Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · Unidad 14 de 28
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Entretanto la poblacion estaba como si le hubieran tocado arrebato: todos corrian, pero a esconderse, porque uno de los jefes de los brujos, estimulado por su propio miedo, i no por el de nadie, habia desplegado una enerjía estraordinaria para perseguir i aprehender a todos los vivientes, como suelen hacer los cazadores de jilgueros, que por tomar uno de uña blanca, arrastran con todos los que se acercan a la trampa. I en efecto que el tal jefe hacia mui bien, porque solamente con un arrastre semejante podia alcanzar a cojer algo de lo que deseaba. Así lo comprendieron las estranjeros de Espelunco, que no los nacionales, siempre tardíos e injustos para apreciar el mérito de sus compatricios, pues aquellos con esa imparcialidad que es natural en todos los traficantes, votaron una accion de gracias en favor del distinguido jefe, haciéndose los ecos de la poblacion entera. Eso se llama hacer justicia a tiempo. Un soberano premia con decoraciones i títulos a sus beneméritos servidores: así el pueblo debe premiar a los que se han distinguido en su servicio, aunque sea apaleándolo, decian los estranjeros con ese aplomo que Dios les ha dado. Pero no fué esto todo: los autores de tan bello pensamiento tuvieron ademas la habilidad de asociar a su manifestacion a los mismos que habian sufrido en aquella batida del jefe, o a los que la habian reprobado, lo cual no era difícil de lograr en aquel pais, que como inculto que era, abundaba en imbéciles, pues tales bichos tienen de comun con el poleo, eso de multiplicarse en las tierras incultas hasta el estremo de infestarlas.[22] Contra la imbecilidad no hai mas remedio que la cultura: la imbecilidad es el verdadero pecado orijinal de la humanidad, la fuente de todos los vicios i errores, de todas las faltas i crímenes, pues que todo eso tiene su asiento en la flaqueza de espíritu, que es el patrimonio comun del hombre, i que no se corrije sino a fuerza de educacion i de cultivo.
[22] Alude a un obsequio espléndido que los comerciantes ingleses de Valparaiso hicieron al intendente que se habia distinguido, como jefe de la provincia, en la persecucion de liberales.
La noche estaba fria, pues aunque primavera en aquel pais, era ya una de esas altas horas en que la tierra comienza a despedir vapores húmedos que destemplan la atmósfera, i afectan el sistema nervioso de los que no están recojidos en su cama. Don Guillermo se sentia enteramente crispado por un calofrio mortal, i trató de guarecerse en el alfeizar de una enorme puerta que vislumbró cerca. Pero allí seguia tiritando, a pesar de que estaba resguardado; i entónces comenzó a comprender que su calofrio partia del corazon. En efecto Lucero tardaba mucho ya para que su enamorado no estuviera rodeado de temores i aprehensiones, que le hacian afluir a borbollones la sangre al corazon, helándole las estremidades i la superficie.
¿Qué hacer? pensaba el ingles: si voi a buscarla, me espongo a que ella venga, i no encontrándome en el sitio, se alarme i vuelva al pueblo en busca mia. Todo parece ya en silencio. ¿Habrá terminado la San Bartolomé que los brujos han representado esta noche? ¡Ah! ¡Qué va a ser de mí si pierdo a mi Lucero! Esa mujer es el complemento de mi ser: su corazon es parte de mi corazon, su intelijencia es la luz de mi intelijencia, su vida es mi vida. No, con esa mujer no se cumplirá jamas en mí aquella eterna lei que hace que el corazon aborrezca hoi lo que ayer deseaba con fervor. Esa lei se ha hecho para el curso ordinario de la vida humana, i en esa lei está el principio de actividad que lleva al hombre siempre tras de lo mejor, en pos de la perfeccion. Pero cuando uno ha encontrado esa perfeccion i la siente en todo su ser, el corazon late satisfecho i no se cansa ni sacia jamas con la felicidad.
