Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie · Unidad 62 de 76

CAPITULO VII. — parte 1

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EL GUADALQUIVIR.

El primer tren de Sevilla a Córdoba.--Un marques comunista.--La provincia de Córdoba,--Aspecto de la capital;--su poblacion y su estadística.--La Mezquita-catedral.--Curiosidades.--De Córdoba a Baylen;--Andujar.

Eran las siete de la mañana cuando tomábamos el tren del reciente ferrocarril que pone en comunicacion a Córdoba con Sevilla. Por primera vez se iba á ensayar el trayecto comprendido entre la pequeña ciudad de Lora, no muy lejana de Sevilla, y Córdoba. Asi, aunque el tren era irreprochable en la primera seccion ya en servicio, se redujo, desde Lora hasta Córdoba, á un wagon de tercera clase, en que los empleados de la administracion de la empresa tuvieron la bondad de darnos cabida. Como los rieles estaban recientemente asentados y exigian rectificacion, nuestro gran wagon (que parecia una arca de Noé, llevando gentes de toda clase en la mas democrática confusion) saltaba y corcoveaba á cada momento como diez potros indómitos juntos, cosa que nos divertia y asustaba alternativamente.

La via corre al principio por una hermosa y vasta llanura, á la izquierda del Guadalquivir, por entre numerosas casas campestres, extensas plantaciones de hortalizas y cereales, olivares todavía recientes, prados y barbechos donde pacen los rebaños de ovejas, y algunos preciosos bosquecillos de granados que tenian el aspecto mas encantador por sus formas elegantes y sus rojas y lindas flores. Lora es una pequeña ciudad de 8,000 habitantes, situada á corta distancia de la via férrea, y que va adquiriendo importancia á virtud del ferrocarril. Mas adelante se atraviesa el Guadalquivir y la via lo costea constantemente hasta muy cerca de Córdoba, de manera que se le tiene siempre á la vista.

El rio, generalmente con orillas bajas, de cauce poco profundo, arenoso y turbio, no tiene navegacion ni posee la hermosura que se le supone de antemano. El terreno, generalmente llano en el valle y encuadrado entre cordones de cerros bajos ó altas colinas, se presta á los paisajes risueños; pero la ausencia de árboles en las márgenes de las praderas (sino es en rarísimos puntos) hace desapacible ó monótona una comarca que podría ser bellísima en su totalidad. Sinembargo, hay de trecho en trecho paisajes primorosos, por el juego de las colinas con el valle, las vueltas y revueltas del rio, algunas arboledas y varias formaciones geológicas muy interesantes (como la del cerro y castillo arruinado de _Almodovar_) que corresponden á los contrafuertes de la _Sierra de Córdoba_, que hace parte de la Sierra-Morena.

Desde Sevilla hasta el frente de _Palma_ el ferrocarril toca sucesivamente en la ciudad de Carmona y tres pueblos pequeños, Lora, Guadalabar y Peñaflor, ofreciendo bellos puntos de vista y dejando registrar un inmenso campo de olivares, viñedos y cereales. Pero al pasar por en frente de Palma el paisaje que se admira es hermosísimo. Se ven á lo lejos las altas colinas á cuyo pié demora Palma, en un delicioso valle á orillas del Guadalquivir y del Jenil que se le reune allí. Tal parece como si el Jenil le trajese á esa poblacion las seducciones y los encantos de la vegetacion de Granada. En efecto, Palma es un inmenso huerto, escondida literalmente como está entre bosques de naranjos, granados y limoneros, de cuyos frutos hace un comercio considerable.

