Aromas de América · Capítulo real 2 de 24
CAPÍTULO I
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 4 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPÍTULO I
De Jujuy a La Quiaca. — La atención de um amiao — La cremallera. — Tumbaya la bella. — El pueblo de Uquíia. Altura máxima de la línea. — El tipo indigena. — Aridez de la puna. — Ultimo silbato.
Los entusiasmos juveniles de otros tiempos, pese a los años y a los achaques, despertáronse vibrantes a las frescas caricias de una mañana nublada y tranquila. El simpático Vicario Foráneo de Jujuy D. José de la Ielesia, excediéndose en bondades, había querido acompañarme hasta La Quiaca, iniciándome en ese trayecto, para mí, todavía desconocido, que traía ya brisas de la región de la puna, impregnadas de quisicosas bolivianas y de alturas y de soroche que no dejan de preocupar al viajero que por primera vez se apercibe a recorrerla. La idea de tener cerca a un veterano que pudiera auxiliar en posibles desvanecimientos, tranquiliza y alienta como al enfermo la presencia del médico. Tanto más que enaltecía y ponderaba a más no poder las excelencias de un misterioso fierabrás de su invención, que en un abrir y cerrar de ojos, lo preparaba en el comedor del tren y que, si no ultimaba al cliente, el soroche no escapaba.
Y en estas y otras animadas conversaciones y admtrand« los altos cerros de Tiraxi y los pintorescos panoramas de aquel valle delicioso que iban serpeando los rieles, habíamos, sin darnos cuenta, llesado a la estación León, mientras me señalaba la casa solarieva de la antigua familia de Bárcena y una hermosa laguna de agua salada rica en sabrosos peces.
seoún cuentan los naturales.
O ER
Principia aquí la cremallera de la vía, que va a terminar en la siguiente estación Volcán, a 2.078 metros de altura sobre el nivel del mar, y que suscita en más de uno, temores y vagos estremecimientos de escalofríos. Que si será aquello muy peligroso, o no lo será; que si el tren iría a trepar a dentellada limpia una cuesta empinada y tiesa como un huso; y... ¿no se le quebrarían los dientes...? Vamos, que los interrogantes son, a la verdad, premiosos y nada tranquilizadores, aun para los que ya conocen funiculares y ascen sores a cremallera, pues, en éstos es sólo cuestión de un coche y no de todo un convoy. La cosa, empero, no es para preocupaciones y miedos. Se trata apenas de una inclinación mayor de la ordinaria que puede ascender un tren cualquiera y no hay peligro aleuno, tanto que si no se le previene, ni siquiera lo advierte el pasajero, distraído como va en la contemplación ávida del paisaje de la quiebra que, si ya comienza a disminuir len veeetación, no así en la erandiosidad de con: junto.
El miserable caserío de la próxima estación Tumbaya, euardará siempre recuerdo, para mal de sus pecados, de la original despedida que en cojos versos le hiciera un cura un tanto desparpajado y ladino quien, harto ya de sufrir y de aguantar las terquedades y sandeces de aquellas gentes, acomodadas sus alforjas, clavóles sin más, antes de abandonarlas, la sieulente banderilla, según rezan las viejas crónicas: Adiós, Tumbaya la bella—Montes sin leña—Ríos sin peseados—Indios mal eriados. (1)
Las siguientes estaciones de Purmamarca, Maimará, Tilcara, Senador Pérez y Humahuaca, sobre valles más extensos, amenísimos y fértiles, se distineuen por la frescura de su clima, bondad de sus aguas, multitud de sus huertos, variedad y abundancia de delicadas flores y frutas. Son sitios veraniegos preferidos de no pocas familias ¡jujeñas,
(1) Huecalera. — Cerca de esta Estación hállase la casa en que los compañeros del general Lavalle, asesinado en Jujuy, viéronse obligados a descarnar el cadáver que llevaban a Bolivia.
viéndose todos los años, aleunos por lo menos, bastante concurridos.
Contiguo a la Estación Senador Pérez, está el antisuo caserío de Uquía, donde murió, durante el viaje que hacía al Alto Perú el célebre P. Lozano, el historiador más concienzudo y autorizado, para nosotros, del tiempo de la Colonia, Créese que sus restos pudieran descansar dentro de los muros de la vetusta capilla que aun subsiste. Esta, como también la de Humahuaca, posee un artístico retablo estilo churriguereseo y varios cuadros antiguos traídos del Cuzco, siendo un San Francisco Javier el de más mérito.
Las otras estaciones que vienen después, Iturbe, alias Negra Muerta, Abra Tres Cruces (altura 3.693 metros sobre el nivel del mar), Abra Pampa, Puerto del Marqués, Pumahuasi, son miserables caseríos, eternamente apunados y azota dos por los vientos e intensos fríos del invierno. Entre Tres Cruces y Abra Pampa, vése al lado de la vía un gran tablero que indica la altura máxima de esta línea, o sea, metros 3.725 sobre el nivel del mar.
Al norte de Jujuy, el tipo dominante es el indígena; y en casi todas las Estaciones es dado observar una división marcada entre los criollos y los indios. Aquéllos vestidos un si es no es a la burguesa, se agrupan de un lado de la Estación, como diciendo noli me tamgere, y del otro lado los indios de ojota y emponchados y las indias de encarrujado vestido y de sombrero de hombre indistintamente, sentados o en cuclillas, mirando con recelo, mascando su coca y tartamudeando por lo bajo su quechua. Al ver uno esas toscas facciones, su escasa y nineuna higiene, su color cetrino o bronceado, su rara indumentaria y su legendario abandono y despreocupación por todo lo que significa trajear a la moderna y querer valer por su porte y vestimenta, se persuade sin más que se encuentra en plena Bolivia argentina, o sea, que todo el norte de Jujuy no es sino un girón arrancado al altiplano boliviano. Y por si asomos aun pudieran quedar ds duGas, en las inmediaciones de Negra Muerta, sobre dilatado, amari-
O e
llento pajomal, recortado allí en el fondo por serranías de color azulino oscuro, las pequeñas recuas de llamas de paso cadencioso, ereuida la cabeza y mirando a todos lados, con femínea curiosidad de campesinas azoradas, vienen a dar la sensación completa del medio.
A partir de Jujuy va el tren en ascensión constante encajonado siempre entre dos elevadas murallas de granit6 y siguiendo los recodos y sinuosidades pintorescas de la fértil Quebrada de Humahuaca, paso obligado primero de los representantes de la civilización incásica que se derramó hacia las provincias del Tucumán, diaguitas y juríes, de los conquistadores hispanos más tarde, y por fin de los heraldos de la libertad sudamericana que por las mismas sendas que recibieron los favores, quisieron llevar a sus hermanos del norte el máximo de la ansiada independencia.
En cambio desde antes de llegar a la estación Iturbe, que sigue a la de Humahuaca, el panorama cambia de improviso. Comienzan ya los campos abiertos, las pampas y mese> tas dilatadas de la región de la Puna, sin vida, sin vegetación, bordeadas a lo lejos por áridas montañas. Sólo en las inmediaciones del Puerto del Marqués, bandadas de patos ale-
erando con su vistoso plumaje, laeunillas diminutas, o ma.
jadas de ovejas triscando por esas abras inmensas, vienen a quebrar la monotonía del paisaje.