I tenia razon de sobra Mr. Livingston, porque hai ocasiones, aunque raras, en que dos seres se complementan como un tornillo con su tuerca; de modo que si llegan a encontrarse i a concertarse, quedan como en su centro, como queda el tornillo cuando se le ajusta la tuerca, i el corazon deja de volar tras de las ilusiones que lo arrebatan, cuando todavía no ha encontrado otro corazon que lo complete.
Esa era su situacion respecto de Lucero, i he allí la razon por qué tiritaba con solo la aprehension de perder a su hechicera.
En estos i en otros pensamientos converjentes al quicio sobre que rodaban todas las ideas de nuestro ingles, fueron pasándose las horas, hasta que los primeros albores de la mañana comenzaron a desprenderse de las montañas i a inundar el valle. Los pajarillos, desperezándose i sacudiendo su plumaje, lanzaban las primeras notas del armonioso concierto con que saludaban el alba. La brisa embalsamada ajitaba los follajes; i las flores, como sensibles a su aliento, se elevaban para alcanzarla, sacudiendo las gotas de aljófar que durante la noche habian inclinado sus corolas hácia el suelo. Ruidos indefinibles se alzaban por todas partes, porque la naturaleza toda comenzaba a despertar.
Don Guillermo estaba arrobado, porque esas grandes escenas de la naturaleza tienen el poder de arrebatarnos la atencion i de hacernos olvidar aun los pensamientos que dan aliento a nuestra existencia. Todo renace, decia él, todo se renueva cuando la naturaleza sacude el sueño de la noche. ¿Qué es el hombre en ese cuadro portentoso que se reproduce sin cesar siempre bello, siempre fresco i nuevo? No es mas que esa flor, no es mas que ese árbol, que esa avecilla: ¡ínfima parte de un todo infinito, detalle insignificante, elemento perecedero i frájil, que no se renueva i que solo aparece por algunos instantes a embellecer un punto del inmenso cuadro de la naturaleza, que no perece jamas, i que se muestra cada vez mas jóven, lozana i brillante!.....
Pensamientos son estos capaces de quitar el frio a cualquier cristiano; pero como don Guillermo era protestante, no se le alcanzaba que el rei de la creacion, destinado por Dios para la vida eterna, no puede ni debe ser considerado como una avecilla destinada a ser comida en estofado, o como una flor, que si llega a tener buen fin no es otro que el de perecer disecada en el álbum de un enamorado. El hombre, aunque pecador, debe ser mas respetado: basta que todo le pertenezca en este mundo i el otro, segun lo ha dicho no sé que santo. Don Guillermo pensaba en aquellas herejías naturalmente, i por eso no perdia el frio que le tenia yerto i sin accion.
Súbitamente se abre de par en par la puerta en que estaba apoyado, i por poco hubo de caer, al sentirse flaquear en cuerpo i alma, pues que a mas del espanto natural que esto le producia, perdia el punto de apoyo que habia hallado en la puerta cerrada.
Una especie de hombre fué lo que vió detras Mr. Livingston, cuando volvió sus ojos espantados, i luego otro, i otro mas, todos vestidos uniformemente i con aire i actitud iguales.
--Recóbrese, hermano, le dijo uno de ellos, i pase adelante, si se le ofrece algo.
--Gracias, replicó el ingles medio aturdido, debo permanecer aquí.
--Es inútil, agregó otro, porque la persona a quien usted espera no vendrá. Anoche ha sido aprehendida, a poco de separarse de usted, i usted mismo lo habria sido, si no hubiese salido tan pronto de la ciudad.