En un trayecto del Guadalquivir observamos una notable aglomeracion de cañaverales y arboledas que nos llamó la atencion por su objeto. Contáronnos que un cierto marqués, propietario del terreno, hacia una compleja y singular especulacion, mediante el auxilio de las bandas de _estorninos_, pájaros sumamente abundantes en el pais. Parece que los estorninos andaluces profesan opiniones comunistas en alto grado y las practican con mucha sagacidad. Su _política_ industrial consiste en devastar (reunidos por centenares de miles) los inmensos olivares del valle del Guadalquivir y las montañas vecinas, robándose las olivas de los árboles, que trasportan á lugares lejanos para establecer grandes depósitos de prevision y vida comun. Pero el estornino gusta particularmente de los sitios húmedos y sombríos, como los cañaverales y bosques de las orillas del rio.

Esto ha dado al consabido marqués propietario la idea de su especulacion. Ha establecido en la orilla del Guadalquivir algunos de esos asilos de verdura, resultando que los estorninos han fundado allí su domicilio y sus almacenes de depósito. Pero como el señor marqués no ha trabajado por la sola comodidad de los ladrones alados, sus agentes espían los momentos en que aquellos están ausentes en sus expediciones filibusteras, y les roban las olivas depositadas, que le producen al señor marqués un valor considerable en aceite. De ese modo el noble sevillano fabrica aceite de todos los olivares de la comarca, sin tener que cultivar ninguno. Probablemente el marqués considera que, siendo cosa corriente aquello de que «ladron que roba á ladron tiene cien dias de perdon,» no hay inconveniente en aplicar el principio á los pájaros literalmente. Sin duda que el buen hidalgo no ha caído en cuenta de que al procurarles asilo á los inocentes estorninos se hace instigador y cómplice de los _olivicidios,_ en provecho personal exclusivo.

Pero hay algo mas curioso en el asunto. El señor marqués no se contenta con servirse de los pájaros para producir aceite sin tener olivares, sino que perpetra la ingratitud inaudita de vender ó arrendar el derecho de hacer en sus tierras la caza de esos mismos pájaros que trabajan por cuenta de él, caza que le produce al señor marqués en ciertos meses del año una utilidad mas que regulareja. Estos hechos, que son auténticos, me dieron mucho en qué pensar. El señor marqués y _sus_ estorninos me parecieron representar el sistema económico de casi todas las sociedades humanas.

Donde quiera las masas ignorantes, obrando por instinto y necesidad de conservacion, hacen el papel del estornino: trabajan sin descanso, y despues de mil fatigas álguien (que les tiende una trampa) se aprovecha de las olivas, con la diferencia de que el salario del obrero no es el fruto de ninguna expoliacion; y despues de perder ese fruto, no falta quien le haga la caza.

El señor marqués me ofrecia la imágen de los gobiernos que, despues de explotar el trabajo de las masas, mediante los impuestos inicuos, los monopolios, etc., hacen la caza á sus estorninos humanos para convertirlos en soldados ó presidiarios y mandarlos á morir. Cuántos poderes hay en este mundo que viven del comunismo, á estilo del honorable señor marqués de las _Olivas_ y conde de los _Estorninos_!

Hácia las cercanías de Córdoba las montañas de la Sierra toman un aspecto interesante, tanto por sus formas como por sus curiosidades y vegetacion. Los cerros empinados, de formacion granítica en lo general, se suceden en varias proporciones; las altas colinas están cubiertas de olivares hasta la region de la Sierra poblada de encinas, y en las bajas laderas y los vallecitos se extienden en abundancia los viñedos. Al cabo se ven las torres y la masa general de Córdoba de un estilo casi completamente oriental; y en tanto que se distingue sobre una alta montaña el famoso convento de _San Jerónimo_ (fundado sobre las ruinas de un alcázar morisco) y algunas ermitas solitarias de capuchinos, se empiezan á sentir los ricos perfumes de los huertos y jardines que rodean á Córdoba, preparando el ánimo del viajero á las impresiones que produce esa capital de un famoso reino arábigo.