Eran las siete y media de la noche y el tren lanzaba su último silbato. En la estación de La Quiaca nos esperaban el cónsul boliviano, el intendente y el prefecto de la aduana del vecino pueblito boliviano de Villazón, señores Hueo Bus-
tillos, Roque A. Moreno y Enrique Cariaga, a quienes el ex presidente de Bolivia doctor Eliodoro Villazón habíales teleerafiado desde Buenos Aires, encareciéndoles me atendieran en la mejor forma posible. Siempre recordaré con eratitud la gentileza de aquel amigo y distinguido estadista, y las
finas atenciones recibidas de estos caballeros.
CAPÍTULO II De La Quiaca a Tupiza. — Asiento asegurado. — En verano el auto-mensajería no marcha. — Villazón y La Quiaca. — Su movimiento comercial. — La línea en construcción.
— Cuadros indigenas. -— Recorrido monótono. — Magnífico panorama. — Nazareno, Suipacha y el Angosto.
Instalados en el Hotel Reuter, de propiedad de un tu: desco pour sang, buen bebedor de cerveza y... también de vino legítimo o falsificado si más no se encuentra, pasamos la última noche en tierra patria, tranquilos ya, al estar seeuros que teníamos asiento en el auto que, a las doce del día sieulente, arrancaría para Tupiza. En efecto, ijenorábamos hasta entonces, si correría el vehículo, descompuesto en días anteriores, seseún noticias recogidas en Buenos Aires, o si el exceso de pasajeros, no obstante el pedido telegráfico que hiciéramos oportunamente y que la empresa atiende según y cuando le acomoda y place, nos obligaría a esperar un nuevo turno, como acontece con frecuencia.
No faltan quienes critican duramente a la empresa, que es argentina, como que estuviese mal servida; que los autos se descomponen frecuentemente, haciendo contraste con las empresas bolivianas servidas por chauffeurs yanquis y motores más poderosos, y que cobra además demasiado caro ($ 70 el pasaje, fuera del equipaje) no obstante la subvención de cuarenta mil pesos anuales que le asiena el gobierno de Bolivia.
Bueno es también saber que el automóvil no funciona en los meses de verano, o sea desde noviembre a abril. ¿Por qué?
Porque en esas fragosísimas regiones, el camino obligado, es el cauce de los ríos; y aumentando éstos considerablemente por las lluvias el caudal de sus aguas, no permiten el tránsito a nineuna clase de rodados. Los viajes, pues, sólo se hacen durante el invierno que dura desde mayo a septiembre, porque jamás llueve en esa estación. Ibamos por lo tanto nosotros en el mejor tiempo y cuando ya los fríos no son tan intensos.
Como se ve, en la región inter-andina que íbamos a atravesar no se conocen más que estas dos estaciones.
Recorriendo al día siguiente tanto la población argentina, de La Quiaca, como el vecino pueblito de Villazón, separadas por el arroyo La Quiaca, límite internacional, pude darme cuenta del movimiento comercial de esas pequeñas aldeas.
Los mejores comercios (entré al principal), se limitan a artículos de primera necesidad, a la venta de coca, telas o casimires eriollos, tejidos a pala, objetos de alfarería indígena para usos domésticos, aperos, pieles de guanacos o de vicuña, herramientas, ete. Las mismas balas o tambores de coca, procedentes de Cochabamba y de La Paz, no son, en su mayor parte, más que artículos de tránsito que van a Jujuy, Salta y Tucumán, lo mismo que los minerales procedentes de Potosí, Lipez y Sur-Chichas. Sólo cuando el riel haya hecho la fusión anhelada, podrá la Argentina intensificar su exportación de harina, maíz, fruta, arroz, fideos, herramientas, que hoy hace en pequeña escala, a lomo de mula, o de ilama o también en carros, y sólo entonces también habrá podido Bolivia cantar su redención, derramando hacia el sur su gran producción metalífera, que hoy por hoy sale casi toda por el ferrocarril de Antofagasta, con recargos enormes y dispendiosos de fletes.
Mucho habría que decir del ferrocarril en construcción entre La Quiaca y Atocha, y que, a estar a los convenios del eobierno boliviano con la empresa Vesin, a fines de septiembre de 1918, debiera haber sido librado al servicio público,
en su mitad aproximadamente, o sea, desde La Quiaca a Tupiza; mas, ya tendremos oportunidad de dar aleunos datos al respecto, en alto grado sugestivos. Por lo pronto baste saber que si bien construída en su mayor parte esta primer: sección, falta todavía mucho en terraplenes, durmientes, rieles, alcantarillado y obras de arte.
Paseándome acompañado del cónsul boliviano por entre erupos de peones y de arrieros indígenas, de corrillos de mujeres, de niños y de perros que pululan por todas partes en esos vivaques improvisados y al aire libre, me fué dado observar los elementos étnicos comunes a la población aborigen, llámese argentina o boliviana, que allí aparece fundida en un solo molde, sin solución de continuidad, ni discrepancia de nineún geénero.
Las mujeres gastan sombreros de hombre, vestido corto, que parece esponjado porque son tres o cuatro polleras superpuestas, pendientes llamativos y rústicos, sandalia criolla y aleunas hasta bota de tacón alto (!) con sus tradicionales simpas o trenzas coleantes y repartidas sobre la espalda, reñidas, ya se entiende, con el aseo, el agua y el peine. Los hombres, econ sombrero de anchas alas, de ojota, alpargata o bota, en camisa o con chaqueta pero siempre con su inseparable prenda, el histórico poncho, de franjas multicolores, verdosas, punzó, amarillentas o violado negras. De temperamento tranquilo, insensibles al hambre, al calor o al frío, sufridos y resistentes hasta lo increíble, mansos, humildes y respetuosos merodean de un lado a otro con recelo y desconfianza, o se alinean en silencio delante de sus pequeñas mercancias de yerbas medicinales, terracotas indígenas, etc., o masticando su coca, rondan la humeante ““ollita”? que borbota sobre las brasas.
Mientras tanto nuestro auto marca Mercedes estaba listo. A las 12.30 p. m. arrellenados los siete pasajeros que Ibamos y bien acomodada la balumba de maletas, arrancó victorioso, para salvar en cinco horas un centenar de kilómetros, poco más o menos, que separa La Quiaca de Tupiza. El trayecto
ondulado y terroso que recorrimos hasta el pequeño poblacho de Mojo, que cuenta unos sesenta ranchos aproximadamente, es triste, despoblado y árido. Uno u otro carro, aleunos arrieros, indios a pie conduciendo sus borricos cargados, o también indias que lo hacen mejor que los hombres, y sin perder tiempo, porque, saltando entre guijarros, van siempre hilando su rueca, alguna rapazuela o indísena desgaritada, cuidando sin miedo a la soledad, su atillo miserable, y ateando con recelosa timidez al pasajero, churquis achaparrados y retorcidos, pedregales y tolas, ved ahí la oblizada variante de este tristísimo trayecto.
Un napolitano que, acompañado de otros tres campañeros, hijos también de la bella Italia, a última hora se encaramara en el auto, y a quien la sanere le bailaba en las venas, abría tamaños ojos al ver el porte e indumentaria de esos indígenas, y sin poderse ya contener, Mamma mia, exclamaba, agarrándose la cabeza; quanto sono brutti... Ma questa non e gente come noi. Y cediendo a incontenibles atavismos, sobre todo cuando encontrábamos un indio solo, de pie y en ademán de dispararle un tiro, lareábale un ¡pum! ¡pum! tan so" noro y repentino que hacía mosquear al cuitado, y a él mismo desternillarse de risa en medio de un borbotón de dicharachos napolitanos.