Don Guillermo ocultó su rostro en sus dos manos, como para esconder la impresion dolorosa que le causaron estas palabras. Quedó irresoluto, perplejo, temiendo que aquello fuese otra prision donde se le hacia entrar con buenos modos para que no se alarmase. Casi estuvo a punto de echar a correr para salvarse, pero vió que no tenia para donde. El valle era allí estrechísimo i cerrado por altos cerros, que describian en su curso el estremo de una elipse, cuya parte abierta se prolongaba por el lado donde estaba situada la ciudad. ¿Será este el término de la Cueva, pensaba entre sí Mr. Livingston, o será la entrada?
Los personajes que tenia al frente le miraban como adivinándole sus pensamientos. Entre usted le dijo uno, talvez estaria usted mas seguro entre nosotros que aquí afuera; no tema usted nada, que estamos dispuestos a ampararle.
Mal de su grado hubo de corresponder el ingles a tan bondadosa oferta i siguió los pasos de sus nuevos protectores que le conducian en silencio.
XIX.
Vida contemplativa.
Nada mas propio de un amante desgraciado que meterse en un convento: testigo de ello la célebre poetisa cubana que cuando enviudó por primera vez se retiró a las monjas i no salió de ellas, sino cuando le volvió el estro del consuelo i se reconcilió con el mundo. Otros muchos testigos podrian citarse en apoyo de esa verdad; pero para qué se necesita mas testimonio que el de una mujer que por sí sola equivale a un rejimiento. El dolor, con ser la lei primordial de nuestra flaca naturaleza, es sin embargo siempre una cosa nueva para nosotros, siempre nos toma desprevenidos, i nunca, a pesar de su frecuencia, nos produce efectos análogos, sino bien diferentes i aun contradictorios. En unos desarrolla la sociabilidad hasta el punto de confundir sus efectos con el miedo, porque el dolorido no puede quedarse solo un momento, i halla su alivio en la compañía de otro ser que le comprenda; pero en los enamorados, el dolor desarrolla la mas seca misantropía, los hace ariscos i fieros, insociables i fastidiosos, hasta que pára con ellos en algun convento, como en busca de arrepentimiento, o les inspira el saludable deseo de suicidarse, como para libertar a la especie humana de un ente inútil. Todo eso es natural i sucede porque debe suceder: luego no debemos condenarlo; ni tampoco debemos admirarnos de que nuestro héroe se hubiese hallado tan bien i tan a sus anchas en aquella especie de convento donde le dejamos entrando, que pasados algunos dias, ya no pensaba en salir, porque solo allí podia llorar con libertad la pérdida de su Lucero. I afortunadamente lloraba, que así pudo salvarse de la enfermedad propia de los de su raza, que se suicidan hasta por libertarse del trabajo de abrocharse los pantalones. ¡Qué sábia es la naturaleza! Solamente a los ingleses les ha regalado esa enfermedad que se llama esplin, porque solo ellos son los mas orgullosos de los hombres, i por tanto los que mas necesitan de un mal que les haga comprender que son tan miserables como los demas humanos. Así nos ha dado tambien a los españoles la manía de gobernar demasiado, porque precisamente somos los mortales mas ingobernables, cuando tenemos libertad, acostumbrados por tantos siglos como estábamos a ser arreados a látigo en todo i para todo. Este mal de nuestra casta ha sujerido a algunos sábios el dislate de que no somos aptos para el sistema republicano ni para ejercer nuestros derechos: con la misma lójica podriamos discurrir que el esplin hace a los ingleses incapaces para la cocina, i esto no seria tan erróneo, porque todavía no se ha visto entre los ingleses ni un Botargus, ni un Brillat Savarin, ni un Soyer.