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La provincia de Córdoba, la décima octava en el órden de la poblacion, cuenta 361,536 habitantes, la mayor parte distribuidos en pequeñas poblaciones, como sucede generalmente en los paises fértiles y casi exclusivamente agrícolas. Apénas cuenta esa provincia tres centros sociales de alguna consideracion, á saber:

Córdoba, con 43,000 habitantes;

Montilla, con 14,654, célebre por haber sido la cuna del famoso capitan Gonzalo de Córdoba, y por sus renombrados vinos cuya energía espirituosa reanima la de otros vinos andaluces;

Aguilar-de-la-Frontera, de pintoresca situacion, con 11,836 habitantes.

Córdoba tiene una posicion abierta y desembarazada, con vastos horizontes. Está situada á la márgen derecha del Guadalquivir, en el centro de una llanura, casi al pié de los montes «Marianos», contrafuertes de la Sierra-Morena, rodeada de bellos paisajes melancólicos y batida por aires libres y saludables. La _Corduba_ de los Romanos, fundada por ellos segun parece, no solo ha sido una de las mas famosas sino tambien de las mas considerables ciudades de la vieja España. Fortificada por los Romanos, que la rodearon de murallas, los Godos la conquistaron en 572, y á su turno los Moros, en 692, conducidos por el famoso Abderraman, fundador del califato de Occidente. Los Moros restablecieron las murallas y dotaron á Córdoba de todos los bellos monumentos que embellecieron la residencia de la corte de los Ben-Omeyas; pero la ciudad fué en gran parte destruida por las huestes de Fernando III de Castilla, al rescatarla en 1236.

Hoy la antigua capital de ese reino morisco no es en su gran masa sino un gran poblachon,--fea, triste, casi solitaria y en muy notable decadencia respecto de su pasado. Sus murallas están en ruina (de lo cual no hay motivo para lamentarse) y en medio de los escombros crecen los naranjos y granados como para mantener la poética tradicion del mundo oriental que yace allí convertido en osamenta y polvo. Sinembargo, se conserva en todo el aspecto de la ciudad el aire arábigo, tanto por la estructura de las calles y del conjunto de las casas, como por las formas de los monumentos mas notables, la naturaleza de fabricacion y cultivo, y sobre todo la fisonomía de la raza.

Córdoba es por excelencia una ciudad pretérita--un santuario de recuerdos múltiples, pero orientales principalmente. Excepto la estacion del ferrocarril, que hace pensar en lo porvenir, todo lo demas incita á dejar vagar el espíritu en la region de lo pasado. Si, subiendo á la alta torre que domina el gran patio de la mezquita-catedral, se contempla toda la ciudad y sus campos vecinos, el espectáculo es bello pero triste. Cada objeto es una evocacion. Las murallas, en mucha parte romanas, hacen recordar que Córdoba fué la patria de los dos Sénecas y Lucano,--como lo fué muchos siglos despues de Góngora (que ha servido de modelo á tantos _escribidores_, que no escritores), de Céspedes, Zambrano y otros hombres notables. Si se observa la catedral, se recuerda á su fundador Abderraman, lo mismo que al reparar en el famoso puente del Guadalquivir, obra del siglo VIII. Y si se tiende la vista sobre la multitud de iglesias y conventos que pueblan la ciudad, y sobre las sombrías arcadas de la Plaza-Mayor, se reconoce el genio español que ha presidido á los destinos del país desde los tiempos de la reconquista en el siglo XIII. Donde quiera algo del sello de cuatro civilizaciones sucesivas modificando mas ó ménos profundamente la fisonomía social. Y con todo, el tipo que predomina es el mas útil, el mas social, el mas industrial: el arábigo,--porque ninguna dominacion fué tan fecunda ni comprendió tan bien las necesidades de la vida como la morisca. Hasta en la vegetacion de Córdoba predomina ese tipo. Hay allí algunas palmeras antiquísimas que son verdaderos monumentos. Una de ellas pasa por haber sido plantada por Almanzor. Los siglos han pasado por encima de sus flotantes penachos, y estos al balancearse murmuran todavía las leyendas de la época oriental.