Como Mojo, fueron quedando atrás en el vertieinoso correr de nuestro vehículo, las miserables rancherías de Moraya, Yuruma, Saladillo y Humacha, cuando de pronto al ganar la cima de una lomada, surgió del fondo, como evo-
cado por conjuro un raro, magnífico panorama, henehido de
poesía fresca y erandiosa, que compensaba por sí solo y con creces toda la desoladora aridez de la ruta. Era un mar sui generis e inmenso, un laberinto de cosas indefinidas y fantásticas, un hacinamiento de montes, y de abismos, de quebradas. de laderas, de picachos y de ríos, de pesebres y de erutas, todo tirado al azar, en confusión y desorden y como hirviendo en arreboles de luz, en delicados matices, en tonalidades capricho-
sas y pereerinas, y flotando en un vaho de eris azulino, liseero
e impalpable que era el protasonista del cuadro y que iba a represarse allí en el fondo, a una distancia incalculable, contre soberbio malecón de altísima montaña azul que cortaba el horizonte.
Visión de cielo parecióme aquel conjunto indescriptible formado en su mayoría por cerros de pizarra en que los siglos, las aguas y los vientos trabajaron de consumo y que por la distancia, la hondura y la hora en que le bañaba el sol, formaba aquel erandioso y poético paisaje.
Después de atravesar loy humildes villorrios de Nazareno y Suipacha donde, se cubrió de gloria un siglo a esta parte (7 de noviembre de 1810), el ejército del Norte y mientras distraído recreaba la vista en los pequeños cultivos de alfalfa y de leeumbres que enriquecen aquella vega, o en las largas hileras de sauces que bordean la costa del ancho río, las rojizas montañas de Espicaya y Tomahuaico que se levantan a la izquierda afectando castillos y fantásticas catedrales góticas vinieron a sorprenderme y retenerme por largo rato en
muda y estática contemplación. Cuánta belleza, Dios «mío, y
cuánta variedad de admirables fenómenos que prodiga por todas partes, la madre naturaleza. Feliz quien sabe apreciarlos y sentirlos hondamente, porqua ya tiene con sólo esto una
fuente inexhausta de purísimos El Angosto — Altura 300 metros o'0Ces.
Pero lo más típico y raro y aleo así como el broche de oro del resto del camino hasta Tupiza que entre elevadas montañas sigue siempre el cauce del río, es el paso llamado El An-
gosto. Es una eareanta estrecha, de diez metros de ancho a lo
Eo y
sumo, en que se encajona el río, verdadera puerta abierta en la roca viva, con piernas eraníticas de ambos lados que se yerguen amenazantes y que se traban allí arriba a trescientos metros de altura con el dintel azul del cielo. Es aleo soberbio y espeluznante, el contemplarla desde su base, convertido uno en una avellana que diría Sancho, y examinar despacio aquel coloso de cortes y grietas caprichosas, entrando al fin, para completar la sensación, en una gruta fantástica que se abre en uno de sus flancos abruptos y salvajes.
Una inscripción de confraternidad argentino-boliviana, erabada allí mismo sobre la roca viva, recuerda el paso, por este sitio, del Dr. Dardo Rocha a raíz de su misión a la Paz, y que dió por resultado la reanudación de nuestras interrum pidas relaciones diplomáticas con la nación hermana.
CAPÍTULO IN
Aspecto de Tupiza. — Don Avelino Aramayo. — La obra de los religiosos y de las Hermanas. — De Tupiza a Atocha. — Aspecto del trayecto. — Antiguo condado de Oploca y su capilla. — El Chorolque. — Payasadas de un navol,- tano.
Un poco más de 2.000 habitantes cuenta esta pequeña ciudad boliviana, capital de la provincia Sud-Chichas, sita a la fértil vera de un río y aprisionada por la tenaza de dos cerros que forman la Quebrada de Tupiza. De calles estrechas, de edificación modesta y humilde, pavimentación pedregosa y despareja, tiene un colegio de niñas y un hospital dirigidos por las religiosas Hijas de Santa Ana, una hermosa ielesia moderna de tres naves y una plaza-parque que, sin ser una maravilla es lo suficientemente eraciosa y mona para ser comparada al sombrero pueblero que llevara una cholita descalza.
Una estatua ATT en bronce erl-
oida allí mis-
mo al señor
Avelino Aramayo **pionner”? incansable de la industria y del trabajo y a
quien tanto debe el sur
Plaza de Tupiza
boliviano, prueba la sensatez de aquel pueblo y el criterio solemnemente justiciero que le anima para discernir los honores del bronce a quien con su labor tesonera, honradez y austerldad ciudadana fué propulsor entusiasta de la erandeza del país.
Las hermanas Hijas de Santa Ana, y los abnegados Padres Redentoristas que regentan la parroquia y sus anexos esparcidos en vasta y fragosa extensión, son los ángeles de aquella apartada ciudad colonial que veseta entre las breñas, y que conserva aún el espíritu hospitalario, sencillo y patriatcal de aquellos otros tiempos que para nosotros fueron.
¿Reflexionásteis acaso aleuna vez sobre el alto sienificado moral, cultural y eivilizador que entraña para los pueblos el valor singular, con puntas, al parecer de extravagante, de estos seres que abandonan su patria, hogar, cuna y comodidades y hasta de sí mismos olvidados, se soterran en un lugarejo de montaña, lo mismo que en urbes o arenales del desierto para moldear almas de obres y desconocidos hermanos suyos, y eanarlos aunque más no fuere para la vida civiizada y culta, a trueque de
renunciaciones sublimes, de cos-
tosos, Improbos sacrificios y
con la sola remuneración de
ma celda desmantelada, una
mesa frueal, un vestido burdo. cuando no de la ineratitud, de
la perseención y del escarnio? Si no lo hicísteis, hacedlo, que
el tópico tie Y contraste singular: en medio de la
pobreza en q felices, contentos, henchido el corazón
de santa alesría, nadando en goces para la turbamulta de
Elo
indiferentes mundanos, o acaso detractores suyos, enteramente desconocidos. Tal el hecho; la filosofía al lector.
Y para los que en son de duda, pudieran todavía fruncir el ceño, prueben a instalarse por días y meses en aleuna de esas celditas, que con faci-
lidad las ce-
den, y podrán
constatar por sí mismos un fenómeno har-
to singular y
dieno, muy dieno de ser
tenido en cuenta y es- Mercado — Tupiza tudiado con sinceridad y valor por todo espíritu imparcial. De mí sé decir que, conociendo como conozco a las familias religiosas de nuestro mundo católico, no tuve nada que extrañar, sino eozar harto y sentir erandemente al despedirme de los earitativos Padres Redentoristas, donde tuve el honor de hospedarme. Entre ellos, y dívase otro tanto de los demás, uno disfruta de un ambiente de fraternidad tan cordial, de sencillez tan encantadora y de tan sincera alegría, que olvida fácilmente pisar suelo extranjero, y cree, abrigado al calor de los suyos, estar en su propia patria, bajo el techo amado de su mismísimo hogar.
Faltábanos todavía otro largo centenar de kilómetros antes dle probar las comodidades del tren boliviano que ha hundido, en Atocha, la punta de sus rieles. Como ya lo hiciera la víspera, vino también ahora el auto, por deferencia especial a recogerme en la puerta de mi domicilio. Eran las siete de la mañana.