Pero don Guillermo no pasaba todo su tiempo en llorar, que al fin los ojos son una brillante porcion de la humanidad, i naturalmente cumplen tambien con la lei de cansarse de hacer siempre una misma cosa. Largos i frecuentes ratos empleaba en sabrosas i sábias conversaciones con sus albergadores, pero sin llegar jamas a comprenderlos a derechas. Al principio tomólos por escribas i fariseos por lo doctos i leguleyos que eran, i tambien por ciertos ribetes de hipócritas que les hallaba; pero luego varió de parecer i los calificó decididamente de Esenios. No era mui versado el ingles en materias de cultos, ni mucho ménos en conocer órdenes relijiosas, pues todo su saber no pasaba en el asunto de ciertas reminiscencias bíblicas; pero creia encontrar en sus huéspedes los mismos principios i sistema que aquella secta judía profesaba. Hacian vida comun, sin comunidad de bienes; se trataban como hermanos i tenian su espíritu de cuerpo, sin fraternidad; creian en la inmortalidad del alma, pero negaban absolutamente el libre arbitrio, i por tanto nuestra responsabilidad personal, como los Esenios; pues sostenian que todos nuestros actos i pensamientos son el resultado necesario de un órden superior que no comprendemos ni podemos variar; practicaban el celibato, pero sin negar ni desconocer las ventajas del matrimonio, sino solo por motivos de pureza, a diferencia de aquel mozo de perros de que nos habla Victor Hugo, que habia renunciado a varios matrimonios ventajosos, i se habia consagrado a cuidar perros, por la sencilla razon de que estos tienen solo siete especies de rabia i la mujer mil.
Como quiera que fuese, los Esenios de la Cueva, ya que por tales los tomó quien pudo observarlos de cerca, eran allí una potencia, en cuanto no se movia una paja sin su voluntad en todos aquellos contornos: ellos dirijian las conciencias i las opiniones, o mas bien eran los dueños del pensamiento, porque presentándose como ministros de Dios i como intérpretes de su divina voluntad, su palabra era la lei, i su persona merecia una especie de adoracion, como que era el reflejo del poder eterno en cuanto repartian a su arbitrio la bienaventuranza o la perdicion. I para que su analojía con los Esenios antiguos fuese mas perfecta, tenian el mismo talento organizador, pues por medio de asociaciones piadosas, reglamentaban la caridad en su práctica, el sentimiento relijioso en todas las formas imajinables, hasta las de la idolatría, i todos los demas sentimientos i deberes, i aun los usos, trajes, maneras i modales, proporcionándose así un ejército de devotos que no les costaba un centavo, i consiguiendo por medio del ascendiente relijioso mucho mas que cuanto pudo alcanzar Pedro el Grande con todo su poder, cuando se propuso domesticar a los rusos. De esta manera les pertenecia a ellos, mucho mas que a los Jenios, la sociedad entera de Espelunco, i si habia jentes en quienes no tenia mucho prestijio el poder de los Esenios, esas jentes, sin embargo se sometían a él por no aparecer como rebeldes i conservar su buen crédito, o por no chocar lo que en su lenguaje llamaban preocupaciones del vulgo, i que, a pesar de creerlas tales, acataban i reverenciaban como verdades, como justas i sábias creencias.[23]
[23] Esta alegoria representa el poder del clero católico, que en aquella época preludiaba la organizacion de los elementos del partido político clerical.
Don Guillermo, hombre poco vividor, nada práctico, como hemos podido ya conocerlo, no podia estar en paz con las jentes que por indolencia soportaban i aun aprobaban lo que su conciencia rechazaba i su juicio condenaba como malo. A él no le causaba estrañeza que los Esenios no se contuvieran en el verdadero límite de su ministerio, i que arrastrados por la facilidad de conquistar poder, fuesen hasta sojuzgar la razon i pervertir el buen sentido con supercherías i mentiras: al fin en eso no hacian ni mas ni ménos que lo que hace todo ambicioso sin nobleza i todo el que especula con el engaño. Pero lo que no podia soportar era que hombres que se daban el aire de tales, reconociendo aquella invasion i condenándola en secreto, se abstuviesen de elevar su voz i su poder contra ella i la tolerasen con indiferencia o con respeto, ya por indolencia, ya por no poner en peligro su nombre o su quietud. En esto pensaba como ingles de educacion i honradez, pues que en su pais son mui raras esas transacciones de la indolencia i del egoismo con la maldad o el error, o a lo ménos no son tan frecuentes como en los pueblos de nuestra projenie, i tal suponemos al de la Cueva, donde la indolencia raya en imbecilidad i el egoismo en crímen.