¡Extraña ciudad para el que observa en su primer viaje las condiciones de la arquitectura y la estrategia morisca! Córdoba es un vasto laberinto de callejuelas estrechísimas, tortuosas, enredadas, tristes, desiertas, empedradas con guijarros y orilladas por casas pintorescas unas y cuajadas de balcones y celosías, otras desmanteladas ó como truncas; y un laberinto de plazuelas mezquinas é irregulares, de iglesias y conventos, de murallones y patios de aspecto desolado, rodeado de jardines y huertos, de escombros y cortijos. Un bello paseo público, una plaza con pretensiones de elegancia, algunas casas de estilo moderno y uno ó dos periódicos,--he ahí lo que en Córdoba da alguna idea de la vida actual.

El tipo de la raza hace un vivo contraste con el de la ciudad. Donde quiera, en la segunda, la soledad, el abandono (excepto en el paseo público de extramuros); en tanto que en la raza se ven la vida, la robustez, la hermosura, el desembarazo y la viveza de imaginacion. Es el mismo tipo sevillano, aunque un poco ménos expansivo y jovial. Fisonomías ardientes y poéticas, pero con un no sé qué de cadencioso en el andar y en las formas y la expresion, de mas árabe, de mas soñador que en Sevilla, donde el movimiento comercial y social ha producido mas sensibles modificaciones. Las mujeres son generalmente bellas, pero de una hermosura algo severa, que seduce sin irritar, que atrae con encanto. La curiosidad y la pereza son bastante generales. No es posible dar un paso en la calle sin que las graciosas caras femeninas y las de las viejas noveleras asomen en las ventanas, las celosías y rejas de fierro, atisbando al forastero que pasa. En los meses de calor, despues de la comida (que se hace generalmente á las dos de la tarde), cada hijo de vecino duerme la siesta, y por cierto no corta. En eso concuerdan las costumbres canonicales de la España católica con las dulzuras de la pereza oriental.

A decir verdad Córdoba no es hoy interesante sino por su agricultura y sus objetos de arte. La industria, que en otro tiempo fué tan considerable, está hoy reducida á algunos tejidos de seda, hilo y lana, muy subalternos pero de estilo bastante gracioso, varias pequeñas fábricas de papel, etc., bellos trabajos de joyería y platería y una preparacion valiosa de aceitunas. La produccion de Córdoba es considerable en frutos agrícolas, especialmente el aceite, los vinos y trigos. La cantidad de aceite que centraliza Córdoba es verdaderamente enorme, y tanto que su trasporte ha sido el objeto principal del ferrocarril que conduce á Sevilla y Cádiz. De cualquier lado que se tiende la vista se ven las montañas vecinas, las llanuras, las vegas y colinas cubiertas de inmensos olivares, viñedos y trigales, pero siempre los primeros en mas vastas proporciones. Casi está por demas el hacer mencion de las numerosas crias de caballos que le han dado tanta reputacion á Córdoba. Los caballos cordobeses merecen sin duda esa fama, en cuanto á su fuerza y valor, su brio y resistencia y la belleza relativa de sus formas; pero en lo general carecen de suavidad de boca, y léjos de ser delgados y de contornos ligeros tienen una redondez que no me parece graciosa.

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Desde luego que, al hablar de los monumentos de Córdoba, su admirable mezquita ó catedral, fundada en 692, ocupa el primer lugar, y casi puede decirse que es todo lo importante allí. El gran puente de diez y seis arcos, sobre el Guadalquivir, no es interesante sino por su antigüedad y su orígen, pues carece de atrevimiento y gusto. El Alcázar está en escombros, quedando apénas los hermosos y vastos jardines bastante abandonados. Los demas objetos curiosos lo son mas bien por obras de arte español que como monumentos moriscos.

