En España hay una cuarta clase de la sociedad, compuesta de brillantes párias, que inspira el mayor interes: la _juventud_. Es observando su situacion y desarrollo que puede comprenderse mejor la lucha actual, definitiva, entre la antigua y la moderna España. El ejército le es antipático á esa noble falange; el foro y el profesorado le están casi vedados, porque las leyes oponen poderosas cortapisas al libre acceso; la vida parlamentaria está monopolizada por los empleados públicos y los ministros, así como por los grandes capitalistas; el periodismo está sometido á la censura previa y la persecucion, y la ingeniatura civil misma está sujeta á las influencias oficiales. Así, la juventud pobre que quiere avanzar y hacer carrera y se siente animada por las mas generosas inspiraciones, vegeta en realidad, reducida á _rumiar_ ensayos literarios, perorar en los cafés, mantener justas especulativas en los círculos literarios y gastar su vigorosa naturaleza de un modo estéril.

Donde quiera, en Madrid, he visto una juventud muy inteligente, ambiciosa de luz y de condiciones excelentes para desempeñar un gran papel. La filosofía moderna alemana, la economía política y la historia son muy cultivadas por esa clase briosa y casi abandonada; y es de su seno que salen dia por dia, á pesar de mil dificultades, oradores elocuentes y escritores de buen temple, que un dia serán hombres de estado, porque el viento del siglo los empuja, pero que harán su carrera muy trabajosamente. Toda esa juventud es liberal, demócrata, y es en sus manos que veo el porvenir de España.

La gran mayoría social de Madrid es ardientemente liberal, y el espíritu de progreso y de independencia se revela en los obreros ó artesanos de un modo inequívoco.

Lo mismo sucede á casi todos los grandes centros de poblacion, donde el fanatismo ha decaido notablemente y las ideas de gobierno civil son generales. Creo que la democracia española, ántes de diez años, saldrá triunfante de esas grandes ciudades á dominar toda la península, porque en ellas se está verificando un trabajo de discusion privada y de propaganda que acabará por crear las convicciones correlativas de los instintos democráticos.

Varias veces asistí á las sesiones del Congreso en Madrid, y tuve la fortuna de oir discurrir á los mejores oradores de todos los partidos. A juzgar por ellos, y teniendo en cuenta la intolerancia reglamentaria que les impide hablar con libertad, me pareció que España era superior en la oratoria á la España periodista ó escritora. Y eso es muy natural, puesto que allí todo el mundo tiene en el café una tribuna, donde entre taza y taza de chocolate se producen excelentes cosas espontáneamente. En lo general, los discursos de los diputados tenian una fuerte dósis de personalidad, vicio que proviene de la organizacion artificial y contrahecha que tienen los partidos. Tambien noté sobrada abundancia de palabras y repeticiones aún en el afamado Olózaga y el brillante Aparici; pero ese defecto no solo proviene del mal giro de la política española, sino tambien de la natural ampulosidad de la lengua castellana, de la cual se abusa mas cuando, por falta de libertad en el discurso, se tienen que sacrificar las ideas á las formas.

El mariscal O'Donnell, jefe del gobierno, se ponia furioso cuando le contradecian los oradores de la oposicion, sin saberse sujetar á las buenas reglas parlamentarias. Es que; bajo todas las latitudes, los hombres de sable se creen siempre en el cuartel, cualquiera que sea su posicion. Cuando parecen hacer un argumento, en realidad no tienen la intencion sino de decir á la asamblea que los escucha: _Armas al hombro y paso redoblado_!

Madrid, que cuenta 281,170 habitantes, no solo tiene muchos institutos literarios y cientificos importantes, sino que revela su vitalidad política por medio de numerosas publicaciones periódicas. No tiene ménos de veinte grandes periódicos, casi todos diarios, algunos muy bien escritos, casi todos llenos de aticismo y personalidades; y publica ademas gran número de revistas y periódicos _ilustrados_, que no carecen de mérito.