Estas i otras observaciones de nuestro héroe casi son capaces de hacernos creer que los habitantes de la Cueva eran medio porros, pues vivian embaucados, imbunchados i estraviados en todos sus actos i pensamientos i a todas horas. Don Guillermo, que habia conocido al pueblo i a los hijos del pueblo cuando corria la caravana con Lucero, estaba últimamente entre los Esenios colocado mui ventajosamente para tratar i conocer a la flor i nata de aquella sociedad, i hallaba que no era ella ménos que el pueblo pobre la víctima de la ignorancia, de la mentira, del fanatismo i de la ambicion. En todas las clases notaba la misma indolencia, el mismo egoismo, el mismo descontento i malestar moral; la misma falta de principios, la misma carencia de amor i de fé por alguna idea o sistema, i por fin, la misma ansiedad por algo nuevo, por algo que variase la situacion social entera: i en nada contribuia la fé relijiosa para consolar ese eterno dolor, porque en realidad no existia tan siquiera esa fé, i lo que se tomaba por tal no era otra cosa que miedo a la vida eterna en unos, especulacion en muchos, i en los mas, principalmente en las mujeres, necesidad de un principio, de un sentimiento, de algo en que ocupar la actividad humana que no hallaba en aquella sociedad muerta para todo lo bueno i lo grande ni empleo, ni estímulo, ni asiento.[24]
[24] Este rasgo pinta la situacion moral de la sociedad chilena en la época que trata de diseñar este cuento.
Es cierto, decia entre sí don Guillermo: si las jentes de allá arriba son como éstas, no pueden ni con mucho tener el sentimiento del patriotismo. ¿Qué atractivo para el espíritu, qué goce para el corazon pueden hallar en una sociedad semejante? Fuera de los afectos domésticos, no hai nada que ligue al individuo con la patria, nada que halague siquiera su orgullo nacional; i fuera de los goces íntimos, el corazon no encuentra ni gloria que lo haga palpitar, ni grandeza que lo atraiga, ni belleza moral que despierte su amor hácia la patria, ni goces ni bienestar que lo adhieran al lugar de su residencia. El hombre se apega a las cosas por el sentimiento, i cuando la sociedad que nos da el ser no tiene medios de insinuarse en nuestros corazones, i por el contrario, nos hace pesada la vida, no puede ni debe contar con nuestro amor. ¡Apostaria que no hai un habitante de Espelunco que no desee ser estranjero!...
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El trato con Lucero habia hecho filósofo a Mr. Livingston, i el retiro del claustro en que vivia, el silencio de sus parques i jardines, i mas que todo las penas que le atormentaban, le hacian meditar i moralizar a menudo, i aprovechar las lecciones de la esperiencia: es cosa sabida i mui repetida que los viajes i las desgracias enseñan mas que una biblioteca.
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Pero habia una cosa que le hacia perder sus ínfulas de filósofo i le hacia reir en medio de su dolor, i era la pretension que tenian algunos caballeros de los que frecuentaban su asilo de querer hallar un remedio a aquellos males sociales en la monarquía o en el gobierno de un rei.[25] No estaban contentos con la oligarquía de los Jenios, i querian un solo dueño, una familia consagrada que les diera gobernantes de casta, a modo de los aficionados a las riñas de gallos que buscan el pollo fino i lo cultivan desde que es huevo, hasta que tiene estacas que afilarle, con la diferencia de que los galleros se comen en cazuela los pollos que salen malos, miéntras que los monarquistas son comidos vivos por el rei de casta que sale bribon.
[25] Esta pretension, aunque disimulada, era mui comun, sin que faltasen estadistas de profesion que la revelaban i sostenian.