Encerrados en el pedregoso y seco cauce del río que medía, en algunos puntos, más de un kilómetro de ancho, y abstraídos en la contemplación de aquellas colosales montañas, íbamos evocando recuerdos dormidos de los Alpes, a los que no ceden, por cierto, en belleza y erandiosidad.
De raro en raro, el encuentro de arrieros indígenas a pie, silenciosos, resienados, respetuosos y tímidos, que tras la recua de sus llamas avanzaban a paso lento e insensibles al guijarro
que les mordía la ojnta o el descalzo pie, venía a variar el paisaje y reclamar nuestra atención de viajeros curiosos. Difícil cosa sería averigwar cuál es más re” istente y sufrido, si la llama o el indio...
El recorrido no tiene importancia por los paupérrimos caseríos de Oro Ingenio, Oploca y Escoriani, pero sí la tiene por algunas obras de arte que guarda la antigua capilla de Oploca, por la amplia y honda quiebra entre enormes altísimos macizos que simulan en puntos dados, torreones y castillos, columnas, capiteles y tímpanos de rústicas, encantadas fachadas, por el
Chola Tupiceña
pertinaz y cerradísimo zigzageo que se describe por más de una hora de ascensión constante para escapar de aquel ya eterno cauce, escalar la altura de más de 4.000 metros, aspirar el aire puro y enrarecido de las cumbres y deleitarse en la contemplación del bellísimo Chorolque que a pocas leguas de distancia se alza en forma de recio cono, de nívea, fulgurante cimera y grávida la entraña de preciosos metales.
Fué Oploca en tiempos pretéritos como el centro de civilización de los Chichas y asiento a la vez de los Condes de Opio-
ca. Me habían ya prevenido en Tupiza que no dejara de visitar la capilla por los recuerdos artísticos que conserva. Al efecto me habían provisto de una tarjetita de presentación, para el mayordomo de la misma y administrador al mismo tiempo de las 264 leguas de campo que abarca ese eran fundo, don José Ichaso, y pedido también al gerente de la empresa de automóviles para que el chauffeur no tuviese dificultad en desviar algunas cuadras del camino con este fin.
La pequeña capilla es toda de piedra, de aspecto tosco y ruinoso, y como rara vez se celebra, mal tenida y desaseada. Fué construída en 1600 y créese fuera de los PP. Jesuítas.
La pila de agua bendita, desde luego, llama la atención por su originalidad. Es una campana de bronce labrada, de forma esbelta y tañido argentino colocada al revés sobre humilde pedestal. Da la sensación de una negra copa de champagne.
En retablos, tallas y esculturas, es pobrísima. Lias estatuas son de un arte primitivo y grotesco. Pero en cambio es rica y artística la custodia toda de plata y cuyo pie mide más de un metro de altura; y más aún en los diez lienzos que tiene, si bien no todos igualmente artísticos y recomendables. Hay empero un Desposorio de Santa Catalina, de escuela flamenca, que es una joya por su diseño, colorido y empaste, pudiéndose decir algo parecido de una Cireuncisión y de un San Ramón que se guardan en la sacristía, todos desgraciadamente de autor desconocido,
Tales fueron las primicias de las muchas riquezas artísticas que veríamos más tarde en nuestro largo y por más de un título interesante viaje, y que los españoles supieron acumular en los tiempos de la Colonia, con profusión verdaderamente regia.
Los restos de los últimos descendientes de los condes de Oploca, tumulados dentro del sagrado recinto llevan una lápida que dice:
““Juana Manning Daza — Lola Manning de Daza”?
**26 Abril 1905?”
Una de las comarcas más ricas en minerales de wolfram, estaño, bismuto y antimonio es la región cuyo centro es el Chorolque, que llevábamos a la derecha cuando ganamos ya la altura, y que a cada recodo u hondonada del camino se nos perdía de vista, para volver luego a gallardear su esbelto cono de matices rojos, oscuros, violados y azules y su fulgurante mon: tera de cisne. El nombre de D. Avelino Aramayo que consagró definitivamente, a mediados del pasado siglo, este cerro, como centro productor, ya conocido y explotado durante la conquista, quedará a él eternamente vinculado. Lástima que los ricos minerales de la poderosa empresa minera ““Aramayo Franche Mine Ltd.”” se escapen todos por el ferrocarril de Antofagasta, pero no tardará mucho que sean tributarios forzosos del de La Quiaca. Tiempo al tiempo.
Mientras tanto nuestro auto corría y corría, Eran ya las doce y media pasadas y Atocha, la mentada y perseguida Atocha no aparecía. El aire fresco de la montaña, el madrugón que se había alzado nuestro simpático napolitano, levantándose equivocadamente a las cuatro de la mañana, el zarandeo del auto y otras cositas que de sabidas se callan, comenzó a marchitar los ánimos de todos, tornándolos silenciosos, mal humorados y mustios. Cuando de pronto, aquel impenitente meridio, nal sin decir oste ni moste, estalla en un turbión de caricias y requiebros, finos, melosos, zalameros, a los suculentos macarrones de su tierra, a los tallarines y ravioli al “formagio”” parmesano, a la polenta con “*
pacaritos”” al buen vino de Nápoles
y pareciéndole tener ya todo a la vista, y saboreándolo con ávida fruición, frotábase las manos, relamíase los labios, componía la voz, retorcíase el mostacho, y peroraba furiosamente para probar que la vera felicitá del aittadino consiste nel man. giar bene, e nel bere ancor meglio,
Cambiaba luego de tesitura, y oprimiéndose el estómago y entornando los ojos, ora con voz lánguida y flébil, ora ronca y airada quejábase de su suerte, daba malhayas a questa misera
A A
terra, donde sólo había pietri, indiani e “llamas””, y culpando de todo lo que le sucedía a la empresa, a Bolivia, al presidente y habitantes todos, terminó con un despreciativo “¡Ps! Porca América?” que hizo reir a todos y hasta mereció el honor de una moderada sonrisa de un ““gentleman”” inglés que arrebujado en sus pieles de viaje, seriote y terco, no había aún desplegado sus labios.
Los hoteles de Atocha... bah, qué chaseo, son como de Atocha, fondines de tercera clase, meritísimos de la cuarta. Esperar el comedor del tren que llegaba a la 1.30, era ya heroico.
Dejando, pues, el “Hotel Internacional”” todo un reclamo en su nombre, preferimos el “Hotel Atocha”?, por su posición elevada, en la parte más alta de la loma, lo que nos permitiría dominar la ranchería, estación y riacho del fondo.
Los emponchados mozos de cordel entregaron al dueño del ““Atocha”” los maletines, maletas y mantas de viaje, y todo indistintamente fué a parar a un cuartujo que a lo sumo podría servir para guardar bolsas de maíz y que era una de las habitaciones del Hotel. Echóle él mismo llave a un fuerte candado con el que aseguró la puerta de aquel pozo de Airón, y “estén tranquilos, dijo, no se perderá nada. Si gustan... la mesa está puesta ?”.
El comedor era toda una sorpresa: piso de tierra al natural. duros baneos por asientos, un muchacho con un trapo negro al hombro que pedía las viandas desde una ahumada, sucia ventanilla que daba a la cocina y el desaseo por todas partes.