Por desgracia, el periodismo español está demasiado afrancesado en algunas materias; se descuida mucho lo nacional por las traducciones de futilezas parisienses; y no pocas veces hay que recordar á _Fígaro_, á propósito de ciertos traductores que no cuentan para su labor sino con «atrevimiento y diccionario,--y algunos con el atrevimiento solo.»

¿Quereis tener alguna idea respeto de _Madrid social_? Acompañadme á pasar allí un dia ordinario, y en todos sus incidentes hallareis mas de cuatro revelaciones. Son las siete de la mañana y salgo á buscar el sol y el aire puro. Madrid despierta á medias. Sus ricos capitalistas, sus gentes de la aristocracia y sus hombres del mundo elegante y político, duermen profundamente. No se levantarán sino á las once, á medio dia ó mas tarde, porque no se han acostado sino á las dos ó las tres de la mañana. Esa es la costumbre. Las puertas de las casas y tiendas se abren lentamente, si son de rango subalterno. En la calle no se encuentra sino al pobre vendedor de legumbres, sucio y harapiento; los barberos afilan filosóficamente sus navajas, detras de sus celosías bajas; los aguateros asturianos empiezan su tarea, arriando sus diminutos pollinos cargados de pequeños toneles de agua; los mozos de café, trasnochados por sus innumerables é inamovibles parroquianos, bostezan, se estiran voluptuosamente, y hacen traquear sus coyunturas como matracas. Las calles están...revelando que la noche ha pasado por encima de ellas, y saludan el dia con los olores ménos confortables del mundo.

Oigo un extraño ruido sobre mi cabeza, cual si tuviese lugar un aéreo tiroteo. Vuelvo la vista y descubro á todas las cocineras y sirvientas de la real Madrid exhibiendo todas las curiosidades de los lechos conyugales, celibatarios y de párvulos. La una sacude en el balcon, sobre la calle, un viejo tapete, una sábana ó un faldellin de lana, si no un cuero de oveja de indescriptible aplicacion; la otra desenrolla una estera...imposible. Esa cuelga una crinolina al aire, como farol; aquella pone en exposicion artística un colchon ó algo peor. Madrid íntimo, el Madrid de la alcoba, sale á luz en toda su desnudez, asomándose á todas las ventanas, sacudiendo su polvo en todos los balcones, y ámbas aceras quedan colgadas durante dos ó tres horas, como si fuese á pasar alguna procesion de caricaturas.

Tal es Madrid por la mañana, en casi todas sus calles. ¿Quereis acompañarme al almuerzo? No vale la pena: es como en todas partes. Venid mas bien conmigo al chirivitil del barbaro español, que hallareis en cualquier entresuelo de casa vieja ó en una tienda que da sobre la calle. Si no teneis barba que rapar no importa: entrad siempre y os divertireis, conociendo un interesante tipo español.

Todo barbero charla sin cesar: eso es trivial y universal. Pero el barbero español no se parece á ningun otro barbero en ciertas cualidades. El viejo _Fígaro_ no existe: es un tipo que las revoluciones han suprimido. Su sucesor en Madrid no tiene los recursos de intriga, ni las mil hábilidades, ni la _literatura_ del héroe de Beaumarchais. Truhan por excelencia y amable y meloso, el barbero contemporáneo os hará reir, os hablará de teatros, de las corridas de toros, del ministerio y las Córtes, de las muchachas bonitas, y sobre todo de las vidas ajenas. Le hallareis malicioso, pero jamas calumniador; sumamente chistoso, pero sin grosería; instruido en todos los misterios de alcoba y de fortuna, pero sin llevar la indiscrecion muy adelante. Una palabra, un gesto, una sonrisa burlona del barbero os dirá mas que un discurso. El barbero español tiene la ática elocuencia del gesto.

No le hableis de religion, porque os barajará el asunto y agachará la oreja con malicia. Dejáos manosear libremente, si quereis complacerle y que os afeite bien. Su oficina carece de aseo, sus peines aterran por las plantas parásitas que contienen; os enjabonará la cara con las manos, en vez de la brocha; os raspará como si pelase á un cerdo; pero al fin os divertirá, os hará mil cumplimientos y un hermoso par de patillas andaluzas, y cuando le pregunteis cuánto vale su trabajo, os responderá con el tono mas español, mas generoso, altivo sin afectacion: «Lo que U. guste, caballero.»