La mezquita con sus accesorios ocupa una vasta extension: es un grandioso edificio cuadrado, con diversas fachadas y de singular sencillez en su conjunto. La gran portada morisca del _Perdon_, cuajada de arabescos y situada bajo la torre de construccion española, da entrada á un espléndido patio claustrado, que pueblan centenares de antiquísimos y corpulentos naranjos. Mide ese patio 100 metros de longitud y 65 de latitud, y en sus claustros ó galerías abundan los relieves y otras curiosidades artísticas. Del patio se penetra á la Mezquita, cuya portada monumental y principal da sobre la calle. Es profunda la impresion que se siente al visitar por primera vez esa mezquita bautizada ó convertida en catedral católica, monumento único en su especie en Europa, admirable en todos sentidos y de una imponente majestad sombría. Ni la Alhambra, ni el Alcázar de Sevilla, ni la Giralda, ni otro monumento de la arquitectura sarracena, revelan en España con tanta energía esa tendencia á lo poético y maravilloso y á lo grande en la sencillez de concepcion y formas, que distinguió las obras de los Moros en la península.

El edificio en su totalidad tiene diez y seis puertas de entrada usual; la mezquita propiamente dicha mide 620 piés de longitud y 440 de latitud. Compónese de un conjunto admirable de naves con calles de columnas cortadas en ángulos rectos, de modo que hay diez y nueve naves longitudinales y veinte y nueve trasversales, produciéndose un asombroso laberinto de columnas que semejan los mástiles equidistantes de un bosque de gruesas palmeras. De ese cruzamiento ó multiplicacion de naves de igual latitud y formas absolutamente armónicas, resultaba un total de 850 columnas, en la época en que el templo era una mezquita. De esas columnas mas de 400 procedieron de Jerusalen, Egipto, Numidia, etc., y son de ricos mármoles de colores y preciosos jaspes; las demas, muy inferiores en calidad, salieron de las canteras de la provincia de Córdoba ó de Granada. ¡Imagínese el maravilloso efecto que produciría esa mezquita llena de moros é iluminada por 400 lámparas que tenia, sin que la vista fuera interrumpida en ninguna direccion, fuese recta ú oblicua!

La trasformacion de la mezquita en catedral le ha hecho perder mucho de su belleza al monumento, porque fué mutilado y adulterado en sus mas grandiosas proporciones. Los altares católicos y capillas construidos en el centro han destruido completamente la inmensa perspectiva de todo el conjunto de naves; han suprimido muchas columnas y naves reemplazándolas con bastiones de malísimo gusto; y han deteriorado por precision los admirables artesonados de la techumbre y los preciosos é innumerables arabescos que adornaban las arcadas en herradura soportadas por las columnas. En su época morisca, el templo tenia en cedro primorosamente trabajado todos los techos de las naves; hoy no son sino de yeso, sin estucos siquiera.

En parte de compensacion, hay en las construcciones exóticas (algunas de ellas completamente imitativas del arte sarraceno) mil preciosidades de escultura en madera y yeso que llaman mucho la atencion. El templo tiene hoy cincuenta y tres capillas laterales, y ademas, en el centro, el coro y diez y nueve altares. Nada mas extraño que el contraste que hacen allí las construcciones del Renacimiento en el centro y al lado de tantas obras del estilo oriental,--no obstante la supresion de los pintorescos azulejos que tanto caracterizan los muros y pavimentos de las construcciones moriscas.

En cuanto á los pormenores, los verdaderos primores del monumento están en tres capillas: la del _Koran_ (que era como el sagrario de los Moros), la de los _Reyes_ (adyacente al coro) y la del _Cardenal_. La primera es admirable por sus mosáicos primorosos, y contiene entre mil arabescos los símbolos sencillos de la religion mahometana. La de los _Reyes_, obra de imitacion, contiene maravillas de escultura oriental en sus estucos, su techumbre de yeso y colores á estilo de la Alhambra, y sus arabescos finísimos. La del _Cardenal_ es notable por los bellos cuadros del infatigable y fecundo pintor andaluz Palomino, representando la conquista de Córdoba y el martirio del Santo-patrono, y por dos hermosas Vírgenes debidas al pincel de Torrado.