¡ Tres primeros! ¡Un segundo! ¡Dos terceros! y así sucesivamente, olasele vocear con énfasis. Como sirviera al principio un algo indefinible, ahito de ají que no probé por cierto, preguntéle por el Menú.
No me entendió.
Vamos, mozo, diga, qué viene ahora.
—El segundo, señor, me replicó.
—-Y después el tercero ¿no es verdad? le añadí.
—$S1, señor.
—Pero entendámonos, en qué consiste finalmente ese seeundo y tercero, que no entiendo nada. Satisfizo por fin mi curiosidad y la de mis comensales, a quienes ya la risa les retozaba por el cuerpo.
Tatay, Tatay, oía cuchichear a mi paso, mientras deambulaba por el andén de la Estación, y al departir con un sacerdote nativo, escuchaba que unos le daban las buenas tardes, con Tatay simplemente o con el de Tata-Cura tan lleno de confianza y filial cariño. El infantil, pues, y cariñosísimo Tata, que yo lo tenía como esfumado y perdido len el azulino erepúsculo de mi niñez, volvía a resurgir ahora, tan fresco y lozano, tan poético y perfumado como la flor del aire da nuestras sierras.
En todo el Alto Perú, al sacerdote, sea simple clérigo. Cura, Monseñor, Obispo o Arzobispo, se le llama Tata, o más comúnmente Tatay, (mi padre). Cuántas veces quedé encantado, cuando paseando por las calles de Sucre con el Tltmo. señor Arzobispo Monseñor Arrién, oía a chicos y grandes que al acercársele a besar el anillo, decíanle con cierto abandono y naturalidad infantil: buenos días Tatay. Los ecos de ese cariñoso Tatay, me llesaban al alma. Y con cuánta satisfaeción nosotros mismos durante semanas y meses nos ntamos llamar de Tatay, sin que estuviese en nuestra mano, por otra parte, poder disimular del todo una traicionera sonrisilla que burbujeaba en nuestros labios.
CAPÍTULO: IV
De Atocha a Uyum y Potosí. — Poesía del auto y comodi-lad del tren. — Rasgos característicos de la región inter-andina. — Una página brillante de A. Arguedas. — Atenciones recibidas. — Uyuma, la Siberia boliviana. — Los mirajes. — Trayecto de emociones. — Nieve. — Efectos del soroche.
Doscientos y más kilómetros en auto, por ríos, cuestas, quebradas y mesetas, tiene a la verdad su encantadora poesía. Pero no sólo de poesía vive el hombre; un percance cualquiera en esas soledades y páramos le arroja en un santiamén en la más vil de las prosas. Era siempre preferible el tren en que ya nos encontrábamos perfectamente instalados a las 12.15 p. m.
La poesía es buena, siempre que no se corrompa el subyecto y cabe a los Quijotes deben estar los Sanchos, aunque sin necesidad de ser Panzas.
Pero mientras camina el convoy demos aleunos datos sobre la tan mentada altiplanicie que no dejarán de revestir interés para el curioso lector.
El trayecto que recorrí es parte de la región inter-andina (las otras dos, llámanse andina y amazónica), según la clasificación de Kramer, o sea, de la meseta o altiplanicie boliviana que se extiende hasta el lago Titicaca, y que se llama también Puna. Los rasgos característicos son su altura que oscila entre 2.500 y 3.824 metros sobre el nivel del mar, la elevación de sus montañas que llegan a 7.697 metros, como el lllampu o Sorata, la más alta de América, el clima frío y de intensidad siberiana, comparado con el de otras regiones y consiguientemente la aridez desoladora que allí reina.
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Las estaciones, en dichas regiones, ha escrito Arguedas, son dos solamente, el verano y el invierno. En la primera las continuadas lluvias hacen crecer el caudal de los ríos y de los lagos; el campo se cubre de un verdor amarillento y en las hondonadas se forman pantanos, ricos en aves marinas. Esta estación dura de noviembre a abril. De mayo a septiembre, es decir, en invierno, el campo es sólo un inmenso páramo gris. Fuertes rachas de viento levantan torbellinos de polvo. El sol brilla intenso, los eharcos se secan y el aire es de una pureza admirable. Los más lejanos objetos destacan nítidos sus eontornos; las cimas de las nevadas montañas fulgen albas; pero dondequiera que los ojos se dirijan, sólo descubren desolación y tristura que se hacen tangibles a la hora del crepúsculo, a esa en que no se sabe si es el día o la noche la que impera... Podría decirse que la pampa, en invierno, da la impresión del mar, pero de un mar muerto, sin olas, sin furores, lúgubre, hostil. Allí no se sorprende la vida, sino la nada. En medio de esa quietud petrificada, de esas sábanas grises y polvorosas, dond* las caravanas, por numerosas que sean, semejan grupos de hormigas decrépitas sobre la vasta extensión de un plano, se siente tal abandono, tal soledad, que el espíritu no tiene ánimo de remontarse, de soñar. De ahí la ausencia de toda poesía en las razas que lo pueblan. Su belleza, si puede haber belleza dentro de la uniformidad de líneas y colores, es rara. En las primeras horas del día, bajo el cielo limpio y sereno, la pampa aparece cuajada de escarcha. Hiélanse los arroyos y manantiales y del suelo endurecido se levantan reflejos eristalinos y vibran en el aire soplos de nieve entumecedores. La calma reina; el humo de los hogares indígenas elévase en espirales al cielo, y no se oye sino el incansable balido de las bestias encerradas en los apriscos, el estridente grito de las aves de presa, y de vez en cuando, el tintineo de una esquila que se ale,u, el ladrido de un perro que vigila el enflaquecido rebaño, la meiancólica agonía de una quena que solloza. ..
El color dominante y absorbente, es eris. Por partes vénse manchas verdes y amarillas, y son los campos de sembrío : pero
esto en pequeña extensión y en las cercanías de los poblaehos y villorrios.
- El resto es uniformemente gris. Aleunos cerros ennegrecidos rompen la uniformidad del llano; son cerros rocosos los más y consiste su vegetación en paja dura y áspera y una especie de espinas con blanca pelusilla, que florecen a ras del suelo. La sequedad de éste, en su mayor extensión, es siniestra. Manchado en sitios de ocre, en otros de pardo, en otros de ceniza, alárease implacablemente desnudo, dejando un horizonte amplio, vibrante de luz y ofreciendo curiosos fenómenos de espejismo que fingen gisantescas urbes, lagos de onda muerta...
La fauna es pobre.
Cerca de los cerros de áspera estructura, se encuentran guanacos, cóndores y vizeachas, especie de liebres de larea cola y color terrosc. En el llano y en los sitios más solitarios, pastan las vicuñas, las llamas y una raza especial de caballos de pequeña talla y lanudo pelaje: son agrestes, irascibles y de indomables instintos; en los arroyos y cenagales anidan infinidad de aves acuáticas. La vegetación de las partes húmedas se reduce a plantas forrajeras, a los pajonales y yaretales, produeción musgosa buena para combustible; la cebada, la oca, la quinua; patatas de diversas clases y la tola, otra planta de combustible y cuyo color verde grisáceo ensombrece aún más el yermo. Empero si no rica en vegetación, la pampa y las cordilleras son exuberantemente pródigas en metales. Los hay de toda elase... Son en las minas de esta región donde los conquistadores han trabajado y hecho trabajar rudamente a los conquistados, y hoy día se han descubierto otras muchas. todas en extremo ricas, y su explotación es causa del desarrollo incesante de ella.