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Salgamos á dar una vuelta por las calles de Madrid. Su movimiento es interesante. El aspecto material de las calles tiene bien poco de importante, porque Madrid por ese lado es una mala copia de Paris. Hoteles y cafés, almacenes y tiendas, casas y coches, todo se parece en su exterior, si es nuevo. Es en los pormenores, en los grupos sociales donde, apesar del _dandy_ madrileño, del _leon_ español (bastande insípidos), se revela España, la verdadera España, compuesta de tantos tipos diferentes, pero que armonizan en Madrid de un modo singular.

Apartemos la vista de lo que es puramente imitativo, exótico, aunque el contraste no carece de interes. Allí un grupo de rancios castellanos discurre bajo de un portal sobre las maravillas de una civilizacion que les sorprende. Los ferrocarriles en España!--es cosa de perder la cabeza para un segoviano de puño cerrado, ó uno de esos aragoneses ó burgueños de la vieja estirpe. Mas allá departen sobre el precio de los _pellejos_ de vino algunos manchegos cosecheros, ó echan sus cuentas sobre la escasez de los trigos, á la puerta de un ventorrillo de esquina, entre uno y otro largo trago de Valdepeñas; con la manta amarillenta de lana burda recogida sobre un brazo, medio levantado por delante el fieltro de anchas alas, y dándole á la conversacion ese acento perezoso de los paisanos del inmortal Caballero de la _triste figura_.

Mas léjos, al derredor de una fuente pública, se agrupan en desórden los aguadores asturianos, de calzon corto y alpargata, chaqueta remendada, camisa indefinible, sombrero diminuto y fisonomía contradictoria, en cuyos rasgos parecen luchar la imbecilidad del servilismo y la inquietud del genio pendenciero. Todos gritan, hormiguean al pié de la fuente, se restregan, se apostrofan; pero al echar sobre la espalda el barril de agua, recobran no sé qué del aire paciente de la mula de carga.

Al dar con una callejuela, de esas que son las vias de comunicacion obligadas entre dos grandes calles, tropezais con un enjambre de curiosos tipos. En la esquina grita con voz chillona la vendedora de papeles, casi andrajosa, anunciando la «Correspondencia» ó la «Iberia», y tal ó cual opúsculo del dia; y á su lado le hacen mil reverencias al pasante el mozo de cordel y el limpia-botas, anhelosos de obtener clientela. Mas adelante el baratero os pone en las barbas su pequeña Babel portátil de fósforos y lápices, jabones y pomadas y las mas heterogéneas sustancias, que os ofrece sin gracia ni donaire. En España nadie tiene la gracia seductora del Frances para vender, porque aquel ha sido un país poco especulador y condenado al aislamiento moral. Un paso mas en la callejuela, y os codea la tentadora sevillana ó madrileña de opiniones...muy despreocupadas, guiñándoos un ojo negro y candeloso capaz de tentar al diablo mismo si no tiene juicio; en tanto que al pié de cada muro veis una fila de mendigos lamentables, rascando sin piedad ó punteando una raida guitarra para producir un ruido que punza los nervios, acompañamiento de la usual frase: una limosna por amor de Dios.

Llegais á la _Puerta del Sol_ ú otra plaza de primer órden por su posicion central, y el espectáculo es variado. Al lado del espléndido carruaje á la francesa se cruzan las pesadas y monumentales diligencias, que afluyen de todas las provincias ó van á ellas, con el tren de enganche mas extravagante y tiradas por cuatro ó cinco pares de furias que llaman mulas. Allí, grupos de _leones_ afrancesados hablan de modas, cerca de otros grupos de especuladores ó meros _chimógrafos_ que le van tomando aficion al deleite de la Bolsa. Acá ronda distraído, por una acera, un par de guardias civiles ó gendarmas de estrambótico uniforme, que hacen recordar el carnaval; ó se detienen, con la conciencia de su inutilidad, a departir con algún barbero desocupado que espera á sus parroquianos en la puerta del _taller_, armado de su amenazante navaja.