Realmente, más de una vez, en toda esta larea extensión que recorrí hasta Guaqui, el puerto boliviano del Titicaca, tocando, en fechas diversas, Atocha, Uyuni, Río Mulatos, Oruro y La Paz, mi imaginación volaba al desierto del Africa para encontrar parangón adecuado a aleunos puntos que me fué dado contemplar, o aleo que fuera reflejo fiel de los vientos
— DM
huracanados que según los informes recogidos, se desatan a veces tan recios y potentes, que obligan a los trenes a detenerse, porque en más de una ocasión ha tumbado vagones y coches y hecho descarrilar convoyes.
En la Estación de Uyuni nos esperaba el cura de esa ciudad, que cuenta ya alrededor de 5.000 habitantes, y a quien el Metropolitano de Sucre que tuviera ya la fineza de hacerme llegar a Tupiza un saludo telegráfico se había dignado prevenirle de mi llegada, encarecióndole me dispensase las atenciones del caso. Igual cosa había hecho mi dienísimo hermano con los Vicarios Foráneos de Potosí y de Oruro, y todos, satisfaciendo con creces sus deseos, comprometieron mi más honda y sincera eratitud.
Uyuni es acaso el paraje de clima más inclemente y frío que he conocido en esta jira. Lia temperatura desciende en invierno hasta 25 erados bajo cero y llueve hasta cuarenta días de seguida, algunas veces. Y como el terreno es uniformemente plano y el subsuelo impermeable, el agua no se insume sino con eran lentitud, ocasionando molestias sin cuento a sus ya curtidos moradores y. convirtiendo aquellas inmensas planicies en dilatadísimos lagos. La noche que allí pasamos, por no haber tren nocturno a Potosí, fué friísima y lluviosa. Todo ese día había por intervalos, llovido y nevado de lo lindo. Y eso que estábamos ya en septiembre. Verdaderamente que se necesita una vocación especial, tanto como una constitución de acero, para morar en estos sitios.
El vientecillo que soplaba a las seis de la mañana siguiente, hora que atravesamos la ciudad a pie, porque no hay coches en esta siberiana metrópoli, para ir a tomar el tren de las 6.30 que, con trasbordo en Río Mulatos, nos conduciría hasta la histórica y tradicional Potosí, penetraba hasta los huesos.
Ya dijimos de la aridez y monotonía de estepa que revisten estas pampas solitarias, estos páramos inmensos que se alarean de sur a norte en más de 150 lesuas por un ancho que oscila entre las 30 y 40 lesuas, y no hay necesidad de volver
sobre lo mismo.
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Los contrafuertes andinos a la izquierda y la soberbia cordillera de los Frailes a la derecha, con su fuleente clámide de nieve costean y cortejan paralelamente la vía, distrayendo la imaginación y recreando la vista del viajero. Pero fué ciertamente sensible que, por lo nublado del día, no nos hubiese sido dado contemplar uno de esos curiosos fenómenos de espejismo que tan frecuentes y comunes son en todo este vasto altiplano. Porque, en efecto, como en los arenales del Africa, como en la pampa argentina, también en estas desmanteladas. llanuras vense estos soberbios mirajes, máxime a la salida del sol, cuando sus rayos horizomtales se prestan más a mentidos juegos de óptica y convierten en ejércitos los humildes pajonales, o pintan en el aire, con mano maestra y sin igual colorido, las ondas de un mar, las tranquilas aguas de un lago, o bien torres, iglesias y fantásticas ciudades.
En cambio, el trayecto de ciento setenta y cuatro kilómetros que separa Río Mulatos de Potosí, esfuerzo atrevidísimo de la moderna ingeniería, guarda inesperadas sorpresas. El hombre ha triunfado allí de la naturaleza de una manera espléndida.
Arrancó el convoy a las 9.30 y salvadas las primeras cuatro leguas en un plano relativamente suave de ascensión por mesetas y hondonadas, comienzan ya los rieles a internarse en plena sierra de los Frailes, escabrosa, árida y triste:como pocas. El tren hace prodieios sobrehumanos para escalar las alturas y dominar las cimas, y ora arrastrándose al borde del abismo, ora horadando la roca viva a guisa de harreno, ora retorciéndose como sierpe de vértebras de hierro, parece va a ser aplastado a cada recodo del camino por las insentes moles que retiemblan a su paso. Y así tajando las montañas, describiendo curvas cerradas de herradura, repechando pendientes, bordeando curvas, enfilando honduras y declives sin fin y rampando laderas en que se queda uno suspendido entre nubes y abismos, trepa por riscos, picachos, gargantas y precipicios, a regiones al parecer inaccesibles, donde no crece una planta, ni se ve un insecto, ni goreea un pájaro, ni se divisa un cuadrúpedo, hasta llegar a la estación El Cóndor, altura máxima de la línea
O RA
a 4.823 metros sobre el nivel del mar, donde se entumecería hasta “el viejo morador de la montaña”” que diría Olegario Andrade. El aire enrarecido oprime el corazón y siéntese el alentar dificultoso en la mayor parte de los pasajeros, que pálidos, decaídos, taciturnos esperan impacientes la señal de la marcha, que les redima cuanto antes de aquel suplicio.
Desde allí comienza el descenso rápido con nuevos y gigantescos panoramas de montañas escuetas, abruptas y salvajes que asombran y aturden, entre un mar borraseoso de serranías de tonos azulinos, cobrizos, escarlatas, negruzeos y TO] IZOS, COMO si fuera aquello el crepúsculo del mundo, hasta llegar a Potosí, a las 8 de la noche, con el espíritu vibrante, la imaginación enardecida y los nervios en punta.
Era hasta entonces, el viaje en tren, de emociones más intensas que había realizado en mi vida que es ya larga, andariega y pecadora. Pero cuando más tarde bajé desde Juliaca a Arequipa, hube de convencerme que quedaba en seeundo plano ante ese otro, del que más tarde tendré oportunidad de hablar.
Después de ésta, difícilmente se encontrará una vía más brutalmente salvaje y erandiosa. Honra sin duda aleuna a Bolivia, y para cualquier nación sería un orgullo. El kilómetro de esta línea costó diez mil libras esterlinas.
Por lo demás aquellas fuertes sacudidas, aquellas emociones intensas lleváronme tan abstraído y alejado que el día se me fué en un soplo, Había también otro detalle interesante, el de una finísima nevada que nos fué espolvoreando durante varias horas y cubriendo aquellas abruptas serranías con el manto glorioso de los ángeles, mientras allá en lontananza los picos más elevados, destrenzaban caprichosamente hacia el bajo, su blanca cabellera, salpicada de puntitos negros, verdáceos y grises, formados por los aleros de piedras, raquíticas tolas e impávidas vicuñas.
Huelga decir que el enrarecimiento del aire en tales alturas es grande. Los mareos, vahídos, vascas y dolores de eabeza son frecuentes. Personas hay que sufren mucho por las
AO) O PEA
recias palpitaciones que sienten hasta llegar entre precipitadas pulsaciones, a echar sangre por narices y oídos, si bien esto no es común. De aquí que todo viajero que por vez primera se arriesea por esas alturas, en que sólo se mueven con holgura las llamas, las vicuñas y los cóndores... y también los indios que tienen la entraña de aquéllos, debiera ir provisto de medios adecuados para combatir el soroche. A mí no me faltaban ni agua de Colonia, ni sales aromáticas, ni mucho menos las perlas de éter que, son las mejores y de efecto más rápido. Y
si bien, a Dios eracias, no tuve necesidad de ellas, sirviéronme
para auxiliar a una distinguida señora que tuvo momentos amargos durante la travesía aquella. Del resto, aunque no mareos, ni dolor de cabeza, ni otras novedades de mayor bulto,
se experimenta siempre una pequeña desazón, que es sinónima de fatiga, de ansiedad, de dificultad en la respiración, que aumenta, como es claro, y molesta dobiemente si uno camina, hace aleún esfuerzo, o se deja susestionar por el miedo.
Valor, pues, y sentadito, eruzarse de manos, que el triunfo en estas alturas, es sólo de valientes haraganes.
JAPÍTULO V
Potosí. — Fascinación que ha ejercido este nombre. — La ciudad más populosa de América. — Datos interesantes sobre sus fabulosas riquezas y magnificencia de sus fiestas. — No todo lo que relumbraba era oro. — Sic transit... — Lo que aun queda. — Potosí, la Toledo boliviana. — En qué ha de reponerse su verdadero carácter, y la poesía que encierra. — Tradiciones y leyenda...
¡Potosí! Ciudad que suena a cuentos, fábulas y leyendas medioevales, a opulencias y derroches, a nobleza y aristocracia adinerada, como a aventureros audaces de arzón plateresco y espuela sonadora; porque todo esto y algo más se despierta en el magín, al solo nombre de esta ciudad y cerro que parece ya no existieran sino como mito de leyenda.
Estaba por fin en Potosí, no en la magnífica y deslumbrante de los tiempos idos, sino en la maltrecha y zarandeada de los nuestros, realizando así uno de los ensueños de mi viaje.
Trasladaos al siglo xv1, siglo más que ningún otro de empresas y conquistas, pero también de tradiciones de sueños y aventuras quijotescas, de encantamientos y de brujas; figuraos a esos comquistadores y aventureros hispanos que vivían con la coraza puesta y la lanza en ristre en perpetuo batallar con los indígenas soñando en empresas temerarias, en gigantescas conquistas, en tesoros escondidos de los Incas, o en fabulosas tierras de César, y vedlos luego dueños de un cerro maravilloso que casi por vía de encantamiento echaba ríos de oro y plata por sus erietas, y comprenderéis fácilmente la fascinación y locura que embargaba a aquellos hombres ávidos de
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y de renombre. Eso de verse trocados de
fortuna, de gloria y la noche a la mañana de pobres, rudos soldados, en potentados caballeros, en condes y marqueses de fortunas solidísimas, con millones en el bolso, era aleo tan extraordinario e inaudito que la fama de aquel cerro divuleóse en un instante por todo el mundo, atrayendo una población que ereció vertiginosamente en poco más de sesenta años.
No habían transcurrido tres años desde que el capitán Juan Villarroel, hizo comprobar y registrar el 22 de abril de 1545, la primera mina de plata que descubrió, a la que bautizara con el nombre de su compañero, de “Descubridora Centeno”?, cuando ya hervían los aventureros venidos de otros puntos de América y también de Portugal, pero sobre todo de España, extremeños, gallesos, castellanos, catalanes, andaluces y vascongados. Ya en el censo de 1611 era la ciudad más populosa de América, arrojando una población de 160.000 habitantes, pero fué creciendo con el andar del tiempo, y llegó a contar en 1656 en que Potosí había llegado al apogeo de su esplendor y grandeza, con una población mucho mayor, 36 casas públicas de juego, fuera de las privadas quizás más numerosas, 4 compañías de comedias, 138 ingenios y 360 tabernas. Diz que el mismo autor de Don Quijote tentado por la fama de tan ubérrimas riquezas pretendió, sin conseguirlo, una plaza de corregidor en La Paz, salvándose así por tan feliz contratiempo aquel su hijo que ha de vivir pregonando el nombre de su padre, y el de España y de su idioma, mientras la humanidad subsista.
Nineuna ciudad del nuevo mundo podía competirle ni en riqueza y fausto, ni en magnificencia y esplendidez de sus fiestas y procesiones, pero ni tampoco en odios concentrados de bandos, en soberbia y despilfarros y vicios y crímenes de toda clase que tocando los límites del desenfreno y la locura, se habían allí dado cita.
Las “Crónicas de Potos nuciosidad de detalles abarcan un período de más de doscientos años, traen datos suficientemente interesantes para dar la sen-
1?” de Martínez Vela que, con mi-
sación acabada y el colorido perfecto de esa opulencia principesca. Ciento treinta mil pesos costaron las exequias de Felipe II, y ciento cuarenta mil las de Carlos V. Hubo banquetes, como el del criollo Solórzano, en que se gastaron setenta y cinco mil pesos, subiendo a sumas mucho mayores las fiestas de bodas, pues las comunes no bajaban de treinta o cuarenta mil pesos. Muchos eran los millonarios improvisados en pocos años; y los menos ricos de aquella ciudad tenían trescientos a euatrocientos mil pesos, llegando a servirse de barras de plata hasta para trancar las puertas. No era de extrañar. Las eineo mil y pico boca-minas del cerro, en febril explotación, arrojaban diariamente ríos de plata, habiendo vetas como la Polo Y Veta-Rica que producían plata nativa, llamada pasamano que por su pureza no necesitaba beneficio.
¿Qué importaba, pues, que innumerables indios MAÉAYOS llevados a viva fuerza de todos los pueblos del virreynato paré el laboreo de las minas, sucumbieran miserablemente unos tras otros, sin lograr nunca volver a sus pobres chozas a abrazer a sus hijos y recibir el beso de amor de sus mujeres? ¿Qué más daba que se jugaran y perdieran todas las noches en cada una de las casas de juego de 40.000 a 80.000 y hasta 100.000 pesos, o que en el solo año de 1624, ascendieran los robos a 2.123, los muertos y heridos a 2.100, y a 3.000 las pendencias y marimorenas que se armaran en la calle?
¿No bastaba por ventura aquello de:
Potosí... repetía la fama Eso sí... contestaba el eco Si fortuna quieres Vete a Potosí, Y si no la encuentras Busca en Tollosí (1) O anda y acaba En Andacaba
que cantaba la musa popular?
(1) Cerro de las cercanías de Potosí que, como el Andacaba se le creía muy rico en minerales.
Lógica consecuencia de tanta abundancia de riquezas era no sólo el fausto y lujo de la desbordante vida social que se traducía en fiestas rumbosísimas con motivo de casamientos, bautizos (1) cambio de autoridades, coronamiento de nuevos monarcas de España y feliz alumbramiento de la reina, etcétera, ete., sino también en piques de preponderancia de casas y apellidos, en odios y discordias civiles, en luchas y reyertas de partidos de extremeños, vascongados 0 vicuñas (2) en juegos y lances de honor, en cuchilladas, apaleaduras y estocadas, en peleonas, zurribambas y bolinas, y en inmoralidades y orgías y bacanales sin nombre que hacían estremecer la pluma y las carnes de los muy verídicos cronistas que tales cosas registraron.
Y bien, ¿qué ha quedado de toda la deslumbrante eloria de la Villa Imperial de Hernando Pizarro, de Villarroel y de Centeno, que rivalizaba en fuerza y poderío con la hija del Rimac, la ciudad de los Reyes, de Francisco Pizarro? Rastros apenas visibles de su pretérita grandeza, y sus cuentos y tradiciones que llenan las páginas de la bibliografía potosina y entretienen los ocios de sus moradores. Sic transit gloria mundi...
En el corto tiempo que allí estuve he oído tantos relatos maravillosos y he visto tantas ruinas que bastarían para llenar un libro.
Aun se conservan alrededor de veinte iglesias, la mayor parte temblando por derrumbarse, agobiadas por el oro de sus retablos, el peso de sus capiteles crepitantes, el polvo die sus lienzos incontables. ¿Lo creeríais? En la sola iglesia de San Martín, he tenido la paciencia de numerar uno por uno ciento cuarenta cuadros al óleo, entre lienzos de figuras y decorativos
(1) Para el bautizo de un niño, se hizo ir exprofeso, a todo un Señor Obispo desde la Asunción del Paraguay, recorriendo S. S. Iltma. toda esa enorme distancia a lomo de mula. Esto es rigurosamente histórico, la partida de bautismo con este original detalle se conserva en los libros parroquiales de la Matriz de Potosí, donde cualquiera puede verla.
(2) Así se llamaba a un partido de criollos que hizo su aparición en el escenario por los años de 1593, y que tomó por símbolo de libertad a la vicuña de los Andes, y adoptó también en 1622 el sombrero de vicuña como distintivo de su bando; sombrero que como contraseña de reconocimiento de los patriotas reapareció en los primeros movimientos de la independencia en el Alto Perú.
de flores. No se distinguirán por su valor artístico, excepción hecha de dos o tres, pero allí están en sus antiguos regios marcos dorados, rotos los unos, revenidos y rajateados los otros, y todos cubiertos de tierra, tapizando materialmente las paredes interiores del vetusto templo y contigua sacristía. No les dolían prendas a esos ricachos potosinos para hacer venir las telas que querían de España o de Italia. Hay también varias plazuelas antiguas, inmensa multitud de fuentes aunque sencillas y vuleares, fachadas de piedra labrada en edificios públicos y privados, con sus heráldicos blasones de nobleza, destartalada casa de moneda, ventanas de férreos barrotes retorcidos, balcones moriscos y colgantes como viejos nidos de urracas, portones que chirrían con rabia sobre sus gozmes de madera, tachonados de enormes clavos negros que semejan estrellas apagadas de un cielo sin fulgores, conventos y beaterios derruídos cuando no profanados, ruinas de antiguos ingenios y de casas abandonadas, calles que, como las de Pompeya, parecen ir entre sepuleros, encrucijadas y callejas sucias, estrechas, desparejas y tétricas, entre edificios vetustos de arimeses dentados, sin que le falte a esta original semi-muerta ciudad, a este túmulo de pasadas glorias la pirámide funeraria desu cerro, con sus teas ya casi extinguidas, por el frío de los sielos y la codicia de los hombres.
Respetando su regia, magnífica Matriz, concluída a principios del siglo xIx, ¿no hay, por lo visto, nada moderno, die-
no de llamar la > atención del viaje- ¿|
ro? Sí; sus habitan-
tes, su tren y el auto que va a Sucre... y acaso aleo más. como la columna erigida a Bolívar,
que mis ojos no al-
Iglesia Matriz canzaron a distin-
guir, fatigados como estaban por aquel cuadro de fondo medioeval, estilo toledano y siniestro colorido de del Grecco. Por lo demás, si nadie va a Toledo a buscar ejemplares art nouveau, tampoco se llega a Potosí, la Toledo boliviana, tras de muestras de edificios a la moderna que en riña desapiadada, contrastarían furiosamente con su ambiente, con ese genuino y típico ambiente de la edad media, que le da carácter y en el que debe reponerse su mérito precípuo.
De mí sé decir que ninguna otra ciudad me ha recordado tanto a Toledo, como ésta, y que al recorrer sus calles, más de una vez, me he creído trasportado a la vetusta y poética ciudad del Tajo, y se ha necesitado toda la chillona indumentaria indísena que hería mi vista para volverme del engaño y avisarme que pisaba suelo americano. Su recuerdo se ha grabado tan honda y gratamente en mi alma, que bajará conmigo a la tumba.
Tiene tanta belleza esa su eclipsada gloria, esos sus rotos blasones, esos sus balcones moriscos... Y ¡cuántos recuerdos dormidos! ¡Cuántas bellas tradiciones, cuántas donosas, infantiles leyendas no os salen al encuentro, en cada templo o vieja morada, en cada calle, esquina o encrucijada, en cada reja o balcón de esta urbe potosina !
Por estos barrios empeñá- | pk LL . 1 banse las famosas, bravías lides 0 entre vasconeados, extremeños,
andaluces y vicuñas que hicieron correr sangre por más de
dos siglos largos. Allí, en aquel sitio fué ahorcada aquella viu- Interior de la Iglesia Matriz da joven, rica, euapa y desde-
ñosa, que se llamó doña Magdalena Téllez por haber claveteado
sobre una cruz a su segundo consorte porque no supo tomar venganza, según se lo prometiera, para lograr obtener su por tantos galanes requerida mano, contra Sans de Barca y su esposa doña Ana Roeles, eternos rivales suyos. Por esta calle entró más de una vez clamoreando la amotinada muchedumbre contra sus mismos gobernadores y no cesó hasta no verles colgados y ajusticiados en aquella plaza. Por allá pasó aquel célebre millonario don Francisco Rocha, de luenea y mal adquirida fama que, por falsificador de moneda fué entregado al infamante suplicio de la horca. En esta casa verificóse el rapto de aquella real moza que fué doña Margarita Astete de Ulloa por su amante don Nicolás Saulo Ponce de León, quien, a lanzada limpia, derribó a sus enemigos, en el momento mis mo que iban a casarla, violentando su voluntad, con quien ella no quería, y tras largas peripecias y aventuras, pudo llegar a Lima, obtener el perdón del virrey y tenerla por legítima consorte. En esa esquina sentábase a pedir limosna aquel misterioso pordiosero, con una calavera en la mano, quien por más de veinte no interrumpidos años, pálido y demacrado, parecía llevar una vida de rieurosísima penitencia... “Muerto ya, dicen las crónicas, se le encontró un papel que revelaba el misterio tremendo de su historia: esa calavera era la de su enemigo, a quien mató y le comió el corazón a bocados, veinte años atrás; esa penitencia aparente era el placer de su atroz venganza en la contemplación de la muerte que había dado, ““más fiero que las fieras, dice él mismo, miraba la calavera de mi enemigo y me pesaba infinito de haberlo muerto, que si mil veces resucitara, otras tantas le volviera a quitar la vida...?””.
Fuera nunca acabar el insinuar siquiera los principales cuentos tradicionales, o leyendas de aquel pueblo. No hay lelesia, ya dijimos, ni convento, ni caserón viejo, ni boca-mina del famoso cerro, ni recodo o encrucijada de sus alrededores y lugares cireunvecinos, que no guarde aleún cuento o hecho extraordinario en que duendes, brujas, fantasmas, demonios y apariciones de almas en pena, se daban la mano en esa época de credulidad, al mismo tiempo que de estragadas cos-
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tumbres y de gran ignorancia, para traer atemorizado y con algún remordimiento de conciencia a este alegre y mal entretenido vecindario. Por lo demás, sabido es que tras el manto del fantasma o del duende sigilábanse truhanes de tomo y lomo que hacían su agosto explotando la ignorancia y candidez de los necios.